“Fuiste mía un verano” vendió un millón de copias en seis meses y anotó un récord para la industria del disco en 1968. El autor de su letra, Leonardo Favio, ya había estrenado dos películas elogiadas por la crítica y había terminado de rodar “El dependiente”, una de sus obras maestras. Con Vico Berti como socio musical iba a comenzar un camino en la balada romántica.
Aquella historia es el centro de un libro que se publicará en 2026. Lo escribió el periodista Héctor Sánchez, se titula “Cada piba que pase con un libro en la mano” y es el sexto título de una colección llamada “Historia Social de la Canción”.
Aquí un adelanto del libro que se publicará en febrero de 2026 y que se puede reservar en la “pre-venta”.
1- El 68
Tres hojas del almanaque ya habían quedado atrás. Comenzaba el cuarto mes de ese 1968 fundacional para la carrera de Leonardo Favio como cantante y compositor de sus propias canciones, esas que solo cantaba en reuniones con amigos acompañado por su guitarra. Eran canciones a pulir, con letras románticas algunas, melancólicas otras. Todas cruzadas por historias de amores y desamores que de la mano de melodías sencillas prometían algo más que transformarse en un hit pasajero, de esos que vendían bien durante un par de meses en lo que popularmente se denominaba un disco simple o disco chiquito, en aquellos tiempos del vinilo.
Para entonces, el cineasta tenía una película terminada y lista para estrenar, El dependiente, filmada el año anterior sobre la base de un cuento de su hermano, Zuhair Jury. Era su tercer film, que sería el último en blanco y negro de su filmografía, tras sorprender gratamente a la crítica y a un público no muy numeroso pero ávido de un nuevo cine argentino, con Crónica de un niño solo (1964) y afianzarse con El romance del Aniceto y la Francisca (1965), también surgida de un cuento de Zuhair. Con buena repercusión en los medios de comunicación gráficos, el Favio director de cine lograba hacer pie en festivales internacionales y alzarse con algunos premios nacionales que salvaron la inversión, aunque sin correlato en las boleterías de los cines, porque «mi público era básicamente gente de los cineclubes, intelectuales, artistas. Y yo no tenía un mango».
En esos días de abril, Leonardo Favio, nacido en Las Catitas, Mendoza, el 28 de mayo de 1938 como Fuad Jorge Jury, fue sometido a una operación en el tórax y una vez recuperado se dedicó de lleno a componer y retocar las canciones que empezaba a mostrar, con cierta timidez, primero en rueda de amigos y después en pequeños espacios en los que subía al escenario acompañado solo por su guitarra.
Favio necesitaba dinero para cumplir con los últimos pasos de posproducción y poder estrenar la película filmada en la primavera de 1967 en el entonces pequeño pueblo bonaerense de Derqui, con Graciela Borges y Walter Vidarte como los actores principales, y la presencia de Nora Cullen, talismán de las películas del cineasta. Primero con la ayuda de un amigo y después con los ingresos provenientes de su actividad como cantante, pudo estrenar El dependiente el 1º de enero de 1969.
Leonardo Favio siempre se caracterizó por no apresurarse y por vivir los días de a uno. Pero su próxima película la tenía in mente desde que había escuchado esa historia atrapante en los radioteatros de su infancia y adolescencia, aunque recién la podría filmar en 1972 para estrenarla en el comienzo de la primavera camporista, el jueves 24 de mayo de 1973, un día antes de la asunción de Héctor Cámpora como presidente de la Nación, tras el triunfo peronista del 11 de marzo, con las paredes y las multitudes que gritaban «Cámpora al gobierno/ Perón al poder». Lo que Favio tenía en carpeta antes aún de filmar El dependiente, era nada menos que Juan Moreira.
Pero para eso faltaba bastante aún.
