Casi como una reacción frente a los postulados que hablan del fin del disfrute estético y de la (s) crisis de la (s) música (s), en tanto lo viejo no termina de morir y lo nuevo de nacer, se han publicado muchos libros sobre por qué seguir escuchando, creando, disfrutando y pensando la música. Incluso, poniéndola en jaque y arrinconándola a los golpes, como lo hace Julio Mendivil en su lúcido En contra de la música. Herramientas para pensar, comprender y vivir las músicas (Gourmet Musical), donde tira sobre la mesa ejemplos actuales e históricos de los más diversos tipos –desde el rock, el pop y la música clásica europea, hasta las tradicionales de Asia y África o los folklores y músicas populares urbanas, rurales e indígenas de América y Europa– para desbaratar mitos y lugares comunes del pensamiento occidental, que según el autor permanece anclado en una suerte de “romanticismo decimonónico” y una declamada “entidad homogénea y universal” sin estar atento a las complejidades de nuestro tiempo. ¿Se trata sólo de sonidos, gustos y goces, o bien es hora de concebir la música como un fenómeno más amplio donde entran la política, la economía y la sociedad de cada época? ¿La música sigue siendo tan importante en nuestras vidas? ¿Es algo esencial para la existencia o, más bien, se exagera su importancia? ¿Continúan imperando prejuicios e ideas dominantes entre quienes valoran ciertas músicas y desprecian otras? ¿Tiene sentido seguir hablando de ella? ¿O le importa sólo a un grupúsculo de intelectuales, melómanos, musicólogos y periodistas, que deciden “lo bueno” y “lo malo”, “lo interesante” y “lo descartable”, y no tiene ninguna trascendencia para el resto?
En ese mosaico de crisis que no sólo es de la música sino también del cine y de otras artes, que en autores como Ted Gioia –el cual aseveró que hoy 50 personas dominan la cultura global y deciden qué suena, qué circula y qué cosas nos pueden hacer emocionar, y el caso paradigmático fue el de Solomon Ray, un músico de góspel y country que lideró los rankings de las plataformas pero nunca existió: había sido un invento de la IA– y Alex Ross –que pinta “una era de estruendo algorítmico”– se manifiesta alrededor de diversos modos, procedimientos y lenguajes –a saber: crisis de producción, crisis del periodismo especializado, crisis de distribución y del trabajo musical, crisis de consumo, crisis de creación, crisis de materialidad y de soportes, crisis humana y tecnológica, crisis de identidades, crisis de industria, crisis de carreras y trayectorias, crisis de trascendencia–, apareció recientemente Escucha (Anagrama), un polémico y ocurrente ensayo del escritor neerlandés Michel Faber. “La mayoría de los libros sobre música fingen, en un grado u otro, que la música existe al margen de los humanos y posee unas cualidades intrínsecas que no tienen nada que ver con las emociones y la programación cultural de un oyente concreto”, lanza en la introducción, y luego profundiza. “Pero en la realidad cotidiana, en la sociedad megacapitalista moderna, la música es algo que usamos. La usamos constantemente, en cantidades industriales. Socializamos con ella, hacemos ejercicio con ella, nos relajamos con ella, nos aislamos del ruido del tráfico con ella, compramos con ella o potenciamos artificialmente nuestro entusiasmo por el deporte o el sexo con ella”.
Coleccionista y defensor de la primera persona en el texto –donde no pocas veces resulta algo irritante y excesivo, tanto en la extensión de los párrafos como con las formas en las que organiza sus anécdotas y discursos–, Faber no deja de posicionar a la música como producto y espacio cultural de estandarización ultra capitalista –“y eso que es mi amor más antiguo” –, asevera que las listas de Spotify y los algoritmos construyen hábilmente los patrones de consumo masivo, e incluso, que “la mayoría de los libros serios sobre música van dirigidos a personas de piel clara”. También reconoce que la música no agrada a muchas personas –y, asume, “no tiene por qué gustarle”-, clasifica a otros con una suerte de “anhedonia musical”, aunque expone que en “nuestra sociedad se considera una vergüenza no apreciar la música” y que “el cacareo existente en torno a la música es exageradísimo”. Alejada de los rituales y las ceremonias, lo que en su día era comunitario está ahora atomizado, y lo que eran compromisos conscientes han pasado a ser elementos efímeros, casi inadvertidos. “Sólo porque haya un exceso de arte, sin embargo, no significa que a todo el mundo le guste”, desliza el escritor, que además menciona que en ciertos circuitos culturales predomina “un esnobismo de clase” y un “FOMO” por sobre un interés auténtico por disfrutar de la música, “la mayoría de la gente echa un ojo a los fenómenos culturales a los que sus iguales están echando un ojo porque no quiere quedar excluida de la tribu. Quedará en el olvido y desechado cuando el mundo pase a otra cosa”.

