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Editorial

Una celebración de la diversidad musical en Bariloche

Las tres primeras jornadas del Festival Internacional de Música de Bariloche ratificaron la singularidad de un encuentro que se propone la convivencia de géneros y que afirma la agenda artística de una ciudad que desborda el perfil turístico tradicional. Las canciones del brasileño Chico César fueron en punto fuerte de la apertura de una programación que se extenderá hasta el domingo. Una reseña de cada noche.
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San Carlos de Bariloche (especial).- Con las presencias del cantante y compositor Chico César en la jornada inaugural, la indescrifrable Pascuala Ilabaca junto a su grupo Fauna como número central del segundo día y el cantor Ariel Ardit en la tarde/noche de viernes con su impronta tanguera, la quinta edición del FIMBA (Festival Internacional de Música Bariloche), que va del 24 al 28 de septiembre, además de consolidar su lugar en la agenda musical anual argentina confirma su condición de espacio de encuentro e intercambio entre distintas expresiones musicales.

Creado en 2019 a partir de una idea de Martín Fraile Milstein, director de la OFRN (Orquesta Filarmónica de Río Negro), desde su primera edición el FIMBA (Festival Internacional de Música de Bariloche), fue planteado como un espacio de convivencia de distintos géneros y estilos, con el objetivo de acercar una variada oferta estética a la población local al mismo tiempo que dar visibilidad a propuestas artísticas locales frente a nuevos públicos.

En ese sentido, la inclusión en su programación de los ensambles “periféricos” de la OFRN, sumada a la de músicos de la región, completa un cuadro general que en esta quinta edición, organizada por el Gobierno de la provincia de Río Negro, ofrece 25 conciertos con entrada gratuita distribuidos en cinco escenarios que ya forman parte de la habitual hoja de ruta del Festival: el Teatro La Baita, la Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi, el Camping Musical Bariloche, el Teatro La Usina de la Biblioteca Sarmiento y el auditorio del Puerto San Carlos.

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En ese mapa, la música académica sinfónica dialoga con la de cámara y el universo coral en convivencia con el folclore de América Latina, el tango, el jazz, extendiéndose en ocasiones al terreno del pop y el rock y abarcando eso que solemos llamar músicas del mundo, que engloba a un todo infinito del que jamás podemos llegara conocer más que una pequeñísima porción. Una tarea a la que el FIMBA aporta su pequeño granito de arena.

En palabras del propio Fraile Milstein, el FIMBA es un festival que tiene múltiples objetivos: “Cumple un rol cultural, donde los artistas de Bariloche y Río Negro podemos presentarnos también para el público que viene de afuera, recibir artistas internacionales y establecer aquí un espacio vinculado al turismo cultural. Bariloche no solo ofrece sus atractivos naturales, sino también una gran producción artística que es marca registrada de la ciudad”.

Tres jornadas, muchas músicas

El poder cautivante de las canciones de Chico César

Con un concierto que quedará en la memoria de los barilochenses por mucho tiempo, el brasileño Chico César fue el plato fuerte de la jornada inaugural de la quinta edición del FIMBA (Festival Internacional de Música de Bariloche).

A modo de celebración de los 30 años que pasaron desde su lanzamiento, César repasó de punta a punta su primer álbum, Aos vivos, que incluye canciones como Mama África, A primera vista, con Julia Ortiz de Perota Chingó como invitada, Clandestino, Saharienne y Templo, que el tiempo transformó en himnos, para luego completar su presentación con otros clásicos de su repertorio como Pensar Em Você, Estado de poesia y Onde estará o meu amor.

En solitario con su guitarra, el cantante, compositor y también periodista, sorprendió desde el inicio de su concierto, al ingresar con anteojos de luces y unos haces lumínicos que parecían emanar de sus manos creando figuras en la oscuridad mientras interpretaba una canción que escribió inspirado en un rifle azul que había en la casa de su abuela, según había contado un par de horas antes en una suerte de ronda de prensa improvisada.

A partir de ese momento, el público que colmó el Teatro La Baita quedó cautivo del poder de atracción del músico, que planteó un ida y vuelta constante en el que el canto colectivo fue protagonista hasta el final, enmarcado en una ovación interminable que se amplificó con la llegada de los bises, repartidos entre un inédito con una fuerte crítica contra el gobierno de Israel y una versión a capela de Mamãe Oxum, coronando un inmejorable cierre para su show.

