Foto: Sebastián Molina
“Empecé a publicar a los 20, y cuando solté todo tenía 40. O sea que empecé de cero a los 40, y totalmente tranquila y convencida de que sí, ahora lo hago de nuevo, pero distinto”. Quien habla es Andrea Álvarez, también conocida como Vera Land. Aquel seudónimo, que se hizo canción de la mano de Los Piojos, fue su firma durante fines de los ochenta y comienzos de los noventa. Sobre todo apareció en la revista Cerdos y Peces de la cual fue Jefa de Redacción.
En un determinado momento, lo cuenta en esta entrevista, sintió que debía dejar atrás aquel apodo rodeado de mística para renacer de un modo más liberado. Se consolidó como escritora y editora de libros creando su propio sello editorial (Hormigas Negras) el cual ya se ganó un lugar de reconocimiento dentro de las editoriales independientes. Tiempo después, sintió que era el momento de revisitar su pasado.
Así en 2023 reeditó Fito Páez (Cerdos y peces), la biografía del músico rosarino que escribió junto a Enrique Symns y en 2024 Los Tres, la última canción (Gourmet Musical), otra biografía rockera escrita a cuatro manos con Symns que también era imposible de hallar. Por la misma senda, decidió acercarse también a sus artículos y editarlos en una antología que es mucho más que una ventana hacia el pasado.
Mis notas. Cerdos & Peces y otras revistas contraculturales reúne en un peculiar orden que va de lo más reciente a lo más antiguo las principales notas periodísticas de Andrea Álvarez bajo la firma Vera Land. Allí se mezclan textos sobre los videojuegos y la maldita televisión con crónicas subterráneas y entrevistas a rockeros. Diálogos con Los Redondos, Alejandro Urdapilleta o Hebe de Bonafini, quien lanzó munición gruesa contra la clase política y no deja de tener actualidad.
Álvarez, quien se encuentra próxima a lanzar un libro sobre Iggy Pop y un segundo tomo de Los vicios de los muertos (antología de cuentos basados en canciones de rock coordinada por ella y escritos por sus talleristas) revela que le gustó acercarse a estos artículos. Mientras evoca tiempos en donde deambulaban de las redacciones a los bares, entre cervezas y humo de cigarrillo, piensa que estos textos frescos y revulsivos funcionan como un prisma a través del cual puede verse una época. Hoy estos perfumes mutan, cambian de forma, pero aún siguen allí, ocultos pero listos para ser descubiertos por el ojo curioso como supo descubrirlos ella cuando se lanzó a escribir apenas con veinte años.
¿Cómo fue reencontrarte con estas notas?
Empecé con las reediciones en 2023, con la reedición de la biografía de Fito Páez que habíamos escrito con Enrique y con Fito en 1995 y estaba descatalogada. Siempre me da un poquitito de miedo que no me guste cuando estoy por abordar una reedición propia de algo. Con el de Fito pensé: “capaz no me va a gustar”, porque no me lo acordaba. Son muchos años. La memoria tiene mucho de esto de que cuando empezás a revisar algo o te metés en un tema, se activa y emergen recuerdos. Me pasó también con la revisión de la biografía de Los Tres que escribimos con Symns en el 2000 que también estaba descatalogado y que salió en 2024. También reedité Tu maquillaje de fuga se evapora con la luz, mi primera novela, que también es de esa época. Sabía que en algún momento iba a llegar a este libro de notas.

«Me di cuenta de que hay una parte de mi trabajo periodístico que resulta interesante más allá de mí, porque es como que muestra partes, fragmentos, de una escena cultural o contracultural de distintos momentos, fundamentalmente de los noventa»
¿Qué encontraste con estas reediciones?
El de Fito me sorprendió porque fue un libro que hicimos muy vertiginosamente: lo empezamos en abril y salió en diciembre. La investigación,elaboración, edición, todo se hizo en ese período. Me pareció que estaba bien. El de Los Tres también me sentí bien reeditándolo. No me lo acordaba tampoco, me sorprendieron cosas. Me dio la posibilidad de repensar también y a los dos les agregué un prólogo porque en este proceso de volver a encontrarte con el material empezás a pensar cosas y surgen recuerdos. Y a mi novela le agregué un texto al final porque quería que el lector la pudiera leer así tal cual como había salido y al final le agregué un texto contando cosas que tienen más que ver con el momento mío de la época en que la escribí y algunas cositas del proceso creativo.
