Foto: Liza Ormaechea
“¿Tenés algunas canciones nuevas?”, sorprendió Luis Pescetti a Carlos “Negro” Aguirre, hace muchos años, cuando estuvo de vacaciones en Paraná. En una larga sobremesa de músicas y palabras sentidas, el Negro Aguirre retrucó: “Luis, ¿tenés cuentos que podamos usar en un show juntos?«. Y el ofrecimiento mutuo se tornó en el espectáculo en el que Carlos Aguirre, pianista, cantante y compositor esencial de la música argentina de raíz del siglo XXI, interpreta sus temas con sus teclas en sintonía con los textos que va leyendo Luis Pescetti, un narrador musical para niños de todas las edades.
Y el proyecto se plasmó en el disco Intervalo, de 2023, con veintisiete pistas entre los cuentos breves del Pescetti y las canciones de Aguirre al piano: hay frases conmovedoras e historias entrañables, en concordancia con las infalibles músicas evocativas del Negro. El sábado 30 de agosto volverán a presentarse a dúo, en este caso en el ND/Teatro (Paraguay 918) de Buenos Aires. ¿Cómo vive Carlos Aguirre este reencuentro sideral con Luis Pescetti? “Este proyecto se manifiesta cada tanto y por eso se mantiene vivo. Fue muy emotivo cuando nos juntamos en Paraná, porque era nuestro primer contacto de charlas profundas, y ahí nos dijimos: ‘Sería hermoso recrear esto en un escenario’”.
Y Aguirre, que es entrerriano, celebra la dinámica con Pescetti, que es santafesino: “Luis me manda algunos textos que le gustaría leer, yo los contrapongo con canciones que podrían ir y él busca más textos que hagan junta con mis temas. Vamos hilando entre los dos, con ciertas intenciones entre palabras y canciones, y después hay un gran espacio para lo espontáneo”. Así, puede ocurrir “que yo interprete alguna canción guardada, si es que surge algún texto que me la convoque; Luis suma escritos de distintas épocas y de esa manera vamos confluyendo”. Y el fruto es una conjunción de sutilezas -entre anécdotas e historias cantadas- sin límites de generaciones: a pura emoción compartida.
Pero Aguirre no sólo brinda sus propias creaciones al diálogo escénico con Pescetti: “También aporto temas argentinos y latinoamericanos que me gusta versionar cuando estoy solo en casa, o para los amigos”. Y el recital del ND/Teatro, en conexión reveladora, “podrá pasar por algunas de las canciones que plasmamos en el disco en vivo, pero también podremos sumar muchas sorpresas no pensadas”, dice Aguirre. ¿Qué es lo que más lo moviliza de los cuentos breves y los decires de Pescetti? “Me resuenan un montón sus perspectivas y miradas creativas de una aparente simpleza, pero con toda una sustancia que Luis amasó desde su saber: en su obra conviven esos textos presentados de una forma muy sencilla, pero que tienen una profunda reflexión detrás”.

–Patricio Féminis: ¿Podrías buscar un hilo que unifique los relatos de Pescetti y tus canciones?
–Carlos Aguirre: Tal vez haya en común un sentido humanitario: como si uno se pusiera en el lugar de otra persona. Creo que es un ejercicio narrativo que Luis lleva mucho más consolidado. En mi caso, de a poco la composición me fue llevando a imaginarme personajes, muchas veces de la vida real, para recrearlos e intentar acercarme a la atmósfera donde cada uno de ellos pueda haber vivido. Ahí hay un hilo muy cercano con Luis. Y ya mis obras más instrumentales buscan ciertos climas que genera Luis: sus palabras me hacen acordar a cosas que compuse y las traigo en ese momento, motivado por el carácter de lo que él leyó. O pasa al revés: yo toco una música y a Luis le hace acordar la sensación que le dejó tal relato, y ahí mismo se pone a buscarlo dentro de alguno de sus libros.
–¿Qué sentís que te une y te complementa con Luis desde la narración?