Música de cámara en el puerto San Carlos

Pero antes de que Chico César celebrara su ceremonia casi hipnótica en La Baita, tres de los 11 ensambles de la Filarmónica rionegrina marcaron el rumbo desde el auditorio del Puerto San Carlos, en un marco sonoro camarístico musicalizado primero por una combinación de los ensambles Sur (Viedma) y Perla del Valle (Villa Regina), y luego por el ensamble Ventisquero negro (Bariloche) junto al músico y compositor Marcelo Saccomano.

Un programa que fue de una atmósfera “académica” marcada por el Quinteto para vientos Op. 43, del danés Carl Nielsen, una breve suite de Carmen y la Suite para Quinteto de vientos del brasileño Lorenzo Fernández, a un plan más cercano a la llamada “música popular” prologado por una lograda versión de Adiós Nonino, con la que se despidió el combinado Sur/Perla del Valle, ratificado por el rumbo cancionístico de sus sucesores.

Una noche con la potencia arrolladora de Pascuala Ilabaca

Dos presentaciones arrolladoras de la cantante y compositora chilena Pascuala Ilabaca junto a su banda Fauna en el Teatro La Baita, además de un doble programa compuesto por el Ensamble de Cuerdas del Atlántico Sur y la Filarmónica Jazz Band en el Teatro de la Usina en la Biblioteca Sarmiento, convirtieron la segunda jornada del FIMBA en una maravillosa celebración de la música de raíz de la América más profunda, de sus latitudes más australes a su Norte más lejano.

En un mundo donde las clasificaciones y encasillamientos están a la orden del día, la propuesta musical de la cantante y compositora condensa suele ser descripta como una mezcla de «composición contemporánea, las tradiciones étnicas del mundo y raíz folclórica chilena”. Sin embargo, la definición wikipedica no alcanza para abarcar lo que Ilabaca y los suyos desplegaron en su festejado debut barilochense.

Plantada en lo más profundo de la tradición musical transandina, la artista eligió como punto de partida la bellísima cueca Por qué se fue la paloma, para enseguida impregnar la sala con los sonidos del altiplano que enmarcan El Baile del Kkoyaruna, y a continuación hacer escala en un norte bastante más alejado, con Son de la vida. De ahí a cruzar el Río Bravo, para Pascuala fue solo pasar de acordeón al teclado, y para su banda, seguir sorprendiendo con su infinita paleta sonora.

En ese punto, es imposible no dedicar un párrafo aparte para Fauna, el soporte sónico de Ilabaca, con una base rítmica demoledora, sostén de la multiplicidad de matices compartidos por la guitarra y un dúo de vientos todo terreno, que demostró poder mutar de un dúo andino de quena y erque (“camuflado” en en trombón) a una sección de Big Band con apenas cambiar de perfil.

Respaldada por ese equipo de lujo, la cantante, reconocida como una portavoz del feminismo chileno, con una voz cautivante y de potencia inaudita que por momentos se transforma en un instrumento más, paseó también por el soul, el jazz, la cumbia y hasta ciertos aires de ska, que le dieron marco a Te traigo flores, una de tatas canciones que a lo largo de sus presentaciones establecieron un diálogo directo entre la cantante y el público, que respondió sin reparos a la invitación al baile.

En ese clima, Pascuala compartió las armonías de La luna llena con Julia Ortíz, de Perota Chingó; convocó la memoria de la cantante y actriz peruana Yma Sumac, reivindicó el perfil indigenista de la poetisa Gabriela Mistral a través de Canción Quechua y dejó en La Baita la inequívoca sensación de que en el balance final sus shows serán recordado como una de las grandes revelaciones del FIMBA 2025.

Cuerdas argentinas y un delicioso cóctel jazzero

A poco más de 100 metros de La Baita, en uno de los vértices del Centro Cívico inaugurado en marzo de 1940 durante la gestión de Exequiel Bustillo como director de Parques Nacionales, en el edificio de la Biblioteca Sarmiento que alguna vez albergó la primera escuela secundaria de Bariloche, el Teatro de la Usina fue un escenario inmejorable para dos de los 11 ensambles de la Filarmónica de Río Negro.