Esas tres reediciones fueron un poco una preparación para este que sabía que generaba cierta expectativa y venía haciéndome un poquito la distraída. Me daba un poco de fiaca porque siempre estoy con libros nuevos. Además no me daba ganas de revisar las revistas. Pensaba que no me iba a gustar cómo escribía, que me iba a parecer todo horrible.
Finalmente tomé coraje y fue un proceso interesante. Di muchas vueltas hasta llegar a ese orden inverso que me dio tranquilidad al mostrar primero una prosa bastante parecida a la actual y que a medida que vas avanzando en el libro se va volviendo más ingenua, fresca, juvenil, lo cual es lógico. Me sentí cómoda de esa manera.
Encontré cosas que me parecieron que estaban bien. No fue tan tremendo como creía que iba a ser. Me di cuenta de que hay una parte de mi trabajo periodístico que resulta interesante más allá de mí, porque es como que muestra partes, fragmentos, de una escena cultural o contracultural de distintos momentos, fundamentalmente de los noventa. Es como una ventana a eso. Por los personajes elegidos –ya sea en cine, música, teatro–, bares, recorridos nocturnos. Toda esa temática que ejercí durante los noventa. Es interesante volver a esos materiales para reencontrarse un poquito con el perfume de una época.
¿Cómo fue esa escritura en conjunto con Enrique?
El de Fito fue el primer libro mío y el segundo de él. Él tenía un concepto de hacer un libro pero que tuviera un concepto de revista. Que tuviera como secciones que reaparecían. Si vos ves la biografía de Fito, tiene En el camino y hay como juegos con los distintos subgéneros. La crónica, la entrevista. La estructura está muy pensada por Enrique.
Hay capítulos que los escribí yo porque nosotros no escribíamos juntos, después asignábamos. En Fito me tocó infancia, adolescencia, partida de Rosario, llegada a Buenos Aires, el crimen de la familia en Rosario, y un par de capítulos más adelante con la etapa más popular. Entonces me ocupé de esos capítulos. De las entrevistas y de armarlos. Son bien distintos. Hay un capítulo que es el único en que la investigación es mía y el armado es de él: el del crimen. Que lo hizo magistralmente; yo no lo hubiera podido hacer como lo hizo él, que es como un libro dentro del libro. Me gustó porque fue mi primera experiencia haciendo un libro, una biografía de rock, Tenía 27 años en ese momento.
Después, el de Los Tres fue distinto. Lo trabajamos más, lo planificamos juntos y también después dividimos personas, geografías y épocas. Ahí también me ocupo de la parte infancia y adolescencia, formación de la banda, partida de Concepción, llegada de Santiago, y él quería hablar de toda la parte más conflictiva: la etapa de Santiago, la etapa de la popularidad y los conflictos entre ellos. Él se quería ocupar de eso, así que nos dividimos también.
Me acuerdo que dividimos a los entrevistados. Había una lista de entrevistados que eran míos y una lista de entrevistados que eran de él. Después, igual, viste como son los planes, siempre un poco los rompés. Pero en principio hacíamos toda una planificación así, de personas y geografía. Te digo geografía, porque a mí me tocó Concepción, que es la ciudad donde son Los Tres, y él Santiago. Y cuando hicimos Fito, a mí me tocó Rosario y él Buenos Aires. Entonces había como una cuestión de asignar lugar geográfico y período.
«Vera Land es un personaje que siempre estuvo delante mío. Y que no soy yo. Eso está clarísimo. Cuando la gente me conoce, está clarísimo que Vera Land es un personaje. Pero no me pasa ahora: me pasaba cuando tenía 25 años. O sea, siempre hubo como un desfase entre el personaje y yo»
En un momento decís que tuviste que dejar de lado el seudónimo Vera Land
Vera Land es un personaje que siempre estuvo delante mío. Y que no soy yo. Eso está clarísimo. Cuando la gente me conoce, está clarísimo que Vera Land es un personaje. Pero no me pasa ahora: me pasaba cuando tenía 25 años. O sea, siempre hubo como un desfase entre el personaje y yo. Eso es algo que tiene su incomodidad aunque tampoco tanto. Porque también el personaje siempre funcionó, fue adelante mío y me permitió escribir, trabajar y vivir de la profesión. O sea que es una incomodidad secundaria. Una cierta incomodidad en esta cuestión de que hay como una especie de desencanto cuando las personas me conocen. No porque yo sea más ni menos, sino porque es como que no encajo con lo que el personaje proyecta.
