Recuperar la infancia a veces implica recuperar las calles del barrio de origen, cómo se jugaba con los vecinos, cómo se festejaba el carnaval o un cumpleaños, qué rituales armábamos para encontrarnos con otros. Eso hace Juan Diego Incardona en “Villa Celina”, el libro que inauguró su saga sobre esa parte del conurbano bonaerense, precisamente La Matanza, y ahora se reedita 18 años después de su primera publicación.
En un meet previo a una clase del taller que comanda los miércoles, el autor habló con Negras&Blancas sobre la llegada a las librerías de esta reedición con ilustraciones del artista plástico Daniel Santoro. Incardona define a “Villa Celina” como “una novela episódica, novela en relatos, fragmentada y unida a la vez” en la que conviven las historias del Hombre Gato, Pity Álvarez y el perro callejero Dos Narices.
El también autor de “Objetos maravillosos”, “El Campito”, “La culpa fue de la noche” y “Quebranto”, entre otros títulos, está escribiendo su noveno libro: “República Argentina de los muertos”. Adelanta que es “una novela de acción y aventura que ocurre en el más allá de Argentina. Tiene algo parecido a ‘El campito’ pero, en este caso, todo de fantasmas”.
La escritura de ficción está acompañada en el último tiempo por su trabajo, primero, como director de la Casa de la Provincia de Buenos Aires, durante 2020 y 2021, y después como parte del Plan de lectura y escritura bonaerense, tarea que lo lleva a recorrer escuelas secundarias, profesorados y motorizar capacitaciones docentes.
A estos roles se debe sumar en la vida de Incardona los talleres de escritura, una actividad que sostiene desde hace 18 años. “En febrero de 2016 empecé con un proyecto que se llama Taller Eterno y no tiene fin. Entran y pueden hacer taller hasta el día que se mueren, es como un pacto con el diablo. Hay más de 100 personas, muchos pasaron por otros grupos, se formaron parejas, algunos tuvieron hijos. Muchos nos hicimos amigos. El Taller Eterno tuvo muchos grupos distintos, cada uno con su nombre, su época: ‘Detectives de la elipsis’, ‘Hipnotizados por el dato’, ‘Miércoles de ceniza’. Muchos ya no vienen a los talleres pero nos compartimos lecturas, recomendaciones”, describe sobre la tarea que lo espera cuando termine esta entrevista.
“Para muchos escritores de nuestro país los talleres surgieron como una posibilidad de laburo, pero se fueron profesionalizando mucho. Le dieron una dimensión social real a una actividad real como es la escritura que es un poco solitaria”.

-Emilia Racciatti: ¿Cómo organizás la dinámica del taller actual?
– Diego Incardona: Los talleres siempre fueron presenciales, salvo en pandemia. Dentro de toda la oferta de talleres hay un montón de abordajes y temáticas distintas. En la dinámica del taller eterno primero está la lectura. Desde el principio empecé a dar programas. Muchos de los alumnos fueron docentes del taller. El año pasado, por ejemplo, en el taller “Divino tesoro”, solo di cuentos norteamericanos. Hoy vamos a arrancar con ellos un programa de cuentos latinoamericanos entonces tiene algo de curso progresivo donde vamos viendo autores, épocas, corrientes. Al ser un género breve, el cuento es bastante práctico para trabajar.
-Yendo a “Villa Celina”, ¿qué número de reedición es esta?
-Hubo varias. En 2008 sale la primera en Norma que tiene otra de las ilustraciones de Santoro en la tapa: la del cuento “El túnel de los nazis” que se asemeja un poco a “El grito” de Munch. Después Norma sacó una edición de bolsillo. Más tarde Interzona lo reeditó junto a los que siguieron a esa saga en 2016. Tuvo distintas tapas como la foto de un incendio, de un profesor de dibujo de escuelas de Celina, Pancho Sorrentino, fotógrafo aficionado que fue documentando la zona de Celina desde los 50, 60. Ahora salió esta tapa de Santoro que es una ilustración del cuento “La chinela de Don Juan”.
-¿Cómo fue la decisión de que Santoro ilustrara algunos de los cuentos? ¿El eligió cuáles ilustrar?
