En el día en que se conmemoró un nuevo aniversario del nacimiento de Mercedes Sosa y un nuevo 9 de julio, la Independencia argentina encontró refugio en el reconocido centro cultural autogestivo Café Vinilo. El barrio de San Cristóbal albergó la presentación del libro Mercedes Sosa. Pájaro Azul. Cartas desde el exilio, publicado por la editorial Paripé Books, volumen que reúne alrededor de 120 cartas inéditas escritas por la cantante desde 1978, durante los años más duros de su exilio forzado por la última dictadura cívico-militar.
Bajo esas mismas paredes había vivido la misma cantora, un dato que los directores del espacio, Teresa Rodríguez y Eduardo Misch, descubrieron hace apenas un año y que resignificó profundamente este encuentro. O más bien, el re-encuentro con sus palabras, fotografías y músicas inéditas.
La elección de la fecha tampoco fue casual. En un presente donde la música popular argentina vuelve a ser objeto de descalificaciones y un desfinanciamiento atroz, el libro excede el interés documental para recuperar la voz de una artista que hizo –y sigue haciendo– Patria, escrita con mayúsculas, como ella misma escribía durante esos años.
La presentación reunió a la investigadora y documentalista Agustina Pérez Rial, a Araceli Matus, presidenta de la Fundación Mercedes Sosa y nieta de la cantante, y a Graciela Goldchluk, responsable de la edición crítica del material. Las tres se embarcaron en un proyecto en el que, en palabras de Araceli, “menos carácter fácil tenemos todo y hemos trabajado mucho, siempre pensando en mi abuela”.
El comienzo estuvo a cargo del cantor cordobés Juan Iñaki, quien evocó “una voz antigua de viento y de sal”. Lo hizo junto al pianista Facundo Ramirez, hijo de Ariel. Es que cruzar el Atlántico tras amenazas recurrentes de la Triple A y terminar cantando la Misa Criolla en el Viejo Continente no es moco de pavo.
Las primeras palabras de su nieta situaron la conversación en un terreno familiar en el que la escritura, la lectura y la música se entrecruzan en un intercambio epistolar con Hugo Otero, –amigo entrañable de Mercedes–, a través de cartas escritas sobre papeles de hotel, bolsas de avión de varias líneas –sin chivo–, menúes de restaurantes o simples hojas de colores. En ellas, se advierte su humor, su ironía y hasta su creatividad en otras disciplinas como el arte visual, a través de algunos pequeños dibujos. Es de ese terreno cotidiano del que emergen profundas reflexiones sobre el arte y la política de su tiempo. El fútbol, siempre tierra firme, aparece también a través de ciertas alusiones a su club, el “millonario”.
Matus confesó que durante años no pudo adentrarse en el archivo. Luego de que el propio Otero acercara a la Fundación una carpeta azul, «al principio no me animaba a verlo», recordó. La herida abierta comenzó a sanar cuando logró organizarlo. El llanto irrumpe desde Brasil, su residencia actual, a través de una pantalla que deja entrever el andamiaje profundamente afectivo del proyecto. Es que el libro propone el descubrimiento de una Mercedes Sosa poco conocida. «Le prometí a Araceli que iba a hacer todo lo posible para que la voz de su abuela se escuchara sin interferencias también en la intimidad, porque de eso se trata editar», sintetizó Goldchluk al explicar el trabajo realizado sobre el archivo.
Aunque Mercedes solía escribirle a su amigo que sentía no saber escribir bien porque «no era su oficio», las cartas revelan una lectora voraz. «Compraba veinte ejemplares de un mismo libro para regalárselos a sus amigos», recordó su nieta. En la correspondencia aparecen constantemente referencias a novelas, ensayos, películas y músicas que constituían las referencias con las que cimentaba su pensamiento y curaduría repertorial.
«Lo anecdótico del exilio y de la vuelta no me interesa tanto; me interesa mi abuela», explicó Matus. El proyecto invita a desplazarnos del hito a la cotidianeidad del desarraigo, las amenazas, la soledad del exterior. En ese contexto, Mercedes se define a sí misma como “una mujer que pretende cantar para mucha gente y que espera además que me escuche mucha gente (…) y que no solo canta, sino que está preocupada por el momento que nos toca vivir en este mundo», frente a la Radio Televisión Española previo a su exilio madrileño. Desde allí le escribe a Hugo: «Me compré un mueble color burguesía para poder escribirte».
El recorrido del exilio aparece reconstruido con precisión. Tras las amenazas que sufría desde 1975 y luego de ser detenida junto a más de ochocientas personas durante un recital en La Plata en octubre de 1979, Mercedes comprendió que permanecer en Argentina significaba poner en riesgo su vida. París fue el primer destino: cintas abiertas conservadas por Jacqueline Pons la hacen sonar cantando a capella Canción de la ternura, un material inédito que podrá escucharse nuevamente en el documental –actualmente en realización– La otra voz. Bajo la dirección de Rial, el mismo reconstruye su exilio a partir de todos estos materiales.
Las fotografías también ocupan un lugar central en la correspondencia. La de tapa pertenece al archivo del fotógrafo José Pons, quien junto a Jacqueline conformaron un matrimonio de “embajadores culturales” para artistas, intelectuales y allegados argentinos en la París de fin de siglo. Otra captura importante que tiene lugar en el marco del proyecto es la de Pupeto, fotógrafo marplatense cuya obra fue el punto de encuentro inicial entre las realizadoras.
El trabajo con las cartas terminó expandiéndose hacia otro tipo de materiales de archivo. Como Violeta y sus pájaros, se vislumbra un entramado artístico que va mucho más allá de la hoy llamada interdisciplina. Además de dibujante, la investigadora descubrió “un ojo de Mercedes». Esa faceta de gran sensibilidad visual será eje de una muestra prevista para octubre en el CCK –hoy Palacio Libertad–, en la que se expondrán las fotografías tomadas por la propia cantora.
El libro permite así revisitar la historia de una política sistemática de persecución cultural. Desde mediados de la década de 1960 y especialmente durante la última dictadura, la censura estatal, las listas negras del COMFER y dispositivos como la Operación Claridad identificaron a músicos y artistas considerados peligrosos por su influencia pública. Figuras emblemáticas padecieron la censura, la tortura, la desaparición o el exilio, en un intento por desarticular una de las expresiones más vitales de la cultura argentina. Mercedes nunca dejó de cargar esa experiencia, incluso luego de los 13 recitales míticos que dio en el teatro Ópera, marca histórica de su regreso al país pero también de una apertura democrática inminente. Araceli recordó que las amenazas continuaron y persistieron hasta entrado el nuevo siglo, pocos años antes de su muerte en 2009.
Como sintetizó Graciela Goldchluk hacia el final de la presentación: «Este libro existe porque existe la amistad». Casi medio siglo después, Pájaro Azul (nos) devuelve una voz, “la otra voz” de Mercedes Sosa.

