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Editorial

Hernán Ronsino: “Leer implica pasar por zonas complejas que te interrogan”

“Hay muchas formas de convertirse en lector. Tantas como personas existen. Y esos caminos intrincados que llevan a leer muchas veces se dan por espacios ajenos a las bibliotecas o a las escuelas”, dice Hernán Ronsino en el texto que abre “Antes de leer”, uno de sus libros más recientes y que reflexiona sobre la persistencia de esa experiencia.
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Foto: Hernán Ronsino por Alejandro Guyot

“Hay muchas formas de convertirse en lector. Tantas como personas existen. Y esos caminos intrincados que llevan a leer muchas veces se dan por espacios ajenos a las bibliotecas o a las escuelas”, dice Hernán Ronsino en el texto que abre “Antes de leer”, uno de sus libros más recientes y en el que a través de 15 ensayos se puede armar su mapa de autores y autoras con los que fue generando conversaciones en estos años.

Así se fue motorizando la escritura de una obra en la que están las novelas “La descomposición”, “Glaxo”, “Lumbre”, “Cameron” y “Una música” y los cuentos reunidos en “Caballo de verano”. Pero ese mapa puede leerse en línea directa con “Notas de campo”, una recopilación de escritos en los que está el territorio pampeano como escenario clave para comenzar una vida literaria.

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Publicado por Ediciones Bonaerenses, “Antes de leer” también se puede leer de manera gratuita en https://edicionesbonaerenses.sg.gba.gob.ar/gestion-abierta/ y salió casi a la par de “Vida y obra de algunas nubes”, un trabajo con textos de Ronsino y dibujos de Christian Montenegro editado por el sello Limonero. La propuesta invita a mirar las nubes como espacio de condensación de historias que ayudan despegar la mirada hacia el cielo para imaginarlas o pensar su posible continuidad.

Emilia Racciatti: -“Antes de leer” puede leerse en diálogo con “Notas de campo”, los dos dan cuenta de ese universo que alimenta tus ficciones. ¿Cómo los fuiste trabajando?

-Hernán Ronsino: Estos textos se escribieron después de “Notas de campo”, hay algunos, como el de Martínez Estrada, que están en los dos. Hay una cercanía en el modo de trabajar los textos, el cruce entre lo autobiográfico, el ensayo libre y la reflexión sobre algunos autores. Fueron apareciendo, los fui preparando para distintas publicaciones como la revista chilena Santiago, o discursos para ferias del libro o la catedra Bolaño de la Universidad Diego Portales que es el último texto del libro. Tienen distintos orígenes, pero todos están pensando un puñado de temas que son los que me interesan.

-Entre los dos libros, se puede armar una escena fundante con tu madre como protagonista. En “Notas de campo”, contás la fundación de la biblioteca familiar cuando le regalan un Martín Fierro y en “Antes de leer” encontrás su diario. ¿Cómo reconocés esa herencia y ese legado?

-A la vez está la tradición oral del taller mecánico de mi viejo y todo lo que resonaba ahí. “Antes de leer” tiene que ver con esas escenas fundantes que se daban antes de llegar a los libros que estaban en esa biblioteca fundada por mi vieja tan silenciosamente. Siempre tuve ganas de escribir algo sobre el viaje de la familia de mi madre de Italia hacía acá. Fui a conocer ese pueblito. Conocía los relatos de mi abuelo y abuela que estuvieron en la guerra pero al estar ahí completé el tránsito que hicieron.

-Una inmigración que se vio en tensión con la lengua, había que apropiarse de una lengua después de una guerra…

-Totalmente, vivir una guerra, dejar todo para irse a un lugar que es imaginario como Argentina y después adaptarse a una lengua nueva. Uno se muda hoy y parece tremendo pero hacer ese viaje en esa época es muy difícil porque eran viajes definitivos. Mi abuela nunca más vio a su madre. Estaban muy presentes las cartas, recuerdo los colores de los sellos de Italia.

-Hablando de escenas fundantes, Gaspar Astarita, el escritor del pueblo, que se dedicaba a escribir sobre otros autores, es el primero citado en el libro y en tu imaginario de la figura del escritor. ¿Cómo fue la invitación de su hija a acercarte a su archivo?

