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Editorial

Alejandro Bordas: siete verdades para el tango de nuestro tiempo

Alejandro Bordas estrenó “Mudanza”, su primer álbum solista, con arreglos y composiciones propias para guitarra de siete cuerdas. Crónica de un estreno en el escenario porteño de Pista Urbana.
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Un movimiento a principios de los ’40 consolidó el sonido de aquello hoy nombramos como tango: Aníbal Troilo, que había fundado su orquesta en 1937, incorporó un violonchello (Alfredo Citro, en 1942) y una viola (Simón Zlotnik, en 1944). Si bien ya existían formaciones con contrabajo, la novedad amplió la frecuencia de sonidos habituales del tango: los graves se constituyeron en una marca de identidad de la música de Buenos Aires.

Con una convicción orientada en el mismo sentido, el guitarrista Alejandro Bordas, avanza sobre el horizonte que señala la guitarra de siete cuerdas (con una cuerda grave más que la guitarra clásica) para sostener, desde allí, la vigencia creadora del tango. Su experiencia quedó reflejada en su primer álbum solista, “Mudanza”, que se presentó en sociedad en el escenario de Pista Urbana, en la noche del jueves, en el barrio porteño de San Telmo. Bajo esa clave, la tradición del tango persiste como pura posibilidad.

De uso extendido en Brasil, la guitarra de siete cuerdas abre un mundo de armónicos incorporados allí a la tradición de la música popular. En el tango la variante es menos usual y Bordas la ha condensado en un disco que combina arreglos propios de tangos clásicos (se acomodan bien a esa dinámica tangos que también tocaba la orquesta de Troilo: “La Cachila”, “Milongueando en el ’40”, “Una canción”) con composiciones propias.

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A diferencia de otras expresiones que tropiezan con su propio apuro, Bordas eligió moverse con prudencia y muestra su primer disco solista tras un par de décadas de oficio, ya establecido en el circuito tanguero y con un tránsito pedagógico en la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Como afirmaba un antiguo político sobre la realidad argentina, entre los atolondrados y los retardatarios, equidistante de ambos, se encuentra el cauce del equilibrio. El arte sigue la misma premisa.

Un contraste en el inicio de la noche, que comenzó con un tango moroso, “La Cachila” (Eduardo Arolas). Allí apareció el desafío de trasladar a la guitarra una composición pensada para el bandoneón y sus rezongos; para luego avanzar hacia la rítmica de “Milongueando en el 40” (Armando Pontier).

El programa continuó con dos expresiones del tango cantado, en versión instrumental: “Mariposita” (Anselmo Aieta) y “Una canción” (Troilo), en arreglos para guitarra solista en los que, sin embargo, la melodía conservó el protagonismo.

Ya instalado el temperamento de la noche, Bordas atravesó un breve catálogo de composiciones propias, “Bailarina”, “Niño pandemia”, “Noche negra” y “Rioplatense”, en los que expandió el lenguaje del tango con claves de composición y escucha de la música del sur del continente.

Completado el recorrido por “Mudanza”, el guitarrista coronó la noche compartiendo con aliados musicales de sus años en el circuito porteño: así llegó “Mano blanca” y “Miles de madrugadas”, con Bárbara Grabinski y el bandoneonista Bruno Ludueña; “Ribera”, con la voz de Paulina Torres; y un cierre con “Parte del aire”, de la usina compositiva de la alguna vez dupla Spinetta-Páez. Ya en tono de celebración, una versión de “Trasnochados espineles” preparó el terreno para los aplausos.

Bajo el clima mundialista, cuya canción oficial, de exasperante simpleza y un estribillo de apenas dos notas, nos propone una versión global ofensiva de aquello que llamamos “música”, Bordas nos recuerda que el mismo significante contiene un lenguaje pletórico de recursos y belleza, que no necesita subestimar al público para constituirse como una expresión popular.

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Mariano Suarez

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, magister y doctor en Derecho del Trabajo; Doctor en Derechos Humanos y Previsión Social. Escribió una decena de libros de derecho, comunicación y música.
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