Newsletter

Conocer las actualizaciones de las últimas noticias

By pressing the Subscribe button, you confirm that you have read and are agreeing to our Privacy Policy and Terms of Use
Editorial

Martín Kohan: “Estoy fuertemente embrutecido por las condiciones sociales existentes”

¿Quién es Martín Kohan? ¿El docente de teoría literaria? ¿El autor de libros de cuentos y novelas ganadoras de premios prestigiosos como el Herralde? ¿El ensayista? ¿El intelectual? ¿El hincha de Boca? Pablo Díaz Marenghi interroga todas las dimensiones de una misma identidad en una conversación con el escritor que reproduce Negras&Blancas.
3 0
Read Time:24 Minute, 42 Second

Foto: Alejandro Guyot

¿Quién es Martín Kohan? ¿El docente de teoría literaria? ¿El autor de libros de cuentos y novelas ganadoras de premios prestigiosos como el Herralde? ¿El ensayista? ¿El intelectual? ¿El hincha de Boca?

Uno de sus últimos libros (Argentinos, ¡a las cosas!) problematiza, justamente, la identidad. En este caso, indaga sobre la argentinidad no a partir de la evocación del pasado sino mediante la pesquisa sobre ciertos objetos. Presencia y ausencia, derrota y épica se funden en estos ensayos breves que sirvieron a modo de excusa para conversar con uno de los escritores contemporáneos más interesantes que también se interesa por intervenir en la discusión pública.

PUBLICIDAD

En el medio, también publicó dos libros más: ensayos sobre Borges (Lo que entiendo por Borges, Ediciones Godot) y una notable nueva novela (La separación, Anagrama). En esta extensa charla compartirá su visión acerca de las peculiaridades que definen a la identidad argentina, evocará a sus grandes maestros (Sarlo, Viñas) y analizará el presente. Al respecto, afirmará que se considera “fuertemente embrutecido por las condiciones sociales existentes”.

¿Cuál fue el origen de Argentinos, ¡a las cosas!?

El libro es un ejercicio de lectura sobre cosas concretas que remitieran a lo argentino. Primero fue la idea general de hacer un ensayo sobre cosas. Y la pregunta por lo argentino, jugar, con eso. Ahí apareció el título. No quería que tuviera las características del ensayo de especulación ni tampoco el recorrido de una especie de tipicidad folclórica. La idea era trabajar sobre cosas concretas. Creo que hay algo con lo que me encuentro una y otra vez, que tiene que ver con mi formación en la crítica literaria, que es necesario un objeto. Prefiero eso antes que opinar. En los textos que escribo en Perfil, por ejemplo, escribo sobre un objeto concreto. Una modalidad discursiva, un tipo de intervención, una escena. Me parece que hay algo en un tipo de práctica crítica que tiene que ver con la lectura, es lo que marco como diferencia con un ensayo de especulación, que es leer objetos. Esos objetos pueden ser un discurso, un orden del discurso, una palabra, un gesto.

Pienso en el anclaje, por ejemplo tu entrevista que suele viralizarse, donde hablás de una cifra, los 30 mil, no de toda la dictadura, después pienso en las referencias que citás (Roland Barthes, Juan José Becerra, Luis Sagasti, Mario Ortiz) 

Nunca me veo. Sé lo que se habló porque estuve ahí. Pero el tiempo pasa y cada vez me queda más lejos el recuerdo. Nunca lo volví a ver porque nunca me veo ni escucho. No me gusta. Pero otra vez aparece la idea de lectura y de la literatura. ¿Qué es? ¿Qué se discutió esa noche? ¿Cómo hay que pensar en la figura del desaparecido? Es eso, en realidad. No fue un debate aritmético sino, ¿qué se entiende por desaparecido? ¿Cómo se contabiliza una ausencia? Por otro lado, es una reivindicación de la práctica de leer.

«Creo que hay una tendencia de embrutecimiento en general. Yo no me doy por vencido en absoluto, porque uno también en el disenso encuentra estímulo, o en la discusión y la diferencia. Ahí hay un estímulo. Y los disensos y la diferencia que nos plantea el mileísmo carecen de estímulo en términos intelectuales»

En relación a esto, recuerdo que Beatriz Sarlo hablaba acerca del uso de herramientas de la crítica literaria para el análisis político. Lo pienso en relación a tu texto sobre San Martín y lo que ocurrió con su sable a comienzos de año.