-Después de su muerte me pasó parte de su archivo. Fue muy impresionante porque tengo sus manuscritos, la investigación de sus libros. Fue ver el método de trabajo. Ver eso que me imaginaba. Verlo siempre andando en bici me hacía sentir que el tipo estaba metido en un mundo propio y eso me fascinaba. Era la fantasía que me hacía. Fue el biógrafo de Cortázar, contó los días en los que Cortázar estuvo en Chivilcoy.  Y empezó a escribir de grande, después de los 50, era periodista y dirigía un diario muy chiquito en el pueblo y también tenía un vínculo muy estrecho con el lunfardo y todo el mundo del tango. Escribió sobre Pascual Contursi y Argentino Galván que eran figuras que tenían un vínculo fuerte con Chivilcoy.

-En muchas obras hay una zona pero con el escritor lejos, con la ficción como espacio para conectar con ese origen.  En tu caso, con estos libros como “Notas…” y “Antes…”, la sensación es que ese vínculo sigue muy vivo y se sigue alimentando, no está sólo en la ficción.

-Sí, de hecho ahora te hablo desde Chivilcoy. Ya no vivo ahí desde hace 30 años pero está mi familia, mis padres. Este vínculo se mantiene más allá de lo familiar y los amigos, en un momento con talleres, después lo alimentaron los libros. Me invitan cada tanto a alguna escuela o ese texto en el que hablo de Astarita fue el discurso con el que inauguré la feria del libro de Chivilcoy hace unos años. O sea, hay un vínculo que se reformuló. Chivilcoy no es solamente un imaginario.

-¿Cuales son esos libros que convocan una conversación en una escuela?

-Los cuentos pero fundamentalmente la lectura de “Glaxo”, novela de la que se está haciendo la película y hay una expectativa ahí.

-¿Se está filmando en Brasil con Lali Espósito como una de las protagonistas? ¿Participaste de la adaptación?

-Se acaba de terminar de filmar, hace unos días lo vi al director que estuvo filmando en el sur de Brasil. La elección del lugar fue una decisión de la producción. No participé del guion, fue una tarea del director. Hace unos ocho años que está dando vueltas el proyecto con esta productora brasilera que se interesó, después se sumó el director pero no tengo ninguna participación. De hecho, no leí el guion y me lo guardo para ver después todo. Sé que hubo cambios: no son cuatro épocas como en la novela, sino que hay dos y la película sucede en la década del 50 y los 80. Los saltos tienen que ver con esos dos tiempos. Es una gran producción. La productora es la que hizo “Aun estoy aquí”. (Benjamín) Naishtat es un gran director, lo venía siguiendo porque me interesaba, había visto sus películas. Eso me ayudó a soltar. Hay un gran equipo y yo no tengo nada que hacer.

«No pretendo institucionalizar la literatura ni pensarla como un museo pero en términos de lectura implica poner el cuerpo. En términos de percepción, leer textos que toman riesgos estéticos y que producen un recorrido, quizás no se corresponden con los tiempos de la virtualidad, el consumo instantáneo e inmediato»

-En “Antes de leer”, retomás una frase de Casciari: “La literatura no me interesa” para pensar esa diferencia entre la literatura y una forma de leer. ¿Qué te interesa de ese debate?

-No pretendo institucionalizar la literatura ni pensarla como un museo pero en términos de lectura implica poner el cuerpo. En términos de percepción, leer textos que toman riesgos estéticos y que producen un recorrido, quizás no se corresponden con los tiempos de la virtualidad, el consumo instantáneo e inmediato. Por eso hablo ahí del consumo de los podcasts y los audiolibros que escucho y no los cuestiono sino que es una forma de consumir historias con una reversión contemporánea de la radio pero leer implica tener tiempo, esperar, incluso pasar por zonas complejas que te interrogan y tenés que volver a leer porque no entendés. En esa expresión de Casciari veía una especie de síntoma de época que dice “esto ya pasó, ya fue y ahora hay que adaptarse a los tiempos”. ¿Qué haríamos con Joyce, con Saer?

