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Editorial

Infancias desarmadas: arte y conflicto para habitar la ausencia

“Hubo una vez un patio” es un libro de que reconstruye una historia familiar atravesada por el terrorismo de Estado en la Argentina. Escrito por los hermanos Ana Julia y Martín Bonetto, aborda la desaparición de sus padres, Anna María Mobili y José Roberto Bonetto, militantes secuestrados en 1977. Un libro heterodoxo y movilizante. Este texto es el resultado de una honda conversación de los autores con el periodista Eduardo Slusarczuk.
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“Los hogares eran inválidos, las personas desaparecían, los hermanos eran separados, las abuelas se tornaban madres y los primos hermanos. (…) La vida cotidiana se partía, marcando un antes y un después, cuya divisoria fue el secuestro de familiares”.

El inicio de Rompecabezas, el Capítulo II de No habrá flores en las tumbas del pasado, el libro través del cual Ludmila da Silva Catela abordó a comienzos de este siglo “la experiencia de reconstrucción del mundo de los familiares de desaparecidos” por el Terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico-militar en la Argentina podría haber sido el prólogo de Hubo una vez un patio.

Hubo una vez un patio es el libro que Ana Julia y Martín Bonetto, hijos de Anna María Mobili Gandolfo de Bonetto y José Roberto Bonetto Rovida, escribieron para acomodar, aunque sea en parte, las piezas del de sus propias vidas. Pero sus autores eligieron evitar intermediaciones.

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“Hoy, este libro es nuestra casa. Nuestro patio. Ese lugar donde deberíamos haber charlado, dibujado, jugado, reído, caído, golpeó la cabeza, llorado…, y donde, con un abrazo, se nos pasaba todo. Ese patio nos fue robado, esos abrazos también. El Terrorismo de Estado nos arrebató la familia, la infancia, el tiempo compartido con mamá y papá. Nos robaron la vida juntos. Hoy, este libro es todo eso”, escribieron ellos mismos.

Para Ana Julia y Martín, el 1° de febrero de 1977 marcó (y marca) un quiebre sus vidas, con un antes muy breve –“estuvimos sólo dos meses los cuatro juntos”, escribió ella-, y un después tal vez eterno. “Quiero que hagamos este libro no solo para contar nuestra historia, sino para descubrirla”, escribió él. “Un libro es un espacio donde podríamos estar juntos para siempre”, ella.

En la dimensión humana, para siempre es lo más parecido a la eternidad. Como lo será la imagen que en el libro retrata a Anna María, José Roberto, Ana Julia y Martín, los cuatro juntos, en una situación que nunca ocurrió. “Libro casa”, dice en el extremo superior derecho de la doble página.

Rompecabezas. Algo de eso hay en Hubo una vez un patio. En sus textos, en sus fotos familiares, escolares y testimoniales que son muchas, en los dibujos de los pequeños Martín y Ana, en las reproducciones de documentos de diferente carácter, en las cartas, canciones y recuerdos, en los testimonios de familiares y amigos, en la impresión de notas manuscritas y poesías mecanografiadas que recorren seis décadas de historia personal que también es la de la Argentina, en los diálogos y monólogos de sus autores…

Hay algo ahí que exige encontrar la manera de que las partes conjuguen entre sí y encajen donde corresponde, a tal punto que la primera reacción es tomar lápiz y papel para ensayar una suerte de árbol genealógico que ubique cada nombre en tiempo y espacio, tratando de entender quién es quién, en una trama que se desarrolla en un tiempo presente sin fin y por demás imperfecto. Porque, entre otras cosas, la desaparición desordena.


Un día de 2004, durante una entrevista que formó parte de un ejercicio de mi formación periodística, Estela de Carlotto hizo hincapié en el resurgimiento de la militancia juvenil post 2001. “Estos chicos tienen la edad de ella”, me dijo mientras señalaba una foto de su hija Laura, secuestrada el 26 de noviembre de 1977, cuando tenía apenas 23 años.

Los mismos 23 que seguía teniendo ese día, una década antes que la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo se encontrara con Ignacio, su nieto, el “114”, el hijo de Laura. Ignacio tenía ya 13 años más que su mamá, la hija de su abuela recuperada.

Definitivamente, la desaparición desordena.


“Yo estoy suspendido en ese día, en el día en que se los llevaron”, dice Martín, fotógrafo reconocido en el universo de los medios periodísticos de la Argentina, especialmente en el ámbito de la música, mientras el tiempo pasa de largo de la mesa de café que compartimos con su hermana a no más de 200 metros del Obelisco.

Escribir para “descongelar” la historia

– Semanas atrás, durante el taller La vida sin el otro: literatura de duelo, que dio Hinde Pomeraniec, se habló del ejercicio de la escritura como una manera de ordenar el lío que deja la ausencia. ¿Escribir “Hubo una vez un patio” cumplió ese rol, para ustedes?

Ana Julia: Escribir es una forma de profundizar la ausencia. Mientras escribe, uno vuelve a comprender y masticar eso que ya tenía interiorizado. A veces te quedás con un cuentito que te contaron. “Desaparecieron de esta forma. Fue así. Fue asá.” Pero de golpe, cuando empezás a escribir te das cuenta de que te faltan datos, y que detrás de esta ventanilla se abre otra, y otra, y otra…

Eso nos pasó con el libro. Nos dimos cuenta de que en realidad sabíamos muchas cosas, pero que se multiplicaron por 20 o por 30, a través de las entrevistas que nos iba haciendo Roly Villani (colaborador editorial), o de cosas que iban apareciendo. Entonces, lo interesante de la escritura fue que nos sumergió en un montón de datos que hasta entonces repetíamos de manera automática.

