Dos cuerpos híbridos emergen del mundo mineral, adquieren conciencia de sí y se proyectan a lo sideral. Hallan sus pulsos en las raíces folklóricas argentinas y peruanas al compás de la danza popular y experimental: cantan y bailan zambas, chacareras y malambos al son de instrumentos barrocos y modernos. Reúnen lo terrenal con lo inexpresable, y, siempre en poético movimiento, ganan conciencia colectiva: visibilizan el poder de sus culturas en el espectáculo Último helecho. ¿Qué misterios despliegan ambas presencias en escena?
Desde Europa descifran esta obra de música y danza sus tres hacedoras primordiales: Nadia Larcher (en canto, consultoría musical y performance), Nina Laisné (en idea original, dirección musical-escénica y escenografía) y François Chaignaud (en coreografía y performance). El cruce de ambos talentos franceses, con vasta experiencia previa, y la cantante argentina, exponente central en la música de raíz folklórica del siglo XXI, hizo de Último helecho un encuentro de cosmogonías de gran vitalidad: un puente sensual rumbo a recónditas y vívidas tradiciones invocadas al cantar y bailar, aquí, sin fronteras.
Pero en Último helecho también se alumbra un hecho político: un viaje físico para replantear preguntas sobre la identidad -y los géneros- desde los vestigios de este mundo barroco, releído desde la música sudamericana en la danza íntima y en la catarsis colectiva. Así es Último helecho, la obra que motivó que Nadia Larcher, nacida en Catamarca y radicada en Buenos Aires por más de diez años, se mudara momentáneamente a Francia para desplegar -de ciudad en ciudad, de teatro en teatro- junto a Nina Laisné, François Chaignaud, seis músicos y un gran equipo, las revelaciones que activa Último helecho una y otra vez.
Debutaron el 19 de julio de 2025 en el ImPulsTanz Vienna International Dance Festival y no pararon de hacer fechas por distintos puntos de Europa con éxito creciente: la fusión corporal de sonoridades latinoamericanas y barrocas con mitologías ancestrales y danzas plurales de Último helecho se encontró con distintos públicos, lenguas y pensamientos. Tras las fiestas (cuando Nadia Larcher volvió a la Argentina para seguir preparando su segundo disco solista Trinar – El fruto) retomaron la marcha los días 24 y 25 de enero en el Berliner Festspiele y harán funciones hasta junio en teatros de Bélgica, Francia, España y Suiza.
-¿Cómo se modificó la obra a partir de las puestas sucesivas ?
-Nina Laisné: Bueno, la madurez y el encuentro con el público cambian muchísimas cosas. Y, como es una obra que tiene folklore y música antigua, hay mucha improvisación. Es igual en la danza y, cuanto más la presentamos al público, más madurez tiene y más diálogo hay entre los artistas. Así que, en seis meses, Último helecho cambió un montón.
-Nadia Larcher: Hay una estructura dramatúrgica bien planteada y eso se mantiene, pero la obra va siendo mucho más orgánica: se logra ese cruce, esa mixtura que buscábamos. Esa es una de las razones primordiales de la obra y eso lleva tiempo. En julio de 2025, cuando la presentamos, estaban el concepto, las ideas, la imagen, y fuimos cargando todo con la vitalidad de las presentaciones.
Para este diálogo escénico de dos cuerpos, desde su núcleo mineral primigenio hacia su despliegue festivo con zapateos y danzas brillantes, Último helecho pone a François Chaignaud (con su cuerpo de gran plasticidad) y a Nadia Larcher (con su voz de tierra y vanguardia, y también con su baile) a la par de los seis músicos con instrumentos barrocos y actuales: son Rémi Lécorché (en sacabuche tenor, serpentón y flauta), Nicolás Vázquez (en sacabuche tenor), Cyril Bernhard (en sacabuche bajo y wacrapuco), Jean-Baptiste Henry (en bandoneón), Daniel Zapico (en tiorba y sachaguitarra) y Vanesa García (en percusiones tradicionales). Así, Último helecho es, a la vez, hipnótica, clásica y experimental.

-¿Qué definición conceptual, pero también emocional, podrían dar acerca de Último helecho?
-Nina: En el proceso de concepción de la obra pasamos a través de tantos repertorios y tantos relatos, que tuvimos que encontrar un camino propio para poder conectar una historia que reúne a artistas de Europa y una artista catamarqueña que también tiene relación con este repertorio. Así que en el concepto intentamos crear un lugar de performance, pero además de convivencia, para contar cosas juntas: creamos un lenguaje propio en nuestro presente.
