Si la tradición de la guitarra argentina, sea por diversidad, desarrollo técnico o acumulación de saberes, insinúa una trayectoria inagotable, infinita, que sin embargo es ignorada o destratada desde tantos espacios, la irrupción de un intérprete como Agustín Molina, de 23 años, que anoche se presentó en el escenario de Galpón B, permite pensar esa afirmación (en el mejor de los casos una hipótesis o un deseo) como un horizonte.
Molina no asume su edad como una credencial para desconocer las músicas de otro tiempo sino, en todo caso, como la posibilidad de ponerlas en entredicho –en el mejor sentido- con una perspectiva que se permite atravesar las formas cerradas de las especies musicales argentinas asociadas a la danza con todos los recursos del lenguaje musical.
Lo demostró desde el principio de la noche cuando se aventuró a presentar, con su enfoque, una versión de la zamba “La tristecita”, aquella pieza tradicional del pianista Ariel Ramírez, originalmente de ostensible simpleza, con un motivo (una pregunta musical) y dos frases de respuesta (iguales), que constituyeron un patrón de género.
Aquella estructura de la zamba “La tristecita” fue transformada por Gustavo “Cuchi” Leguizamón, a partir de los ’50, para construir otro modelo con dos respuestas musicales diferenciadas (sumando en una de ellas elementos de otros lenguajes ajenos al folklore). La cita viene al caso porque Leguizamón también apareció en el repertorio de Molina con la “Zamba de Lozano”. El guitarrista bonaerense parece conocer esa evolución folklórica y desde allí levanta su mirada hacia adelante.
“Manolo” Juárez, pianista que estuvo entre los fundadores de la Escuela de Música Popular de Avellaneda, se complacía en afirmar, siempre en el terreno de la provocación, que la forma que debía asumir ese espacio no era de la un “conservatorio” sino la de un “renovatorio”. El enfoque de Agustín Molina podría leerse bajo esa visión o, si se quiere ser todavía más fiel, a la concepción “moderna” de la guitarra argentina hija de la escuela de Juan Falú.
El guitarrista tucumano fue invocado en la noche de Galón B de varias maneras: a través de sus arreglos, de su repertorio grabado ( “Chacarera del ’55”, Hermanos Nuñez); de sus recursos en el repertorio en vivo (“La Vieja”, Hermanos Díaz); por su sistema de relaciones permanentes (Carlos Moscardini); o incluso por la aspiración a trabajar el listado de temas desde el escenario advirtiendo climas, presencias y momentos alusivos a lo que ocurría debajo de él.
Javier Molina, padre del protagonista, y la guitarrista cordobesa Mia Valentina hicieron aportes notables, a dos guitarras y para guitarra solista, en contexto del temperamento que había tomado la noche.
Con Agustín Molina, Galpón B completó en su bar el tercer concierto de una agenda de músicas y poéticas de profundo valor y sensibilidad (precedidas por las presencias de La Trova Contrapampena y el guitarrista Matías Rojas), que señalan un porvenir venturoso frente a una realidad hostil que no nos ofrece muchas otras buenas noticias.