-Incluso a veces no es tan transparente lo que hace la literatura con uno…

-En ese sentido, pensaba en la influencia de los diarios de mi vieja. Como te van marcando cosas que no son tan explícitas, ni tan obvias y a veces están condensadas en los silencios y eso te marca y es parte de la lectura. Esa literatura no sólo te demanda un tiempo construirla, también te pide condiciones de lectura que no sea solo para hacer un TikTok. Hay un gran desafío ahí del lugar de la crítica que conocimos en otros años, en los diarios, el lugar que le daban a la critica de libros y el lugar que tienen cada vez más los influencers que no hacen crítica, es otra cosa. Somos contemporáneos de esa transformación. Yo publiqué mi primer libro en 2007 y la primera critica la sacó Sarlo. Yo me paralicé. Desde ese momento hasta hoy el cambio en relación a la lectura, la crítica, la forma de circulación de los libros es notable.

-En un tiempo en el que la discusión política está tan fragmentada, está en discusión la zona de conversación de la política, ¿qué crees que puede aportar la literatura? ¿La ficción puede ser un espacio para pensar otras formas de hacer política?

-Es un gran desafío no perder la potencia de la literatura, cuáles son las herramientas y el efecto que genera. En ese sentido, hoy más que nunca es un espacio de interrogación en el presente, de hacerle preguntas e imponer otra temporalidad porque el que lee tiene que armar las condiciones para ese momento. Cada vez más. Hay un libro infantil de Nicolas Schuff que se llama “Las interrupciones” y cuenta cómo un escritor quiere escribir una historia y hay algo que lo saca. El combate con la interrupción siempre existió, pero hoy es más fuerte.

-Seguís dando clases en la universidad. ¿Cómo ves el debate en ese ámbito?

-Sí, doy clases en la UBA (Universidad de Buenos Aires) y en la UNA (Universidad Nacional de las Artes). En la UBA, sociología y en la UNA, taller de narrativa 2 donde tienen que empezar a trabajar una novela. En la UNA me sorprendió ver una cosa vital, apasionada, una comunidad que estaba queriendo dialogar. Diálogo e interés por pensar la escritura.

En la UBA, estoy en el CBC, me encanta ese espacio porque es de una diversidad de gente que ingresa con la ilusión de la universidad. Hace 20 años que estoy en esa materia y puedo ver la gran transformación, cómo transitan las materias. El otro día encontré unos listados en la que tenía anotados 140 alumnos y este año fueron 38. Eso se fue dando en los últimos 10 años, en los que hubo una baja importantísima. Las universidades del conurbano también hicieron que la gente se quede a estudiar cerca de sus casas pero también lo que significa estudiar una carrera. Hoy tenes que seguir validando un título después de obtenerlo, y no te garantiza nada. Siempre fue un gran motor de progreso y transformación social, hoy se precarizó, hay algo para pensar ahí. Tengo muchos alumnos que van a la universidad pública, votan a Milei y la discusión se da. Soy muy cuidadoso pero trato de entender esa contradicción.  

-Al mismo tiempo en estos días se publicó “Vida y obra de algunas nubes”. ¿Qué te motivó a trabajar esos textos?

-Los editores de Limonero me decían que les gustaría tener un texto mío en el catálogo. De hecho la literatura infantil juvenil siempre me interesó. Me encantó la propuesta pero también fue pensar cómo encontrarle la vuelta porque soy muy respetuoso del formato. A veces algunos autores se ponen a escribir en diminutivo y creen que ya tienen el texto para chicos.

-Es un libro que le podes regalar a un niño pero también a un adulto.

-Eso me encantaba, que fuera un formato abierto. En un verano apareció la idea, escribí tres o cuatro historias y se las mandé a los editores para ver si les gustaba la idea del libro, la cantidad de historias, que fueran sobre nubes. Las leyeron y fui para adelante, seguí escribiendo el resto del libro. Yo escribí el texto solo, sabiendo que iba a ser ilustrado, pero después apareció Montenegro y tiene su propia identidad el recorrido de los dibujos. Eso me pareció genial, el recorrido de los dibujos me gusta mucho. Encontramos la afinidad, el ensamble, pero sucedió después. Difícil, pero quedó un objeto precioso. Más que nada un terreno de la imaginación, como un terreno político también que interroga y disputa algo al mundo de las redes y el consumo constante. Eso me gusta mucho de ese libro. La imaginación como un territorio que no podemos perder. La imaginación al poder.


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Emilia Racciatti

Periodista - Licenciada en Ciencias de la Comunicación - Letra P / Radio AM 530
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