Pero que cuando los pusimos en el papel nos hicieron preguntarnos: “¿A qué hora fue exactamente? ¿Era de día? ¿Era la tarde? ¿Cuándo fue? ¿Qué pasó con esa casa?” Porque, dicen: «Ay, esa casa quedó desvencijada.» ¿Cómo, desvencijada? ¿La alquilaban?

Si quedó desvencijada, ¿quién se hizo cargo, después, de pagar esa casa? ¿Se llevaron realmente todo? ¿Quedó algo? ¿Quién se lo quedó?

Yo nunca me había preguntado todo eso. A veces, la historia queda congelada como en una foto, y la escritura hace que te salgas de ahí.

¿Te encontrás con cosas que hubieses preferido no saber, en ese proceso?

Ana Julia: Todo el tiempo. Yo sabía de la tortura, por supuesto. Siempre lo supe. Pero cuando empiezan a aparecer esas cuestiones… Lo que te pasa es que hay momentos de la vida en que querés saberlo todo, en los cuales estás lista para todo eso. Pero hay otros, como cuando fui madre, en el que quise despegarme.

Y ahora, vuelvo a estar en el estado anterior. Vuelvo a escuchar testimonios, a informarme, y me siento completamente centrada, firme y bien parada como para poder escuchar. Y voy profundizando cada vez más. Y no es terrible; ¡es muy terrible! Mucho más terrible de lo que yo había podido recibir o escuchar 20 o 30 años atrás.

Martín: ¿Hablás específicamente de la tortura a mamá y papá, o en general?

Ana: A todos.

Martín: Yo no sé bien cómo eran las torturas. Pero tampoco creo que necesite saberlo.


La falta de coincidencias entre los hermanos Bonetto parece ser la regla, en un vínculo que construyeron como pudieron, entre La Plata, donde nació ella y se crió él; y Olavarría, donde nació él y se crió ella. “Siempre cruzados. Todo al revés”, escribió él en el libro. “La dictadura no sólo de llevó a nuestros papás. Se llevó nuestro vínculo también”, escribió Ana Julia. “A mí me hubiera gustado criarme con vos, pero en mi casa, en La Plata, con todos los parientes juntos”, admitió él. Y ella: “¡Ay, a mí ni loca en La Plata! Yo amaba Olavarría.”

Aunque la tentación de establecer algún paralelismo es casi inevitable, decir “Hubo una vez un patio” es muy distinto a contar que “Había una vez un patio”. La diferencia es sutil, pero muy potente porque no cambia solamente el tiempo verbal, sino la relación del oyente con el recuerdo.

El hubo presenta ese patio como algo que existió y dejó de existir. En cambio, había abre un espacio. No afirma simplemente que el patio existió sino que nos introduce dentro suyo. La diferencia podría resumirse diciendo que en el primer caso se trata del recuerdo de algo perdido; en el segundo, de la entrada en un mundo que vuelve a existir al ser contado. En este caso, claro, no estamos hablando de un cuento.


–  ¿Cómo llegaron a coincidir en decir: «Dale, hagamos un libro”?

Martín: Se dieron un montón de cosas; una primera charla, el material que teníamos… Todo fluyó de tal manera que una semana después de haberlo planteado teníamos una propuesta de Editorial Planeta. No lo pensamos tanto. Fue: “Vamos a hacerlo”.

La idea principal era unir toda la parte artística, pero desde el momento en el que a Planeta se le ocurre sumarnos la colaboración de un biógrafo, se empezó a armar toda la parte más contextual, que tomó en cuenta lo que había alrededor. Cuando empezamos, no pensamos que iba a ser lo que quedó. Nos fue llevando el libro.

–  Imagino que tampoco debe haber sido fácil coincidir en qué y cómo unir todo el material que tenían en el libro.

Martín: Hubo un montón de choques de ideas. Si fuese por ella, una página era toda sangre. Pura sangre, la tapa iba a ser toda rota, todo así.

Ana Julia: Me gustaba trabajar con lo sensorial. Como habíamos propuesto hacer un libro objeto, mi planteo fue que fuera un libro que se reconstruya, un libro que esté roto, un libro que esté desgarrado, un libro que haya que armar, un libro donde aparezca un árbol genealógico para cuyo armado nos tuvieran que ayudar.

Y a partir del cual cada uno se pregunte: «Che, ¿yo sé bien mi historia, es realmente mi historia la que me contaron?” Eso quería. La suciedad y la la oscuridad que aparece atrás de todas las familias, más allá de lo que nos pasó a nosotros. Quería un libro así que involucrara al lector desde lo sensorial.


En 1998, Abuelas de Plaza de Mayo inauguró una muestra titulada Identidad. La obra intercalaba las fotografías de desaparecidos en blanco y negro con espejos ubicados a lo largo del recorrido, de modo que al mirar las fotos de los rostros de los detenidos-desaparecidos, el espejo de repente devolvía la propia imagen del espectador. La sensación era muy fuerte.