Cuando empecé con la editorial (Hormigas negras) necesitaba estar más libre para construir algo nuevo. Como toda aquella historia tiene mucha mística —no es fácil—, yo quería que fuese algo distinto. No quería sentir que debía seguir determinada línea. Para poder construir eso, tenía que alejarme. Fue un esfuerzo gigante. También tuve que aprender el oficio de editar libros, que no es lo mismo. Cuando sentí que Hormigas ya tenía una identidad, un desarrollo, una cantidad de títulos empecé a rescatar el pasado.
Se conecta con tus orígenes en donde querías ser poeta y te hiciste periodista medio de casualidad. Contás que tu papá y tu tío eran escritores y fotógrafos
Sí, totalmente. Escribía poesía desde muy chiquita, desde los doce o trece. Y todo ese período fue larguísimo para mí hasta los veinte, que es cuando empiezo a publicar. Fue un tiempo en el que escribí muchísimo: poesía, una novela que no terminé. Escribir se fue volviendo cada vez más importante. Al principio anotaba cosas. Después se fue convirtiendo en algo de todos los días. Durante muchos años fue así: mis cuadernos y mi escritura fueron algo súper importante. Pero no se me cruzaba por la cabeza ser periodista. Eso simplemente sucedió porque conocí a Enrique Symns y él me convenció. Yo trabajaba de moza, promotora, en lo que pintara. Para mí la escritura era algo súper importante, y en paralelo agarraba laburos así, los que surgieran. Siempre trabajé desde muy chica. Y él me convenció de que dejara esos laburos —“esos laburos de mierda”, decía él (se ríe)—, y me pusiera a hacer periodismo, que podía vivir de eso. Le costó convencerme, porque yo no me lo imaginaba, no me veía en ese lugar. Me habló, fue toda una charla larga, una noche hasta la madrugada, y al final me convenció. Y me guió también en los comienzos.
Él siempre creyó mucho en mi escritura. Mi papá también, por supuesto, pero de otra manera. Y así empecé a hacer periodismo, empecé a aprender periodismo directamente haciéndolo, en las redacciones. Y después me encantó.
Ahora no me imagino sin el periodismo. Siempre estoy trabajando en un libro de ficción y en un libro periodístico al mismo tiempo. No me imagino a mí misma sin estar haciendo periodismo de alguna manera. Así que se convirtió también en mi profesión principal durante muchos años. Eso se lo debo a él. Es gracias a él, porque sóla no lo hubiera hecho. Sería solamente escritora. No sería periodista.
En el libro aparece mucho el Bar Británico que era el búnker de la Cerdos. Hay fotos muy buenas ¿Cómo recordás esa época?
Son años súper interesantes, intensos, bohemios y de juventud. Es todo un combo. Las fotos del libro —algunas ya fueron publicadas y otras aparecen por primera vez— las tenía guardadas en mi archivo. La idea es completar con fotos el perfume de la época. Hay un tema cuando uno habla del pasado. Por ejemplo, el 2025 lo veo muy distinto al 2024. En el pasado también pasaba eso. En especial cuando uno además era joven y estaba viviendo todo muy intensamente. Son muy diferentes todos esos años. A veces lo complejo es englobar todo eso en algo que los pueda contener. Estas notas al menos acercan algo a esa cuestión.
El bar era fundamental. Nosotros teníamos una redacción en un edificio que bajaba las persianas a las seis de la tarde. Entonces los bares eran importantísimos. Llegaba a la redacción al mediodía y me iba a las seis pero la mayoría de la gente llegaba a las tres o cuatro. Además, estamos hablando de una época en la que no se te ocurría trabajar mucho en soledad. Una revista se hacía en grupo, reunidos, discutiendo, pensando juntos. Trabajar sólo fue algo que aprendimos después. Los bares funcionaban como extensiones de la redacción.
Teníamos una serie de bares alrededor de la redacción a los que íbamos siempre. Empezábamos a citar a todo el mundo ahí y después caía más gente. Tengo recuerdos de estar en uno de los barcitos cerca de la redacción y que absolutamente todas las mesas estuvieran ocupadas por gente vinculada a la revista. Esas mesas, esos bares, eran súper divertidos. Después, más tarde, caíamos en el Británico, también por esa cuestión de que no cerraba. Nosotros estábamos en una actividad que no tenía tope: íbamos buscando lo que iba quedando abierto. Era como un frenesí.