-Sí, en 2007 fui a su casa, le llevé los cuentos y él decidió qué ilustrar. Al libro le fue muy bien. Tuvo muchas reseñas, Sarlo escribió un ensayo sobre el libro. Se leyó y se lee mucho en las escuelas. Los dibujos le dieron una sustancia adicional. Santoro tiene un universo y una destreza técnica tremenda. Para mí es un honor. Nunca se me ocurrió sacarlos.

-Tanto él como vos tienen una mirada sobre el conurbano, lo popular que no implica transformar nada en kitsch que supone cierta distancia…
-Si, además este es un libro muy autobiográfico, está atravesado por todas las anécdotas que en ese momento recuperaba para poder hilvanar los distintos relatos. A algunos los veo muy precarios, muy simples. Uno va madurando como escritor, publicando, tratando de mejorar su técnica, su estilo y sin embargo varios de esos cuentos son los preferidos de muchos lectores porque tal vez tienen que ver con lo vivido y con algo que es difícil de inventar: la emoción a flor de piel. Quizás no hay un narrador muy original, pero hay una enunciación directa de los hechos que de por sí tienen esa fuerza atrapante.
-Esto que decís del narrador hace que se aleje de un género como el policial muchas veces ligado a la narración sobre el conurbano como el policial.
-Creo que en la saga hubo una evolución. Es verdad que nunca escribí policial. No creo que esté mal usarlo, muchas veces los géneros terminan siendo filtros interesantes para narrar algo tan desproporcionado como el conurbano. En mi caso fue la ciencia ficción, un género que aparece en “Las estrellas federales” o en “Rock barrial”. En el realismo de “Villa Celina” se unifican lo vivido con los gustos de la lectura. “Villa Celina” fue una colección de anécdotas y en los siguientes libros hubo más espacio para imaginar, inventar. En ese sentido, mas allá del color local nunca hubo cuadro de costumbres impidiendo el hilo conductor de la narración. En estos cuentos hay hechos extraordinarios, no tanto la vida folclórica de cada día sino algo especial que ocurre por única vez. Son anécdotas o situaciones fuera de lo común que, por momentos, se vuelven insólitas y que se aproximan bastante a lo que es el realismo mágico. No fue algo buscado pero pasó. La cultura popular no quedó anclada a un cuadro de costumbres sino a una narración muy activa y por momentos alucinada, onírica. Hay cuentos que se envuelven en atmosferas fantásticas o personajes que son medio maravillosos como El Hombre Gato, a quien no inventé sino que vino a Villa Celina de verdad. Podría ser un personaje del realismo mágico pero no, fue una aparición que irrumpió en muchos barrios del conurbano bonaerense. Termina siendo otra experiencia vivida llevada a la escritura en este caso.

-En tu obra lo fragmentario está muy presente. En “Quebranto”, las distintas voces que van recuperando un duelo y a una persona que falleció pueden leerse como cuentos o como una novela. Lo mismo pasa con “Villa Celina”…
-De hecho novelas estrictamente hablando son solamente “El campito” y “Las estrellas federales” que tienen una continuidad de la trama. Pero “Villa Celina” o “Rock barrial” y “Quebranto” son libros de cuentos o novelas en relatos. No sé como pensarlos. Es el mismo narrador pero los relatos se pueden leer de manera independiente. “Villa Celina” es una novela episódica, novela en relatos, fragmentada y unida a la vez.
–César González dice que la literatura y la pintura nacional han representado a los sectores populares con muchísima más dignidad que el cine y la televisión. ¿Coincidís?
