Solo en el gobierno cuyo presidente ha definido al Estado como una organización criminal, el funcionario público designado para conducir Radio Nacional Tucumán Mercedes Sosa puede transformarse en el promotor de una inverosímil batalla contra la obra y figura de la artista tucumana. Acude a cualquier mortal el impulso, más no sea por pudor, de reclamar el acto de sensatez que significaría su renuncia. Si no fuera por el signo de los tiempos no habría renuncia que demandar: jamás habría asumido.
Habrá que admitir que Enzo Ferreira – así se llama el singular sujeto en cuestión- una vez asumido en Radio Nacional Tucumán Mercedes Sosa priorizó las bondades de ser parte del elenco directivo y no su convicción personalísima, que lo hubiera llevado a la clausura de la radio; acto amenazaba su propia función y sus estipendios. Así que en esa encrucijada optó agredir a la artista que -se supone- la radio que conduce homenajea en virtud de razones éticas y estéticas que, hay que ser justos, su apreciación va más allá de las habilidades de este funcionario. Para no perturbar al lector tardío con la repetición de los agravios, los puede hallar aquí.
De no ser por el empleo que Ferreira eligió (aunque poco asista) a nadie se le ocurriría tampoco la obligación de exigirle conocimiento, sensibilidad o respeto por una artista que cantaba despropósitos tales como: “Zambita para que canten los humildes de mi pago”. Cada quien construye su patria.
Mercedes nació en 1935, en Tucumán, un 9 de julio. Porque la historia no se repite pero sí rima. Despuntó desde niña su oficio de cantora, macerado por su condición de origen: descendiente de calchaquíes, hija de un obrero de la industria azucarera y una lavandera. Desde allí aportó a la integración musical de un país.
Ferreira ensayó en las últimas horas esa clase de “aclaraciones” elípticas que no hacen más que reincidir en aquello que algún avispado le ha recomendado desmentir para no quedar condenado al aislamiento. Como ocurre con las narrativas oficiales del 24 de marzo, habrá que reconocerle a Ferreira el mérito de cosechar repudios universales. A su modo, construye igualdad.
Ferreira, de 28 años, tiene tiempo de sobra para superar la caricatura con la que se propone esculpir su nombre en la vida pública.
Para un declamado hombre de la libertad no habrá nada mejor entonces, si pretende afirmarse en ese camino, que escuchar los discos una artista, una “gorda” y comunista”, nacida en su provincia. Acaso allí encuentre su propia forma de emancipación.
