Estamos en Villa Gesell, una hermosa ciudad-balneario, en la costa sudeste de la Provincia de Buenos Aires. Del grupo de personas que me rodea, alguien dice: “Está Chico Buarque”. En el momento, no me queda claro dónde exactamente está Chico Buarque, pero muy pronto, en el salón de un bar-confitería, se lo ve sentado a una mesa grande, con mucha gente.
Antes de que yo atine a acercarme, una mujer que no logro identificar (la veo de espaldas), lo aborda, supongo que para sacarse una foto o robarle un saludo. El episodio no dura nada. La mujer se ha ido y entonces puedo acercarme.
Lo saludo, le digo que estoy escribiendo acerca de Budapest. Él se muestra interesado. Le propongo ir en busca de mis manuscritos, porque no es lo mismo relatar un escrito que leer un escrito. Caminamos, entonces, por una calle secundaria, paralela a la principal Av.3, que es pavimentada, a diferencia de las otras, que son de tierra consolidada.
Me sorprende la afabilidad de Chico, y me entusiasma. Le cuento que soy músico, que he grabado, con el grupo vocal que dirigía, “Construcción” y que es una versión original y distinta, que sería bueno que la escuchara. Agrego que está en Internet, es fácil de encontrar. Seguimos caminando.
Volviendo a Budapest, le digo que lo único que me falta respecto de su novela, es leerla en portugués, porque hay una música de las palabras que, claramente, el traductor intentó en español, pero que no es lo mismo. Incluso suceden contrasentidos cuando el protagonista refiere a lo que se ha dicho y, estando en Hungría y siendo brasileño, lamenta que no le hablen “en español”. Es como pasa en las series y películas traducidas. Las personas hablan en inglés o en francés o en chino mandarín, y el sub-titulado pone “español”. En fin.
Entonces, cuando planteo el tema de leer “Budapest” en portugués, Chico menciona a alguien que “seguro lo tiene”. Aparece un asistente o manager que dice llamarse Amilcar Gilabert. Chico le indica que trate de conseguir el libro en portugués para dármelo.
Y retomamos la caminata al encuentro del texto.
La palabra “parafrasear” me resulta especialmente agradable. Es muy placentera la sensación fricativa en los labios al pronunciarla y su significado se amiga afablemente con la idea que me ronda los pensamientos y comienza a ponerse en blanco y negro: parafraseando a Federico Nietzche, entonces, digo: “La vida sin Chico Buarque sería un error”.
Hace más de diez años leo y releo “Budapest” una novela de Chico Buarque que agradecidamente llegó a mis manos en algún momento de 2009. Ya que estamos, parafrasearé a León Trotsky y diré que la lectura de “Budapest” debería ser un ejercicio permanente, como la Revolución.
Chico Buarque escribe su novela casi como compone sus canciones. Seguramente, escuchar la audio-lectura de “Budapest” (en su idioma original, el brasileño) me haría bailar. “Budapest” es una novela que, entre otras cosas, se puede bailar.
Sin temor ni culpa de espoileo (neologismo que no creo necesario explicar), “Budapest” relata la historia de un escritor de los que trabajan “en negro”. Hace no mucho tiempo supe – por declaración de un escritor a quien sigo y respeto – que trabajar de escribir por otro es bastante común. Eficientes profesionales escriben discursos, notas periodísticas, cartas, relatos, e incluso novelas; todo tipo de producto (perdón por la palabra) que se plasme como algo pasible de ser leído, recitado, dicho.
Por cierto, luego de más de quince años de lectura en todas la modalidades posibles (de principio a fin, entresacando páginas, de atrás hacia adelante – en los prólogos de la Novela de la Eterna, Macedonio nos refiere abundantemente al respecto – ), he conseguido una sensación de texto macerado, como el papel “maché” que en mi infancia servía para hacer títeres utilizando un mate como base a recubrir, de modo que las incongruencias que seguramente ex-profeso ha incluido Chico Buarque en el decurso del relato, se empastan y amalgaman con otras, al punto de constituir una simpática pelota literario/musical.
Hablando de pelota, son de agradecer los guiños a quienes casi coetamos con él: los personajes cuyos nombres recuerdan a varios de los jugadores del seleccionado húngaro de fútbol que fue sensación en el mundial de 1954 y que por un milagro teutón perdieron la final contra Alemania después de haberlos bailado alegremente en la fase clasificatoria. En la serie, Hungría le ganó a Alemania por ¡ 8 a 3 ! pero en la final apareció el huevo germánico y ganaron los rubios 3 a 2. Puskas, Higdekuti, Kocsis, Goszic, reviven como personajes de “Budapest” y nos permiten, a quienes pescamos el chiste, una sonrisa cómplice y un dejo de satisfacción.
Entonces, en un sospechoso encadenamiento que bien puede ser cualquier otro, vamos recibiendo las canciones de “Budapest” que, como en los viejos discos y C.D.s pueden escucharse en el orden en que aparecen o en el que Usted decida, porque la historia que sucede es una ingeniosa cinta de Moebio, que empieza en toda parte y no termina nunca (para alegría de quien esto está escribiendo).
Se percibe una (¿deliberada?) laxitud en el manejo de una línea de tiempo, pero como no se trata de ir acompañando una biografía, o una intriga policial, o el relato de una competencia deportiva, los ladrillos que constituyen “Budapest” son perfectamente intercambiables, casi como los de la memorable “Construcción” que Chico nos regaló a inicios de los ‘70 y que, en mi consideración es una de las mejores composiciones de un género (la canción) que en sus mudanzas hacia la modernidad ha ido perdiendo riqueza de todo orden: melódico, armónico, rítmico, poético… ¿para qué seguir? Conviene no ponerse muy riguroso con la secuencia histórica, porque nos vamos a quedar con el dedito admonitorio en ristre, sintiendo que alguien se ríe de nuestro gesto. Relájate y goza.
No deja uno de acordarse del sabio Kundera cuando, no como novelista sino como pensador, nos escribió acerca de uno de los elementos fundamentales en una novela: el humor. Que nos cuente Chico las desventuras de José Costa sin que quede un solo renglón que no provoque cosquillas, guiños, juegos de palabras, equívocos, exageraciones, en fin: todos los recursos que permiten transcurrir el valle de lágrimas con la máscara de la risa dibujada en los ojos.
“Está buena esa última” me dice Chico con un sutil brillo en la mirada. Yo no puedo dejar de juntar esa imagen con la de Chico y Milton cantándose uno al otro las estrofas de “O que será”. Y sigue: “¿Y cómo vas a seguir?”. “Voy a escribir canciones” le digo. “Me voy a disfrazar de vos y voy a escribir un ciclo de canciones que llamaré Budapest y que te voy a adjudicar. “En estos tiempos de falsas verdades y mentiras verdaderas, no vas a venir a desmentirme.”
“Ta bon” dice Chico, ya mirando más allá de mi, más allá del mar, mirando hacia adentro y mirando hacia Budapest, cruzando el Atlántico, apenas.
El confeso escritor negro que se mencionó antes (es de esperar que su ambigua y contradictoria auto-biografía no la haya compuesto José Costa), publicó en fechas sucesivas tres novelas: “La parte inventada” (2013), “La parte soñada” (2017) y “La parte recordada” (2019). En todas ellas, se discurre alrededor del material de que están hechos los inventos, los sueños, los recuerdos que se procesan en el acto literario. Es placentero escuchárselo decir a Humphrey Bogart, al final de “El Halcón Maltés”. Y lo dijo Calderón de la Barca en la boca de Segismundo: “…que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.
