Pedro Leopoldo Barraza y Carlos Ernesto Laham ya no son lo que eran. Sus cuerpos están tirados en un predio municipal de Villa Soldati, sobre la avenida 27 de Febrero. Pedro tiene 36 años y 25 orificios de bala, muchos de ellos en la cabeza; lo ametrallaron. También le dispararon con una escopeta, a corta distancia. Lo van a tener que velar a cajón cerrado.
Carlos casi llega a cumplir 21 años y le metieron 55 balazos. Una cinta adhesiva le cubre la mirada. Dentro de unos días va a aparecer un comunicado firmado por la Triple A junto a su DNI, que confirmará quienes fueron los matadores. “SEPA EL PUEBLO ARGENTINO!!!!!! La organización ALIANZA ANTICOMUNISTA ARGENTINA tiene una trayectoria de Patria y Hogar, todo ello iluminado por nuestro Señor Jesucristo”, dirá el primer párrafo del texto, en el que prometerán proteger “a los verdaderos PATRIOTAS” de los “BOLCHES ASESINOS”. Pero ahora los acaba de encontrar el empleado de vigilancia de la mañana, que salió a recorrer el descampado, como hace cada día que toma la guardia. Todavía no son las 8 del domingo 13 de octubre de 1974.
Pedro y Carlos hubieran preferido morir abrazados pero no pudieron elegir. Sus cuerpos están tirados a cincuenta metros del Arroyo Cildáñez, que atraviesa toda la Ciudad de Buenos Aires. Llega desde el conurbano y entra por el barrio de Mataderos. Lo cruza y al salir hace un codo pronunciado. Después se va casi en línea recta hasta Villa Soldati.
Cuarenta o cincuenta años antes, ese hilo de agua turbia se ganó un apodo: Arroyo de la Sangre. Hacía honor a los litros de sangre y desechos de todo tipo de origen vacuno que, por orden de sus patrones, arrojaban los trabajadores de los mataderos.
El Boy y la Puyi
—Lo siento mucho; su hermano la vino a buscar —dijo la profesora.
Elena Ofelia Barraza, tres años mayor que Pedro, pensó a quién habría matado su hermano esa vez. Pedro era capaz de inventar los dramas familiares más dolorosos con tal de que su hermana saliera del colegio para ir con él al cine. Tenía una capacidad sorprendente para entrar en el personaje del joven dolido. Lo ayudaba el metro ochenta de estatura y el traje oscuro, que lo hacían aparentar más edad de la que tenía. Incluso se veía mayor que Elena.
“Pedro parecía mi tutor. Parecía más grande. Y ese día tenía ganas de ir al cine y me fue a buscar”, recuerda.
En la familia, en la que había una abuela que comandaba a un grupo de tías, eran “el Boy” y “la Puyi”. Era una costumbre que había instalado una de las tías, profesora de inglés: tenían pasión por poner sobrenombres en inglés y usarlos con el artículo correspondiente. El de Pedro tenía una ligazón directa con la traducción (chico), el de Elena era una derivación de pussy cat.
“Éramos hijos de padres separados y eso nos daba vergüenza. Teníamos mala relación con nuestro padre y nos crió nuestra abuela y las tías, que eran todas maestras, salvo una”, cuenta Elena y define a Pedro en una frase: “Se rebeló contra la vida”.
En esa casa, donde la abuela materna “dirigía la batuta”, se hacían básicamente dos cosas: se organizaban partidas de poker con apuestas en efectivo y se discutía mucho de política. El escolazo era muy concurrido y Elena recuerda varias jornadas con partidas simultáneas en dos habitaciones que funcionaban a silla caliente, donde se sentaban señoras de la pujante clase media alta porteña y, también, algún sacerdote.
Cuando se hablaba de política siempre era contra del presidente Juan Domingo Perón. “Mi abuela era antiperonista, pero no se metía en política porque estaba con el poker”, explica Elena.
Como si no fueran pocas mujeres en esa casa, también vivía una empleada doméstica con cama adentro. A Nélida Gutiérrez la llevaron de Santiago del Estero a Buenos Aires. Alguien la ofreció para trabajar en el departamento de Montevideo al 700, casi esquina Córdoba, y la tomaron. Había llegado ocultando un embarazo, la rebautizaron como la Negra y su hijo heredó el apodo.
“Una cosa que hacíamos seguido era llevar al Negrito para pedir plata”, dice y los ojos se le ponen pícaros. Cuenta la travesura buscando bajarle el tono, intentando encajar los hechos en ese juego de chicos apenas grandes.
“Lo bañábamos, lo peinábamos y le poníamos uno de esos bombachuditos. Después, lo sacábamos con mi hermano a caminar por Córdoba y pedíamos plata. Decíamos que lo teníamos a nuestro cargo y teníamos que criarlo”, sonríe y pareciera que le da un poco de pudor contarlo 70 años después.
Boina blanca
La militancia política de Barraza comenzó en el colegio secundario. Con su hermana pegaban afiches con engrudo y escribían en las paredes contra Perón. Iban seguido al local del Comité Nacional de la UCR, que estaba sobre Riobamba, a metros de Corrientes, en el centro porteño. Poco después, Pedro se sumó a la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), que llevó a Arturo Frondizi como candidato presidencial en 1958. “Era uno de esos jóvenes contestatarios que se habían acercado a la UCRI”, describe Santiago Senén González para definir a esos grupos juveniles entusiasmados con la idea de izquierda nacional que había dibujado Frondizi. Eran los años del exilio de Perón y la vigencia del decreto 4.161, que había impuesto la Revolución Libertadora para que ni siquiera pudiera silbarse la Marcha Peronista.