–Es que yo no me podría poner a esa altura, a ese nivel. Yo hago letras de canciones y con breves líneas tengo que pintar una situación: la historia se desarrolla y termina en muy pocos renglones. En cambio, Luis Pescetti tiene una obra re frondosa entre novelas y cuentos y también posee un montón de canciones. Pero un cuerpo importante de su acervo pasa por la narrativa y por espacios más literarios. Yo no tengo ese trabajo tan extenso y profundo con ese universo. Por eso ni se me ocurre comparar una obra con otra. Sí, como decía, me siento cercano a su manera de exponer las cosas desde esa aparente simpleza: también lo disfruto mucho como lector, como público. En el momento en que hacemos juntos un concierto, yo en muchos casos escucho sus textos por primera vez y me maravillo como si estuviera sentado en la primera fila del teatro. Eso también mantiene la llamita de querer volverse a encontrar.
Texturas desafiantes
No hará falta desplegar el vasto camino creador de Carlos “Negro” Aguirre: inspirador central en las músicas de raíz en cruce a la vanguardia permanente, el compositor, pianista y cantante entrerriano despliega diversos proyectos, siempre con la revelación sonora como puente a la ternura, al desafío constante y a la mirada colectiva del arte -en espejo de la inquietud personal-. Desde principios de siglo, cada uno de sus discos influyó a cada generación paralela y sucesora, y muchos de sus temas se volvieron standards, ya, de la música popular de la Argentina.
En sintonía con su fe autogestiva, hace más de treinta años fundó con otros pares el sello y distribuidora independiente Shagrada Medra, para dar cobijo a sus discos y a los de semejantes musicales, con la exploración -dentro y fuera de las raíces en movimiento- como norte permanente. Pero la composición sigue siendo uno de sus desvelos centrales. ¿Qué otro proyecto tiene Aguirre entre manos, entre tantas creaciones también con respiraciones de jazz y de rítmicas latinoamericanas? ¿Cómo avanza su caudal compositivo, solo y junto a los demás?
Una de las respuestas está en el Carlos Aguirre Sexteto, que se presentará el sábado 6 de septiembre en el Auditorio ATE de Santa Fe. Es un ensamble de guitarras que “tiene que ver con mi gusto por ciertas maneras tradicionales de abordar el folklore y con el disfrute por las agrupaciones de guitarra -cuenta Aguirre-. Una influencia muy fuerte, para mí, fue el cuarteto de guitarras que acompañaba a Alfredo Zitarrosa, el cual también tenía una raíz en la música cuyana. Aunque ellos no hicieran esa música, muchos de esos tratamientos ya estaban presentes en las milongas bien zitarroseanas. Entonces, yo fui indagando y profundizando en esta estética y quise saber cómo eran desde adentro: cómo podría recrear esas sonoridades que me gustaban desde la infancia”.
–¿Qué otros antecedentes, de las texturas de guitarras, reconocés en tus trabajos previos?
–Ya estaban presentes en el año dos mil en Crema, mi primer disco con el Carlos Aguirre Grupo. Siempre había más de una guitarra, pero luego, con mi quinteto, con el que hice el disco Va siendo tiempo, en 2022, me pude meter de lleno en las agrupaciones de guitarras. Y luego empezaron a surgir naturalmente otras necesidades expresivas dentro de ese mismo formato: incorporamos otros instrumentos de cuerda pulsada como la mandolina, el guitarrón, otro que armamos como si fuera un bajo acústico y hasta una guitarra piccolo, bien aguda. Entonces me dije: “Vamos a pensar recursos más allá de lo tradicional y traerlos a la orquestación de guitarra en sexteto”.
También Carlos Aguirre se sienta al piano, pensando en esta nueva formación, y sus indagaciones “empiezan a nutrir esta conformación guitarrística, con otras formas de abordar los arreglos”. Y en esta etapa del sexteto, ¿qué ocurre? “Todo aquello está más expuesto y es más tangible. Incluso yo no toco tanto la guitarra, sino que hago más percusión, abordo el canto y por ahí un poco de acordeón. A cada tema lo trabajamos durante varios ensayos y, cuando sentimos que es bueno el resultado, vamos y lo grabamos. Así pasamos a cada tema siguiente y le damos tiempo a cada proceso: ya hemos grabado medio disco y en un tiempo no muy largo estaremos cerrándolo. Ahí, como decía, yo me arriesgo con otras texturas”.
