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Editorial

Patti Smith: memorias del futuro

“Pan de ángeles” es el libro de memorias de Patti Smith, una de las artistas más resonantes de la cultura popular estadounidense. “¿Por qué escribimos? -interroga-. Porque no podemos limitarnos a vivir”. En esta reseña para Negras&Blancas, el periodista y escritor Juan Manuel Mannarino se desplaza entre los signos y representaciones de su poética, siempre sujeta a transformación; y que, ahora, a sus 80 años, toma la forma de memorias.
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Fotos: Steven Sebring

Todo el mundo ha muerto, todo parece estar olvidado. Entonces se hace eco una voz. A poco de cumplir 80 años, Patti Smith –nacida en Chicago un 30 de diciembre de 1946– hace un recuento de quienes todavía la acompañan. Es un círculo escaso. Prontamente se detiene en su hermana. Puntea: “¿Qué será del futuro cuando faltemos las dos? Escribe para ese futuro, me dice la pluma, por el bien del cordero marginado, barrido como ceniza en un ático en llamas”.  Y después: “El reloj de arena se vuelca. Cada grano es una palabra que estalla en un millar más, los primeros y los últimos momentos de todo ente vivo”.

Las memorias de una de las artistas más resonantes de la cultura popular norteamericana siguen siendo una obra inconclusa, fragmentaria, de varios libros, una suerte de folletín con entregas previas como Éramos unos niños (2010), M Train (2015) o El año del mono (2019). Ahora es el turno de Pan de ángeles (Lumen), que se lee como si se saboreara la lenta composición de una artista desde el fondo de su existencia, en un abanico temporal que parte de las raíces familiares y la infancia hasta llegar a las últimas aventuras de la vejez. Vuelve a sentirse, en la pluma que la obliga a escribir para “ese futuro”, una sensación de testamento, de equilibrar las balanzas, de mirar los claroscuros y de alumbrar ante sus lectores ese epígrafe de Gógol, “los obstáculos son nuestras alas”, con el que comienza esta narración.

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No existe nada nuevo en Patti Smith que no se haya contado antes –entre otros, aparece su primer amor, el fotógrafo Robert Mapplethorpe, o las pinceladas de su icónico álbum Horses, el que marcó a una generación punk y el que puso en primer plano su voz en medio de los gritos machistas–, sin embargo, en los detalles y en la hondura del relato, la enamorada de la poesía, “su principio rector”, diseña una prosa atrapante y lenta, que va de lo ancestral a lo contemporáneo de la América profunda, polaroids que cruzan a una chica que un día empieza a escribir, que luego dibuja, que más tarde actúa, saca fotos, aúlla en conciertos y performances, y que pivotea en un tributo a los artistas, personalidades y amigos, vivos y muertos, que allanaron el camino.

La leyenda de aquella niña de pueblo que de joven se muda a Nueva York para tomarla por asalto, la mujer renacentista y bohemia del rock, o como alguna escribió Martín Pérez, “tal vez la gran poeta del rock de Nueva York, esa Dylan en versión femenina que el punk heredó casi sin quererlo y que supo construirse a sí misma hasta llegar al mito por prepotencia de trabajo”. Apasionada lectora, la Madrina del Punk ha mostrado varias veces su gusto por artistas argentinos. Sobre César Aira, dijo: “Aira viene de un lugar donde la música suena siempre y nunca pasa nada, excepto todo. Tiene un ojo cubista que ve las cosas desde muchos ángulos al mismo tiempo”. Y llenando de elogios a Mariana Enríquez, escribió las siguientes palabras: “Su trabajo: ríos contaminados, calles corruptas, carne arruinada, niños asesinados, un registro profundo del horror de lo común, lo conocido. Ella escribe sus historias, basadas en la atmósfera de lo real, con un giro poético oscuramente descriptivo”.

En Pan de ángeles la artista norteamericana invoca una joroba rebelde, melodías de otras épocas y células vivas de la infancia que mezcla con sus tiempos de adulta. “Las lágrimas derramadas por mi marido, a quien durante un tiempo amé más que a mí misma”, suelta, en una escritura del recuerdo y del devenir, tan epifánica como poliédrica, donde entran Dios, la edad de la inocencia y de la razón, su padre, el cuerpo en movimiento ya desde niña y la noción del peligro, una tuberculosis temprana, la posguerra, Filadelfia, abuelos, la pertenencia a la clase trabajadora, mudanzas permanentes, la invención imaginaria de juegos y relatos infantiles ante la estrechez económica y temporadas en la cama por enfermedades, y una sensibilidad creciente por los cuentos y por desviarse de los caminos previsibles. “Pese a las reprimendas por deambular por ahí, continuaba explorando siempre que tenía ocasión”, escribe mientras hace un repaso por los trabajos volubles de sus padres, por sus tiempos escolares y una infancia proustiana, de cuarentena y convalecencia intermitente.

