Fotos: Guido Adler
Apenas una noche después de haber puesto en discusión los límites del consumo de la música en vivo al ejecutar completo el repertorio de su disco conceptual “Novela” (2025) en la primera parte de un recital en el Movistar Arena, Fito Páez presentó a pocas cuadras de allí su trigésimo álbum solista “Shine”.
Metido en el espacio inmersivo u.house del barrio porteño de Villa Crespo, el nuevo repertorio con sus 13 estaciones propone un viaje raudo, urgente, vital y poderoso que, además, puede escucharse como un manifiesto de la canción rockera.
Sobre ese cosmos que el artista rosarino conoce y trajina desde hace unos 45 años, sin embargo logra sonar –en letra y música-con una renovada frescura que, instantes antes de la escucha y en una sentida alocución desplegada durante un cuarto de hora, atribuyó a “un renacer”.
Sentado al borde una silla ubicada sobre una modesta tarima, mirando a los ojos a su pareja Sofía Gala y habilitando una suerte de confesión para el centenar de personas invitadas, Páez quiso detallar las motivaciones de este nuevo repertorio que según explicó como defensa y argumento, partió del accidente doméstico que padeció en Madrid en septiembre de 2024 que le provocó 11 quebraduras en nueve costillas “que fue haber estado colocado en una situación de máxima vulnerabilidad ante la muerte, algo que muchas veces es literatura, a veces es cine, donde se coquetea mucho con la muerte pero que yo viví tres veces en un mes. En ese momento no lo podés saber, pero redimensionás todo y cuando salís de allí empezás la tarea de la reconstrucción o del posible rehacer, porque también hay probabilidad de que eso no suceda, pero se ve que hay una pulsión en mí que tiende a eso siempre, a construir o a reconstruir y finalmente empezó a suceder”.
En ese mismo tono, lúcido y provocador, sostuvo con argumentos el uso de la primera persona para encauzar la creación y tras citar ejemplos que lo guían (el filme “Amarcord” de Federico Fellini, la obra de John Cassavetes, las canciones de John Lennon o el poemario “En el aura del sauce” del entrerriano Juan L. Ortiz), dijo: “Yo siempre fui medio autobiográfico y hablo de lo que estoy viviendo. Creo que cada uno es su laboratorio permanente, que por supuesto vive en contacto con otros laboratorios y eso también afecta al laboratorio propio” y minuto después retomó: “¿Es odioso hablar de uno? No, no es odioso porque estás hablando desde las tripas y nadie tiene que avergonzarse de expresar lo que ha atravesado y que son cosas que marcaron a fuego muchas cosas que están en el disco ahora después de pasado el tiempo, de haber drenado mucho, de haber llorado mucho, de haber estado abierto a que todo eso suceda y que estaba aconteciendo un cambio brutal en mi vida”.
Grabado en vivo en los prestigiosos estudios Igloo que el argentino Gustavo Borner comanda en Los Ángeles y con toda una técnica de primerísimo mundo que ratifica la habilidad de Páez para usufructuar los recursos de la multinacional Sony por donde publica sus músicas, “Shine” tuvo como segunda espada al múltiple Diego Olivero (bajista, tecladista y eventual guitarrista de su banda) y fue protagónicamente ejecutado por Gastón Baremberg (batería), Juani Agüero (guitarra), Juan Absatz (teclados) y Mariela «Emme» Vitale (coros), junto a los aportes de una cuerda de vientos y otras voces.
El músico, cineasta y escritor, de 63 años, reveló que junto a Olivero viajó a “un pueblito del sur de Brasil” para trabajar en las canciones que tuvieron su puntapié compositivo en la guitarra “cosa que no ocurría hace mucho mucho tiempo” y sobre eso nervio básico y esencial donde menos es más, logró “finalmente hacer canciones. Y para eso decidí quitar instrumentos, ‘desbarroquizar’ un poco la música”, lo sintetizó.
Salvo en el caso de la instrumental y pianística “Hablame”, pieza que se ofrece en dos versiones acotadas y una completa que ostenta en todas ellas una carga de melancólica luminosidad, y de “Universo”, donde tributa a su amigo Pablo Milanés jugando a su manera con las formas melódicas utilizadas por el enorme trovador cubano fallecido en noviembre de 2022, el resto del disco abreva en la tradición del rock en modo canción y, por tanto, destila una indisimulable y reconfortante atmósfera beatle sobre la que el autor agita los enormes asuntos de la existencia: El amor, la muerte y el tránsito en torno a esos dos acontecimientos.
Como buena síntesis de esa impronta, la apertura de “Shine” es con el pulso funk de “Girl T. Rex” (“Llegaste a mí toda temblor/la lluvia nos mojó la piel/Entonces, abrí tu corazón/para donde a vos te haga bien”) y sigue arriba con la pieza que da título al disco y única que se había conocido hasta anoche que funciona, además, como documento: “Todo el mundo, salgan a la calle/desconéctense del feed/Hay que correr a estos fachos a patadas/si no, nadie podrá ser feliz”.
Con una inédita cadencia reggae se visita “Nuestro templo” (“Mirá esos dos pibes/que se besan lento/entre la arena y la sal/hoy el mundo/es una hoguera inmensa/de vacío y soledad/estamos olvidándonos de amar”) y enseguida llega lo que es Páez se expresa como una recurrente tragedia romántica ambientada alrededor del clásico rosarino de fútbol en “Prueba de amor” que seguramente no les caerá en gracia a los hinchas de Ñuls.
Eléctrico pero reflexivo, el cancionero navega luego por “Río Místico” (“Fui dinamitando puentes/para no volver atrás/fue mi decisión/nadie iba a hacerlo por mí”) con una incorporación de un sutil set de cuerdas y alcanza la máxima autoreferencia de su actualidad en “Las fuerzas armadas del amor” (“Me caí por la escalera de la confusión/en Madrid, en la ciudad de mi revolución/Fueron tantas las pastillas, fue tanto el dolor/sos chiquito en el mar de la desolación”)

La trilogía final (antes de “Universo” y “Hablame III” que cierran la nómina pero, como se escribió más arriba funcionan en otro registro), porta fuegos con “Planeta azul” (“Amamos de una sola forma/la única en que se puede amar/Enredados en la vida/suspendidos, divinos, brillantes/Nos siento así/Bravos, amantes/pensamos llegar hasta el fin”), “La esquina del sol” (“Vos y yo buscamos algo/muy preciado de encontrar/yendo por el precipicio/hacia ningún lugar”) y “El honor de los lobos” (“El mundo no me pudo vencer/Yo puedo sentir el honor de los lobos/que siguen de pie/más bellos, más altivos, más solos”).
“Todo lo demás –salvo ‘Universo’ y la saga ‘Hablame’ atribuida a un mensaje de audio por Whatss App que le enviara Gala- está hecho con la máxima austeridad compositiva que puedo hasta ahora y voy a seguir en esa porque me interesa muchísimo. Pero bueno, me formé con todo aquello y entonces empezar a hacer lo que hizo Miró, que de más grande terminó pintando como un niño, no es tan sencillo. Pero estoy allí, tengo buenos colegas y buenas colegas que están marcándome algunos caminos que me interesan mucho”, insistió en otro tramo del monólogo.
Para despedir el prólogo de la escucha colectiva de su más novedosa aventura sonora, redondeó: “Encontré algunas cosas que tenía ganas de decir o que me surgieron en ese momento. Así que sin más, dedicado a Sofía Gala por su compañía, por su amor, por sus charlas, por la comprensión de este momento complejísimo que atravesamos juntos, quiero presentarles ‘Shine’ y que lo disfruten”.