Michel Faber
Divertido y audaz, tanto como Nueve elogios del impar (H&O Editores), de Edi Pou, y Música de mierda (Blackie Books), de Carl Wilson, con los que traza puentes y reflexiones en común sobre cómo escuchamos la música y por qué escuchamos lo que escuchamos, como a la vez se cuestionan la base de sus gustos y preferencias culturales y hablan de decisiones políticas, éticas y estéticas en torno de sus elecciones, en Escucha Michel Faber pasa revista a los usos diversos que se le suele dar a la música, yendo de los niños a los animales, de obras como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band a Pierre Boulez, de Kylie Minogue a Deep Purple. “Es la tecnología la que nos ha proporcionado los medios para volvernos sordos escuchando música”, ironiza, y se permite criticar a los que ensalzan a Bach como ser supremo de la música –dice que intentó que le gustara la música clásica, pero no lo consiguió– tanto como a los ídolos del pop y del rock, al tiempo que señala que “todos los géneros musicales tienen problemas y defectos” y que “la música que todavía tenemos que encontrar nos espera con paciencia mientras avanzamos hacia ella”. Luego se pregunta, “¿qué tiene el arte que otros prejuicios no tienen?”, y en contrapunto con Carl Wilson, lanza que “la gente a la que le gusta la mierda es porque la mierda es lo único que son capaces de valorar. Simplemente son estúpidos, y lo son de un modo alegre y orgulloso”.
Es imposible abarcar toda la música y nadie puede llegar al fondo de la misma, a pesar de que “hay un sinfín de fuerzas en funcionamiento que determinan lo que debería gustarte o disgustarte”. En palabras de Ted Gioia, son aquellos CEOs y cúpulas de las empresas que hoy operan los peajes por donde pasa casi todo –búsqueda, redes sociales, influencers, app stores, e-commerce, streaming, “publinotas”–, más los jefes de los grandes conglomerados de industria –studios, majors, editoriales–. Hay superposición y, de acuerdo a Faber, “una saturación de productos artísticos”: las mismas pocas compañías deciden a la vez sobre distribución, visibilidad, monetización y datos, y esa concentración termina moldeando qué se produce, qué se descubre, qué “funciona”, qué se descarta y qué no les sirve. Dice Faber: “Ya ni siquiera es cuestión de buscarlos, de rastrear para dar con lo bueno. El arte está en el aire, tan abundante como el oxígeno, y nosotros vivimos con la presión de inhalar profundamente”.
Ahí está Fito Páez en su nuevo documental biográfico en Netflix, que resuena con el Edi Pou de Nueve elogios del impar, cuando éste dice que la música que se está haciendo en el mundo es cada vez más uniforme bajo la sensación de que todo suena igual, “porque en las últimas décadas casi todas las canciones que oímos coinciden en algo: su compás binario”. En una escena del documental, el rosarino recita una parte de su ensayo La música en tiempos de demencia masiva ante el auditorio de Berklee, el cual lleva a pensar en Cuatro tesis sobre la música en tiempos de streaming, de Adrián Dárgelos. Dispara Páez: “La música en el mundo pareciera hoy en estado terminal. La ausencia de pasión es abrumadora. Es un territorio conquistado por los dueños del mundo en busca de la aniquilación de las especificidades”. Todos coinciden en que el resultado de esas operaciones hegemónicas da una música más simple y más fácil de vender que reduce notablemente la capacidad de escucha, algo que en su “hiperestimulación” atenta contra la pluralidad de voces, aunque Faber explica que el cerebro humano y los oídos son capaces de disfrutar de opciones más intrincadas y menos segmentadas por el mercado. “La música es una cuestión diferente: se trata de algo demasiado complejo como para alojarlo en un único lugar. No hay una parte concreta del cuerpo en la que viva la música. La música va requisando lo que necesita de aquí y de allá”.