Totalmente. Hay un campo de intereses en Barthes, Benjamin. Agregaría que en los noventa se pusieron de moda, con todo lo que eso implica en el mal sentido, los estudios culturales. Y Beatriz Sarlo fue una de las personas que más fuerte y más lúcidamente se despega de la moda para recuperar la tradición genuina de los estudios culturales ingleses. Me acuerdo porque en algún momento estuvo Richard Hoggart en la facultad y éramos cinco. Pero Beatriz estaba entre esos cinco. Creo que lo de Sarlo es clave al mismo tiempo porque ella también tuvo su costado más sociológico. Hay algo de expandir hacia la esfera social las prácticas de la lectura literaria. La posibilidad de leer en términos, por ejemplo, de los culturalistas ingleses, prácticas sociales.

Es nada menos que eso. Lo del sable corvo, creo que alguna vez ya había escrito, porque cada vez que anda dando vueltas San Martín… No sé si lo escribí cuando llevaron el sable al museo. Ahora escribí para La Tecla Ñ un texto breve en relación a esto que ha pasado ahora, que para mí ya no tiene que ver ni con San Martín, ni con Rosas, ni con el sable, ni con Maipú, ni con Caseros, sino con Cristina. Deshacen lo que hizo Cristina, nada más. Tienen un imaginario —o la escala histórica que manejan— del kirchnerismo para acá. Y a cualquier cosa que sea anterior, posterior o esté por fuera del kirchnerismo, la van a subsumir en el kirchnerismo para ver si la tienen que apoyar, ratificar o revertir. Me temo que no hay, en lo que ahora está pasando, mucho más que eso. Lo cual es agotador por lo precario, elemental, rudimentario del procedimiento: son descargas de odio antikirchnerista. Ni siquiera hay una discusión. ¿Hubo una discusión sobre la significación del sable corvo? No. ¿Hubo una discusión sobre por qué debería o podría estar acá o allá? No. Es solamente identificar algo a lo que van a llamarle “kuka” y lo van a hostigar. Es tremendamente —como casi todo lo que tiene que ver con el presente, degenerado por Milei— básico.

Le damos vueltas porque tiene una gran intensidad, porque tiene un impacto, porque produce efectos, pero en términos de elaboración o de discusión conceptual es tremendamente chato, como casi todo lo que está ocurriendo desde Milei. Creo que hay una tendencia de embrutecimiento en general. Yo no me doy por vencido en absoluto, porque uno también en el disenso encuentra estímulo, o en la discusión y la diferencia. Ahí hay un estímulo. Y los disensos y la diferencia que nos plantea el mileísmo carecen de estímulo en términos intelectuales, porque son muy básicos los planteos, una lógica muy elemental.

Pensaba la relación entre literatura e historia. En tu caso eso aparece en muchos cuentos y novelas. ¿Cómo nace ese interés en vos?

Me interesa la interrogación por la significación, que en muchos momentos de este libro permite una oscilación entre el ser y el representar. Es decir: si la cosa es lo que es o lo que representa, porque la pregunta es por la significación. Mi interés por el pasado tiene que ver con zonas del pasado coaguladas en su significación. Cuando escribí sobre San Martín, recuerdo algo que trabajó Noé Jitrik —vale nombrarlo: Beatriz Sarlo y Jitrik fueron profesores míos en la facultad, en la carrera de Letras— en términos de la relación entre literatura e historia. Con una observación deslumbrante para mí: en castellano usamos la misma palabra, “historia”, para designar tanto la realidad de los hechos ocurridos en el pasado como el relato que se hace de esos hechos. En inglés se distingue entre history y story, dos palabras distintas según se trate de los hechos o de su narración. Jitrik decía: ¿cuándo y cómo una novela histórica trabaja sobre hechos del pasado? ¿Y cuándo es un movimiento de texto a texto? ¿Cuándo es un movimiento intertextual? ¿Es una relación entre literatura y realidad —texto y realidad— o es texto-texto? La novela histórica puede estar reescribiendo textos, no narrando el pasado. Y esa idea de que una novela histórica pueda no ser realista —entendiendo por realismo una relación lo más directa posible entre narración y realidad— implica admitir o propiciar la mediación de otros textos. No estoy escribiendo hechos del pasado: estoy reescribiendo textos. Esa capa son capas de significación. Entonces, cuando yo escribí sobre San Martín, tampoco escribí “sobre” San Martín en un sentido empírico.

