Pocas semanas atrás, una destacada periodista especializada en eventos artísticos y –sobre todo– musicales, iniciaba su comentario con la referencia a un interrogante (cito textualmente): “Hace tiempo que el tema del rock aparece recurrentemente a partir de dos… inferencias: que está muerto o que está volviendo. ¿Volviendo de dónde?, ¿de la muerte? ¿El rock es un fantasma? ¿Un zombie? ¿Un resucitado? ¿Nuestro salvador?” (1)
Haber asistido al recital ofrecido por Mano a Mano el pasado sábado 8 de noviembre en La Bancaria me puso ante interrogantes de parecida índole, cuya consideración merece un necesario recorrido histórico, aunque las preguntas transcriptas antes interrogan por otras líneas de la expresión musical popular.
Muchas veces, alejar el punto de mira (ampliar el “tiro de cámara”) nos permite, no sólo tener un panorama más amplio, sino también profundizar un análisis. Creo que éste es el caso.
Hace unos 60 años, emergió en la Argentina lo que, con el tiempo y no sin antes haber tentado otras denominaciones, decantó –batalla cultural mediante– en el nombre de “Rock Nacional”.
No es intención de este escrito abundar sobre derrotas dialécticas sufridas por la periferia en desmedro de los dictámenes –explícitos o no– de la metrópoli. Miles de páginas, discusiones en ámbitos académicos y cafés, seminarios, tesis doctorales, reportajes, podcast, darán cuenta de aquello.
Lo que sabemos es que: manifestaciones musicales pasibles de ser encuadradas en el rubro “Música Joven Urbana”, o “Nuevo Tango”, o “Canción Urbana Contemporánea”, terminaron llamándose “Rock Nacional”. Ya está. Se llama Jorgito la criatura.
Claro que, para la misma época que menciona el primer renglón de este artículo, hubo otra corriente estética, si se quiere simbolizada (en realidad concretada en) la utilización de la guitarra (española, criolla, acústica) en contraposición con la guitarra eléctrica, seguramente símbolo tímbrico de la cultura “Rock’n Roll” desarrollada en los Estados Unidos de Norte América. Eso y lo que Milan Kundera llamó “La dictadura del segundo pulso” en referencia al golpe de tambor de la batería, en la marcación del ritmo de ese género.
Este parte aguas se advirtió en las propias tendencias en disputa en la metrópoli, entre los cultores del “Folk” y el “Country” y quienes, accediendo al dictado de la “modernidad”, decidieron electrificar sus sones y subirse a la corriente principal de la industria. Bob Dylan es buen ejemplo del tema: sus inicios tuvieron la guía de Woodie Guthrie (guitarra acústica) y hubo un quiebre de su devenir en el Festival de Newport de 1965, donde –para fastidio de Pete Seeger – se apareció con una guitarra eléctrica (ver la película “Un perfecto desconocido”, de James Mangold).
Entonces, en aquellos lejanos años 60 del siglo pasado, en concordancia con el pleno desarrollo de la guerra fría en el campo de la geopolítica, en estas pampas –y con distintos exponentes en toda Latinoamérica– sucedía la batalla de estéticas musicales.
Un programa de la televisión argentina: “Guitarreada Crush” fue parte de la caja de resonancia que hizo que esos tiempos fueran los de récords de ventas de guitarras (criollas, españolas, acústicas). El cantautor Víctor Heredia y el folklorista –en la línea ideológica del nacionalismo oligárquico– Roberto Rimoldi Fraga, tuvieron destacada actuación y fueron “finalistas” en esa competencia.