-¿Hay algo de intención de sugerirle al lector que explore su propia historia, o de convencer a quien no cree que haya pasado todo lo que sabemos qué sucedió?

Ana Julia: A mí, particularmente, lo que me salían eran como vómitos y ganas de que se salpique con esos vómitos un montón de gente que yo no sentí que me haya escuchado ni que me haya acompañado.

De hecho creo que todos de algún modo romantizan la familia, el encuentro, la desaparición, pero yo en mi dedicatoria, al final de todo, pongo también que “no se los dedico a…” Ahí creo que doy por sentado que no me amigo con nadie. Ni me voy a amigar.

-La “no dedicatoria” es contundente. Sobre el final de libro hay, además, un poema tuyo, Martín, que dice “Estás caminando al revés/y pensás que es normal./Pero vos sólo querrás volver al principio del final”. Es como si se tratara de un loop.

Martín: En un momento, el libro se iba a llamar Destino circular. Lo decía por eso, porque siento siempre que todo lo que me pasa empieza ahí. Vuelvo ahí, a ese momento, a ese lugar en el que que quedamos como quedamos. Entonces, va por ese lado.

Yo fui a terapia una sola vez en mi vida. Cuando estaba ahí, me encontraba hablando de lo que me había ocurrido en la semana; a la siguiente hablaba de la que recién había terminado, y así cada vez. Y yo le decía al psicólogo: “Creo que tendría que estar hablando de lo que me pasó.” Y me respondía “bueno”, mientras me señalaba el diván. Y no fui más.

Ahí es cuando, aun sintiendo que podía ser bueno, algo me pasa. Estoy seguro de que todas mis locuras, las que hice la adolescencia y de grande también, tienen que ver con algo que tengo ahí. Y es cuando siento que hasta el libro este llegué, pero que más no puedo hacer.

«Es un destino circular

que gira en el mismo lugar.

No tengo ganas de seguir

Quiero salir en libertad”

(F. Moura – J. L. Moura – R. E. Jacoby)

HUBO UNA VEZ UN PATIO ANA JULIA BONETTO y MARTIN BONETTO Fotos Martin Bonetto

Dos caminos para una misma búsqueda

-Martín, en el capítulo “El arte del desastre” escribiste que “la ausencia, el vacío, el dolor” que les causó este hecho “sigue siendo una constante”. ¿El libro contribuye a cicatrizar la herida?

Martín: No. Cicatrizar, no.

–  Otra cita: “Necesito urgente coser mi memoria para no olvidarlos”.

Martín: Son cosas que escribo, algunas de las cuales tienen música. En este último año puse todas estas cosas que tenían que ver con esta historia mía, las puse todas juntas en ese final. Entonces armé una poesía larga a partir de todas las cosas que iba escribiendo. Está todo ahí, pero no cicatriza nada. No terminó nada. No es que siento un alivio.

Ana Julia: Yo estoy muy feliz con el libro. No sé si sentí un alivio, pero me hace muy feliz porque yo también, más allá de que él dice que me ocupé del tema, me siento muy en deuda con nuestra historia. No siento no me haya ocupado para nada, si me comparo con otros hijos, con cómo se ocuparon otros hijos, con cómo militaron otros hijos, cómo enseguida empezaron a militar en organismos de derechos humanos, en Madres, en Abuelas, colaborando con ellas… Yo no me siento así.

Siempre ponía mis granitos de arena desde el arte, siempre desde la ciudad en la que estaba, desde la escuela donde trabajé o desde los grupos que estuve militando. Siempre metí mi granito de arena, pero nunca de una forma recontra fuerte como como sí lo hicieron otros hijos.

Martín: Pero hay muchos hijos que quedaron con alguien de la familia.

Ana Julia: Nosotros también quedamos con alguien de la familia.

HUBO UNA VEZ UN PATIO ANA JULIA BONETTO y MARTIN BONETTO Fotos Martin Bonetto

Martín Bonetto (Olavarría, 1975) es fotógrafo y diseñador gráfico criado en La Plata. Reportero gráfico desde 1999, ha documentado la escena del rock en sus libros FOTORRAGIA (2012), BABASONICOS (2016) y la Pandemia en Cadena Nacional (2021). Trabaja en medios gráficos Nacionales e Internacionales. Su obra ha sido expuesta en Argentina, EE. UU., España y México, y en 2021 fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciuda de La Plata. Desde 2004 vive en Villa Elisa junto a su mujer Agustina y sus hijos, Josefina y Joaquín… y Preta.


Después del secuestro, Alejandra, hermana de Anna y tía de Ana Julia y Martín, junto con Kela, hermana de papá Roberto, recién llegada de Olavarría, buscaron la mejor manera de resolver la situación de los chicos. “El razonamiento fue: Martín tenía 15 meses y ya conocía a su abuela, y a mí”, explicó Alejandra. Kela completó la idea: “Me llevo a Ana Julia, que no conoce a nadie. No va a extrañar tanto como si me lo llevara a él.”

Primos que se convirtieron en humanos, tías en madres, tíos en padres, abuelas en… Rompecabezas.


Martín: Dejame terminar. Matías tiene a su mamá, que era militante como el padre. Mariana también. Tenían quien les bajara una línea. A nosotros nos criaron alejados de todo eso.