Justo me das el pie para comentar dos textos de tu libro que quería resaltar. Uno es acerca del puente de Juan B. Justo y Avenida Córdoba. Acerca de cómo narrar la sensación física de la ausencia. Otro es el texto sobre Operación Masacre, que hace referencia al pasillo de la casa en donde fueron secuestrados los fusilados en José León Suárez. Después narrás el momento de “hay un fusilado que vive” que decís que es un momento de ficción en la no ficción. ¿Cómo pensaste estos momentos?

Hay algo entre lo que representa y lo que es que se juega también en términos de presencia y ausencia. Y me parece que tiene que ver con la posibilidad de interrogar un pasado como la idea de huella, que creo que aparece y es la noción que da cuenta de esto: aquello que del pasado perdura en el presente, como huella, como resto.

Como el texto que escribís sobre el Renault 12

Exacto. No es un libro de puro gesto ni de evocación del pasado. El pasado no es eso que ya ocurrió y no está más sino que es indagado en las huellas concretas que hacen que ese pasado habite el presente. En esa idea de huella, la presencia y la ausencia se conjugan. No siempre del mismo modo, pero se vuelve fantasmático. Por eso apareció la figura de los desaparecidos. Ahí también fue impresionante el campo de batalla de San Lorenzo. Es una plaza. Si nadie pone ningún cartel, es una plaza. Lo único que te puede llamar la atención es: qué grande esta plaza, no hay plazas tan grandes en lugares más bien chicos. Lo que sabés que pasó ahí es fantasmal. Es imposible pararse ahí y no imaginar la batalla.

Pienso en algunas aguafuertes de Roberto Arlt que describe partes del barrio de Flores como un campo donde pasaban carretas con caballos y hoy es un escenario hiper urbano ya desde hace varias generaciones atrás

Tiene que ver con eso. Y no es añoranza del pasado, aunque en un punto puede serlo. Es ver al pasado al mismo tiempo como presencia y ausencia. Porque la presencia no es plena, si no sería un museo. Sería hacer de la ciudad un museo. No es un museo: el puente no está más. Pero su ausencia está. Ves la ausencia. Y al ver la ausencia, esa ausencia, sin dejar de ser ausencia, se convierte en una presencia. Lo cual nos devuelve al debate sobre los desaparecidos. En realidad, la discusión no es meramente aritmética: es cómo se contabiliza el cuerpo que no está. La gran trampa —o una de las grandes trampas, si es que a veces es una trampa malintencionada y no pura ignorancia— de quienes pretenden la contabilidad de lo verificable. Porque se trata justamente de que sustrajeron los cuerpos. Si quieren saber cuántos fueron exactamente, devuelvan los cuerpos: ahí los vamos a contar uno por uno. Entonces, poder indagar —insisto, para mí la lectura literaria es el soporte de esta conceptualización— la presencia de algo ausente. Algo que, por ejemplo, se plasmó cuando se hizo el Siluetazo: volver presente la ausencia. 

En relación a esto y a la actualidad, en un texto analizás una escena de Plata dulce en donde hablás de un equívoco en relación al combinado Ken Brown (que en realidad es una marca nacional) y lo ligás con la tapa de Miami de Babasónicos. Todo esto tiene que ver mucho con el presente, el Mileismo y el mandato implícito de hacer plata.

Me parece que habilita otra modulación de la idea de pasado y presente, que es más frustrante en este punto: el pasado que se hace presente porque se repite. No como el remanente de significación que uno interroga, no como la huella que vuelve presente ese pasado, ni como la ausencia que equivale a una presencia, donde uno interroga la ausencia del pasado en su presencia como ausencia. Parece un juego de palabras, pero lo que dije es correcto.

Como decía Marx: se repite como farsa.

En este capítulo concreto —y en este ejemplo concreto— es la manera más trivial y más frustrante: el pasado está en el presente porque esto ya pasó. Ya pasó, ya lo vimos y ya lo vivimos y por eso muchos consideramos que ya podemos saber cómo va a terminar. Mal.

