Sergei Eisenstein editando la película «Octubre», 1928
Se ha perdido el gusto por la oscuridad. “Apenas queda espacio para el misterio y la introspección”, dispara de entrada el español Vicente Monroy en el ensayo Breve historia de la oscuridad. Una defensa de las salas de cine en la era del streaming, recientemente editado por Anagrama. Escritor, profesor de cine, guionista y arquitecto, Monroy, nacido en 1989, es programador de cine en la Cineteca de Madrid y colabora con la Academia de Cine Español. El joven ensayista decide priorizar el enfoque crítico antes que exhibir una nostalgia sosa, y habla de que el cine no se sustrae de la estrategia política, económica y cultural del neoliberalismo.
Se sabe –dice– que, como espectadores, adictos al consumo rápido y a la lógica del entretenimiento de moda, hemos convertido la atención en un lujo y la dispersión en estilo de vida. La concentración está en crisis, y la cultura de masas, que se traducía en esas pequeñas comunidades reunidas en torno a una pantalla, se transformó en la primacía de la individualidad, “preocupados únicamente por el progreso personal, homogéneos, desmemoriados y dóciles ante unos medios de comunicación, un ocio y unas redes saturados de iconos de la banalidad. Un discurso que se impone sin resistencia y sustituye la realidad por una perversa irrealidad: un falso ideal de libertad, heredero de los más corrosivos ideales estadounidenses”, como dijo recientemente en una entrevista.
Cierra una sala de cine, abre un gimnasio. Los ciclos de cine perdieron continuidad social, se convirtieron en algo minoritario, casi de culto. En Internet parece que se encuentra cualquier film, hay una apariencia democrática y de acceso igualitario, pero Monroy cree que ver películas en soledad, sin compartirlas ni discutirlas, empobreció radicalmente la cultura cinematográfica. Ahora acumulamos imágenes que se evaporan al instante. Revisamos Instagram mientras ponemos una película de fondo, aprovechamos a hacer otras tareas domésticas mientras se proyecta la última novedad de Netflix. Es algo sobre lo cual, entre tantos otros cineastas, Lucrecia Martel –del cual su reciente libro, Un destino común, editado por Caja Negra, da cuenta de sus intervenciones públicas contra lo efímero y una lúcida mirada sobre las condiciones de percepción, cultura y política– sigue insistiendo: recuperar el papel cultural del cine. “Uno hace una película para que la gente después hable de cosas que tienen que ver colateralmente con la película. Eso es la cultura: las cosas que hacemos que generan conversaciones y nos vinculan, y después se quedan en la memoria”, escribió la directora de La Ciénaga, Zama y Nuestra tierra.
Escasean los rincones en penumbra, agrega Monroy. La contaminación lumínica, además, se convirtió en un problema medioambiental y cultural a escala planetaria. El exceso de luz, en efecto, dificulta la observación del horizonte en las ciudades y, progresivamente, también en los pueblos y el campo. Cita al filósofo Xavier Rubert de Ventós: “Donde hay más luz de la necesaria, todo son tinieblas”. Y también al ensayista Georges Didi-Huberman, el cual plantea la hipótesis de una “cegadora claridad”, la de los feroces reflectores de la modernidad: reflectores de los shows políticos, pisos de televisión, estadios de fútbol; la luz insidiosa y omnipresente de la publicidad y las redes sociales que borra los contrastes de las vidas, “sobreponiendo cuerpos e ideas, haciendo circular imágenes y discursos violentos y engañosos”. Didi-Huberman ensaya la preminencia de una estridente “economía libidinal” de la satisfacción inmediata, con la irradiación verborreica y superficial del discurso público, la autoayuda, las fake news, los youtubers y la aceleración de la vida bajo excesos de estímulos.
Breve historia de la oscuridad. Editado por Anagrama.
En marzo de 2026, murió el cineasta y escritor alemán Alexander Kluge. Representante del llamado Nuevo Cine Alemán –que posibilitó el surgimiento de directores como R.W. Fassbinder, Werner Herzog y Wim Wenders–, y a pesar de una larga trayectoria cinematográfica, alguna vez dijo que su obra principal fueron los libros que escribió. “Esto se debe a que los libros tienen paciencia y pueden esperar, ya que la palabra representa la única forma de conservación de la experiencia humana que es independiente del tiempo y no queda encerrada en las biografías de personas concretas”, se sinceró, y uno de sus libros, 120 historias del cine (Caja Negra, 2010), retorna a la luz de su fallecimiento.
Allí Kluge habla de la edad temprana del celuloide, del documental y la ficción, y, sobre todo, de que el “principio cine” –tan antiguo como el sol y las representaciones de luz y oscuridad en nuestras mentes– surgió mucho antes que el arte de filmar, ya que se basaba en la comunicación pública de lo que nos “mueve por dentro”. Esa suerte de utopía, que nunca desapareció de la cabeza del espectador –pronosticaba Kluge– no desaparecería con la llegada de la tecnología digital, pues incluso cuando los proyectores hubieran dejado de traquetear habrá siempre algo que “funcione como cine”. El cine, entonces, jamás moriría: ni el ocaso de los cineclubes ni la llegada de los silenciosos proyectores digitales ni las pantallas en la comodidad del hogar ni nada podrá derribar a esa facultad humana ligada a las emociones y la mente, porque el cine, pensaba el alemán, es una suerte de prolongación de “nuestra condición óptica”.