Entonces, no salimos militantes, más allá de que Ana Julia haya hecho su parte o haya estado en marchas.

Pero a mí no me no inculcaban eso. Hay algunos pibes a los que esa bajada les viene de la familia. Los llevaban a las marchas, la madre o la abuela. A mí no. Jamás me dijeron “che, es 24 de marzo vamos a la plaza.”¿A vos?

Ana Julia: Sí, Kela lo hacía. Es verdad que ni ella ni mi abuela jamás formaron parte de las Madres de Plaza de Mayo, ni de Abuelas, ni de la APDH o de la Comisión por la Memoria. Pero adherían, y por supuesto siempre me hablaban de mis padres.

-¿Escucharon algún reproche para ellos, de parte de sus familias?

Martín: No, a través de todos los testimonios que nos legaron, evidentemente antes de llegar a ese punto habían sido dos personas maravillosas. Y después mostraron que se la jugaron por algo que creían, y tampoco involucraron a toda la familia. Los mantuvieron siempre a todos a resguardo.

-¿Investigaron algún tipo de bibliografía, antes de ponerse a armar el libro?

Ana Julia: Yo fui consumiendo bibliografía durante el paso de los años; iba leyendo, me compraba libros sobre Montoneros, tratando de comprender un poco qué era eso tan fuerte que los había atraído a ellos. ¿Qué era? ¿Por qué? ¿Quiénes estaban?

Pero al mismo tiempo que iba tratando de preguntar y de investigar desde la bibliografía, me interesaba encontrar a las personas que habían compartido con ellos distintos momentos, desde su juventud, y ya más adultos; desde su militancia, desde lo que estudiaron con ellos, novias, ex novios, otros familiares, amigos…

Martín: Yo nunca me puse a investigar. Todo lo que hice fue desde un costado muy personal, inspirado por lo que sentía.


Un presente impregnado con retazos del pasado

El 6 de marzo de este año, Martín Bonetto me mandó por WhatsApp varias fotos suyas con Ana Julia y un texto:

HUBO UNA VEZ UN PATIO

Un libro que se lee y se habita

Ana Julia y Martín Bonetto reconstruyen en Hubo una vez un patio la historia de sus padres, Anna María y José Roberto, desaparecidos y asesinados en 1977 durante la última dictadura cívico-militar en la Argentina. Pero este libro no se limita a narrar una historia: la convierte en hogar.

Lejos de una narración cronológica o estrictamente histórica, la obra pone el foco en la experiencia de quienes quedaron. En la memoria que se transmite, en los silencios, en la identidad que se arma con fragmentos. Escrito a cuatro manos, el libro cruza testimonio, archivo y poesía, y propone una forma sensible de narrar el pasado reciente desde lo cotidiano.

Hubo una vez un patio es, ante todo, un libro-casa: un espacio donde la historia íntima y la memoria colectiva vuelven a encontrase.

Fue una enorme sorpresa. Durante los 14 años de redacción compartidos en Clarín jamás tocamos el tema. “No preguntar es no saber. Y nunca te pregunté. Por eso no sabía de tu historia”, le respondí. Raro, para alguien que siempre se había interesado por la temática. Sólo atiné a agradecer haber sido incluido en el mailing, y a comentar que me resultaba gratificante no haberlo visto nunca hacer “ostentación” de una condición que, claramente sin él ni su hermana hubieran elegido, de haberlo podido hacer.


-Martín: La verdad es que a veces contaba algo sobre mis viejos desaparecidos, Pero jamás se me ocurrió ni se me ocurriría jamás usar eso. Tampoco investigaba todo, pero sí hacía cosas con un perfil artístico. Después, me daba cuenta de que algunas ya las habían hecho. Pero era porque no investigaba; sólo era lo que me salía.

– ¿Piensan o sienten que haber tenido la historia que tienen los haya orientado en alguna medida a elegir las profesiones que tienen? Desde la docencia hay una cuestión de multiplicación, de transmisión de información. En algún lugar del libro escribiste “tuve la posibilidad de transmitir”; desde la fotografía hay una cuestión de congelar momentos. Como la foto que estaba en la oficina de Estela de Carlotto.

Martín: Hace poco me preguntaron algo similar y me puse a pensar en esa cosa nostálgica que tengo de la ausencia de mi viejo, y en la relación que puede tener con fotografiar y querer retratar todo para no perderlo. Puede haber algo de tener el archivo y al ver las cosas que filmé cuando iba Olavarría o hacía fotos allá darme cuenta de lo valioso que era tener la poca información que tenía de mis viejos. Y las imágenes.

Cuando estaba haciendo el libro, encontré una foto en la que estoy soplando la velita cuando cumplía un año. Era la primera vez que la veía, y me puse a llorar. Ana Julia me dijo que esa foto había estado siempre, pero nunca la había visto. O no me acordaba. Yo me olvido mucho de las cosas, pero al tener el registro sé que va a estar.

Ana Julia: En mi caso, creo que fui un poco inducida al dibujo. Porque en realidad, si me preguntás, yo hubiese estudiado letras y hubiese sido actriz. Tal vez no me hubiese dedicado a las artes visuales o a la docencia de artes plásticas. De hecho, me interesa el tema desde el arte terapia, desde lo terapéutico, desde lo expresivo.