No solo “ya pasó”, sino que pasó al menos dos veces, porque pasó durante el menemismo también. Entonces, esta situación, que si fuese nueva sería frustrante, es doble o triplemente frustrante porque ya lo vimos, lo discutimos, lo pensamos, ya vimos qué pasa, sabemos qué problemas trae y acá estamos otra vez.

Hoy justo estaba en otra entrevista sobre la “batalla cultural”. Y a mí me parece que no es cierto que Milei “dé la batalla cultural” porque antes no la dieron. Milei lo que hace es gritar que está dando la batalla cultural. No quiere decir que quien no lo gritó no la dio. Si lo pensamos desde Gramsci, todo proyecto de hegemonía política involucra una dimensión de batalla cultural.

Creo que hay algo que logra Macri: formular el proyecto político más conservador y más reaccionario asociado a la idea de cambio. El partido conservador lo llamamos “partido conservador”, y él le puso “Juntos por el Cambio”. Le podría haber puesto “Juntos por lo mismo”, “Juntos por la ratificación de las relaciones de poder ya existentes”, “Juntos por la consolidación de los grupos concentrados de poder tal como están”. Le puso “por el cambio” y logró asociar un proyecto netamente conservador con una expectativa de cambio. Incluso habló de “revolución”.

«Estuvimos de acuerdo socialmente con los indultos. Cuando Menem fue reelecto en el 95, ¿todos esos votantes consideraron que los indultos estaban bien? No. Porque muchos de esos votantes apoyaron después el proyecto que reabrió los juicios. ¿Cambiaron de opinión? Probablemente no cambiaron de opinión pero cedieron eso a cambio de las ventajas contingentes que traía el uno a uno. Nos tragamos este sapo. Como si fuera este experimento: ¿cuántos sapos están dispuestos a tragar a cambio de veraneos afuera y cosas importadas? Todos. Hasta ahora, todos. El límite no es moral: es el agotamiento de la misma ilusión».

En un momento, María Eugenia Vidal tuvo un fallido y dijo “cambiamos futuro por pasado”

Ahí realmente funcionó: la gente que quiere un cambio empieza a apostar a estos proyectos en un imaginario de novedad. Entonces apuestan al cambio y a lo nuevo, y es Martínez de Hoz otra vez, en malos sentidos.

En algún momento también escribí: es como si periódicamente se hiciera un experimento con esta sociedad —con nuestra sociedad—, con una franja de la sociedad: la que puede viajar. Puedo ser yo mismo. No las capas más bajas: es la clase media que, en vez de ir a la costa argentina, puede ir a Brasil o al Caribe, y comprar cosas importadas. Digo “media” porque la clase alta no necesita estas políticas para viajar a Europa. Y las clases bajas no viajan a Europa ni siquiera en estas condiciones. ¿Qué estamos dispuestos a admitir a cambio de poder comprar cosas importadas y viajar? ¿Cuál sería el límite? Ninguno. Para esta franja, que uno integra. Estuvimos de acuerdo socialmente con los indultos. Cuando Menem fue reelecto en el 95, ¿todos esos votantes consideraron que los indultos estaban bien? No. Porque muchos de esos votantes apoyaron después el proyecto que reabrió los juicios. ¿Cambiaron de opinión? Probablemente no cambiaron de opinión pero cedieron eso a cambio de las ventajas contingentes que traía el uno a uno. Nos tragamos este sapo. Como si fuera este experimento: ¿cuántos sapos están dispuestos a tragar a cambio de veraneos afuera y cosas importadas? Todos. Hasta ahora, todos. El límite no es moral: es el agotamiento de la misma ilusión. En el menemismo es muy claro: un dólar no es un peso. Es una ficción. Volviendo a la idea de ficción: cuando la realidad cobra forma de ficción. Lo establecemos, lo creemos, lo sostenemos, hasta que en un momento ya no se puede sostener más. Y en realidad cayó ahí. No cayó ni con los indultos, ni con la voladura de Río Tercero, ni con las denuncias de corrupción.

