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Editorial

Lucrecia Martel alerta sobre “Nuestra tierra” y su despojo

Tras una celebrada y reconocida filmografía volcada a la ficción, Lucrecia Martel llega a su primer documental. Se trata de un fresco imponente, poderoso y valiente que no solamente desde el título problematiza un asunto que sigue siendo central para conformarnos como pueblo, el de la consciente defensa de “Nuestra tierra”.
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Fotos: Coni Rosman

A un cuarto de siglo de haber debutado en el largometraje con “La ciénaga”, la realizadora salteña Lucrecia Martel estrenará el próximo jueves su quinto filme y primer documental de su trayectoria con “Nuestra tierra”, un portentoso alegato que partiendo de asesinato de Javier Chocobar, referente de la comunidad indígena Chuschagasta, se erige como una descomunal obra audiovisual capaz de indagar en la génesis de uno de las heridas que arrastra Argentina.

“No creo que nosotros como país tengamos que ver este asunto de la tierra como un continuo problema. No puede ser que una nación arrastre eternamente una situación de tamaña injusticia, porque eso nos condena al fracaso”, reflexionó Martel tras una de las proyecciones privadas de la película en la sede de la DAC a la que tuvo acceso Negras&Blancas.

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Escrita entre la directora y su colega y actriz María Alché, la película que demoró 15 años para su hechura rompe con varios estereotipos del documental tradicional y saca provecho de los recursos técnicos y económicos que la bien ganada fama de Martel es capaz de cosechar para abordar un crimen y, a partir de él, las tramas coloniales que siguen haciendo mella en el país.

Jugando también con los tiempos y con el espacio para viajar desde la bella inmensidad territorial a la foto familiar ajada que devuelve una memoria tan íntima como general, “Nuestra tierra” es una obra sobrecogedora que impone otra vara al cine político vernáculo para dar cuenta de cómo un empresario minero (Darío Amín) y dos expolicías armados (Luis Humberto Gómez y Eduardo José del Milagro Valdivieso) mataron a Javier Chocobar el 12 de octubre de 2009 al intentar apropiarse de las tierras ancestrales de ese pueblo diaguita-calchaquí. En un juicio oral un tribunal tucumano condenó a los asesinos del referente comunero en 2018 y aunque dos años después el trío apeló y logró ser liberado, finalmente en 2025, la Corte Suprema de Justicia confirmó la sentencia inicial.

Más allá del aparente “final feliz” del cuento puntual, la trama es más espesa, se deja ver en la pantalla y se resume en uno de los párrafos del tríptico que funciona como programa: “Durante más de 50 años la comunidad ha reclamado en pasillos, oficinas y mesas de entrada. La tierra no se entrega. La historia de la Comunidad Chuschagasta se repite casi idéntica en todo el territorio de nuestra nación”.

Sobre esa dolorosa y real sentencia, Martel aportó: “El problema que da origen a esta película, una persona asesinada defendiendo lo que tradicionalmente es su lugar, es algo que ha pasado en los últimos 200 años de nuestro país, solo por nombrar la parte correspondiente a la nación argentina… Esto no es un problema de la colonia, la colonia fue un problema hasta 1810, después es un problema nuestro, del país que inventamos y que despreció y desprecia al indio y a su descendencia. Por eso digo que el problema de esta película es hoy, es el futuro”.

En esa mirada integral sobre un aprieto que surca el tiempo, la también responsable de “La niña santa”, “La mujer sin cabeza” y “Zama”, señaló: “Hay una mala educación que tenemos los argentinos de creer que los indios se terminaron al siglo XIX con Roca, que fue malo, asesinó e hizo un genocidio. Pero eso nos vino bárbaro como argumento para decir ‘Ya está. Ya se terminaron los indios’. Y cada vez que una persona de una comunidad indígena o simplemente de aspecto indígena enuncia algo sobre su vida, crece un mar de sospechas…. Ojalá la película sirva para por lo menos tener un poco de paciencia antes de juzgar a unas personas que aparecen reclamando un territorio y decir ‘Ah, no, estos no son indios, estos se organizaron ayer para venir a usurpar estas tierras, estos son los aprovechados’. Cuando hay gente de las comunidades que se fue a las ciudades para buscar trabajo o fue expulsada de sus territorios y si alguien se vino a la ciudad, se cortó el pelo de X manera y se volvió a su territorio, eso no desactiva su derecho a la tierra. Hay muchos propietarios argentinos que viven en otros países, viven en Uruguay, y nadie está dudando de que los bienes que posean sean de su derecho”.

Consultada acerca del tipo de vínculo que el equipo de la película entabló con la comunidad originaria, Lucrecia subrayó que “tomamos con profundo respeto todas sus luchas y para ello estuvimos leyendo acerca de las trayectorias de sus integrantes y sus historias de vida en un contexto siempre de mucha complejidad que, cuando sucede un hecho como el del asesinato, se reduce a una frase en un diario. Y entonces se trata de personas que siempre las conocemos en desesperación. No son personas con las que nos hayamos podido ver tranquilamente diciendo su pensamiento y es terrible eso, que a una parte de nuestra Argentina solo la conozcamos en desesperación”.