Era mi abuela queienme hacía dibujar la yerba Laurinda en otra época. El paquete tenía el dibujo de una mujer, de perfil, que ela me hacía dibujar. Quería que yo dibujara como hacía su hijo. Me decía: «Te sentás ahí”. Yo me sentaba en la mesa donde se solía sentarse mi papá. Me decía: “Tu papá sacaba la lengua para un costado mientras dibujaba”. Como que quería de alguna forma volver a verlo.

Martín: ¿Vos la sacabas, también?

Ana Julia: Yo no, mientras dibujaba no. Pero tal vez para darle el gusto lo hacía.

Martín: Pará, me hiciste acordar de algo. En el secundario me cargaban, porque cuando dictaban, yo hacía algo así con la boca. Como mi papá. Ahora me acordé.

Ana Julia: Bueno, ahí tenés. Pero bien, creo que fue ella quien me indujo a dibujar. Pero si vos ves mis carpetas de secundario, todo era escribir. Escribía de una forma catártica, compulsiva. Hay más escritura que dibujos. Me acuerdo de los márgenes de las hojas: escrito, escrito, escrito, escrito, escrito, escrito… Escribía de amor. Era re enamoradiza. Y después vi que mamá también lo era. Salimos re enamoradizos los cuatro.

-Sin embargo, entre las poesías escritas alrededor del ’65/’66 que aparecen en el libro, y las del ’71/’72, hay una transformación abismal del discurso, que pasa del tono amoroso a uno decididamente combativo.

Ana Julia: Completamente combativo. De hecho, el poema que abre el libro es absolutamente combativo.

HUBO UNA VEZ UN PATIO ANA JULIA BONETTO y MARTIN BONETTO Fotos Martin Bonetto

Música que calma: la aparición que se hizo canción

“Desde hace tiempo que estoy involucrado en la fotografía de rock, especialmente con Guasones en La Plata, donde comencé. Siempre me fascinó el mundo del rock. La fotografía se convirtió en mi conexión con ese mundo musical”. Verdad parcial; Martín también acompañó a Babasónicos desde 1999, fruto de lo cual entre otras cosas fue publicado el libro Babasónicos – Fotografías de Martín Bonetto y fueron realizadas varias muestras; y es el responsable de muchas imágenes de los recitales más importantes que se hayan hecho en la Argentina durante los últimos 25 años como mínimo.

Sin embargo, la música no aparece como referencia destacada en el vínculo que él y su hermana lograron establecer con sus padres a través de testimonios de sus amigos o familiares, de algún rescate material o de, inclusive, la imaginación y la conjetura.


“A mí siempre me dicen que a mi papá le gustaba mucho el tango. Y a mi mamá, según Panchita le gustaba Serrat, José Luis Perales…”, arriesga Ana Julia.

Martín: Como era italiana, capaz que le gustaba algún italiano.

Ana Julia: De mamá, mucho no sabemos. Y hemos preguntado.

Martín: De papá dicen que cantaba bien. La Poquito dijo que cantaba.

Ana Julia: En esas reuniones cantarían temas montoneros. Pero cantaba bien.

-¿No les quedó ningún tipo de referencia material en la casa? ¿Discos, casetes?

Ana Julia: De audio, no. Seguramente habría, pero cuando entran a llevárselos se robaron la furgoneta de mi papá y destrozaron toda la casa.

-¿Una furgoneta?

Ana Julia: Sí. Una Citroneta. Se la robaron. Y de la casa, no es que se llevan algunos libros; se llevaron todo. Robaron todo. Vaciaron la casa. Con la excusa de ver si había material subversivo, se llevaron hasta la ropa de mi mamá. Todo.

-¿Cuándo se enteraron ustedes de que estaban muertos?

Ana Julia: ¿De que estaban muertos? ¿Dicho con esa palabra: muertos? En realidad, la palabra muertos en mi casa nunca la dijeron. Kela y María, que son la hermana y la mamá de mi papá, jamás me dijeron “están muertos”. De hecho, creo que mi abuela murió esperándolo a mi papá.

-En ese sentido, en el libro de Da Silva Catela hay un testimonio especialmente llamativo, la mamá de un desaparecido cuenta que a pesar de querer mudarse, prefería no hacerlo por temor a que su hijo no la encontrara si volvía. Cuando no se menciona la palabra muerte, ¿cuánto tiempo se espera? ¿Ustedes tienen memoria de cuánto tiempo esperaron, de cuánto tiempo pasaron esperando que sus padres aparecieran?

Ana Julia: Yo no tengo a memoria de cuánto tiempo esperamos. Igualmente, por más que vos digas que están muertos, nunca jamás va a ser igual a lo que es un muerto.


El 12 de febrero de 2010, a 33 años de haber sido secuestrado, cuando tenía 33 años, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) les confirmó a Ana Julia y Martín que uno de los cuerpos encontrados casi dos décadas antes en el cementerio de Avellaneda pertenecía a Roberto. El estudio genético indicó 99.9% de compatibilidad con el ADN de su hermana Kela. Sin embargo, ese cambio de situación no necesariamente alcanza para cambiar la percepción que señala Ana Julia.


Ana Julia: A pesar de que aparezca el cuerpo, fue tanto tiempo más el de desaparecido que gana eso. O sea, está bien, están los huesos, hay un lugar donde ponerle una flor, pero yo viví más con el desaparecido que con el muerto. Entonces, tengo como más impregnado todo lo que uno se imagina, lo que uno espera, lo que uno busca.

