La partida del maestro Carlos Alonso en este septiembre deja huérfano al panorama cultural argentino de su último faro monumental. Fallecido a los 97 años en su refugio de Unquillo, Córdoba, el pintor, dibujante y grabador mendocino no solo fue un virtuoso del trazo, sino la conciencia estética y el cronista más visceral de las realidades y dolores de nuestro pueblo. Su fallecimiento, ocurrido justamente en el Día del Artista Plástico y a las puertas de la primavera, clausura un capítulo fundamental del arte comprometido en América Latina.
Nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, Alonso se formó bajo el ala de Lino Enea Spilimbergo y consolidó tempranamente una carrera monumental que incluyó la ilustración de clásicos como el Don Quijote de la Mancha y el Martín Fierro. Sin embargo, su biografía y su obra quedaron trágicamente fracturadas por el terrorismo de Estado. En 1976 debió partir al exilio, y en 1977 la dictadura cívico-militar secuestró y desapareció a su hija Paloma. A partir de ese desgarro, Alonso transformó el dolor en un acto de resistencia permanente. Series definitivas como Manos Anónimas o el lienzo El viejo pintor -donde retrató las ausencias de sus entrañables compañeros de ruta y militancia histórica, como Armando Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana- se convirtieron en testimonios explícitos contra el olvido.
Lejos de los salones de la comodidad burguesa, Alonso concbía la plástica como un bien común para denunciar la desigualdad y la subsistencia precaria de los sectores vulnerables. Sus series en blanco y negro, despojadas de la distracción del color, buscaban transmitir crudeza ideológica y contenido social. Alonso fue cofundador y el principal pilar desde las artes plásticas del Manifiesto del Nuevo Cancionero, plasmando en sus trazos la misma revolución que sus hermanos cuyanos buscaban a través de la música y la palabra. Esa coherencia y carisma le valieron la admiración profunda de sus contemporáneos. Quienes frecuentaron su intimidad recuerdan su calma mendocina, su lucidez intacta y su incondicional lealtad: Carlos no se movía por cúpulas ni etiquetas políticas de ocasión; era, ante todo, un amigo fiel de sus amigos y de los hijos de ellos, manteniendo hasta el final de sus días largas charlas telefónicas donde desgranaba su visión del mundo. En una de sus últimas conversaciones, dejó una definición que condensa su vitalidad: «La madre de todas las artes es la danza. Y yo bailaba de un cuadro a otro».
Su herencia sobre las nuevas generaciones de creadores es incalculable. Al conocerse la noticia de su deceso, el reconocido dibujante y humorista gráfico Tute expresó en sus redes sociales una declaración contundente que resume el núcleo de su obra: «La dictadura secuestró, torturó y mató a su hija Paloma. Y Carlos la pintó siempre». Este lazo generacional demuestra que el magisterio de Alonso trascendió el lienzo tradicional para convertirse en una escuela viva de dignidad y oficio gráfico.. Este lazo generacional demuestra que el magisterio de Alonso trascendió el lienzo tradicional para convertirse en una escuela viva de dignidad y oficio gráfico.
La pérdida de su figura expone, de forma objetiva, la profunda insensibilidad del marco político actual. En tiempos de vaciamiento cultural planificado, asfixia presupuestaria y desmemoria oficial, resulta doloroso constatar lo escasos que han sido los homenajes institucionales, las retrospectivas masivas y los proyectos cinematográficos o documentales a la altura de semejante gigante de la cultura. Mientras el sistema intenta invisibilizar a sus faros más incómodos, obras recientes como la muestra Los círculos del infierno en el Palacio Ferreyra continúan interpelando de forma directa a la sociedad.
Carlos Alonso ha partido al reencuentro definitivo con Hamlet, con Tejada y con su amada Paloma. Deja tras de sí un lienzo inacabado que las nuevas generaciones de artistas y militantes deben continuar pintando. Su mayor legado, la lección política y humana más profunda que legó a este suelo, fue habernos demostrado con el cuerpo y el pincel que, frente a la crueldad absoluta, la dictadura secuestró, torturó y mató a su hija Paloma… y Carlos la pintó siempre. Al horror se lo vence, únicamente, con arte y con ternura.