También hubo —y hay— un correlato ideológico: el despedido, el desocupado del menemismo. Cuando puso el parripollo con la indemnización, creía que había ascendido socialmente, porque había pasado de empleado a jefe. Era el dueño del parripollo. ¿Cuántos pollos podemos comer? Hoy pasa algo similar con estos pequeños “emprendedores” de las bicicletas: sos dueño de tu tiempo, sos dueño de tu vehículo. ¿Cuántas empanadas vamos a consumir? ¿Cuánto Uber puede haber? El límite va a estar dado por eso. De hecho, el límite ya se empieza a sentir ahí. Cuando cae, cuando colapsa la ilusión de prosperidad económica, hay que pensar qué pasa. Como cuando, en una fiesta con excesos, se hace de día y te mirás las caras y decís: “Bueno, ¿por qué estuvimos así?”. En ese capítulo el pasado habita el presente de una manera distinta: como repetición. Como farsa de la farsa de la farsa.

Otra cuestión que aparece en este libro y está muy presente en tu obra es el fútbol. Hablás del gol con la mano de Maradona en 1986 y de un mural de Diego en Italia 90. Allí reflexiones sobre la épica de la derrota. También pensaba como a veces el ámbito académico prejuzga o desprecia al fútbol y me acordaba de una vez que habías ido a un programa televisivo con Juan José Sebreli, acérrimo crítico del fútbol, y vos le decías que le podías recomendar bares en donde no pasen partidos para que pueda leer tranquilo.

Me acuerdo mucho. No es que tampoco hablé tantas veces con Sebreli; esa vez fue… Para mí es inolvidable porque yo había leído Fútbol y masas de él, que estaba en Galerna. Porque los dos le prestamos atención al mismo asunto por razones opuestas. Yo buscando bares donde pasaban los partidos y él buscando bares donde no los pasaban. O sea, ¿por qué yo sé en qué bares no pasan los partidos? Porque estoy buscando uno donde sí. Como estoy buscando bares donde los pasen, sé muy bien cuáles son donde no los pasan. Fue como una especie de entendimiento a partir del malentendido.

A mí el fútbol me gusta muchísimo, la literatura también; su combinación, no tanto. A veces hay impostaciones populistas en los intelectuales, que no es mi caso. A mí me interesa de veras. Y no me interesa señalarme en mi condición de nada; de intelectual, tampoco. Pongo entre paréntesis: en eso tengo una concepción muy tomada de Borges de la identidad y creo que eso también define el libro, por qué el libro no es un recorrido por objetos típicos. La identidad como algo que acontece, no como un ser que se asume y se ejerce. Borges decía que la identidad ocurre. Lo veía como una especie de fatalidad: la fatalidad en la ocurrencia. Sos argentino: se va a notar. No hace falta actuar. Te digo: argentino como cualquier identidad. Se va a notar en muchas cosas más que en la premeditación de hacer ostensible una condición de identidad. Nada más lejano a mí, porque tengo esa relación, por lo pronto con lo argentino, también con la condición de intelectual: se notará en lo que hago. No me interesa el uniforme del intelectual, la ropa que se espera de un intelectual, tampoco lo contrario. Los gestos del intelectual, los gustos del intelectual o la impostación populista del que quiere subrayar que, a pesar de que trabaja en la universidad, le gusta el fútbol: tampoco me interesa generar eso. Ocurre.

Entonces, te diría que tengo muy presentes las dos cosas: el prejuicio anti intelectualista de ciertos mundos —por ejemplo, el deportivo—, que tiene todas las fallas de cualquier prejuicio; y los prejuicios anti populares de ciertos ámbitos intelectuales, que tienen las mismas fallas. Pero también estoy atento a la impostación.

A mí el fútbol me gusta de verdad, yo soy hincha de Boca. No estoy jugando al intelectual que va a la cancha. Soy docente universitario, trabajo de leer, trabajo de escribir, y voy a ver a Boca. Ni pose ni impostura. El fútbol me interesa de veras.

A lo largo de la escritura del libro —tampoco lo tenía tan claro antes—, con el primer capítulo, que sí lo tenía pensado, fue lo primero que apareció. Tiene que ver con una manera de pensar la identidad: algo que se sostiene y al mismo tiempo cae. A la vez la identidad hecha de algo que se afirma y también trastabilla; de algo que se erige y también se hunde; y que las dos cosas se puedan pensar al mismo tiempo. Dicho todo eso, creo que parte de eso hizo que, cuando apareció Maradona… Obviamente el gol del que había que escribir era el de la gambeta. El de la mano, que también está hecho de presencia y ausencia.