Martín: Igual, a veces cuando en una entrevista me dicen que somos “hijos de padres desaparecidos”, siempre aclaro: “Desaparecidos, torturados y asesinados.” O sea, como que ya mi viejo no es un desaparecido. Es un asesinado.

-Tu relato en el libro del día que fuiste a buscar la urna con los huesos de tu papá es de película, dejándolos en el auto mientras ibas a trabajar, y más tarde al rodaje de un video que terminó en clave de fiesta.

Martín: Salir con mi viejo… No sé si otros actúan como actuamos nosotros.

Ana Julia: Sí, ¡y peor también!

Martín: ¿Tan poco originales somos?

-¿Por qué peor?

Ana Julia: Hablo de lo que les pasa a quienes encuentran los restos. Algunos hasta los tienen en una urna en su casa. Creo que es peor.

-Pero creo que hay quien conserva en su casa la urna con las cenizas de su ser querido.

Martín: Las cenizas, puede ser, pero los huesos es más raro. Tenerlo armado, en un cuadro con vidrio.

Ana Julia: Creo que lo podés tener. Es tuyo. Yo, lo primero que hice fue abrazarlo. Fue lo que más hice. No se me pasó otra cosa por la cabeza que abrazarlo. No me dio asco, no me dio miedo… Yo quería quería abrazar a mi papá. Aparte, tenía todos los dientes. Solo me salía decirle: “Acá estoy, acá estoy, acá estoy.”


Las manos de Ana Julia sobre los huesos de Roberto, retratadas en Hubo una vez… son las caricias para las que no hubo tiempo, 50 años atrás.

El informe del EAAF que acompañó la entrega de los restos de Roberto y que ocupa la página 190 de Hubo una vez un patio habla de “fracturas” en distintas partes del cuerpo y determina que “las lesiones post-mortem observadas en los restos óseos denominados Av-D4-10 son compatibles con las provocadas por impacto de -al menos cinco- proyectiles de arma de fuego.

Y sentencia con contundencia que “asumiendo una probabilidad ‘a priori’ de 1/482, la probabilidad de que la muestra 210140/220140 pertenezca a un hermano completo de Lidia Mabel Bonetto (102191) es de 99,99999993%”. Número de identidad que se convirtió en el título de una canción con cuatro versiones, a las que se accede desde un QR que acompaña su letra, en la página 191.


-¿Cuántas veces leíste el informe hasta que se convirtió en canción?

Martín: No recuerdo cuántas veces, pero me salió así de la nada. No pienso mucho en las cosas. Así puedo llegar a decir o hacer cualquier cosa. No es que investigo. En este caso, agarré el informe, empecé a leer y a escribir sobre los datos que me parecían más fuertes, los fui mezclando como para poder armar una canción. Pero no hubo un tiempo de reflexión previo.

Héroes anónimos, sonidos del pasado y el día después

-Por otro lado, preguntaba por las veces que leyeron el informe porque supongo que ante un documento de este carácter uno vuelve a repasarlo tratando de entender.

Ana Julia: Yo lo leí. Creo que vos, Martín, tomaste más el informe; y yo tomé más el cuerpo. Él se agarró más del informe y quería agarrarlo a él. Sí, leí el informe cuando nos lo dieron, lo volví a leer hace poco y también lo nombré en el juicio. Lo que pasa es que cada vez que lo agarrás, caés también en cosas distintas.

Cada dato que vas recibiendo a medida que pasa el tiempo va cambiando también el modo en que lo recibís, cómo lo analizás… Porque vas teniendo más data. Mirá la ficha que me cayó ahora: Adriana Calvo de Laborde estuvo todo el tiempo con ellos en los centros clandestinos. Ella ya murió, pero por suerte la pude conocer. Y hace unos días mi mejor amiga me contó que el esposo de una alumna suya de flamenco es sobrino de Adriana.

Me puse a pensar en quienes quedan del lado de Adriana, y recordé que está Teresa, que nació mientras trasladaban a su mamá en un auto de la policía desde la Comisaría 5a. hasta El Pozo de Banfield. Enseguida pensé que Teresa estuvo más con mi mamá que nosotros dos. Porque Teresa estuvo en el pozo de Banfield, con todas estas mujeres que cuenta Adriana. Entonces digo que debe haber sido para ellas esa bebita que les arrancaron. Teresa habremos sido un poco nosotros también.

Martín: Hay que ver si las dejaban verla.

Ana Julia: Sí, estaban juntas en el mismo calabozo. La pasaban y la cuidaban. A tal punto que en una ocasión en que quisieron tirar la pastilla de Gamexane para todas las plagas que había allí y los milicos le dijeron que le dieran a la bebé para que no le hiciera mal, se pusieron todas adelante y dijeron: “De acá a Teresa no te la llevás”.

Adriana contó que se armó una muralla humana de minas hechas mierda, todas recontra torturadas, para que no se la llevaran. Porque sabían que si se la llevaban no iba a volver nunca más.

Martín: Igualmente, si hubieran querido se la habrían llevado.

Ana Julia: Bueno, había guardias que eran un poco distintos, y también momentos. Seguro que si hubieran querido se la habrían llevado, pero yo hablo de lo que sucedió en ese momento, y de los códigos que había. Ellas no tenían para comer, pero el hueso duro de la sopa se lo daban a Adriana o a las mujeres que estaban embarazadas o amamantando. Hablo de esos códigos que mantenían aun estando al borde de la muerte.