“Pedro era tartamudo. Una de las situaciones en las que superaba su tartamudez era cuando imitaba a Frondizi, a Balbín y a otros personajes como a un radical llamado Cabiche, cuya frase más célebre, extraída de sus discursos en los mítines, era: ‘El radicalismo es como la lechuga: nace de la tierra’. A Frondizi le imitaba los discursos preelectorales, en los que solía referirse al tiempo que el radicalismo había estado alejado del poder y, por tanto, a su capacidad de ‘paciencia histórica’. Sin embargo, parecía evidente que esa era una pose y que estaba muy ansioso por gobernar. Barraza imitaba la voz del candidato y repetía algunas de las frases de Frondizi, con mínimos cambios: ‘Hemos esperado 25 años, podemos esperar 20 minutos más’”, recuerda Horacio Eichelbaum, que se había hecho amigo de Barraza en el frondicismo.
De aquellos años de radicalismo, Horacio escuchó una anécdota que se volvió leyenda y que transcurrió en el último tramo del segundo gobierno de Perón. Fue durante alguna manifestación antiperonista, que terminó con represión y Barraza intentando evadir a la policía logró entrar al Congreso, donde había un bloque de 14 diputados radicales, que eran algo así como un puñado de heroicos “resistentes” para los opositores.
“El Boy consiguió meterse dentro del recinto de la Cámara de Diputados y, antes que pudieran apresarlo, saltó dentro del hemiciclo y se colocó en el medio del grupo de diputados radicales, quienes gozaban de inmunidad parlamentaria. Este incidente le evitó ser detenido y le granjeó gran simpatía por parte de aquellos diputados, lo que le permitía gastarles a veces burlas muy pesadas. A Oscar Alende, que tenía una risa carcajeante y muy espectacular, Barraza se le ponía enfrente y lo imitaba, reproduciendo sus carcajadas, lo cual hacía crecer aún más la risa del principal ‘cachorro’ del frondicismo en la provincia de Buenos Aires”, cuenta Horacio.
Resistentes
Pedro fue perdiendo su antiperonismo poco a poco; se acercó a los grupos de la Resistencia Peronista y terminó frecuentando las filas de Andrés Framini. Eran los peronistas post golpe del 55, que se habían hecho fuertes en los márgenes de los barrios y los sindicatos. No tenían apoyo estatal sino todo lo contrario: eran ninguneados, perseguidos, encarcelados, torturados. Pedían la vuelta del General, hacían pequeños atentados y habían empezado a cuestionar con una furia creciente las prácticas del máximo pope sindical, Augusto Timoteo Vandor, que iba tomando el camino de la conciliación que lo llevaría a proponer el “peronismo sin Perón”.
Todos ellos enfrentaban, de la manera que podían, las distintas medidas implementadas por Frondizi tras la ruptura del acuerdo con Perón, que iban del Plan Conintes –que declaró un escenario de Conmoción Interna del Estado- a los Consejos Especiales de Guerra, que se conformaron para enjuiciar a militantes políticos y sindicales. La aplicación de medidas represivas crecientes iba en línea con lo que pedía el Ejército, que había elaborado un informe que incluía más de mil atentados con cargas explosivas, un centenar de incendios de vagones ferroviarios y plantas industriales y casi quinientos actos de sabotaje a vías férreas y torres de alta tensión, entre otras.
Entre los jóvenes resistentes también andaba Felipe Vallese. Era delegado en una metalúrgica y formaba parte del Grupo Insurrección, que era una de las tantas agrupaciones que conformaban la JP. A la cabeza estaban Alberto “Pocho” Rearte, Julio Bortnik y “Bechi” Fortunato y dirigían a otros quince militantes. Cerca de ellos andaba Barraza.
Ese grupo, que lideraba “Pocho”, planificó una acción para “recuperar armas” en poder de las fuerzas de seguridad que luego se volvería mítica: el asalto al puesto de la Aeronáutica en Ezeiza, en 1960. Fue el resultado de un trabajo político en Ciudad Evita, en el partido bonaerense de La Matanza, que le abrió la puerta de uno de los vecinos. La operación se había planificado en el Sindicato de Farmacia, que dirigía Jorge Di Pascuale y era uno de los gremios donde habían hecho pie los peronistas rebeldes.
Se tomaron un colectivo que los llevó hasta Ciudad Evita, entraron con todo el disimulo posible a una de las casas y esperaron tirados en el suelo a que se hiciera la noche. Rearte les dijo que no habían llegado ni las granadas ni el auto que les habían prometido para fugar pero tenían más voluntad que recursos y decidieron atacar igual.
“Al primer grito se rindieron los dos conscriptos. Los otros se fueron corriendo”, recordó Jorge Rulli. La operación fue un éxito: lograron sus dos primeras ametralladoras PAM y ningún herido. Se volvieron caminando, a campo traviesa, con las armas en la mano, hasta llegar a la Capital Federal.
