Con un original tributo sinfónico a Bob Marley que reunió a Fidel Nadal, Chelo “Zimbabwe” y Gonzalo Cappagli con Small Axe y la Camerata de la Orquesta Filarmónica de Río Negro, concluyó en Bariloche el domingo 20 de septiembre la sexta edición del FIMBA, que convocó a más de 10 mil personas, que a lo largo de cinco días se acercaron a alguno de los 25 conciertos incluidos en la programación.
La escena final del último capítulo del festival, con el público que colmó la sala del Teatro La Baita de pie cantando Jamming, uno de los hits del músico jamaiquino, resultó una síntesis casi perfecta de lo ocurrido durante el encuentro, organizado por la Secretaría de Cultura de la Río Negro: una banda de reggae compartiendo territorio con una formación proveniente del universo sinfónico y dos históricos referentes argentinos del género, en una combinación que no buscó disimular las diferencias sino aprovecharlas.
Una de las características del FIMBA, que en esta ocasión reunió, combinó, alternó y entrelazó música académica, rock progresivo, flamenco, tango, chamamé, choro, jazz, reggae, folclore, canción latinoamericana y música coral. De todo un poco y mucho de todo.

Foto: Chiwi Giambertone
King Crimson por otros medios y Bob Marley sinfónico
En este juego, planteado como premisa del festival desde su creación, en 2019, impulsada por Martín Fraile Milstein, director de la OFRN (Orquesta Filarmónica de Río Negro), la agrupación orquestal a su mando y sus distintos ensamble ocuparon un lugar central. No sólo como anfitriones sino como herramientas para generar experiencias originales, que a esta altura son una de sus marcas registradas.
En ese sentido, la amalgama de The League of Crafty Guitarists, el colectivo nacido del universo creativo de Robert Fripp, con la Camerata de la Filarmónica fue una de las grandes apuestas, con excelente resultado. Las guitarras y las cuerdas terminaron funcionando como un único organismo para atravesar los soundscapes de Fripp y piezas como Larks’ Tongues in Aspic I, THRAK, Red y 21st Century Schizoid Man. Entonces, rock, prog-rock, jazz, música incidental y académica dejaron de ser compartimentos estancos para formar parte de un mismo universo.
La misma lógica reapareció con Bob Marley: las cuerdas aportando colchones armónicos, los vientos ocupando espacios nuevos y chelos y contrabajo agregando profundidad a canciones instaladas desde hace décadas en la memoria colectiva. No se trataba de “convertir” el reggae en música clásica, sino de comprobar qué podía suceder cuando ambos lenguajes se encontraban.
De Brahms y Shostakóvich a Villa-Lobos y Piazzolla
La tradición académica tuvo, al mismo tiempo, espacios donde se desplegó con sus propias reglas. El Coro Polifónico Nacional, dirigido por Fernando Tomé, llevó a la Catedral Un réquiem alemán, de Brahms, mientras que el brasileño Cuarteto Atlas transitó a Villa-Lobos y ofreció una notable interpretación del sombrío y autobiográfico Cuarteto N°8 de Shostakovich. Pero tampoco allí las fronteras permanecieron demasiado quietas.
Por un lado, el cuarteto integrado por los violinistas Ricardo Amado y Carlos Mendes, el violista Ricardo Taboada y el violonchelista Ricardo Santoro, destacados músicos de importantes orquestas de Brasil y reconocidos solistas y concertistas, sumó a Villa-Lobos y Shostakovich una suerte de suite de melodías cinematográficas y otra de piezas de la música popular brasileña, reunidas por el compositor y arreglador Ricardo Cándido en el Camping Musical Bariloche y en el auditorio de INVAP, empresa rionegrina de tecnología de punta, a cuya celebración de 50 años también se sumó el Quinteto Viento Sur, de la OFRN.
Por otro, Daniela Salinas y Lilia Salsano tradujeron varios capítulos la obra de Ástor Piazzolla al formato de duo de pianos que ambas músicas manejaron, como es su costumbre, a la perfección, ante una audiencia que respondió de la mejor manera en el Camping Musical Bariloche. El mismo escenario en el cual dos días antes el clarinetista Raúl Traver, acompañado por el pianista salteño David Benites, interpretó obras de Bizet, Debussy y los grandes clásicos franceses.
En ese amplio sendero transitó en la Catedral, uno de los bellísimos escenarios del FIMBA, una de las grandes noches del Festival, con la Filarmónica, el Coro Polifónico Nacional y la soprano mexicana Cecilia Eguiarte recorriendo obras Bizet, Puccini, Massenet y Verdi junto a compositores mexicanos y latinoamericanos, incluído el estreno de una obra del compositor argentino Mauricio Charbonier.
Ante un público de todas las edades que colmó la inmensa nave del tempo emblemático de la ciudad, Eguiarte dio cátedra sobre cómo conectar con el público desde el rol de la gitana seductora y sensual de Bizet, pero también de los distintos personajes que asumió para cautivar a la multitud, con un respaldo musical y vocal de intenso caudal, bajo la batuta de Fraile Milstein y la dirección coral de Fernando Tomé.