Sin renunciar en su momento a la televisión y a los nuevos formatos tecnológicos, Alexander Kluge nunca dejó de defender la autonomía del creador y, por elevación, la del espectador. “Es a los espectadores a los que hay que honrar. Los espectadores son mucho más resistentes de los que uno cree. Los espectadores son los verdaderos artistas en la medida que reproducen la película. En ese sentido, la película opera como un espejo, a veces como una fuerza gravitatoria o, por qué no, como un imán”, y rescataba, en 120 historias del cine, una experiencia concreta: que, durante las charlas posteriores a las proyecciones, algunos espectadores solían nombrar imágenes que no aparecían en la película. En su época, valoraba algo que todavía subsiste en los márgenes –el propio Vicente Monroy hace gala de las cinematecas y las salas especiales–: los ciclos organizados por especialistas, como el que sucedía en el Goethe-Institute, donde se armaban programas y así los espectadores podían advertir las “redes” entre autores y escuelas, de Fritz Lang al western italiano, de Godard o la nouvelle vague a Lars Von Trier. “Las personas me cuentan algo que no está en la película, pero no puedo decir que sea falso, sino que ha sido evocado por el film”, escribió Kluge, ponderando que la gran virtud del cine era la sucesión de “instantes cristalizados” que dejaba en su rastro.
Dialogando con el legado de Alexander Kluge, el español Vicente Monroy escribe que, en la época de mayor profusión audiovisual de la historia, el presente, estamos más ciegos y sordos que nunca. Recibimos tantos estímulos que ya no vemos nada. Escuchamos podcasts, leemos libros, vemos series, llenamos cada segundo con avidez, pero eso no basta para fijar conocimientos ni para desarrollar un pensamiento complejo. “Para eso hacen falta espacios en blanco, tiempo perdido, oscuridad”, sugiere Monroy. Polemiza, provoca, cuestiona el modus del espectador promedio, acostumbrado a “maratonear” series para ponerse al día y no quedarse afuera de lo que todos hablan en las redes sociales, como si fuera una carrera contra el tiempo. Tanto como Kluge, quiere redimir la defensa del cine como potencia, como fenómeno disidente, y no como un objeto más del consumo capitalista. Ni apocalíptico ni totalmente integrado, capaz de abrazar al húngaro Béla Tarr –otro notable cineasta fallecido en estos tiempos– y su mirada cavilosa y radical en tiempos de consumo fugaz, como al Martin Scorsese actual, asesor de una startup de inteligencia artificial y defensor del uso de la tecnología para crear storyboards, Monroy reivindica, en definitiva, el cine como espacio de transformación social y cultural. Defender las salas de cine y los ciclos, más que nunca, como algo político y no a través de un gesto esnobista ni una pose melancólica.
Recuperar la percepción del tiempo y salir, aunque sea por un momento, del imperio de la optimización y la ultra producción. Volver a leer sin prisa, mirar sin buscar respuestas, perder el tiempo con otros, rechazar la lógica del rendimiento como única medida de valor. “El cine sufre las consecuencias de un exceso de luz, debido a un progresivo aclaramiento de los entornos donde vemos las películas”, enfatiza Monroy, en un enfoque crítico sobre la saturación perceptiva que atacó el aura de recepción privilegiada del cinematógrafo. No es algo que ocurra solamente con el cine. El periodista y escritor mexicano Juan Villoro, reflexionando sobre el fútbol, piensa que “lo más importante no es lo que ocurre en el estadio, sino en la vida que los circunda”. En su último libro, Los héroes numerados (Seix Barral), sin poder creer que en Argentina todavía esté prohibido el público visitante, escribe que “el contenido del juego es el partido, pero su envoltura es el público. Sin multitudes no hay catarsis”.
Reconquistar lo lúdico contra el negocio del show, reconquistar el espectador. “En una época en la que la razón amenaza con instrumentalizar la imaginación y el exceso de exposición y visibilidad asedia las últimas parcelas de nuestra libertad, las salas de cine siguen demostrando que la oscuridad es la condición necesaria de la verdadera luz. Y no me refiero únicamente a la luz que el proyector arroja sobre la pantalla, sino también a las pupilas y los rostros iluminados en el patio de butacas como luciérnagas, contagiándose unos a otros una emoción inconfesable”, concluye Monroy. En épocas de torrenciales novedades en las plataformas bajo la era del streaming, donde resulta inhumano seguir el ritmo de estrenos y contenidos, los textos de Vicente Monroy y Alexander Kluge frenan la pelota y nos invitan a volver a conversar sobre lo que vimos, a pensar el sentido colectivo de las imágenes, a que la llama de la curiosidad no se apague y, de ese modo, celebrar la interacción real en torno a las películas. Aunque sea en los márgenes, entre las ruinas de un mundo cada vez más difícil de habitar, sentir el embrujo de ese maravilloso sueño artificial llamado cine.