En el invierno del ’68, el general Juan Carlos Onganía cumplía dos años como presidente de facto, tras derrocar en 1966 al radical Arturo Illia en otro golpe de Estado, el quinto en lo que iba del siglo XX. Estudiantes de La Plata empezaba a hacer historia en el fútbol argentino, tras su consagración como campeón de América al derrotar a Palmeiras de Brasil, para pegar el grito grande unos meses después en el mismísimo Old Trafford, la casa del Manchester United inglés, en donde se consagró campeón del mundo. La CGT de los Argentinos plantaba bandera, con el representante del gremio gráfico Raymundo Ongaro a la cabeza, para enfrentar al sindicalismo burocrático y conciliador con la dictadura militar que tenía en el metalúrgico Augusto Timoteo Vandor a su referente de mayor peso. A nivel internacional, el Mayo Francés -con los estudiantes y los obreros movilizándose a diario por las calles de París- concentraba todas las miradas y no pocos análisis sobre una protesta que marcaría tendencia mundial con una dinámica nueva en el corazón de Europa: «Seamos realistas, pidamos lo imposible», decía en una pared uno de sus principales grafitis. En Vietnam, la guerrilla transformada en un disciplinado bloque de liberación nacional comenzaba la contraofensiva militar que le infligió a Estados Unidos una catastrófica derrota, con un desbande que siete años después terminó en desesperada huida desde Saigón.
En estas pampas, mientras se alineaban los planetas del universo cinematográfico, Favio decidió, que era el tiempo de empezar a mostrar otras cartas: sus canciones pronto empezaron a sonar en un espacio que convocaba a una bohemia nocturna variopinta -ligada a la música, la literatura y las artes plásticas- que albergaba La Botica del Ángel, el histórico reducto del presentador Eduardo Bergara Leuman. Y allí fue que ese joven que le había presentado un amigo en una vereda del centro porteño una noche en que Leonardo pasaba por allí, apareció en escena para que Favio pudiera dar el paso inicial en el duro camino de la música popular. Porque ese éxito descomunal que se cocinó en 1968 tuvo una fecha clave el año anterior.
“Fue en Viamonte y Montevideo, un sábado de enero de 1967. Fui a la casa de Francesco Negrini, director de Lyra, una publicación de arte de las más prestigiosas donde escribían destacados colaboradores, como por ejemplo Jorge Luis Borges. Una revista ilustrada que salía cada dos meses. Francesco me invitó a cenar porque venía un coreógrafo ruso, de la Ópera de París. Yo tenía 21 años y ya había logrado un éxito como productor, en el Teleteatro Palmolive del Aire, de Alberto Migré, en Canal 13″. En un bar de Palermo, a fines de 2024, Vico Berti recordaba con exactitud los detalles que afirmaban su creencia en el destino. «Terminamos la cena y reunión como a las dos de la mañana, me acompañaron a la puerta y seguimos la charla ahí, en la vereda. Entonces, justo pasaba por allí Leonardo Favio, conocido de Negrini, quien nos presenta y le dice que yo soy un joven compositor musical. Favio dice entonces: ‘Ah, para mi próxima película quiero un compositor nuevo, anotá mi teléfono’. ¿Cómo no voy a creer en el destino?».
Y así fue que Vico Berti inscribió su nombre en el staff de El dependiente, considerada una obra maestra del cine argentino, en donde se hizo cargo de la música. La generosidad de Favio lo impactó: en una especie de cameo, su disco con la canción «En el vaivén» grabado para la CBS, que había sonado en las radios el verano anterior, aparecía en una de las tomas de la película.
“Yo fui muy feliz realizando esa película. Solíamos poner música en un grabador a la luz de la luna y fue como mágico, porque recuerdo que Walter Vidarte me regaló una guitarra y yo comencé ahí, en esa casa de Derqui en donde teníamos el campamento de filmación, los primeros acordes de Fuiste mía un verano”, recordó Favio años después. Ése puede ser considerado el kilómetro cero del éxito más arrollador de la canción romántica argentina.
Leonardo cantaba algunas de sus canciones tras la jornada de filmación. Mate en mano, contaba que desde chico pulsaba una guitarra que le había regalado su abuelo, y para aprender mejor le cebaba mates a un zapatero chileno que vivía enfrente de su casa mendocina y a cambio el vecino le daba clases de guitarra. Entonces, abrazó los acordes clásicos de la milonga pampeana que atravesarían todas sus canciones.
Terminado el rodaje de El Dependiente, el horizonte pintaba colores musicales.