–¿Cuál es tu conexión personal con la guitarra, en el sexteto?
–En un punto, mi guitarrismo no es muy desarrollado. Yo no soy un guitarrista con una formación académica. En cambio, todos mis compañeros sí tienen una formación re sólida. Entonces, yo escribo obras que no podría hacer con la guitarra, pero aprovecho esta herramienta maravillosa que es tener estos cinco compañeros para que el lápiz se suelte sin miedo.
Y se ocupa de nombrar, uno por uno, a los miembros del Carlos Aguirre Sexteto: “Son Florencia Schroeder, Luis Medina, Mauricio Laferrara, Mauricio Guastavino, Mauro Leyes y yo. Todos hacen músicas espectaculares en sus propios proyectos. Cada uno tiene un desarrollo diferente y eso en la convivencia enriquece un montón al grupo”. Y el nuevo repertorio es del propio Aguirre “salvo un tema para versionar, así como hice en Va siendo tiempo”. Lo explica: “Sumo canciones que canto en casa y que también me parece lindo traer. De ahí también vengo: de todo ese repertorio vastísimo de Latinoamérica”.

–¿Cómo elegiste tus propias obras para el sexteto?
–Decidí traer a la luz bocetos míos de otras épocas, también como había hecho en Va siendo tiempo, en quinteto. Hay embriones musicales que yo tomo: pequeñas ideas que recupero y desarrollo para este formato en sexteto y después, sí, hay algunas obras que son completamente nuevas. También hay una exploración con los ritmos y que surgió un poco a la par de mi proyecto anterior, Almalegría, en el que trabajábamos desde la percusión con ritmos afro-latinoamericanos. El sexteto de guitarras no está expuesto a través de instrumentos de percusión, pero hay texturas que tienen esa misma raíz: buscamos indagar un poco sobre los folklores latinoamericanos.
–¿Qué riesgo creativo te permiten las guitarras?
–El desafío es que un grupo constituido por instrumentos de la misma familia pueda desarrollar un repertorio y cuya tímbrica no termine cansando un poco. A propósito de eso surgieron las necesidades de abrir esa sonoridad a otros instrumentos, como dos acordeones y cuatro guitarras. También podemos sumar un bandoneón. No se trata de un desarrollo profundo con esos instrumentos a la par de las guitarras: a veces un color alcanza para referenciar un paisaje, una evocación, un clima determinado. Y yo abordo una percusión un poco más de cámara, entre comillas: son como pequeños apoyos, ciertos latidos que no aparecen en todo momento. Son intervenciones esporádicas.
Pero Carlos Aguirre trama otros senderos en su faz creadora y vital: “Vengo componiendo bastante en soledad, con formatos libres, y eso en algún momento se van a transformar probablemente en algún disco”, adelanta. También “tenemos un proyecto con la artista plástica japonesa Yuri Kanzaki, una escultora en madera cuyo trabajo me maravilló”. Ella “es una tremenda artista y, cuando vi su trabajo hace unos años, le hice una propuesta: ‘Me gustaría componer músicas que estén atadas a tus piezas’. La idea es que Yuri haga una exposición en alguna sala de arte y que cada pieza se vea con una música mía en particular”.
¿Qué ocurrió? “Unos productores japoneses tuvieron la idea de producir una suerte de libro-disco: que se vayan hojeando las fotos de las piezas escultóricas de Yuri y que a su vez cada una esté vinculada a una música. Para ello vengo componiendo con formatos libres: el piano está bastante presente, pero se suman un cuarteto de cuerdas, un contrabajo, una flauta y un vibráfono. Son colores que van apareciendo según las necesidades expresivas de cada pieza de Yuri. Espero poder terminarlo para grabarlo”.
