Hay artistas que te conectan con el mundo. Ayudan a transitarlo con la convicción de que existe otro día para ser. Hay artistas que te desconectan del mundo. Fabrican una fantasía escapista que funciona como refugio de la realidad. Hay artistas que solo buscan entretener y otros que solo buscan protestar. Y después está Charly García, que hace todo eso como quien carga una condena y una bendición.
Es muy difícil hablar de Charly sin hablar de la historia personal. Pero la historia personal es colectiva. Y si este país fuera un ser de muchos rostros, una de sus caras sería la de García. El rostro de la fantasía, la herida, la resistencia y la transformación. Charly es, al mismo tiempo, la emoción del primer amor y angustia del abandono; la aventura de la juventud y el desencanto de la vida adulta; la paranoia de una ciudad vacía y la esperanza de saber que quedan muchas mañanas por andar. Charly es la sordidez de un cuarto cerrado donde solo se puede ver una pared y una vereda del sol donde el mar trae las ondas de las nuevas olas. Charly es la nostalgia del futuro, la melancolía de los sueños que se fueron y la ilusión de que todo está por inventarse. Y lo curioso, lo estremecedor, es que todo eso sucede a la vez cuando uno lo escucha.
García inventó su propio mito. Como Borges, logró ser universal sin dejar de ser profundamente argentino; como Bowie, encontró en las influencias una estética. Como su admirado Lennon, se convirtió en un símbolo de rebeldía y cuestionamiento a la autoridad. Pero fue mucho más allá. Doblegó a la censura con alegorías literarias y construyó mundos de cine para observar la realidad de manera oblicua. Temprano entendió el funcionamiento de las instituciones y fabricó una máquina para combatir sus efectos. Asumió las consecuencias de no transar pero, un día, se cortó el pelo. Cambió, y siguió cambiando. Diferentes voces, letras y lentes, pero siempre el mismo bigote, que definieron el sonido de un país siempre al borde del colapso.
La dualidad sostiene la poética de García y eso se advierte en casi todas sus canciones. Las más felices tienen un ángulo extraño, inquietante, que recuerda la finitud de las cosas; las más oscuras dejan una puerta entreabierta donde se filtra la posibilidad de algo distinto, algo mejor. Charly es sutileza, precisión, exceso y saturación al mismo tiempo. Nuestro ángel caído convertido en demonio y redimido por el karma de vivir al sur. Ningún artista tocó la fibra de la emocionalidad como García y van a pasar muchos años para que aparezca alguien con esa dimensión, desde el niño que tocaba Bach hasta el adulto que rompía hoteles, pasando por el hombre que llevó Buenos Aires a New York y viceversa.
No hay día en que no escuche a Charly García y, cuando no lo escucho, me sigue hablando al corazón. De Charly aprendí que todos somos suicidas, que tenemos mil vidas, que no hay que pescar dos peces con la misma red, que nos siguen pegando abajo, que aunque cambiemos de lugar las banderas, siempre es como la primera vez. También, que algún día se va a abrir esta trampa mortal, pero hasta entonces llevaremos en la cara una sombra.
Gracias a Charly entendí que podemos cambiar de tiempo, de amor, de música, de ideas, de sexo, de dios, de color y de fronteras, pero que, al final, no podemos cambiar nada más. No podemos escapar de nosotros mismos. Todas las máscaras tienen una grieta. Todos los disfraces, una verdad. Se sabe: no existe una escuela que enseñe a vivir. Pero García nos enseñó a sobrevivir. Feliz cumpleaños, Charly, que sean otros 75 años de música.