Entre la denuncia, el testimonio y la reflexión, la artista, de 59 años, consideró que “Nuestra tierra” “es una película muy abierta y que trabaja mucho con la memoria…Cuando uno hace cine la mayor esperanza es que permita que otras personas se reflejen y abra conversaciones, memorias, preguntas. Ese es el objetivo de hacer cine, que eso se extienda más allá de la sala y de la pantalla”.

Y enseguida acerca de la capacidad de documentar como se hizo con el juicio oral a los asesinos de Chocobar, apuntó: “Me parecía que era un juicio histórico y que era necesario para que vengan otras generaciones y usen ese material y se llegue quizás a otras conclusiones. Digo esto porque es muy importante que sepan que si nosotros fallamos aún con las mejores buenas intenciones, por problemas de educación y por cegueras propias de nuestro tiempo, hay un error que no cometimos y ese es haber generado un archivo que hay que ordenarlo y entregarlo porque de esa manera vamos a poder tener archivos de un montón de sectores populares a los que no llegue inversión ni haya un interés en preservarlo por parte de la cultura hegemónica de un país. Uno puede tener dudas sobre su capacidad de leer su tiempo, pero de lo que no hay duda es que hay que escanear las fotos, escanear los documentos, ordenarlos y dejarlos en varios lugares porque ese aporte es enorme para la cultura”.

“Mostrar la belleza que está en juego”

En la presentación de “Nuestra tierra” previa a su lanzamiento en cines nacionales, su directora Lucrecia Martel destacó el trabajo del director de fotografía del documental Ernesto de Carvalho quien se hizo cargo de un dispositivo capaz de ir desde los satélites en el espacio al mínimo gesto que deja escapar un rostro curtido.

“Respecto del espacio –contó la directora- no sé si les ha pasado cuando van en aviones y se van acercando a un lugar que tiene mar, desde el avión se ven las olas quietas, se ven unas rayitas blancas y están quietas. Cuesta aceptar que eso se está moviendo porque no se mueve en lo que uno ve. En el caso de la reconstrucción policial del asesinato de Chocobar, el personal de la oficina de investigación estaba contento porque había aprendido a usar los drones pero así como pasa con los aviones y el mar, lo que están viendo los drones no sirve para el conflicto porque el conflicto es de construcción de un enemigo, de desprecio, de racismo, de puja por la tierra.

Pero luego, nosotros empezamos a pensar que era muy importante también porque si bien el conflicto humano no se ve desde esa altura, lo que se ve es la belleza de lo que está en juego. Y hay una cosa que como argentinos vamos a tener que reflexionar que es la intolerancia a que un pobre sea beneficiario de la belleza. Es como algo que no soportamos. No sé por qué eh está impreso en nuestra constitución de argentino interna, espiritual y argentina el el no soportar que la gente que no tiene acceso a la moneda tenga acceso a la belleza. Y eso al dron nos permitía contarlo. También acerca de los lugares que eligen las familias chuchas para poner sus casas, que no son los lugares que nosotros elegiríamos porque iríamos al lugar donde sea más fácil que llegue el agua, que sea más fácil que llegue la luz. Ellos eligen el lugar donde es más bello lo que se ve”.

“El ataque a la cultura nos desarma como comunidad”

Aunque el despliegue de recursos en torno a “Nuestra tierra” podría desmentir en términos estrictamente personales la crisis que atraviesa el cine nacional y la cultura en general, Martel tomó la palabra y sostuvo que “no hablamos solamente de una industria, se trata de conversar entre nosotros, de vernos. Por eso es peligroso cuando un gobierno mal entiende la vinculación con una industria que que además es parte de la cultura porque lo que se desarma es lo que también nos hace entendernos a nosotros no como a una gente suelta sino como una comunidad, como un país”.

En el mismo sentido añadió que “no es solamente un caprichito de nosotros, de los que hacemos cine; es vernos, es conversar, hablar de nuestras cosas, darle valor a nuestras ciudades, darle valor a nuestras estupideces argentinas desde las costumbres más triviales que son las que hacen a un país, a tener una cantidad de cuestiones simbólicas compartidas y si eso no está corremos el riesgo de transformarnos un país sin cultura propia”.

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Sergio Arboleya

Sergio Arboleya es periodista. Se desempeñó como editor de Espectáculos en la Agencia Télam y es autor de los libros “La Trova Rosarina” (1998) y “No pienses que nos perdiste” (2024). Integró el colectivo que entre 2006 y 2015 realizó la revista Devenir e integra el grupo que a partir de 2017 hace el programa “Después de la Deriva” en Revuelto Radio.
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