-Coincido porque durante muchas décadas la literatura ha tenido un canon donde los autores que han ficcionalizado o trabajado lo periférico, el Gran Buenos Aires o la periferia de alguna gran ciudad de Argentina, en general, al no pertenecer a ese lugar, hacían un uso más ilustrado. Esto puede ser muy virtuoso, podemos hablar de la gauchesca donde aparece el gaucho y sus penurias y hay un uso exquisito del lenguaje. No es que los gauchos hablan así. Como decía Borges, hay un uso ilustrado del otro. No es el otro el que está hablando en rima en el Martin Fierro. Cada vez que hay un viaje hacia las afueras aparece cierto exotismo. Obviamente que hubo autores como Pedro Chapa, en La Matanza, que fue publicado pero no era conocido de manera canónica. Quizás los grandes autores o autoras que se publicaban en Buenos Aires tenían un conurbano como el Adrogué de Borges. En Silvina Ocampo hay algún cuento que transcurre en una quinta medio apartada pero es muy distinto lo que pasa en “Flores robadas en los jardines de Quilmes”, de (Jorge) Asís, o en “Lanús”, de (Sergio) Olguin. El fenómeno para mí es post 2001 cuando muchos narradores y narradoras empezamos a trabajar esta zona geográfica y cultural. Mi intención desde el comienzo fue que eso no quedara anclado dentro del folclore local. No quería hacer una literatura que fuera barrialista sino tomar estrategias para hacer una literatura que siempre es universal porque ya sea en Villa Celina, en París o en la Comala de Rulfo, la Santa Marina de Onetti o en La Macondo de García Marquez hay temas que son universales como la traición, el amor, la familia. Por eso uno puede leer a Mariana Enriquez, Leo Oyola, a Leandro Álvalos Blacha, German Maggiori o Dolores Reyes, por citar a algunos, que ubican sus ficciones en zonas periféricas pero también está leyendo historias que pueden ser interesantes para cualquier lector del mundo, como nos pasa cuando leernos una historia de la literatura rusa, alemana o latinoamericana que tiene una ubicación precisa pero una trama atrapante donde dos hermanos se pelean. En ese sentido en “Villa Celina” se ven los 90, la dictadura, los 80 y el 2001 pero hay personajes que viven, interactúan. Una obra literaria nunca se puede encorsetar en los límites de la realidad.
-En un momento en el que se corre todo el tiempo el verosímil para pensar la idea de realidad, ¿qué lugar tiene la literatura para pensar la política desde otro lugar?
-La literatura siempre está, con sus tiempos. Es rara porque uno desde la literatura no está subido a la agenda del día a día. Con el paso del tiempo, los textos pasan a ser documentos valiosos, artísticos ya sea de la literatura, el teatro, la música, las canciones. Con el paso del tiempo, “Villa Celina” pasó a ser muy leído en las ciencias sociales. No es algo que yo busqué pero he ido muchas veces a las carreras de trabajo social, sociología, ciencias de la comunicación.
La literatura argentina siempre fue muy política. En “El Matadero”, como cuento fundacional, ya aparece la división de unitarios y federales o las referencias a personajes históricos. Nuestra literatura siempre tuvo esa tendencia a literaturizar los hechos e la realidad. Eso se lee con delay, uno necesita esa distancia espacial y temporal para poder ver algunas cosas. No sé si se puede ver tan de cerca. La literatura no es solo leer y escribir. Hay todo un universo desde las bibliotecas popular, los clubes de lectura, las librerías, los ciclos, la autogestión, las editoriales, los talleres donde a veces hay una circulación de textos que es previa a la del mercado editorial.
-Hay un cuento sobre el Pity Álvarez y la amistad compartida. ¿Supiste si lo leyó?
-No lo veo hace más de 20 años, fuimos amigos en la escuela, nos rateamos siempre juntos, fui mucho a ver a Viejas Locas al comienzo. Después lo dejé de ver, él se fue haciendo famoso y yo fui siguiendo su carrera. Cuando empecé a escribir “Villa Celina”, Pity era un personaje muy magnético que estaba en ese universo. Sé por un amigo en común que cuando salió este texto, en una edición de la revista Rolling Stone, lo leyó y preguntó por mí. Yo todavía, hasta el 2008, vendía por la calle. Preguntó qué es de la vida de Chorza, que era mi apodo, le dijeron “escribe cuentos y vende anillos por la calle”. Y respondió: “Ah yo sabía que el Chorza iba a terminar en algo raro”. Es un personaje entrañable.
Foto: Silvio Rodríguez en Buenos Aires, 2025. Autor: Kaloian Santos.
En 1992, tres años después de la caída del muro de Berlín y a meses del derrape total de la Unión Soviética, Silvio Rodríguez repetía una frase descriptiva del momento en la tercera canción del disco “Silvio”, que lanzó ese año: “Brillante exposición / de modas / la desilusión”, cantaba el cubano con melodiosa y melancólica voz. No era su propósito principal, tal vez, pero la canción aromaba bien sobre una economía cubana que estaba perdiendo el 85 por ciento de su comercio internacional -con todo lo que ello implicó, visto desde hoy- a causa del colapso.