-¿Hubo alguna reacción que los haya sorprendido, a partir de la publicación del libro? Pienso en sus familiares y amigos; pienso, Martín, en los músicos con los que trabajás o solés cruzarte, por ejemplo. ¿Llegó a quienes suponían que iba a llegar?

Martín: En mi casa tuvo su momento de alto interés, y después bajó un poco. Mis amigos, todos reaccionaron emocionadísimos, agradeciéndonos que lo hayamos hecho. No solo por nuestra historia, sino por la historia de todo el país. Y en el caso de los músicos, Lea (Lopatín), de Turf, me mandó fotos suyas leyéndolo en un avión y llorando. La devolución de Adrián (Dárgelos) también fue espectacular. De hecho, el 24 de marzo Babasónicos subió la tapa del libro a sus redes, cuando no son de hacer ese tipo de cosas.

(Andrés) Calamaro viene cerrando sus recitales en el Movistar con el tema Los chicos, mientras en la pantalla aparecen imágenes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, de Malvinas. En ese momento, en uno de los shows, dijo: “Para vos, Martín Bonetto”, y me agarró la mano. Como honrando a nuestra familia y nuestra historia. También hubo una gran recepción de todos los colegas, re interesados en ayudarnos a difundirlo. Amigos que habitualmente no leen y que esta vez se tomaron el tiempo para hacerlo.

Ana Julia: Eso habla de cómo te quieren; porque uno puede ser conocido, pero a vos te quieren de verdad. Eso habla muy bien de vos y de como emparentás con papá.

Martín: Lo que contaron quienes lo conocieron es que mi viejo era alguien carismático, y eso es lo único que tengo, porque la parte intelectual no la tengo,

Ana Julia: Él logró con mi familia de Olavarría, sobre todo con los varones, un vínculo y un cariño que yo no desarrollé. Era una familia muy machista que marcaba muy bien eso de que “son mujeres, son artesanas, se dedicán al arte…” Pero cuando venía Martín tanto las mujeres como los hombres de la familia se desarmaban por atenderlo.

-Fuera de la falta de referencias musicales de parte de sus padres, ¿hay alguna música relacionada con la cuestión política, o cantantes de los llamados “comprometidos» que los haya acompañado mientras crecían?

Martín: Yo no escuchaba Silvio Rodríguez, no escuchaba León Gieco, no escuchaba nada de eso.

Ana Julia: ¡Yo sí! Lo mío es re cliché.

Martín: Yo todo lo contrario. Pero de ignorante. Hoy lo reivindico a todos, los amo a todos, entiendo los juegos que hacían para hablar y contar aquel momento en sus canciones, con otras palabras. Estuvimos en algún campamento de H.I.J.O.S. en el que cantó León. Pero yo andaba en otra, por ahí. No es que me volvía loco, y todos los pibes de H.I.J.O.S. se volvían loco. Y yo: “¡Traeme a Juanse!”. Pero vos sí te enganchabas.

Ana Julia: Yo sí, porque además me crié con mi hermano que era mi primo, 12 años mayor que yo. Él tenía en casa el tocadiscos con los discos de vinilo, venían todos sus amigos, algunos muy hippies, y copaban el living de la que era mi casa.

Yo era la hermanita menor que iba a romper las pelotas, y ellos estaban con Vox Dei, con Serú, se escuchaba Queen y Pink Floyd… Pastoral, Arco Iris. Me empapaba de música sesentosa, pero no con música de militancia. En su libro Montoneros, María O’Donnell habla de un disco montonero. Creo que está Piero, que estuvo en un festival organizado por las Madres, en Ferro, al que yo fui. Paré en tu departamento, en Boedo.

Casualidades que no son tales

En el capítulo Señales, incluido en Hubo una vez un patio, Ana Julia recopiló varias de esas coincidencias que son bastante más que casualidades. Señales fuertes, que iba encontrando y acumulando como mensajes encriptados.

“Por ahí a los demás les parecen una boludez, pero por ahí yo me tomaba el colectivo para ir a Avellaneda a cursar títeres y después me enteraba de que mi papá estaba enterrado ahí en el cementerio de Avellaneda; pero ahora también relaciono que el colectivo era el 134 y qué el número de parcela donde estaba mi papá era la 134, ¿entendés? Son boludeces, pero es creer o reventar”, dice.

-¿Qué haces con esas señales? ¿Qué lugar les das en tu relación con tus viejos?

-Eso nos ayuda, o por lo menos me ayuda a mí para ir ensamblando cosas. Me hace bien sentir que sigo conectada. Es como cuando ahora mi amiga me dice: “Che, estuve en un boliche y me encontré con el sobrino de Adriana Calvo, que me dijo que había leído el libro”. Todo el tiempo pasan estas cosas y ahora, con el libro, más todavía.


La selva de Miguel, Tano Caccavo, normA y Crema del cielo son los cuatro intérpretes que vistieron la letra de 99,99999993% con músicas de estilos muy diversos. Martín cuenta que hay otros temas, compuestos e interpretados por él, que a pesar de haberlos grabado prefirió dejar fuera del alcance de los lectores. Del mismo modo que mantuvo a 99,99999993% fuera del alcance de artistas más “mainstream” con los que suele trabajar.

