“Musas. Mujeres que inspiraron canciones folklóricas” es el título del libro de la comunicadora y gestora cultural Silvia Majul, que fue editado por Mil Campanas, se publicará en papel el 1 de octubre y se lanzará en la Feria del Libro de Córdoba el 6 de octubre.
Majul, en su segundo libro publicado en 2025, reúne historias, algunas conocidas en el ambiente, otras más escondidas, y todas atravesadas por diálogos y experiencias recogidas en más de tres décadas de trabajo con los artistas de nuestra música.
Negras&Blancas reproduce aquí dos fragmentos de un libro que ya se puede reservar en Pre-Venta.
Una mujer adelantada a su tiempo: Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick
Cuando empezaron a componer era ya su compañera y tenía todo un mundo por delante para lucirse sola en los grandes teatros. Sin embargo, decidió arroparse con el nombre de Pablo del Cerro, estar detrás de la música popular. “El mundo folklórico no está preparado para que una mujer francesa firme contigo las canciones”, le dijo a su marido.
Tan lejanos como cercanos: la luz de una vela, un libro, la soledad, el desarraigo, las preguntas por universo. El desvelo de ambos y el amor a la música los unieron por la eternidad.
Pablo del Cerro se llamaba, en realidad, Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick.
Había nacido el 9 de abril de 1908 -el mismo año que el que fue su compañero por 40 años- en el archipiélago canadiense de Saint-Pierre-et-Miquelon. Su periplo empezó temprano a causa de la Primera Guerra Mundial y también por la muerte de su madre. A los 20 años cruzó el Atlántico. Se perfeccionó como pianista en el Conservatorio Nacional de Música. Cultivó una amistad con la musicóloga y compiladora Isabel Aretz y encaró otro periplo, a través de varias giras como concertista de piano. En una de esas paradas, junto a la Orquesta Filarmónica, conoció a Atahualpa Yupanqui.
Ella seguía sola por los caminos y deslumbrada por la música argentina. Él venía de varias rupturas amorosas alumbrando el arte popular. Esa noche, bajo el cielo tucumano, no intercambiaron teléfonos, sólo hablaron de Bach, de vidalas… En un silencio profundo se miraron a los ojos un minuto sin emitir sonido y se enamoraron para siempre.
Era primavera en el viejo continente cuando nació. Aquí era primavera cuando se fue para el silencio esa enorme mujer llamada Pablo, hace 30 años. De niña escuchaba los trineos con la nieve en las calles, mientras su padre cantaba al estilo Tirol.
Extrañaba al rugiente océano, el mismo que sentía dormido bajo el Cerro Colorado del norte cordobés. Una vez, un periodista le dijo si Yupanqui había pedido que deje su camino musical y ella contestó: «Renuncié a mi carrera porque vi en Atahualpa a un artista de una dimensión única, que había que acompañar. No todos nacen para ser estrella, otras estamos en la sombra, como el rugido del mar».
“Chacarera de las piedras”, “Indiecito dormido”, “El alazán”, “Guitarra dímelo tú”, “La del campo”, “El arriero”, y tantas más. Todas estas canciones son las que llevan la firma de Pablo del Cerro, nombre que ella eligió.
La autora, Silvia Majul. Nació en Llao Llao, Río Negro, y vivió en Santiago del Estero, Córdoba y Buenos Aires. Actualmente radicada en Unquillo.
Eulogia Tapia en La Poma
El camino es sinuoso, con quebradas y montañas de un inmemorial rugido de historias, dolores y silencios ancestrales. La Poma, una de las estrellas de los Valles Calchaquíes, queda a 194 kilómetros de la ciudad de Salta. Echa a rodar su aliento con atractivos naturales y una altura de casi 500 metros, el precipicio de las bagualeras y vidaleras de la zona.
“No hay tierras extrañas; quien viaja es el único extraño”, reza el dicho. Fuimos a hablar con su habitante más famosa, y que hizo famoso al pueblo que se disfruta serpenteando por más de cuatro horas hasta llegar a destino.
La postal no puede sumar más nada a lo que escribió Manuel J. Castilla y el Gustavo “Cuchi” Leguizamón, dos personajes de la bohemia salteña pero también dos artistas que pintaron como pocos la escenografía que los envolvía y sus personajes.
A lo lejos vimos pastoreando las cabras a nuestra compañía de esa tarde, Eulogia Tapia, completándose con el sauce de su casa, las flores de alfalfa, las dalias y sus ojos negros azufre coqueando al compás de la siesta. Ahí, en el mismo corral a cielo abierto, charlamos y mateamos una siesta de comienzos de siglo.
Eulogia Tapia es “La Pomeña” y “La Pomeña” es la zamba que cuenta la historia de una coplera en tiempos de carnaval, esas fiestas que llegan sólo una vez por año, donde el regocijo por la puna es regar de coplas la tierra. Una tarde, poco tiempo después de ese carnaval, su madre la llamó: «¡Eulogia! Acaba de salir por la radio una zamba que te nombra”.

Eulogia Tapia. Foto: Eduardo Fisicaro.
Tras esa voz y esos recuerdos de Eulogia fuimos esa tarde, a robarle la sabia de ese momento. A pesar de la popularidad de su nombre nada ha alterado su cotidianidad, su rol de hija, de madre, de hermana y de abuela. Cada mañana se la puede encontrar ordeñando y luego mateando en su casa de adobe.
Casi ajena a la curiosidad que despierta su nombre y su historia, Eulogia Tapia, continúa pastoreando y nosotros la interrumpimos.
– ¿Usted vio a los autores cuando estaban copleando?
Le preguntamos al rato de compartir una coca de su bolsita verde.
– Me enteré al otro día que había andado el músico Leguizamón y también me dicen que “El Barba”. Pero yo no los vi.
– ¿Qué edad tenía usted?
– 18 o 19 años. Era una tarde de contrapunto.
(El contrapunto es un ir y venir de coplas, una especie de diálogo musical entre dos personas donde gana quien no pierde la inspiración).
La Eulogia no estuvo mucho ese día. Al rato nomás desató su caballo blanco y rumbeó para el lado de «las casas». No sea que la noche y su padre la sorprendan en el boliche.
Candorosa por momentos, pícara en otros, Eulogia prefiere preguntarnos a nosotros “¿Cómo llegamos?”, “¿Cómo la encontramos?” y por si queremos hablarle mucho nos recuerda que debe estar atenta para que no se le vayan las cabras.
Sus ojos buscan esa noche en lo de Nicanor Juan Mamani y Amanda Aramayo, donde se cantó: “Ya llegada la oración, luego de bailar y folklorear, nos hemos puesto en contrapuntos. Cuando los hombres comenzaron a cansarse nosotras hemos comenzado a pegarles más y bueno, después se han rendido”, cuenta entre dientes.
Le preguntamos cuál es la versión de “La Pomeña” que más le gusta y contesta sin dudar:
– La de Mercedes Sosa siempre me emociona.
En el norte, cuando la pareja se lleva una mujer de su casa en mitad de la noche, le dicen “las has robado”. No nos cuenta si cuando el poema dice que “la roban carnavaleando” es porque le “ganan” el contrapunto o porque alguien la “robó” del boliche y se la llevó a armar un hogar. Lo cierto es que ese día nos quedamos con algo del paisaje de su alma. El paisaje que la rodea. Ni el olvido profundo, ni la mudanza del atardecer nos podrán quitar la ternura de Eulogia, la misma que se pulveriza en pañuelos y aromas del amancay.