El libro se detiene minuciosamente en los años de crecimiento y ritos de iniciación con algunas elipsis hasta la juventud, de pronto irrumpen a su alrededor la muerte y la desaparición, una némesis llamada Suzanne, la pasión por los libros compartida con su madre y la revelación de Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, un vértigo por no querer crecer y asumir las responsabilidades de los adultos. El descubrimiento de la televisión, los traumas de la guerra de su padre que se redime leyéndole poemas en voz alta, sus travesuras y la vida rural, un cuerpo alto y flaco, la religión y las oraciones diarias, un nuevo embarazo de su madre. “Quería a mi familia, pero me sentía ahogada”, lanza, antes de entrar por primera vez a un museo y descubrir el enamoramiento por el arte, sobre todo por Picasso. Entonces sobreviene el cuestionamiento de la religión y nuevas inquietudes. “Empecé a escribir, pero nada expresaba de forma adecuada el brillante mundo interior. No había encontrado mi voz”.

Los bailes y la omnipresencia de la radio, sus primeras fantasías adolescentes, su maleta de cuadros y la aparición de Robert Mapplethorpe –“Nos rescatamos mutuamente. A él lo habían marginado y desheredado. Yo tenía las cicatrices emocionales y físicas de un parto difícil”–. Nueva York como centro de ebullición. El hotel Chelsea y Sam Shepard, poetas y músicos a rabiar, William Burroughs y la bohemia psicodélica neoyorkina en su máximo esplendor, sus trabajos a media jornada en librerías y por las noches la joven Patti se sienta en el suelo del apartamento y escribe. “Tenía visiones recurrentes de nómadas, desiertos y olivares. Bailaba sola al ritmo de los Rolling Stones y The Velvet Underground. Entonces era feliz, todo parecía posible”, se lee en otro rito de pasaje. Patti Smith escribe reseñas de discos, publica un libro de poemas en prosa y presenta su primera exposición de dibujos. Recita y canta sus poemas en galerías de arte, bibliotecas, azoteas e incluso un planetario. “Me calzaba las botas militares y caminaba pisando fuerte por Washington Square, preguntándome cómo debía modelar mi alma”.

Iluminación y sencillez, amigos cercanos como Tom Verlaine, y la certeza de que no había ningún plan, ninguna estrategia, sólo una agitación orgánica que la llevó de la palabra escrita a la hablada. La revolución cultural. El precipicio de la vida pública. Horses y las primeras giras, episodios ya narrados en sus libros precedentes, como el activismo y los beatniks, época que puede revisitarse en simultáneo con el reciente documental One to One: John & Yoko (HBO Max) y los diarios de Marta Minujín, Mis años en Nueva York (1965-1974), también editado por Lumen. La ferocidad de Patti en su apogeo. Los siguientes discos a Horses, temas capitales como “Dancing Barefoot” y “Because the Night”. Europa, el alejarse para existir, otros enamoramientos, la mudanza a Detroit con Fred “Sonic” Smith. El echar raíces y la despedida de la bohemia. La enfermedad de Robert Mapplethorpe: el fin de una era.

La sucesión de muertes de hombres cuarentones queridos, el bajón tras el fallecimiento de Fred en los ´90 y el volver a salir de la mano de amigos como Allen Ginsberg. La poesía de Nerval y nuevos viajes, galardones, homenajes, discos y libros. La  muerte de sus padres, la decepción de un descubrimiento familiar y tardíos vagabundeos. Y un agotamiento que suena con Bach de fondo. “El destino y la experiencia pueden trazarse en la anatomía mística de mi palma abierta, llena de arrugas y joven a la vez. Agarro una pluma medio seca y busco desenterrar una semilla de verdad, un modesto logro. La verdad subjetiva no puede cambiar el curso de las cosas ni disipar la furia de la naturaleza. Es el resultado directo del horror que se transforma en vergüenza”.