Bilardo dijo que había sido de cabeza. Que él le preguntó y le dijo que había sido de cabeza

Me fascina. Una vez le dijeron: pero él dijo que fue con la mano. Él dijo la mano de Dios. La mano fue y no fue, en el sentido de algo que prácticamente nadie vio. Es algo que cobra existencia en la representación, no como acontecimiento inmediato. Como acontecimiento fue posible, pero la mano es mano en la representación. Ni siquiera el que saca la foto ve la mano: la ve al revelar. O sea, no la ven los hechos: la ve la representación de los hechos. Eso me fascinó. Y lo de la derrota entra en esta misma lógica.

El asunto es cómo ser héroe en la derrota. Es decir, la identidad en la falla, no en la plenitud. Y volviendo a la idea de las cosas concretas: si no detectás cuál es la camiseta de Maradona, no detectás que ahí hay una derrota. Podés ser un futbolero, pero si no ves eso… Por ejemplo, con lo de Walsh: yendo a la cancha pasaba por la esquina de Walsh y no pasaba nada. Pero con el mural sí se me ocurrió algo: la inscripción de una huella concreta. Sin la camiseta no lo ves. Y eso está hecho a partir de una foto —creo que de El Gráfico—, pero podés reconocer igual la camiseta, el cuello de la camiseta. Esa es la huella de la derrota. Y pensarlo como una identidad afirmada en la derrota, no debilitada en la derrota. En el mismo sentido: una concepción de la identidad hecha del tropiezo y no solo del paso firme, de lo que cae y no solo de lo que se levanta. Y ponerlo en Maradona, porque no cualquier héroe es héroe en la derrota. Lo cual nos devuelve al sargento Cabral. No es lo mismo, pero es otra vez el héroe en la caída, el héroe en la derrota. Me interesa mucho más pensarlo así que en la plenitud completa, que termina siendo redundante.

¿Esto lo pensás en relación a la identidad en general?

Las identidades son muy distintas y todos tenemos más de una. Pero, como concepción de la identidad, sí: es básicamente una especie de movimiento, no esencializar y no fijar. La identidad requiere un grado de fijación, sí, si no, no habría identidad; requiere un cierto grado de estabilización, de permanencia, que no es lo mismo que fijación absoluta.

Lo que pasa es que la identidad argentina me interesa especialmente, y creo que eso viene de la literatura. Pero, por ejemplo, debe haber sido imposible no problematizar la identidad de género en estos años en particular. Yo tengo ya casi 60. Mi papá sostenía el paradigma de lo que se llama patriarcado pleno: su idea de lo que es ser un varón, su idea de lo que es ser una mujer. Además tengo una hermana, con lo cual la diferencia de concepción se ponía en juego en la misma escena, el mismo día, en la misma conversación. Para mí se vuelve inseparable esa identidad y su puesta en crisis. Es inseparable, y no solo por estos años. ¿Qué de todo eso no funcionaba en mí o no funcionaba para mí ya en los años 80, cuando yo era adolescente? ¿Eso implicó desprenderme de mi identidad? No. Sino maniobrar en su resquebrajamiento, su crisis, su vacilación. ¿Me desprendí por completo? No. Tampoco había un todo del cual desprenderse. Y entre desprenderse y no desprenderse está esto de maniobrar con eso, con la crisis.

La idea es que la crisis hace a la identidad, no la amenaza —al menos para esta concepción. Para una concepción de la identidad firme, plena, concluyente, una crisis solo puede ser amenazante. Pero cuando no la pensás en esos términos, la puesta en crisis es parte del proceso mismo de la identidad.

Otra cuestión que surgió recientemente acerca de la identidad argentina fue la película Homo Argentum. ¿La viste?

No la vi. Vi varias cosas de ellos. El hombre de al lado me había gustado mucho. No me interesó ir al cine a verla pero porque me parece que no es buena. Personas en las que confío, dicen que no es buena. Está tan aplastada la posibilidad de discusión, en niveles tan elementales, que no sé si tengo ganas de problematizar la cuestión de la identidad argentina —cosa que me interesa muchísimo— con un objeto precario. Quizás en otro momento sí. Pero ahora, que todo está tan reducido a la chicanita tuitera, incluso desde el aparato del Estado…

Mirá, me encontré pensando —porque ya en los años de Macri, los cuatro años— pensé, y creo que en algunas veces dije o escribí, respecto de otros momentos políticos, de debate, de desacuerdo: qué poco estimulantes eran los términos y los planteos del macrismo en términos de eso, de estimular una discusión o un disenso. Si vos discutías con Horacio González, con Beatriz Sarlo… el encuentro Beatriz Sarlo–Horacio González era tremendamente enriquecedor por el altísimo nivel del desacuerdo. Nunca iban a estar de acuerdo, ni lo intentaron ni les interesaba, pero el grado de elaboración de las respectivas posturas era tal que la exigencia de elaboración de ideas era extraordinaria en el desacuerdo.