Daniela Salinas y Lilia Salsano.
Músicas que viajan
Con sus ADN impregnados por la vocación por el intercambio, el diálogo de estilos y géneros y la integración de elementos de diversos orígenes para la construcción de nuevos discursos musicales, los españoles Alba Carmona y Jesús Guerrero, el brasileño Hamilton de Holanda y nuestro Chango Spasiuk aportaron tradición y sofisticación, cada uno enfocado en su música de raíz como punto de partida.
En ese plan, cantaora y guitarrista hicieron convivir tango, cantes de ida y vuelta, pasodoble, nanas
andaluzas y fiesta popular, acompañados en algunas ocasiones por músicos de la Filarmónica sumándose a una propuesta capaz de transformar La Baita alternativamente en tablao, peña y teatro.
Hamilton de Holanda, en trío Salomão Soares y Thiago “Big” Rabello, hizo algo parecido desde su bandolim de diez cuerdas. Choro, samba, jazz, sonoridades afro, ecos eléctricos de los años 70 y hasta una apropiación profundamente personal de Oblivion, de Piazzolla, convivieron sin pedir permiso. En su música, los géneros aparecieron menos como destinos que como lugares de paso.
Y Spasiuk, en virtuosa complicidad con sus compañeros de ruta, convirtió durante dos funciones a La Baita en un patio misionero. Chamamé, polcas y canción litoraleña convivieron con sus raíces ucranianas, Piazzolla y Spinetta, en un viaje donde lo popular dejó en evidencia hasta qué punto las identidades musicales se construyen precisamente a partir de mezclas, migraciones y encuentros.
Tango, jazz y canciones de aquí, y de allá
El tango tampoco tuvo una sola forma, en el marco del FIMBA. Tanto el Daniel Ruggiero Cuarteto como The Camarada Tango Quartet, formado en Estados Unidos y liderado por el contrabajista argentino Andrés Martín, propusieron lecturas alternativas al clasicismo. El primero, llevando sus versiones de clásicos y no tanto a través de caminos no transitados con frecuencia; el segundo, aportando un abordaje contemporáneo al tango post-piazzolliano en el incomparable escenario del Camping Musical Bariloche.
El mismo en el cual la cantante Sol Liebeskind, acompañada por el pianista neoyorquino Russell Kranes, desplegó su repertorio basado en el jazz, expandido hacia los terrenos de la música latina, el soul y el Rhythm & Blue.
Poderosa, la figura del compositor y bandoneonista marplatense mantuvo su omnipresencia a lo largo del FIMBA 2026, en el bandolín de Hamilton, en los cuartetos antes mencionados, también en las cuerdas del Cuarteto Atlas, en el acordeón de Spasiuk, en los pianos de Salidnos y Salsano y también en los vientos del Quinteto Viento Sur. Siempre Piazzolla, una y otra vez atravesando músicas y formatos.
En tanto, la canción encontró su espacio en los atractivos showcases del Mercado de Música Patagónico, planteados como una plataforma de encuentro, circulación y profesionalización que busca fortalecer la escena musical de la Patagonia y ampliar sus vínculos con los circuitos nacionales e internacionales.
Allí convivieron la chilena Elizabeth Morris con sus canciones de indudable estirpe transandina, el folclore disidente de La Ferni, el plan urbano del local Tobi Dolezor, la sutil ironía de la uruguaya Samantha Navarro, el carácter testimonial de su compatriota Sebastián Prada y la exploración en las raíces de la brasileña Clarissa Ferreira, entre otros. Tradiciones y búsquedas que ampliaron todavía más un mapa deliberadamente difícil de encerrar.
Y hubo, finalmente, otra convivencia decisiva: la de artistas consagrados con quienes recién comienzan a transitar el camino de la música. En ese plano, la Orquesta Infantil Argentina de Fundación SOIJAr, conformada por casi un centenar de jóvenes músicos de entre 9 y 15 años que llegaron a Bariloche desde los más diversos puntos de la Argentina, abrió el Festival en la Catedral, con un repertorio que incluyó obras de Bizet, Saint-Saens, Arturo Márquez y Alberto Ginastera, obteniendo una fantástica recepción del público.
En el transcurso de la tercera jornada fue la Camerata Juvenil Municipal de Bariloche, con la batuta de Mario Videla, la que en el Puerto San Carlos mostró el resultado de un trabajo sostenido que permite observar año tras año una evolución en su calidad sonora y su carácter expresivo, en línea con lo que Niños y Jóvenes Cantores y la Agrupación Coral Cantores de Bariloche, bajo la conducción de Gimena Altmann Beveraggi dejaron en evidencia en la Catedral, durante la jornada de cierre. Música construida desde la propia comunidad marcando, como en las anteriores ediciones, su presencia en el FIMBA.

Daniel Ruggiero.
Un festival en números
Más allá del repaso del alcance artístico del FIMBA 2026, su efecto también puede ser medido de manera cuantitativa, con números que no sólo ratifican su poder de convocatoria sino que muestran su estado de crecimiento constante, al ser comparados con los de ediciones anteriores.
En este caso, fueron 25 conciertos con entrada gratuita, con 60 personas involucradas de manera directa o indirecta en la realización, a lo largo de 5 días y distribuidos en 6 escenarios que vieron pasar en total a 446 artistas, que dieron representatividad a 7 países -Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Estados Unidos, España-, con una convocatoria general que superó los 10 mil espectadores.
Espectadores que, en muchos casos, seguramente llegaron a un concierto para escuchar una música que conocían y salieron habiendo descubierto otra. El mejor resultado posible, en la difícil tarea de construir nuevas audiencias. Un desafío que, después de seis ediciones, constituye una de las identidades más claras del FIMBA: hacer de Bariloche un lugar donde músicas que vienen de universos distintos puedan encontrarse sin dejar de ser ellas mismas