-François: Esta es una obra sobre la alteridad total y sobre la distancia enorme entre los pueblos, entre las culturas, y eso es muy interesante de estudiar. En relación con el análisis más emocional, con Nadia trabajamos de 2021 a 2023, de verano a verano: el proceso de residencia duró más de tres años. Desde ya, no tenemos la misma educación, la misma cultura, la misma práctica artística, pero cada función se hace muy fácil. Y, al practicar tanto, logramos una cosa en común en nuestra práctica artística. Hay un montón de diferencias culturales e históricas, pero se genera una relación muy cotidiana en la manera en que el arte organiza nuestras vidas. Y así podemos atravesar las fronteras.
-Nadia: Además nos encontramos en un borde, que es el de tener que bailar y cantar en español música de otro género. Por mi lado, yo nunca había hecho eso en escena y era todo un desafío, y para Fran era un desafío cantar folklore argentino y música latinoamericana. Entonces, creo que el acompañamiento que fuimos haciendo, con la comprensión de cada cosa, ayudó mucho al soporte en la escena.
-En este despertar de dos cuerpos en un ambiente mineral subterráneo y originario, ¿qué reflexión se hace en la obra sobre la identidad y los géneros?
-Nadia: Nosotras venimos discutiendo mucho acerca de cuál es el lugar desde donde nos encontramos, y fue muy importante, como dice Fran, pensar la alteridad. Ahí vimos que en esta obra nuestras identidades están en construcción y en disputa. A partir del quiebre de un sueño milenario, el despertar de estos dos cuerpos que cantan y bailan, pero que no están cómodos haciéndolo, para mí trae mucho de la discusión acerca de cómo pensamos la identidad: eso no es algo fijo ni establecido, sino que está en discusión. Así, nosotras fuimos creando la obra a partir de nuestros encuentros. Cuando Nina y Fran vinieron a Humahuaca, ellas estaban sin aire, y en París era yo la que no me podía comunicar, lo cual también es una manera de estar sin aire. Estas formas que vivenciamos están en el código de la obra.
-Nina: Y en esta construcción hay, además, una parte de fluidez, porque, como estamos siempre en proceso, tampoco se sabe si es una obra de danza o de música. O se genera una convivencia con los músicos, que son muy protagónicos a partir de la identificación con ciertas entidades míticas. Nosotros hablamos mucho de figuras tipo Sibilas, que eran mujeres sabias y profetisas de la Antigüedad Grecorromana: figuras milenarias sin género que, en el transcurso de la obra, se conectan a otros mundos, y a otra forma de ser, que viene más del mundo mineral y del vegetal. Por eso el mundo subterráneo, el renacimiento: el soñarse diferente aquí y construir otra relación con un grupo o con un dúo en escena.

-¿Por qué decidieron recurrir al lenguaje musical del barroco?
-Nina: Siempre me pareció impresionante lo que tiene en común el vocabulario barroco con el folklore y la música tradicional. Y hablo, en general, de música tradicional de Argentina y de Perú, pero también de muchos países. En el barroco existían instrumentos con timbres muy peculiares, los cuales desaparecieron por la necesidad de limpiar la orquesta y de tener más potencia. Así se perdieron timbres como los de los sacabuches que usamos en la obra, y que son trombones antiguos, o la tiorba, que se parece al laúd barroco, pero mucho más grande. Esos timbres eran más orgánicos, frágiles y peculiares. Y cuando vamos a América del Sur hay una variedad de instrumentos de cuerdas con esos timbres muy singulares, y es como si en el mundo del folklore se hubiera preservado una cultura, una riqueza y una forma de pensar la música.
Y “si gran parte de las partituras del primer barroco llegaron a nosotros en forma muy fragmentada, ocurre un poco igual con la música folklórica -prosigue Nina Laisné-. En ese sentido, me parece más interesante ver cómo podemos pensar esas músicas desde la mirada contemporánea en vez de construir una falsa réplica histórica. En el folklore hay mucha libertad en los adornos, en la improvisación, y ahí hay una posibilidad de diálogo. Por eso tenemos músicos que vienen del barroco y que conocen el arte de improvisar, y que nunca habían tocado música argentina o peruana. Para ellos fue un gran aprendizaje”.
-Nadia: En ese punto me gusta pensar que el folklore vitaliza de alguna manera ese barroco: hay una revitalización. En tal sentido es muy importante la presencia de Vanesa García en la percusión, porque al lado de los otros instrumentos le da a la obra el cuerpo rítmico, y eso es importante para las danzas que creó François: Último helecho tiene coreografías originales y danzas que se recrearon, como la chacarera, la zamba, el chamamé o el malambo. Ahí también tuvimos la gran colaboración del bailarín Néstor “Pola” Pastorive.