Su aspecto andrógino y los mechones blancos, las fotos propias que ilustran sus libros. Patti en la línea poética de otros músicos escritores como Bob Dylan, Leonard Cohen, Nick Cave. Si en Devoción se centraba en un viaje a París, entremezclando la historia de Simone Weil y Camus con una especie de diario íntimo y la gestación de un relato bautizado con el título del libro y otro llamado “Un sueño no es un sueño” donde dice cosas como “¿Por qué escribimos? Irrumpe un coro. Porque no podemos limitarnos a vivir”, en Pan de Ángeles se explaya también en apuntes sobre sus hijos, su madre, sobre sus propios mitos, líneas, flechas, habitaciones y tierras olvidadas. En sus palabras, aquí y allá, se yuxtaponen arrepentimiento y redención, nostalgia y soledad, éxtasis y alocados paralelismos, lluvia y viento, mar y montañas, nubes y árboles, estrellas y todas las fases de la transformación humana.

El poder del poema, de la canción, “de la magnificencia y de los errores magníficos”. Hay frases contundentes como “el artista busca el paraíso en vida, busca lo que no debe buscarse”, “la memoria restaura y serpentea por las venas de un mapa hecho trizas. Encontré mi voz a través de mis viajes” y “todo debe desaparecer (…) desprenderse de cosas es una de las tareas más difíciles de la vida”. La tercera edad: una calma brillante tras el abismo.

“¿Te das cuenta de que un día toda la gente que conoces estará muerta?”, cantaban The Flaming Lips y el eco de la pregunta se traslada a una artista que sigue en el desafío de disfrutar de la vida. Un viaje a Bogotá, otro a Niza, otro a Trieste, reflexiones sobre Cristo, una sensación de mareo, de pensamientos encadenados y de cierta gracia. “Mando mi carta al aire, recordando mostrar gratitud a la naturaleza, inclinar la cabeza, tener compasión de quienes carecen de una barra de pan, de cama en la que dormir, los maltrechos vagabundos que, de todos modos, encuentran la manera de experimentar la exaltación de la existencia”.

Un libro que, tal como ocurría con sus anteriores, puede leerse independientemente de la afinidad con su música, aunque si eso ocurre, la sensación de placer parece más potente y completa. La voz para cantar, la voz para escribir. Cada persona alberga su propia balanza. Los pesos y contrapesos de la vida, escribe Patti, son todos los secretos humanos. De los afectos más gravitantes a “ciertas cosas y la forma de las cosas”, como escribió en Tejiendo sueños, otro viaje personal e íntimo entre la ficción y la no ficción, entre lo biográfico y lo poético. Recurrencias y temas que retoma de otros libros, como la Nueva York como urbe “auténtica, furtiva y sexual”, líneas que aparecen en Éramos niños.

De Oscar Wilde a las fotografías de Vogue, de Rimbaud a Dylan, de Yukio Mishima a Emily Dickinson, de Jimi Hendrix a Joyce, de Grateful Dead a Brahms. Un universo de influencias mixtas y desordenadas, móviles y amplias. Las memorias como arena movediza, como algo que se reconstruye permanentemente. Con Patti Smith, lo único seguro es el cambio. Tomando vuelo, con los pies sobre la tierra y en esa felicidad evocada de la niñez.

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About Post Author

Juan Manuel Mannarino

Juan Manuel Mannarino (La Plata, 1981) es periodista, escritor y docente. Colaborador y cronista de varios medios nacionales e internacionales, entre ellos Gatopardo, Anfibia, Revista Ñ, Clarín Cultura, Radar, La Agenda, El Cohete a la Luna, La Nación, Rolling Stone, Infobae, Diario Ar, 0221. En este último edita la sección Begum, historias en profundidad sobre La Plata. Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata, donde también estudió el profesorado de Historia, en la facultad de Comunicación Social de la UNLP es JTP de la cátedra II de Narrativas Gráficas, donde enseñan Cristian Alarcón y Mariana Enríquez. Ha escrito, dirigido y actuado en diversas obras de teatro. Por su texto "Marché contra mi padre genocida", publicado en Anfibia, recibió numerosas menciones y reconocimientos. Sus crónicas y perfiles forman parte de diversas antologías, como "Voltios", compilado por Leila Guerriero. En 2022, fue nominado como finalista entre cientos de textos por su investigación sobre el hundimiento del ARA San Juan, y quedó entre los diez seleccionados del prestigioso premio García Márquez en la categoría Texto.
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