Mientras la fuerza expansiva mundialista alcanza su ápice y nos presenta una forma de la música que no puede escindirse de la coreografía, el vestuario, el entretenimiento y el marketing; persisten espacios donde la afirmación de una o múltiples tradiciones de lo popular no representan una renuncia a la capacidad de conmover por su propio mérito, sin acumular anzuelos de otra naturaleza. En la primera forma la música opera como un acto de agresión, que nos alcanza aunque no queramos; en la segunda se insinúa como un arte paciente, que presupone que el oyente es capaz de la reflexión y el goce aun –y especialmente- mientras más comprende los elementos que la componen.
Bajo el segundo paradigma se constituyó Navega Dúo, la sociedad musical entre María Aldana Gómez (voz, percusión, clarinete) y Alejandro Randazzo (guitarra, voz), que se presentó anoche en el escenario de Galpón B, en el barrio porteño de San Cristóbal, mientras prepara el lanzamiento de un EP que tiene un par de adelantos en plataformas digitales.
Si la música de América puede pensarse en un continuo en clave de ritmo ternario (3/4, 6/8 más las confusiones -y debates-que florecen cuando se solapan esos patrones), Navega Dúo ofrece una tesis de la música del continente, bajo su propio lenguaje, que puede demandar las armonizaciones propias de un dúo vocal, la “modernidad” del arreglo o al atrevimiento de mutar el género de composiciones establecidas bajo otra especie.
Convencidos de la primera verdad del dúo, que es la comprensión de que no se trata justamente de cantar una parte de la canción cada uno, Gómez y Randazzo mostraron su forma de ensamblaje, por ejemplo, en la apertura del concierto, a capela, con el “El colibrí y la flor”, esa antigua pieza de amplia difusión que tal vez nació en Cuba como la aproximación de una habanera; o a través de las exigencias vocales de “Salamanqueando pa mi”, sobre el arreglo de Nahuel Pennisi de la clásica chacarera de Raúl Carnota.
En la irreverencia de transformar los géneros, procedimiento que más eficaz es mientras más aferrado este el ritmo original en nuestra memoria auditiva, Navega Dúo se atrevió a la mutación de la chacarera “Déjame que me vaya” (Cuti Carabajal-Roberto Ternán), en forma morosa, lejana a las estridencias originales y con intervención del clarinete; o una audacia de desarmar y armar la zamba “A Rosa Toledo” (Ramón Navarro, padre e hijo).
Bien ajustada a las búsquedas del dúo resultó la elección de «El angustiao», un aire de zamba de Juan Quintero de estructura breve, sobre todo libre del patrón de la danza, con acordes disonantes, modulaciones sutiles y una forma poética en diálogo que calza exacta para su presentación en dúo.
Manuel Tirso Rubio acompañó al dúo en percusión durante casi toda la noche y en el desenlace se incorporó la guitarra de Rodrigo Ruiz Díaz. Navega Dúo, ganadores del certamen Pre-Baradero 2024 y finalistas del Pre-Cosquín 2025 en la categoría de Dúo Vocal, también presentó temas como “Si tú no bailas conmigo”, “La Negra Atilia”, “La Matadora”, “Febrero en San Luis”, “Rabo de nube”, entre otras.
Aun en esa amplitud de horizontes, Navega Dúo se identifica, primero, por un procedimiento musical, por un modo de tratamiento. Así evita la desorientación que puede precipitarse al abrazar un territorio tan amplio.
Allí, bajo esa disciplina musical, es posible que la música se emparente con el deseo que cita aquella canción de Silvio Rodríguez que eligió el dúo y que imagina un cielo que escampa y, al fin, la revelación de una esperanza.
