El colibrí es una anomalía de la naturaleza, la única ave capaz de sostener un vuelo hacia atrás. No lo hace por retroceso, sino por una asombrosa habilidad técnica: sus alas dibujan ochos invisibles en el aire a ochenta aleteos por segundo, permitiéndole retirarse de la flor tras alimentarse sin perderla de vista. Marielle Franco volaba así. Como escribió el poeta Lima Quintana, ella volaba hacia atrás para «tomar del brazo a los que venían rezagados», para asegurarse de que nadie se quedara solo en la penumbra de la exclusión.
Nacida en el Complejo de Maré, Río de Janeiro, Brasil. Marielle fue una niña de sencillez abisal y una sensibilidad que terminó por ser su brújula política. Su vida dio un «volantazo» definitivo con el asesinato de una amiga cercana por una bala perdida; esa tragedia la empujó a entender que su lugar no era el silencio, sino la lucha por su territorio. Tenía todos los vientos en contra: era negra, lesbiana y villera. Sin embargo, transformó esa desventaja en una carrera de sociología y, finalmente, en una banca como concejala por el PSOL (Partido Socialismo y Libertad).
Este marzo de 2026, al cumplirse el octavo aniversario de su ejecución, el aire se siente distinto. No celebramos la muerte, sino la llegada de esa justicia que baja del Estado, lenta pero finalmente implacable. El Supremo Tribunal Federal de Brasil ha dictado sentencia contra quienes orquestaron el crimen: los hermanos Domingos y Chiquinho Brazão han sido condenados a 76 años y 3 meses de prisión. Junto a ellos, los ejecutores materiales, Ronnie Lessa (78 años) y Élcio de Queiroz (59 años), ya purgan sus penas tras años de impunidad.
Pero sabemos que la verdadera justicia —la poética, la que no cabe en un expediente— habita en las calles. Allí, la figura de Marielle no se agiganta como una estrella de rock fugaz, sino como la estrella de los techos de chapa. En las noches más oscuras de la favela, su legado guía más que la propia luna, recordándonos que fue una semilla de resistencia que jamás arrodilló su sonrisa frente a las promesas del capital.
Marielle brota hoy del asfalto, pero de esos márgenes olvidados donde todavía, detrás de un árbol, resiste una flor. Hasta allí llega el colibrí. Porque la justicia no es solo una sentencia firme; es la capacidad de volver la vista atrás, extender la mano y seguir volando juntos hacia adelante.
