En un mundo retrógrado, cada vez más cruel e inhumano, gobernado por fanáticos religiosos, criminales de guerra, empresarios inescrupulosos y psicópatas que golpean a indefensos, persiguen diversidades y agreden a la naturaleza, persisten afortunadamente pequeños gestos artísticos que pese a su sencillez –o justamente por eso- multiplican exponencialmente sus efectos revolucionarios. Pueden ser minúsculos, pero son actos luminosos que permiten volver a creer en un mundo donde la bondad, la dignidad y la belleza todavía sean posibles. “Cuanto menos humano es el mundo, más le corresponde al artista creer y hacer creer en una relación del hombre con el mundo”, escribía el filósofo francés Gilles Deleuze en su libro La imagen tiempo, al pensar alternativas a una serie de eventos insoportables o imposibles de ser pensados por su nivel de violencia o brutalidad.
La alusión al libro de Deleuze viene al caso también por la materia propia de su estudio: el cine moderno y su relación con una percepción diferente del tiempo. Es que la última película del realizador santafecino Iván Fund, ganadora este año del Premio del Jurado en el Festival de Berlín, se alinea con una idea del cine donde los personajes sufren una disminución de sus nexos sensoriomotores, están casi impedidos de movimiento, perciben su entorno como un signo óptico y sonoro puro, y evolucionan en planos extensos que registran lo cotidiano y el transcurrir propio del tiempo. La duración prevalece sobre el movimiento en una especie de trance hipnótico donde los personajes deambulan sin accionar, como visionarios, sonámbulos o videntes.
Anika, la niña protagonista de El mensaje, posee aparentemente un don de percepción y sensibilidad especial para conectar con la naturaleza: muchos creen que puede comunicarse con los animales, escuchar sus necesidades, comunicar sus angustias a sus dueños y tender puentes espirituales entre ellos. Esta road-movie grabada en blanco y negro en zonas rurales de la provincia de Entre Ríos acompaña el viaje inmóvil de la protagonista (Anika Bootz, en un debut prometedor), su transformación interior en el paso hacia la adultez, pero opera además transformando el ánimo de sus espectadores, abriendo en medio de tanta oscuridad una hendija a la esperanza en un mundo más humano.
Para el director, “todos tenemos en algún momento de nuestra infancia la fantasía de poder comunicarnos con los animales, o con otros seres. Y de habitar la realidad en ese umbral donde las cosas son todavía posibles y merecedoras de asombro y de esa magia. El mundo de la infancia o la mirada de la infancia es de alguna manera indiscernible de la ficción y del mundo del cine. Ofrecen las mismas virtudes, la posibilidad de celebrar el mundo que tenemos enfrente, de seguir asombrándote de eso y de creer a través de esa magia que las cosas pueden expandirse. Y que la realidad puede ser más rica y compleja de lo que uno cree”.
«Hay que entender el cine o la ficción no como lo contrario a la realidad sino como una herramienta para expandirla, para hacerla crecer, pata poder presentarla en su complejidad y en su tensión»
Acompañada por sus tutores (Mara Bestelli, Marcelo Subiotto), Anika recorre en un pequeño motorhome distintos pueblos del interior profundo entrerriano, respondiendo como médium a las consultas de hombres y mujeres que le pagan por comunicarse con sus mascotas. Fund deja a criterio de los espectadores la evaluación sobre qué tan veraz o fraudulento es el poder sobrenatural que sus mayores dicen que posee. En ese sentido, para el director, tanto la infancia como el cine permiten al espectador conectarse con la posibilidad del asombro: «Hay que entender el cine o la ficción sino como lo contrario a la realidad sio como una herramienta para expandirla, para hacerla crecer, pata poder presentarla en su complejidad y en su tensión. Se trata de que haya espacio para los matices. Y el cine es una de las principales herramientas que tenemos hoy tanto para ejercitar la empatía como para permitirnos acceder al punto de vista de otro, como poder estar ese tiempo compartiendo otro punto de vista, teniendo otras experiencias”.
-Paulo Pécora: ¿Es posible encontrar en El mensaje una suerte de continuidad o culminación de una estética y una temática que venías desarrollando en tus películas anteriores? ¿Se podría decir que el tuyo es un cine de la calma y la paciencia?
-Iván Fund: En estos tiempos donde todo es velocidad y ansiedad, me interesa proponer otro tipo de vínculo con la experiencia de ir al cine, con lo que representa estar viendo una película en una sala. Tiene que ver con una cuestión de cadencia, de ritmo, y con otra forma de involucrarse con la experiencia ver una película, que no sea sólo una cosa de consumo, donde vas a demandar algo, consumirlo y olvidarlo al salir de la sala, sino que sea una invitación a habitar la película, a dialogarla y a llevártela en tu interior. En la situación actual, el cine puede sobrevivir como la experiencia de la duración, como la posibilidad de tener esa experiencia del tiempo y dedicarle un nivel de atención y de cuidado a lo que ves. Que te devuelva algo que hoy ninguna otra disciplina o ninguna otra forma audiovisual te ofrece.