Otros temas de aquel disco, hermosos como siempre, bordaban la misma huella. “Monólogo”, “El necio” –sobre todo- o la instrumental “Crisis”, entre ellos. Arrancaba así el Silvio pos revolucionario. El del período especial. El del nacionalismo que vuelve como en los días del Movimiento 26 de julio y le gana al internacionalismo que primaría luego. El que empezaría, tenue, a dar un vuelco de timón a su pluma que se expresaría pleno en discos posteriores. La tornaría más subjetiva, martiana más que marxiana, tras la colisión del ideario materialista (“Martí me habló de la amistad /y creo en él / cada día /aunque la cruda economía /ha dado luz / a otra verdad. “Juego que me regaló un 6 de enero”). Distinto, a partir de ahí, sería el tono de sus canciones.
Pero también portaba sobre sus espaldas un pasado. Y de los pasados bellos no es fácil salir, claro. Mucho menos de ese que precedió el derrumbe llamado Causas y azares. Publicado en enero de 1986, un pelito antes de los inicios de la perestroika y la glasnost que impregnarían, inevitable aunque forzadamente, la cultura cubana. Fue el séptimo disco del cubano -que está cumpliendo 40 años- y tenía como contexto los últimos fragmentos del lado latinoamericano de la revolución. Fidel Castro estaba a poco de pronunciar un discurso clave bajo el título de “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”, en el que exigía mejoras edilicias y cambios en la libreta de racionamiento que evitaba el hambre en la isla, a la vez que propiciaba una reactivación de la economía por medio de un proceso de sustitución de importaciones, de la búsqueda de un equilibrio en la balanza comercial y de un incremento en la productividad del trabajo a través de la descentralización de las decisiones. Pujaba en este sentido el “Movimiento de los Contingentes”, grupo de trabajadores voluntarios que dirigía personalmente el propio Fidel y trabajaba en obras públicas en general.
Por otra parte, el paisaje cultural –música incluida, claro- experimentaba mutaciones que los cubanos defendían hacia afuera, pero discutían dentro. “Lo critico en Cuba. Le puede dar armas al enemigo, y no me da la gana darle armas al enemigo”, decía Rodríguez a sus 40 años y eso se trasluce, sutilmente, en algunas canciones del disco cumpleañero. “Cuba es un país en ebullición constante y constantemente se está transformando”, eran otras palabras epocales del trovador, cuyas músicas se transformaban entonces al son de su patria.
En esas cosas andaba la Cuba de Causas y Azares, trabajo dedicado al poeta Luis Rogelio Nogueras que Rodríguez había comenzado a cranear dos años antes, en 1984, con un elenco musical que lo distanciaba ciertamente de sus tiempos trovadores. Un deceto con teclados, saxo, trompetas, bajo, piano, tumbadoras y batería al servicio de los nuevos aires que surcaban la isla. Afrocuba de Matanzas era pues la big band afrocubana dirigida entonces por Oriente López. Extraña posibilidad de sinergia al principio, trovador y orquesta terminarían edificando un sólido puñado de canciones “puras” más luego arropadas por sonidos caribeños, alquímicas y populares, de esas que se escuchaban y se escuchan aún a diario en cualquier esquina de La Habana. “Tú sabes que yo soy cubano y Cuba es la patria de la salsa. Lo que se llama salsa ahora, que es el ´son´ para nosotros, y los distintos ritmos de nuestra música, son cosas que uno las está escuchando desde pequeño”, explicaba Silvio entonces al periodista chileno Álvaro Godoy ya con Causas y Azares caminado, y momentos previos a aquel apoteósico concierto que el músico dio en el Estadio Víctor Jara ante 80 mil personas, en 1990.
Que Causas y Azares haya sido grabado en los estudios “Sonoland” de España le aportaba un plus en su buen sonido, y que sus canciones englobaran su minuto cero desde 1967, tornaban al trabajo una ajustada síntesis de lo que Silvio sentía y pensaba de la revolución. En rigor, algunas piezas provenían de fines de la década del sesenta, cuando el ideario estaba intacto, y la lucha era norma. Otras, del fluctuante decenio del setenta, que pasó de años en que la lucha impregnaba muchos países en su derredor a su contracara. Y un tercer bloque ya sí más cerca de la edición final, y del período contextualizado en estas líneas.