Tratando de ocupar un sitio de conducción de lo que NO era aún un movimiento y de sintetizar objetivos estéticos e ideológicos, se dio a conocer el “Manifiesto del Nuevo Cancionero” que firmaron, entre otros, Mercedes Sosa, Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Hamlet Lima Quintana y Oscar Matus. Explícita y por escrito, la propuesta del Manifiesto pretendió impulsar el desarrollo de un repertorio nacional en renovación permanente, sin fronteras entre géneros, que sea capaz de superar la oposición tango-folklore argentino y evite las manifestaciones puramente comerciales (nótese que –todavía– el rock no aparecía entre las estéticas “no deseables”). El Nuevo Cancionero se insertó en el marco del «boom del folklore argentino» que se produjo en la década de 1960, y abrió camino a una visión de la música popular argentina más abierta y orientada a la innovación y al compromiso social y político.
Por el contrario, el “Rock Nacional” no se planteó como propuesta orgánica e hizo camino al andar, sencillamente dejándose llevar por una ola acorde con el sonido universal que la juventud elegía para plasmar su expresión musical. Como sucede en otros terrenos de la vida, el sistema no necesita manifestarse formalmente, simplemente sucede. Intencionadamente enfrentado con esa corriente, el “Movimiento del Nuevo Cancionero” tuvo sus réplicas en Chile, Uruguay, Cuba, Paraguay, y menos orgánicamente en Nicaragua, Venezuela, Perú. Si vale la metáfora futbolística, no sin cierto carácter paradojal, “Rock Nacional” aparece como un único representativo y todos los demás géneros serían “Resto del Mundo”, abarcando raíz folklórica –con todos sus sub-géneros– la llamada música étnica, el tango en todos los formatos existentes, etc.
Pasado el tiempo, que todo lo redondea, sería injusto decir hoy que el “Rock Nacional” fuese una tendencia musical pro-norteamericana (como nadie podría afirmar que la influencia de Los Beatles nos convierte en pro-británicos), pero en el momento –y sobre todo de parte del “otro” bando– sí cupieron acusaciones y denuestos. Vistos los aportes de Litto Nebbia, Luis Alberto Spinetta o Manal al devenir cultural argentino, y a sus posicionamientos políticos (en el caso en que los hubo), parece un tema saldado.
Y otro elemento a tener en cuenta es que, en distintas medidas y con diferentes influencias, las fuentes estéticas reivindicadas por el “Movimiento del Nuevo Cancionero” han permeado el corpus de composición e interpretación de muchos de los rockeros nacionales (Litto Nebbia, Fito Páez, León Gieco y otros).
Nada de lo antedicho fue vivido por los verdaderos protagonistas de este escrito: Los integrantes de la banda Mano a Mano, nacidos cada uno de ellos cuatro entre 1987 y 1991, seguramente, se han nutrido de esta historia, recibiendo mayor o menor información, que no vivencias.
Nacida en un taller de música realizada en la Asociación Civil “Mano a Mano con los Chicos de Floresta”, el grupo Mano a Mano presenta temas originales que mezclan distintos géneros de la música latinoamericana.
Mano a Mano es un grupo musical de gran consistencia, conformado por Fabio Pérez en voz y guitarra; Pablo Di Tullio en bajo, guitarra y coros; Gonzalo Suárez en teclado, acordeón y coros; y Federico Cáceres en percusión y coros.
Cada uno de ellos se desempeña con gran idoneidad, tanto en las ejecuciones instrumentales como en los momentos de canto. Fabio Pérez acapara la responsabilidad de “cantante principal”, resolviendo con voz muy expresiva en un registro de tenor extremo.
En algunas de las canciones, entregan armonías a cuatro voces, habitualmente en modo homofónico (cantando todos al mismo tiempo, sin recursos polifónicos contrapuntísticos). Los arreglos musicales, más los instrumentales, no tanto los vocales, son elaborados y efectivos, habiendo momentos de gran intimidad (solo de voz y teclado, por ejemplo) y otras en los que la orquesta suena a pleno, incluyendo ejecuciones multi-instrumentales. Las composiciones le pertenecen a Federico Cáceres, en letra y música, pero es evidente que todo el conjunto las siente como propias.
Aplicando a la performance una escucha –digamos– especializada, hay cosas que decir.