“Yo quería que el tema fuera grabado por bandas de amigos platenses que hayan vivido conmigo toda mi historia, toda mi vida. Son amigos que tienen sus bandas, que están buenísimas. Cada uno le da una mirada completamente distinta a la canción, le pone su estilo. Además, sé que los demás seguro que decían que no. ¡Jaja!”, explica Martín.

-¿Tan seguro estás?

– Martín: Bueno no. También hay un amigo que me preguntó por qué no se lo di a él. ‘Panchito’ Giglio, un amigo de H.I.J.O.S. Él tiene su tema Camisón de flores, que está re bueno, sobre la mamá (Vibel Cazalás, detenida-desaparecida en 1977). Él también quería hacerlo.

-¿Qué te pasa cuando lo escuchás?

Martín: La versión del Tano, que es la acústica que cantó en la presentación del libro en la Feria del Libro me pone la piel de gallina. Y después, las otras, la deformidad de normA y cómo quedaron grabados, en el estudio Druh de La Plata… Quedó todo super pro.

-¿Qué pasó con las otras canciones? Hablo de las que grabaste vos.

Martín: En un momento los subí en SoundCloud, y también en My Space, que no está más. Son tres o cuatro que hice en una misma noche, como un vómito punk. Pero me pareció que si ponía lo de estas bandas, que está buenísimo, poner lo mío era demasiado.

Hermanos abrazados

– ¿Qué le falta al libro?

Martín: La tridimensionalidad. Que sea el libro objeto que queríamos. Que todas estas cositas, los elementos que tiene, se puedan sacar.

-Eso, en cuanto al diseño. Pero, ¿faltó contar algo?

Ana Julia: Siento que podría haber habido más voces, de gente que dijo cosas muy lindas de papá, que apareció después.

Martín: Empezaron a aparecer cosas en Facebook y en otros lugares. Nos tiraban data de la que no teníamos idea. Desde quién era el abogado que nos rescató de la casa cuando los secuestraron hasta una amiga de mi mamá que había estado militando con ella, o en la facultad… Que no eran conocidas por la familia y aparecieron solas.

-Algunos autores hablan de una cierta negación no resistencia, de parte de los hijos, padres o familiares de desaparecidos a vincularlos con el uso de las ramas o con algún episodio de violencia que haya sido cometido por ellos. ¿Les pasó haberse encontrado con algún hecho del que prefirieron no saber?

Ana Julia: Me pasa que es imposible sacarlo de contexto. O sea, podés decir “uy, sí, mi papá manejaba un arma…” Te puede parecer horroroso, te puede parecer violento, pero realmente siento que estaba completamente ligado a lo que ellos eligieron, a lo que ellos hicieron, a aquello en lo que ellos creían. Ellos tuvieron la posibilidad de irse. Hubo gente que no la tuvo. A ellos le dijeron: “Che, tomen los pasajes, se pueden ir a la mierda”. Pero era tanta su fidelidad a la organización y al movimiento que no quisieron hacerlo. Ya sabían cómo morir que cómo vivir.

-Una fidelidad que, según cuentan en el libro, llegaba al punto de consultar con la organización hasta su embarazo.

Ana Julia: Tenían que consultar con la organización mi embarazo, su casamiento, cómo se casaban, dónde vivir, cómo vivir. Sí, absolutamente todo.

Martín: Cómo una secta. ¿Cómo habrá sido? ¿Cómo lo habrán detectado, para decir, “bueno, vamos a ver a este”. O sea, ¿en qué momento habrán conocido a mi viejo y cómo…?

-Supongo que en gran medida entrabas solo. Había un contexto en el que era muy atractivo, muy seductor ser parte de una causa que se veía muy noble.

Ana Julia: Era muy seductor. Y al principio no tomaron las armas. Al principio era una organización política muy fuerte que después derivó en la organización armada. De hecho, no todos estaban en la parte armada. Pero bueno, al final Montoneros se había hecho un gueto. Es más, cuando ellos desaparecen la organización ya estaba casi completamente desmembrada. Pero creo que si se hubiesen ido, habrían sido parte de la contraofensiva.

Hubiesen vuelto, a ser carne de cañón de nuevo.

-¿Ustedes se quieren más ahora que cuando empezaron a hacer el libro, se quieren menos o se quieren igual?

Ana Julia: Nos queremos igual. Vamos a lo que es. A nosotros nos cuesta un montón. Creo que es ya somos así. Es más, si nos hubiésemos criado juntos, creo que también seríamos así. O tal vez peores. Creo que nos queda amigarnos con este vínculo, con cómo somos.

Somos diferentes, y no sé si es tanto porque nos criamos separados. Somos distintos. ¿Qué opinas vos?

Martín: Voy a decir otra cosa.

Ana Julia: ¿Qué?

Martín: Yo te quiero más.

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About Post Author

Eduardo Slusarczuk

Es periodista desde 2004, después de haber sido metalúrgico y dueño de una disquería especializada. Ingresó como redactor en Clarín en 2008 y fue Editor del área de Música en el Suplemento de espectáculos del diario entre 2014 y 2022. Además, colabora con las áreas de prensa de la Fundación SOIJAr (Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Argentina) y de la Asociación Artística Clásica del Sur.
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