Escribe Pou, en esa línea de reflexión: “La falta de tiempo en nuestro día a día hace difícil revertir esta dinámica porque nos queda muy poco espacio mental. Vamos muy saturados. Llegamos a casa con la cabeza reventada. Y, además, tenemos cierta obsesión por la utilidad de las cosas. Detenerte a escuchar tranquilamente algo nuevo o dedicar tiempo a trabajar la escucha nos parece algo totalmente inútil cuando creo que es de las cosas más útiles que podemos hacer. Vamos entendiendo que debemos cuidar el cuerpo, que debemos cuidar la alimentación y se empieza a ver que debemos cuidar también nuestra mente. E igual que el cuerpo se entrena haciendo ejercicio, la cabeza y el oído se pueden entrenar con la música. Y me gustaría pensar que una escucha más empática puede ayudar a tener una actitud vital más empática en todos los ámbitos”.
Sin ser apocalípticos ni totalmente integrados, con voluntad de hacer dialogar la música con la historia y de alojar las diversidades y los fenómenos culturales, en los últimos tiempos se destacan ensayos y miradas sobre músicas nuevas y no tan nuevas como Hyperpop (Caja Negra), de Julie Ackermann, Las edades del tango (Planeta), de Sergio Pujol, Tecnologías de la música (UNQ), compilado por Martín Liut, Hoy desperté cantando esta canción (Debate), de Diego Fischerman, Historia mínima del rock en América Latina(coedición de Prometeo y El Colegio de México), de Abel Gilbert y Pablo Alabarces, Futuromanía (Caja Negra), del gran Simon Reynolds, Música, dictadura, resistencia. La Orquesta de París en Buenos Aires, de Esteban Buch (Fondo de Cultura Económica), con un episodio poco narrado de cuando la orquesta de Daniel Baremboim se solidarizó con artistas desaparecidos por la dictadura desembocando en un grave asunto diplomático entre Argentina y Francia, y El ritmo no perdona (Caja Negra), de Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo, entre otros.
Como también otros textos, un tanto más teóricos y conceptuales, como ¿Por qué la música? (Serie Gong Editorial), del filósofo francés Francis Wolff, No importa si no es (música) (Dobra Robota), del músico y poeta chino Yan Jun, o La música de las ideas (Siglo XXI), del divulgador musical Sergio Feferovich. Allí, atravesando planteos metafísicos, filosóficos, estéticos y contraponiendo lenguajes y representaciones, los autores se siguen preguntando qué es música y qué no, qué hay detrás de lo que elegimos escuchar y si hay sonidos que se destacan o no sobre otros, a la vez que indagan en la relación entre el cuerpo, las máquinas, los ruidos, la naturaleza, el capitalismo, la espiritualidad, lo real y sus simbolismos, la historia cultural y la política. Tal vez, como sugiere Yan Jun, la música puede ser todo y nada a la vez (desde gozar de un recital en el living a experiencias de recitales en casas o autos), o bien depende de qué géneros y de qué sensibilidades se esté hablando, como se pregunta Francis Wolff al utilizar una serie de ejemplos para demostrar los efectos particulares en cada tipo de música.
Un baúl de crónicas, estudios, personajes e ideas para pensar, sentir, polemizar y debatir la música y sus audiencias, los géneros y sus entramados sociales, la emoción y el cambio de percepciones, las nuevas escuchas y el rediseño de la industria, el buen y el mal gusto, los consumos y el furor tecnológico, la creación artística, el poder corporativo y los algoritmos. La música, en definitiva, como reflejo de su época y de su sociedad por encima de cualquier gusto personal en tiempos donde, según sugiere Michel Faber en Escucha, parece una proeza poner una pausa ante tanto ruido, saturación mental y ultra aceleración de la vida.
