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Editorial

Troilo: una genealogía de la libertad

El bandoneonista Dino Saluzzi elaboró un texto sobre la tradición del bandoneón en la música argentina que forma parte del libro «Troilo. Una Teoría del Todo» de los periodistas Miguel Taboada y Mariano Suárez
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El bandoneón puede pensarse como un instrumento para la emancipación, individual y colectiva. En un doble sentido: por un lado, porque su horizonte expresivo habilita un campo inmenso de posibilidades. El bandoneón es pura posibilidad. Y, a la vez, porque justamente esa misma perspectiva es la que permite despegarlo de la referencia, nos invita a ubicarlo más allá de las músicas y formas ya conocidas con las que inmediatamente se asocia su nombre.

Acaso aquello lo aprendí en mi Campo Santo, en el valle de mi infancia, en un tiempo en el que, de la mano de mi padre, Cayetano, jugábamos a adivinar los acordes que él tocaba sin mirar el instrumento. Había entonces algunas guías escritas para el aprendizaje de la técnica del bandoneón, de sus escalas, sus posiciones, -seguramente no tantas como ahora- pero sobre todo estaba claro que el bandoneón estaba al servicio de una búsqueda de la belleza.

Hay, allí, una memoria de la música argentina que defender.

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Esa huella puede encontrarse en el bandoneón que, en sí mismo, comprende una genealogía de la libertad. Ese camino lo forjaron -por ejemplo- Pedro Maffia, Pedro Laurenz, Ciriaco Ortiz… no hay uno mejor que otro. Todos construyeron ese camino. Porque en la música hay que evitar la inducción: decirle al otro qué es lo que debería gustarle. Esa libertad de romper con la inducción empuja a la variedad y nos protege de la uniformidad, que siempre es un peligro para la cultura.

Me tocó conocer de chango el tiempo dorado del tango. Me tocó hacerlo primero como músico estable de la orquesta de Radio El Mundo. Hoy esa posición del músico en relación de dependencia es un oficio improbable. Tenía que acompañar cantores, folkloristas… cada radio tenía su orquesta y había un movimiento creador que impactaba: desfilaban músicos impresionantes como Julio Ahumada o Ernesto De la Cruz, que hoy son prácticamente desconocidos.

En esa genealogía musical, Troilo desarrolló un lenguaje. Tenía plena conciencia de aquello que quería y se apoyó en excelentes arregladores para construir eso que después terminamos identificando con el lenguaje troileano: allí aparece la figura de Argentino Galván que es, tal vez, quien mejor o ayudó a definir ese lenguaje.

Un hombre no es el resultado de lo que dice ser y hacer sino de lo que efectivamente hace. Y él tenía la virtud de decir tango con pocas palabras: muy pocas. Escuchás el vals «Un placer», de Chupita Stamponi, por ejemplo, y te fulmina. Igual con Troilo y los versos de “Sur”. No hace falta más. Se descubre la belleza de la música de un país, tantas veces subestimada.

Eso conmueve. Si alguien se conmueve con ese vals o ese tango no puede ser una mala persona. El arte nos transforma.

El Gordo nos incluyó a todos. Cuando lo escuchás, sentís que su música también te pertenece a vos. Es algo muy misterioso. Y uno creería que quien consigue algo así jamás podría ser ignorado. Que no es existe la posibilidad de la indiferencia. Y -sin embargo- muchas veces se observan gestos y actos desaprensivos hacia nuestra música.

Claro que en el camino de la música argentina aportaron tantos otros músicos. El ejercicio de la memoria no debería admitir pasar por alto nombres como Jaime Gosis, que supo trabajar con Héctor Artola, con Argentino Galván, con Astor Piazzolla (todos arregladores de Troilo); o un pianista como Osvaldo Manzi; o Dante Amicarelli, que hizo maravillas con Piazzolla y con Horacio Salgán. O, más atrás en el tiempo, una figura como Alfredo Gobbi, el violín romántico del tango, con quien tuve el privilegio de tocar. Tampoco a Enrique Delfino, un inmenso creador.

Toda esa música no puede ser olvidada. Esa música es lo que somos. Nuestra obligación es defenderla.

Por eso a mí me gusta hablar a través de ella. Sin intentar nunca convencer.

El bandoneón no es seguramente un instrumento que podamos llamar «oficial». No se usa en la llamada música clásica ni en muchas otras músicas.

Pero acaso sea el instrumento perfecto para hacer de la música, bien concebida, aquello que nació para ser: el instrumento para la emancipación, para el libre pensamiento y para la libertad.

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