El Británico siempre fue un lugar muy cálido, de contención. A mí me recibían muy bien, Manolo me quería mucho, todos los mozos eran muy copados. Pero Manolo, que era el de la noche, era un personaje entrañable. La verdad es que teníamos una relación muy familiar, muy cercana. El bar era esa sensación de llegar a un lugar en el que te sentías en casa: confortable, tranquila, cómoda, segura. Un lugar donde podías quedarte el tiempo que necesitaras.
¿Qué otro bar fue importante?
Otro de los importantes era El Mirador. Yo hago así con la mano (señala) porque estoy acá. Vivo en la misma cuadra de toda la vida: acá está el Británico y allá, el Mirador.
El Mirador —que ahora es una escuela de fotografía, donde a veces hacen exposiciones— era un bar. Y abajo, en una época, estaba la redacción. Ahí llegamos a la síntesis perfecta: tener la redacción en el sótano de un bar. Enrique escribía ahí abajo. Esa fue la época del 95 o 96, más o menos. Una etapa en la que él tenía unos textos editoriales muy buenos. Escribía ahí en el sótano, sacaba la hoja y subía al bar. Teníamos una Macintosh, pero máquinas de escribir. Creo que había una en mi casa y otra acá, así que igual teníamos dos máquinas de escribir.
Enrique sacaba la hoja recién escrita, subía y leía el texto ahí mismo, en el bar, a la gente que estaba. Era una inmediatez absoluta, sin mediaciones: directo a los oyentes o a los que estuvieran. Eso era muy divertido, muy lindo.
El sótano, claro, era feo —los sótanos son feos—, pero subías la escalera y de repente estabas en un bar precioso. Entonces se bancaba.
¿Esta energía convulsionada, bohemia, la encontrás hoy en algún lado?
Van cambiando. No sé cómo son ahora. Estoy muy fuera de los medios. Los dos últimos medios en los que estuve fueron distintos. En realidad, sigo colaborando en uno, pero es un poco diferente. Por ejemplo, en Nervio colaboré y nunca me reuní con nadie. Todo fue por mail. Nunca vi al editor, ni a ninguno de los que participaban. Pauté todo y trabajé sin verlos ni una sola vez.
En Mavirock, donde estuve casi diez años, me pasó lo mismo. Creo que una sola vez me reuní con la gente de la revista. Ya en esa época —estamos hablando de 2009— el trabajo era completamente virtual.
Ahora colaboro con una revista de literatura que se hace en Oklahoma, con la que obviamente tampoco me veo con nadie, por una cuestión lógica de distancia.
Es otra manera. Como todas las cosas, tiene ventajas y desventajas. Hay cosas que son muy prácticas, como esto que estamos haciendo nosotros ahora.
En aquel tiempo, en cambio, teníamos esa cuestión de reunirnos como principio de todo. Primero nos reuníamos, después venía todo lo demás. No se nos ocurría que sin reunirnos pudiera pasar nada.
También le pasaba a los demás. La gente venía: los lectores se acercaban, traían sus textos, sus dibujos, o simplemente venían a tomar una cerveza. Son maneras diferentes. Qué sé yo… Ahora uno también organiza el tiempo de otra forma, para que te rinda más.
«No sé cómo van a trabajar los historiadores cuando tengan que contar este tiempo. Porque tradicionalmente las cartas, las revistas, los diarios han sido documentación para narrar una época. Las revistas en los ochenta/noventa eran súper importantes. Se las esperaba, tenían un significado»
Hablemos de algunas de tus notas puntualmente. Hay una interesante sobre los videojuegos como novedad de la época (“Disparando sin pausa”)
Sí, con las maquinitas, como les decíamos. Me acuerdo de un bar que se llamaba Zero, que quedaba en República de las Indias y Las Heras. Al lado había otro lugar, que ahora no me acuerdo del nombre. Era un bar de rock. Ahí tocaba Sumo y todo eso. Y al lado estaba ese otro bar, más cheto, al que iba cuando Zero estaba cerrado. Iba a hacer tiempo y tenían unas maquinitas. Uno iba a tomar algo y podía ponerse a jugar. Ese fue mi primer contacto con los videojuegos. Ahí, en ese barcito.
Después, bueno, un poco lo que cuento ahí: me entusiasmé con un juego en particular, durante un invierno en Necochea. Todos los días jugaba el mismo. En realidad, ese texto tiene dos versiones: una es esa nota y la otra está dentro de mi primera novela, Tu maquillaje se evapora con la luz. Ahí tengo un personaje que se despierta en su casa —se había quedado dormida en la tardecita—, sale a la calle, va a una casa de maquinitas, se pone a jugar y conoce a un chico. Y bueno, pasa una historia.