Uno tiene la tendencia a pensar que alguien es muy inteligente cuando piensa lo mismo que uno. Calibrás la inteligencia de alguien en el desacuerdo. Me parece que está equivocado y, al mismo tiempo, está bien elaborada la postura. No es tan fácil decir cómo y por qué me parece que no está bien.

Y también esto que decías antes: la cuestión plana, chata de la discusión. Pensar en personajes de la derecha de hace décadas, que uno los veía como personajes ilustrados

Y lo eran. Cuando la generación Contorno discute con Sur, el nivel de discusión era muy valioso, porque el interlocutor te planteaba un desafío de elaboración y de disputa muy alto. Yo ya me había amargado en los años del macrismo por esto, pero ahora pienso en esos años y digo: “Bueno, dame a Sebreli, a Avelluto”. De pronto me parece una edad de oro. En su momento no, pero ahora sí.

En aquel momento también argumentaba: pensar acuerdos o desacuerdos con Horacio González, con Ricardo Forster, con María Pía López era efectivamente muy estimulante. Y ahora me encuentro pensando lo mismo. Ahora estamos entre Diego Recalde, el Gordo Dan. Es desolador.

Quizás en otro contexto hubiese visto Homo Argentum y decir: “Sé que es mala, pero vamos a ver qué hay”. Ahora no puedo. No tengo resto. Porque he visto muchas películas malas sabiendo que eran malas porque me interesaban por algo. Me parece que no tengo resto para más trivialidad. Me parece aplastante. Y a la vez coherente: necesitan que no haya cine, necesitan vaciar el teatro, la investigación en ciencias sociales y humanísticas, la universidad. Necesitan instalar una desconfianza social hacia el pensamiento.

Que si un docente expresa lo que piensa está adoctrinando y debe ser denunciado. Yo en clase lo hice: me quedo callado. Yo hablo mucho. Entonces mi silencio se nota. Una vez mi hijo, cuando era chico, me dijo: “Estás muy cansado”. ¿Cómo te diste cuenta? “No hablas”. En clase hice eso. Dije: “No, estaba pensando algo. Y como ahora está prohibido que los docentes digamos lo que pensamos… lo estaba pensando. Ya voy a lograr dar clases sin pensar nada, pero por el momento todavía pienso”. Se ríen, pero los términos son esos. Aplastamiento en el espacio educativo, en la cultura, en el arte. La explicitación de que solo exista cine/música/literatura comercial.

La idea de que ese sea el criterio de valor de una política de Estado… si me decís bueno, soy empresario, si esto no vende, no pongo un peso. Bueno, así son los empresarios. Que una política de Estado responda a que si una literatura no vende no tiene valor literario. El tiempo que lleva producir tanta ignorancia. Porque hay mucho para ignorar, para sostener esa postura. Y no es que no haya cosas para discutir: el INCAA, la relación entre literatura y mercado. Pero los términos son muy elementales. Ponerse a tono a ese nivel de discusión es embrutecerse. En ese sentido yo por lo menos me considero fuertemente embrutecido por las condiciones sociales existentes.


Las suscripciones son el ingreso principal de Negras&Blancas.

Si querés colaborar en nuestro crecimiento, podés hacerlo con una suscripción a la revista. Tu aporte solventará el trabajo de las redactoras y redactores.

Foto del avatar

About Post Author

Pablo Diaz Marenghi

Periodista y docente. Licenciado y Profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA), Maestrando en Periodismo Narrativo (UNSAM). Colabora en La Agenda, Revista Ñ, Clarín, Tiempo Argentino, entre otros. En 2016 publicó Codex, Música Contemporánea (Maten al Mensajero). En Twitter es @pe_diazm.
Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Conocer las actualizaciones de las últimas noticias

By pressing the Subscribe button, you confirm that you have read and are agreeing to our Privacy Policy and Terms of Use
PUBLICIDAD