-François: ¿Qué palabra usaste, Nadia? “Revitalizar”. Creo que el encuentro con los artistas y los bailarines fue una revitalización de mi propia práctica de la danza. Eso fue muy importante para la obra, pero además para mí como artista y como persona: la relación con el ritmo y con la virtuosidad del cuerpo. Eso generó un diálogo muy fértil. La obra, como dice Nadia, es una mezcla de las danzas creadas por mí más las coreografías con referencias a una zamba, a una chacarera, a un malambo, con la guía de Néstor Pastorive. Sobre la parte tradicional de la coreografía crece como una flor la parte más contemporánea. Pero hay otras partes que son fantasmagorías y que ni siquiera se inspiran en el barroco.
-Nina: Es que en ningún momento el propósito de la obra era presentar una cosa auténtica. Por eso el terreno donde florece este helecho tiene algo de folklore y algo de barroco. Durante cinco años, con Fran conocimos a profesores y artistas. A la par trabajamos por más de tres años con Nadia, y me gusta mucho la idea de que estos cuerpos y estas voces ya tienen mil vidas pasadas: Nadia cantó un montón de cosas diferentes y viene cargada de esa experiencia. Luego, el cuerpo de Fran es infinito en su virtuosidad y en sus vocabularios. Eso es lo lindo. Al final, cuando pasás tres años trabajando coreografías de chacarera o de zamba, al llevar eso a la obra no aparece una zamba auténtica, sino otra cosa: es otra forma de encarnar, y que también hace aparecer estas capas del pasado.
Y el secreto llega al presente. La cineasta, artista visual y creadora de espectáculos Nina Laisné ya se había compenetrado con las danzas y las coreografías de François Chaignaud en Romances Inciertos, un autre Orlando, de 2017: un espectáculo y un concierto con figuras andróginas para tematizar la ambigüedad de género, con cuatro músicos en vivo que tocaban la viola da gamba, el bandoneón y percusiones tradicionales. Luego, en 2024, en la obra Como una baguala oscura, Nina Laisné colaboró con Néstor “Pola” Pastorive en un retrato musical y bailado de la legendaria pianista folklórica argentina Hilda Herrera: fue un viaje musicológico y un goce escénico.
Nadia Larcher es consciente de ambas experiencias y, al haberse dejado atravesar por la concepción estética de Nina Laisné, junto a François Chaignaud, piensa ahora cómo se despliega el cuerpo en Último helecho: “Fue todo un desafío para mí en muchos sentidos -dice-, pero yo al cuerpo lo abordé desde lo expresivo. Por supuesto, tuve que aprender coreografías y empezar a flexibilizar mi cerebro para los movimientos, pero lo que más me gusta es la sensación de que el cuerpo también está cantando. Hay una traspolación a lo que me pasa cuando uso la voz: llevar eso a las manos, a los pies, a las piernas, a la espalda. Aunque no es para nada sencillo y se requiere de un entrenamiento permanente”.
¿Y a nivel político? “En ese sentido me parece sumamente lindo y fertilizador que quienes practicamos la música podamos bailar. Y es algo que voy a tomar como mi norte para el futuro: que la escena y que el aprendizaje de la música estén mediados por la danza, porque en Argentina tenemos ahí una riqueza absoluta. A partir de ahora quiero empezar a unir ambos mundos. Que la música y la danza sean un solo universo del que se desprendan expresividades diferentes. Eso me encanta y es una de las cosas que más me llevo de Último helecho”.
-¿Qué momento emotivo esencial elegirían de la previa de la obra?
-Nadia: Para mí hubo uno clave: cuando Nina y Fran vinieron a Andalgalá, Catamarca. Yo decía “¿para qué ir tan lejos?”, porque teníamos que hacer un viaje muy grande desde donde estábamos. Pero ese momento fue muy emocionante, porque Nina me decía “tenemos que ir a tu casa para conocer a tu familia”. Y eso me encantó: me dio mucha confianza en el proyecto y me pareció muy poderoso el poder entender de dónde proviene alguien. Luego, en las previas de la obra, con Fran tenemos algo que se llama “la calefacción”, que es el tiempo de calentar, de encontrarnos con los cuerpos y de prepararnos. Ese momento en el que veo a Fran estirar y elongar es muy importante.
-Nina, ¿qué cosas nuevas aprendieron o confirmaron sobre el folklore argentino gracias a Nadia Larcher?
-Nina: Seguimos aprendiendo un montón. Para mí el folklore es algo tan vivo que no se puede encerrar: es infinito y se renuevan el fraseo y la profundidad. Lo compartimos en el escenario todas las noches en que presentamos la obra, pero siempre estoy buscando maneras de que aparezcan en el escenario no sólo el presente de las protagonistas o los performers, sino las historias pasadas a través de las voces y los cuerpos. Y a través de Nadia y de su conciencia podemos convocar cosas muy claras y desarrollar un gesto propio. Y esa es una riqueza muy específica: en el folklore hay ancestros, hay pasado, y nosotros nunca perdemos esa conexión constante con las raíces.