-¿Es una forma de respetar los tiempos propios del espectador, de darle herramientas para que pueda pensar y sentir cosas nuevas?
-Totalmente, y para decir que el cine, en su duración, puede ayudar a expandir la realidad y dejarnos ver que el mundo es mucho más de lo que a veces te venden, que hay otra forma de habitarlo, otra forma de entenderlo. No me propongo nunca hacer una película con tal o cual cadencia, me salen así porque es un poco lo que me convoca como persona. Filmo un poco las películas que yo quisiera ver. Sí hay una elección de dejar fluir el tiempo. Hay una elección clara de respetar la temporalidad y la duración de los planos.
-Pero, a veces, la duración no está tanto en el tiempo que dura, sino en la sencillez de los planos, por lo mínimo y despojado de los elementos que contiene…
-Exacto. Esa sencillez permite enfocarte en lo esencial. Porque no hay acumulación ni contaminación visual. No hay distracciones. Hay una idea de síntesis de elementos que, paradójicamente, te permite abrir más los ojos, te deja ver y concentrarte más en lo que hay en el plano. Es la diferencia entre el sensacionalismo y el sentimiento, por decirlo de algún modo. Hay una invitación a la incertidumbre. Que el espectador vea algo que no está definido de antemano, que exista la posibilidad de misterio y que uno tenga que involucrarse y asimilar esa incertidumbre. La idea es proponer una experiencia más interna, no superficial. Esta es una película que sintetiza y trata de dar una información mínima para invitar al espectador a involucrarse internamente. La clave es construir las tomas y los planos para que sean lo más sintéticos y expresivos posible.
-En ese sentido, ¿lograste un poder de síntesis mayor que en otros films?
-Yo creo que sí, un poco. Cuando la filmábamos, decíamos mitad en serio mitad en broma que esta es mi última-primer película. Porque yo sentía que recopilaba un poco la experiencia que recogí de todas mis películas anteriores y así pude conseguir un trazo mucho más suelto. Pero esa libertad no es la de hacer cualquier cosa sino, al revés, de respetar lo que la película manda. Creo que parte del proceso de crecer como cineasta y de aprender el uso de nuevas herramientas tiene mucho que ver con empezar a respetar más la película, sus tiempos propios, y dejar de lado las pretensiones personales. Capaz tenés una idea a priori, pero tu responsabilidad como director es no negar lo que se está manifestando frente tuyo, que puede ser diferente a lo que tenías planeado. Hay que saber hacerle honor a eso y entonces sí, en ese sentido, se produce un crecimiento. No había tomado tanta conciencia de esto en mis otras películas.



El Mensaje. Anika Bootz y Marcelo Subiotto.
-¿Hay una voluntad documental en tus películas, una idea de respeto por lo real?
-Hay como un ritmo documental o una especie de acercamiento documental a las cosas con la cámara. Cuando hacés un documental salís a buscar algo sin saber con qué te vas a encontrar y tenés que estar continuamente adaptándote. Mi vínculo con el cine tiene que ver con eso. Muchos piensan que una buena película es la que está totalmente bajo control. Sin embargo, para mi tiene que haber un acercamiento más documental porque es como una herramienta de descubrimiento. O sea, yo no sé que voy a buscar, pero sé que algo voy a encontrar.
-¿Es como una forma de encontrarse y de encontrar la película en esa búsqueda?
-Obviamente, pero siempre dentro de un perímetro, que sería el guión o la idea previa que uno tiene antes del rodaje. Pero sabés que eso, que el nombre propio que eso puede tener luego en la escena o en el tono, lo vas a terminar de encontrar ahí, con las cosas que se están manifestando y expresando en la realidad, sin que puedas controlarlas.
-Lo bueno es que tengas esa capacidad de ver lo que se te presenta y adaptar tu idea primigenia a ello…
-Creo que eso también es parte del recorrido, de ir encontrando una forma de trabajo, de ir dándole curso a la manera en la que uno se relaciona con las cosas. Estoy un poco peleado con el proceso secuencial de hacer una película: tener una idea, escribir un guión, traducir ese guión a un rodaje de tantas semanas y después a un montaje determinado. Siento que así se van arrastrando pretensiones de las instancias anteriores, negando lo inesperado, lo que te está proponiendo la vida misma. Creo que la clave está en mezclar un poco todo eso. Hoy se puede guionar mientras se filma y montar mientras se guiona. Hay que tratar de tener la lucidez o la mirada despejada para encontrar e incorporar lo real que sea pertinente para el relato.
-Y en este caso, ¿pudiste adaptarte o las cosas te fueron llevando hacia otro lugar?