Lo primero (y, si se quiere, “exterior” al hecho musical, aunque influyente): El criterio de la sonorización de las ejecuciones ha sido más cercano al de un show de rock en un estadio que al de un recital o concierto. Dadas las dimensiones del salón, quizás hubiera sido suficiente equilibrar los distintos volúmenes (asunto obviamente imprescindible por la diferencia en el impacto sonoro dentro del “orgánico” empleado) y no aumentar la potencia de la totalidad, al costo de una escasa transparencia o claridad en la suma. Tampoco parece apropiado o justo que espectadores/oyentes desprevenidos deban sobrellevar el desmedido entusiasmo de una fila de groupies, acostumbradas al pogo y al canto descontrolado que saludablemente sucede en otros ámbitos.
Atenuar los efectos de lo antes descripto hubiera permitido una mayor inteligibilidad de los textos, que son muchos y abundantes.
Durante las (alrededor de) dos horas de música, se pudieron escuchar variados ritmos de la paleta popular latinoamericana: murga uruguaya; festejo peruano; “litoraleña” argentina; tango/milonga; cumbia colombiana, etc. Respondiendo casi directamente a las propuestas del “Manifiesto del Nuevo Cancionero”, con idoneidad en los toques y sentimiento en las palabras.
Probablemente, alguna de las canciones habría ganado en impacto si no hubiera sido necesario (para el compositor) desarrollar textos más extensos que el promedio. Son elecciones o necesidades.
La temática de las canciones va de lo lírico/subjetivo a lo social, sin temor a involucrarse en cuestiones de neto cariz ideológico (como en la “Cumbia de la clase media”). También hay textos auto-referentes que –por si hiciera falta– definen a Mano a Mano desde una toma de posición artística que, irremediablemente, desemboca en lo social. En tiempos de identificaciones o definiciones digitales, se estará totalmente a favor (y se acompañará con entusiasmo, coreos y palmas) o totalmente en contra (y se buscará el camino de salida tratando de molestar al prójimo el máximo posible).
Lo importante: sostener la atención de la audiencia entregando una importante variedad de ritmos, colores sonoros, climas, no es aptitud que muchas expresiones musicales puedan detentar. Tocar muy bien, cantar muy bien, herir la sensibilidad de la audiencia durante un lapso generoso, deja a quien asiste con una agradecida alegría, con ganas de repetir.
Habiendo transitado el camino de la música de raíz popular desde temprana edad y como compañero de ruta de muchas expresiones artísticas que se alinearon tras los postulados del “Manifiesto del Nuevo Cancionero”, encontrarme con las canciones nuevas de Mano a Mano ha sido como confirmar que hay nuevas estaciones para este devenir. Y que las confluencias entre las veredas descriptas más arriba no hacen más que confirmar la salud cultural que nos contiene.
Que Milo J. Se junte con Agarrate Catalina, Lito Vitale y Mex Urtizberea para interpretar “Negra murguera”, que Ricardo Mollo grabe “Cuando tenga la tierra” para un documental sobre Daniel Toro, que transcurriendo la tercera década del siglo XXI haya preguntas sobre la sobrevivencia o la resurrección del “Rock Nacional”, nos invita a pensar nuevas preguntas.
Un renglón de agradecimiento a Mano a Mano, que me hizo viajar por una historia de mundos de música. Sobra el tiempo para buscarle nombre a las cosas. Lo importante es que las cosas sucedan.
Mano a Mano anuncia la despedida del 2025 con un recital al aire libre para el próximo sábado 13 en “El patio de los feos” en el barrio de Flores con música en vivo y zapada, entrada a la gorra, comida a la canasta (cada quien lleva lo que quiera comer o compartir) y barra a precios populares. Para recibir la dirección y reservar entrada de manera gratuita ingresar en www.alternativa.ar/obra92712-mano-a-mano-en-el-patio-de-los-feos.
(1) Refiere a la nota “Alguien todavía escucha tu remera”, firmada por María Zentner en La Agenda Buenos Aires