Una acústica privilegiada y aromas de madera fueron el continente del viaje sonoro que propusieron los nueve integrantes de Cuerdas del Atlántico Sur, con un itinerario que partió de la tierra colorada del Chango Spasiuk, con Mi pueblo, mi casa, la soledad, para causar al NOA a bordo de un par de vidalas y comenzar un recorrido hacia el sur con un par de chacareras -con Facundo Catalán, del ensamble Trepún Trío, en bombo-, para detenerse en una preciosa versión de la zamba La serenateña.

Cuatro violines, dos violas, dos chelos y un contrabajo como estructura de carácter “académico” para una especie de relectura de músicas argentinas de raíz, donde la voz la aportan no sólo los violines o los chelos, según la ocasión, sino también la memoria de haber escuchado muchas de esas canciones una y otra vez.

El tango, que le cae como anillo al dedo al ensamble, tuvo su capítulo, como punto de inicio del regreso al litoral con una guarania, Che negrito; y El tero, un chamamé que merced a la expresividad de su interpretación alentó algún tímido sapucai entre el público. El final llegó de la mano de dos piezas de Néstor Garnica, El gato de la negra y Chacarera del violín, y como frutilla del postre un guiño al gran Don Sixto Palavecino, que de andar por aquí sin dudas sería fan del Cuerdas del Atlántico Sur.

Pero como el FIMBA se trata en parte, de atravesar fronteras estilísticas sin visas ni trámites engorrosos, con los ecos del violín sachero aun resonando en el ambiente, la Filarmónica Jazz Band subió a escena para transitar un repertorio que convocó a compositores como Hoagy Charmicael (Stardust), Duke Ellington (Don’t Get Around Much Anymore), Dizzie Gillepie (Night in Tunisia) y una tan ocurrente como original pieza de Germán Lema, tecladista de la formación, que se lució en cada una de las interpretaciones.

Ariel Ardit: tango clásico en el prime time del FIMBA

A pesar de que una de las características que destaca especialmente en el FIMBA es la diversidad estilística de su programación, más allá de su presencia constante en ninguna de las ediciones anteriores del festival el tango había ocupado un lugar central. Pero todo llega, y las presentaciones de Ariel Ardit, este viernes 26 de septiembre, saldaron con creces esa suerte de pequeña “deuda” que el encuentro mantenía con el público tanguero barilochense.

Acompañado por el afiladísimo cuarteto liderado por Andrés Linetzky desde el teclado, el cantor ofreció una selección de clásicos y no tanto, que en sintonía con el espíritu del FIMBA atravesó distintos territorios del género, siempre imponiendo las condiciones de su interpretación, tan expresiva con técnicamente impecable.

¿La hoja de ruta? Por una cabeza, en plan instrumental, y enseguida una secuencia inapelable: Tres esquinas, Malevaje y Afiches. Algo más de cinco décadas de música esencialmente “porteña”en poco más de 10 minutos de la vida de Bariloche para establecer una estrecha comunicación entre el escenario y la platea, alimentada por obra y gracia de uno de los cantores más importantes que dio el género en las últimas décadas.

Con el público como aliado y el respaldo de Pablo Guzmán en contrabajo, César Rago en violín, Ramiro Boero en bandoneón y su !”pareja” artística, el mencionado Linetzky, Ardit recorrió entonces la Buenos Aires de los ’60/‘70 a través de Viejo Buenos Aires, esa instantánea que Mariano Mores tomó de su ciudad, que puede ser la de cualquiera, y visitó el clásico amor adolescente frustrado con Es la vida; viajó en el tiempo hasta los inicios del siglo pasado a bordo de El ciruja, con los aires de candombe que Daniel Maza le imprimió con sus arreglos.

Y se alejó de la tradición por un rato para revisitar el repertorio de Sandro/Roberto Sánchez poniéndole alma de bandoneón a Porque yo te amo, darle su propia impronta a Pasional, aquel viejo tango de Mario Soto y Jorge Caldara que el Gitano hizo propio y rescatar Amarraditos, ese delicioso vals de Margarita Durán y Pedro Belisario Pérez.