-Con Subiotto hablamos de que hicimos un cine materialista, porque uno le hace honor a esa materia que empieza a aparecer en el rodaje, a lo que se enfrenta. Y eso también es muy demandante para el equipo y los actores, porque quieren estar tranquilos y saber de antemano con qué se van a encontrar. Quieren estar preparados. Y con este método les estás imponiendo un juego de incertidumbre permanente que es muy demandante, porque tienen que estar absolutamente enfocados, porque en ese panorama incierto, lo que aparece se impone como muy cierto cuando aparece. Es un poco como el Río de la Plata, un poco de agua dulce y un poco de agua salada, una mezcla entre ficción y documental. Quería la película tuviera ese tono, esa textura más urgente de cine directo, medio documental, pero que también tuviera un trazo de ficción definido.
-La película muestra una realidad atemporal, un mundo visto con los ojos de una niña, a través de las ventanas de una camioneta.
-Quería acompañar el proceso de Anika, la protagonista, que para mí está muy vinculado a mi relación con el cine también, que es ese momento donde uno empieza a crecer y empieza a dejar de creer, y empieza a querer volver a creer. Eso es lo que a mí me pasa. Hay algo de eso, de esa inocencia que toma otra forma. Que ahora depende de uno mantenerla viva. Como que ahora demanda una acción. Que antes estaba, pero ahora demanda una responsabilidad de uno. Empezar a entender cómo funciona el mundo y seguir siendo como queremos ser o no.
-Es ver el mundo con una mirada pura, ingenua, que todavía cree que hay algo para asombrarse, donde la belleza, la bondad y la piedad parecen todavía posibles.
-Creo que por más que esté describiendo la peor de las situaciones o la más angustiante de las historias, la responsabilidad del cineasta es no tirarle al espectador el peso de su angustia o su pesimismo, sino ofrecerle al menos una rendija de luz. En medio de todo lo malo, mi responsabilidad es proponer alguna solución o alguna idea de solución. Aunque sea algo mínimo. Siempre tiene que haber lugar para un poco de optimismo. Como decía Aki Kaurismaki, cuando todo está perdido no hay lugar para el pesimismo.
-En un contexto donde la crueldad y el odio prevalecen, vos proponés una película que habla de la posibilidad de un mundo diferente, más humano.
Parece un acto revolucionario. Parece una película subversiva incluso, porque al parecer la gente ya no cree en la belleza ni en la solidaridad. Sin embargo, yo creo que sí, que mucha gente cree a pesar del discurso predominante. Una cosa es el discurso y otra cosa es encontrarse cuerpo a cuerpo. Porque en el proceso mismo de hacer una película te das cuenta que la gente abre las puertas de su casa, la gente quiere ser partícipe de un hecho cultural. Cuando uno empieza a encontrarse con las personas hay una rispidez que dura los primeros minutos, pero después te das cuenta de que ahí todavía hay ganas de creer en algo mejor. La gente se pone una especie de coraza frente a los sentimientos y no deja fluir sus emociones. Estamos acostumbrados a que todo parezca un ataque o una confrontación, pero luego ves que no existe tal cosa, que todos tratamos de hacer lo que podemos, que nos necesitamos unos a otros, que somos parte de una comunidad.
-¿Hay una forma distinta de concebir a la familia, como algo que se elige?
-Para mí hay algo clave en eso. Quería que todo transcurriera o se viera desde adentro de ese núcleo familiar, cuyo hogar es esa camionetita, desde donde vemos un mundo más o menos amable, más o menos desolado, a través del marco de las ventanillas de ese vehículo, a través de la mirada de esa niña. Por momentos, esa ventanilla se convierte literalmente en la pantalla de cine. Es la visión de alguien concreto que está mirando y observando algo desde esa camioneta.
-También es una familia que parece una banda de chantas, aunque queribles…
-No se sabe si lo que prometen es cierto o no, y tampoco importa. La idea era explorar la necesidad de creer de la gente, la necesidad de que alguien les haga creer en algo. Anika, de alguna manera, representa a la persona que les hace creer en la posibilidad de comunicarse con sus mascotas o con sus seres queridos. Es un acto de fe, si se quiere, en el sentido más humano y benevolente, no para embaucarlos sino para hacerles bien. La ficción se transforma en la posibilidad de acceder al mundo, no para negarlo, sino para expandirlo. Es una forma de hacer bien a las personas que lo necesitan. Una herramienta para recuperar el mundo, para salir a encontrarnos con las cosas reales, con otros seres humanos y con los animales, en este caso.
-Los animales están siempre presentes en tus películas. ¿Por qué te interesan tanto?
-Para mi el cine es un acto de presencia y, en ese sentido, los animales son pura presencia. Saben estar en el mundo. Uno puede estar una hora mirando a un perro, un gato. No hay nada más que eso. Saber estar. Y además un animal es siempre una presencia espiritualmente muy benevolente en un film. Cualquier película con un animal es mejor. Ojalá siempre pueda seguir filmando con animales. Hay algo de eso que tiene que ver con la presencia y el descubrimiento, pero también con esa sorpresa, que yo creo que tanto los animales, los niños y los buenos actores te dan, que es ese caos de incertidumbre, ya que todo el tiempo están proponiendo algo verdadero.
«El Mensaje» en el MALBA
Domingo 27 de julio de 2025 a las 20:00
Domingo 03 de agosto de 2025 a las 20:00
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