Originalmente publicado en vinilo doble –un incunable a esta altura- por el sello EGREM, concentra Causas y Azares catorce verdaderas perlas que esconden su secreto en el predicho sincretismo que el trovador y atrevido Silvio –todos los temas son suyos- pudo lograr con la orquesta dirigida por Oriente, bajo producción por el pianista Frank Fernández. Alquímico, diverso, andador, la obra viaja hacia atrás mediante una versión alternativa –con salsita de la buena- de “Cuando digo futuro”, cuya grabación original proviene de 1969, y permite a la comarca sonora de Afrocuba desplegarse en su esplendor rítmico. La sinergia repite en canciones como “El mayor”, “Hallazgo de las piedras, Te conozco” –como olvidar la belleza de su coda-, “Canto arena” y la epónima, tal vez la que mejor representa el sentido del disco, por su mezcla de lirismo y energía.
El mensaje de las letras, que por supuesto no es todo ni mucho menos en el arte de Silvio, se lleva loas en “Canción en harapos”, cuya historia enfatiza la hipocresía de los intelectuales de izquierda, que proliferaban entonces –y aún- en el orbe occidental. Otra arista del más ecléctico disco del natural de San Antonio de los Baños, está dada por el lirismo con swing que conlleva “Solo el amor” y esa inmaculada preciosura llamada “En mi calle”, tema que inexplicablemente nunca alcanzó el pedestal de clásico.
Causas y azares contempla también pinceladas implícitas de ese rock que tantos problemas le había traído al músico por asumirse cercano a él. Por ejemplo, cuando en el temprano 69` fue despedido del programa televisivo “Mientras Tanto”, porque había hablado asertivamente de The Beatles. No hubo bien que por mal no venga, empero, porque esa circunstancia lo que lo instó a embarcarse en el Playa Girón y componer en altamar varios de sus más preciados clásicos.
El incidente sufrido por Silvio entonces no era cosa esporádica, entre las sombras revolucionarias. No era fácil la cosa para ciertos religiosos y habitualmente se perseguía, en el otro borde moral, a pelilargos y rockeros acusados de “diversionismo ideológico”. Los jóvenes, más que “divertirse ideológicamente”, eran alistados en las tropas para combatir en Angola o Etiopía donde tal vez morían muchos de ellos sin haber escuchado las gemas de Lennon-McCartney jamás.
Silvio sí las había escuchado bien y los amaba, como atestigua en “Quien Fuera”, del citado disco que lleva su nombre (“Estoy buscando melodía / Para tener como llamarte / ¿Quién fuera ruiseñor? / ¿Quién fuera Lennon y McCartney / Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque? / ¿Quién fuera tu trovador?”). Puntualmente, la influencia del rock a lo beatle en Causas y Azares es otra “disruptiva” y posible forma de volver sobre sus pasos. Las líneas de guitarra eléctrica de Fernando Calveiro en “Sueño de una noche de verano” es un ejemplo claro de ello. Sus armonías, su impronta blusera –porque Silvio también amaba al negro yanqui Leadbelly-, la sólida base bajo-batería, que le aportan Omar Hernández y Oscar Valdés Moreno, y la rispidez de la pocas veces ríspida voz de Silvio también hablan de ello. “En mi sábana blanca / Vertieron hollín / Han echado basura / En mi verde jardín / Si capturo al culpable / De tanto desastre / Lo va a lamentar”.
Esta especie de “desobediencia” musical impregna asimismo en “Boga Boga”, pieza que podría caber dentro de la tradición de fusión entre rock y tambores, que venían ejerciendo los hermanos Fattoruso, el “Negro” Rada o Jaime Roos en Uruguay. También en el pelo largo del “pintor de las mujeres soles” y en el atrevido del tropicalismo brasileño del que Silvio era fan.
Causas y Azares fue además el primer disco que el cubano publicó tras su primera visita a la Argentina en 1984, cuando sus temas –aquí, allá y todas partes- se erigían como lanzas de amor y lucha contra las dictaduras. Se colaban por todos los ambientes. Incluso adelantó dos años en aquel inolvidable Obras junto a Pablo Milanés. “Historia de las sillas”, tema compuesto en 1966 cuya letra muestra claro no solo su amor por José Martí y su visión sobre la amistad, sino también la fórmula de “rosas, banderas y arsenal” que surca y compendia su obra: “En la punta del amor viaja el amigo / en la punta más aguda que hay que ver / Esa punta que lo mismo cava en tierra / que en las ruinas, que en un rastro de mujer / Es por eso que es soldado y es amante / es por eso que es madera y es metal / es por eso que lo mismo siembra rosas / que razones de bandera y arsenal”.
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