Del otro lado, la respuesta fue una enorme demostración de calidez y de, también, un agradecimiento implícito en cada aplauso que enmarcó ese ida y vuelta que el cantor estrechan más respondiendo a “pedidos” de temas como si se tratara de un concierto a la carta. Ahí aparecieron Melodía de arrabal y El último café, en un clima distendido, casi lúdico.

Y si en las jornadas anteriores la participación de la audiencia se había manifestado en el canto colectivo, esta vez se trató de un coro susurrado que se negó, con razón, a interferir en el diálogo que el propio Ardit mantiene con cada verso que interpreta. Excepto cuando ya de pie y haciendo palmas, acompañó con entusiasmo la milonga Oro y plata, como despedida.

La Filarmónica de Río Negro: conmovedora y audaz

Como en cada edición del FIMBA, la participación de la Filarmónica provincial con todo su orgánico en su rol de orquesta “anfitriona” siempre tiene reservado algún toque de distinción que va en línea con una modalidad de trabajo particular que, entre otras cosas, desarrolla sus actividades con sus integrantes repartidos en cinco ciudades de la provincia, a la vez que reconoce 11 ensambles formados en torno a su cuerpo principal, que también parte de la agenda del festival.

Esta vez, el dato sobresaliente estuvo dado por la audacia del programa que presentó la OFRN este viernes, en el siempre cautivante marco de la Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi, que nuevamente vio su capacidad colmada, ratificación además de la localía que ostenta la orquesta en cada rincón del territorio provincial. En cambio, la calidad que exhibe la orquesta en su sonido y en su ejecución hace tiempo dejó de ser una excepción para transformarse en la regla.

La Obertura “Las Bodas de Fígaro”, KV492, de Wolfgang Mozart; el Concierto para Chelo N° 2, W516, de Heitor Villa-Lobos; y la Sinfonía N° 4 en la menor, op. 63, de Jean Sibelius conformaron una tríada cuya variedad trascendió la cuestión estilística para convertir el concierto en un recorrido por las emociones más diversas, a veces complementaria y en otros casos, definitivamente enfrentadas.

Algo de eso se encargó de explicar el mismo Fraile Milstein al término de la obra de Villa-Lobos, que contó con la soberbia participación del chelista estadounidense Lars Hoefs como solista, dejando en claro que la propuesta de la Filarmónica para el FIMBA 2025 jamás podría ser asociada a algún tipo de complacencia.

Además de reivindicar la validez de “todas las formas de la música más allá de los gustos personales que determinan qué escuchará cada uno con mayor entusiasmo, el director contrastó el estado de ánimo casi festivo que transmite la obra de Mozart con el intrincado derrotero de la creación del compositor brasileño y la mezcla de profundidad, tristeza, belleza y angustia que condensa la sinfonía menos conocida y ejecutada de Sibelius. 

Una reflexión en tiempo real acerca del carácter “psicológico” de la obra del compositor finlandés, que puso al público en aviso de lo que se venía. “Si quieren, pueden sacar los pañuelos”, advirtió el conductor orquestal, y lo que siguió fue uno de los momentos tal vez de mayor espesura musical que se recuerde de la participación de la Filarmónica en el FIMBA.

De pronto, la excitación generada por el virtuosismo de Hoefs tributando con un notable despliegue al talento de Villa-Lobos quedaron sepultadas por la densidad y la penumbra de una obra recibida por el público barilochense con especial (a)tensión. A tal punto que, a diferencia del acostumbrado aplauso con el cual suele completar cada movimiento de las obras que presenta la OFRN, esta vez la respuesta ante cada pausa fue mucho más que un estallido un silencio cargado de significados.

Mención especial entonces para los músicos, que no sólo abordaron con solvencia su enorme dificultad técnica sino que tradujeron esa interminable especie de agonía contenida en las partituras de Sibelius en un momento de extraordinaria belleza que finalmente sí, la audiencia recompensó con una ovación, más que merecida, que se sostuvo durante varios largos minutos. Broche de oro ideal para una jugada a todo o nada que obtuvo el mejor resultado.


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Alain Geiger

Periodista y escritor. Frankfurt y Lomas de Zamora.
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