Así que sí, a mí me gusta describir cosas. Por lo menos esa etapa es bastante descriptiva. Los juegos me funcionaban así, como una cuestión descriptiva, pero también como una forma de que esté pasando algo en la pantalla y, a la vez, algo entre las personas. Te da como dos planos de sucesos.
¿Qué dirías de la importancia de las revistas culturales en Argentina y la cultura porteña?
Creo que de alguna manera van narrando la sociedad. También son documentos históricos. Cuando pasa el tiempo, queda clarísimo cuando uno agarra un Porteño o revistas antiguas. No sé cómo van a trabajar los historiadores cuando tengan que contar este tiempo. Obviamente lo van a hacer de otra manera, porque tradicionalmente las cartas, las revistas, los diarios han sido documentación para narrar una época.
Las revistas en los ochenta/noventa eran súper importantes. Se las esperaba, tenían un significado, porque los canales de comunicación eran menos. Tenían esa cosa coleccionable también. También en los ochenta eran bastante multi temáticas y en los noventa se empieza a hacer como una especialización temática que ya algo pierde. Pero esas son cuestiones de marketing, decisiones que se toman para vender o cosas así.
Me parece que aquella historia de la revista que traía un buen abanico temático era un poco formativo también. Había algo expansivo. Se compraba por alguna identificación, pero también traía cosas distintas que por ahí te daban una expansión, llevarte a pensar en algo que todavía no estaba en tu mapa mental.
Ese lugar de las revistas en papel, tan importante, en la actualidad se reemplaza con otras cosas, otras formas. Pero hay algo de época de oro en el imperio de las revistas, en el tiempo en que las revistas eran importantes.
También daban más posibilidad a los periodistas de vivir de la profesión sin volverse tan locos, porque la gente compraba dos, tres, cuatro revistas al mes. Era una industria cultural que funcionaba. Eso también hacía que los periodistas pudieran vivir más o menos tranquilos, que los escritores del periodismo pudieran desarrollar su creatividad y su pluma, experimentar y un montón de cosas que a veces cuando estás trabajando con la pistola en la nuca no es tan fácil hacer.
Hay varias entrevistas muy buenas en tu libro. ¿Qué recordás?
Me fui acordando de cosas volviendo a leerlas y las agregué en esos comentarios debajo. Algunas no me acordaba ni siquiera que las había hecho. No me acordaba que lo había entrevistado a Omar Chabán, por ejemplo, y no me acordaba que lo había entrevistado a Urdapilleta.
O sea, me acordaba que lo había entrevistado a Urdapilleta para el libro de Fito, pero no que lo había entrevistado a Urda muchos años antes. Encontrar esa entrevista fue maravilloso porque además su voz la encontré muy viva. Sentí que lo escuchaba hablar a él. Fue un viaje increíble.
Después, bueno, con Hebe (De Bonafini) me pasó que hay muchas cosas que dice que son muy actuales. Cambiás algunos nombres y encaja con hoy. Me gustó mucho la entrevista que le hice a Fabi Cantilo. Me parece una muy buena época de Fabi. Tenía esa cosa como muy salvaje en su forma de hablar, de contar, de decir sin filtro. Bueno, creo que sigue siendo igual.
Después, la de (Andrés) Ciro (Martínez) me gustó encontrarla también, porque fue como mirarnos tan chiquititos; nos vi un poco así. Él con 20 y yo con 25, una cosa así. Me dio como ternura esa entrevista.
La de Liliana Herrero no me acordaba que era tan genial. Las cosas que dice Liliana me parecieron brillantes. Es una persona muy inteligente, todos lo sabemos, pero a veces la entrevista no permite explayarse y hay un desarrollo de ideas en esa tan bueno. Son todas tan ricas. Me gustó un montón. Al final fue placentero hacer este libro.
Pensaba que iba a ser una especie de cosa tipo “bueno, esto lo tengo que hacer”, y no… fue placentero, y me siento cómoda. Por eso también lo estoy apoyando: el libro. Hice la presentación, lo estoy acompañando en todo, porque me siento súper cómoda con el libro, que no me pasa tanto a mí con la revista Cerdos y Peces. A esta altura del partido no sé si me gusta la Cerdos y Peces. Hay muchas cosas que no me gustaban en el momento y menos me gustan ahora. Pero me di cuenta de que con mis notas, por lo menos con las que están en el libro, me llevo bien. Estoy de acuerdo con la que era.
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