Suena un piano epifánico, reverberante y coral, y la cantante catalana Rosalía, de 33 años, comienza el viaje místico de su nuevo disco LUX con las oscuras cuerdas de la Sinfónica de Londres, cantando: “Quién pudiera vivir entre los dos, primero amar el mundo y luego amar a Dios. Quién pudiera vivir -dice y asciende una octava- entre los dos, primero amar el mundo y luego a amar a Dios”. Mística y global, flamenca y orquestal; hecha de pop, electrónica, reggaetón, rumba y canción, Rosalía cantará y se elevará en catorce idiomas en LUX: su nuevo opus extiende su prestigio y su poder global.
Tras la invocación inicial de “Sexo, violencia y llantas”, la canción adquiere compases de tablao, sostenidos por teclados metalizados, y Rosalía canta en un in crescendo total: “Quién pudiera venir de esta tierra, y entrar en el cielo, volver a la tierra. Que entre la tierra, la tierra y el cielo, nunca había el suelo”. Más adelante todo rematará en la fe celestial, en busca del amor y de la redención que luego recorrerán LUX: “Quién pudiera vivir entre los dos. Primero amaré el mundo y luego amaré a Dios”. Y las santas y Cristo también serán interpelados constantemente.
«LUX busca ser un disco total: entre lo sutil y lo minimalista, lo expansivo y lo recargado, lo reposado y lo primal»
LUX -el cuarto álbum de Rosalía- busca ser un disco total: entre lo sutil y lo minimalista, lo expansivo y lo recargado, lo reposado y lo primal. Ella entrega su voz en quince canciones (dieciocho en la versión física del disco), se desgarra, se oculta, se integra a las cuerdas de la Sinfónica de Londres y despliega su arte fundamental: el desdibujar los límites entre los géneros para transformar su sonido en un eco universal. LUX es “luz” en latín y los mensajes de las canciones oscilan entre la búsqueda del cielo, el romance, el dolor, cierto humor y, por sobre todo, la mirada sobre sí misma. LUX es su espejo interior.
¿Cómo será recibido este disco, hoy y en el futuro? ¿Logrará Rosalía conmover a todo el mundo -sin límites de generaciones ni fronteras- con LUX? Algo es cierto: luego de Motomami, de 2022, que consagró su presencia internacional con su culta revisión del reggaetón y amplió la aceptación de su cruce flamenco a distintos ritmos latinos, LUX es un riesgo: un misterio desbordante, sensual y épico. No es un disco de fácil escucha y por momentos puede saturar. ¿Cómo escuchar, de una sola vez, un trabajo en el que canta en catorce idiomas? ¿Cómo llegar al final de este viaje religioso, lírico y sonoro llevado al extremo? La fe por Rosalía tendrá la respuesta.
Tras “Sexo, delirio y llantas” llega “…Reliquia”, donde las cuerdas, aquí en sección de cámara, acompañan remembranzas y confesiones de Rosalía, quien canta, con pura belleza: “Yo, que perdí mis manos en Jerez y mis ojos en Roma, crecí y el descaro lo aprendí por ahí por Barcelona. Perdí mi lengua en París, mi tiempo en L.A., los heels en Milán, la sonrisa en U.K”. En ese repaso de ciudades también dice: “En PR nació el coraje, pero el cielo nació en Buenos Aires”. Y la contrición del estribillo: “Pero mi corazón nunca ha sido mío. Yo siempre lo doy, uh-uh. Coge un trozo de mí. Quédatelo pa’ cuando no esté. Seré tu reliquia”.
En el siguiente tema, “Divinize”, inicia el juego de combinar idiomas, que será dominante en el resto del disco LUX. Rosalía canta en el registro alto de su voz, mezclando el catalán y el inglés, con el que deja una frase entre lo erótico y el rezo. ¿Qué dice, traducida? “A través de mi cuerpo podés ver la luz. Lastimame, me voy a tragar mi orgullo. Sé que fui creada para divinizar. Fuera de mí, dentro de mí”. Otra canción inolvidable.
Ya en “Porcelana”, con la disonancia de las cuerdas y una espesa percusión electrónica, canta en latín, inglés y japonés. Además recita “el placer anestesia mi dolor. El dolor anestesia mi placer. Lo que tengo, lo que hago, mi valor y el dolor siempre vuelve a aparecer”. Hay una imagen plenamente sexual; la acompaña una voz masculina indeterminada (innecesaria y molesta, con AutoTune); se insinúa el flamenco con palmas y las nerviosas notas del piano dialogan con las enérgicas cuerdas, rumbo a un coro final femenino.
Lo que sigue es “Mio Cristo Piange Diamanti”, todo en italiano. Por momentos parece una balada romántica en ese idioma, con grandes ecos, y el video en Spotify muestra a Rosalía en un sube y baja vestida como monja: como en la tapa del disco. “Y mi Cristo llora diamante. Él llora, él llora diamante. Mi Cristo diamante. Te llevo conmigo, siempre te llevo conmigo”, ofrece Rosalía. Más interesantes son otras frases, también íntimas: “Mi querido amigo, el amor que no se elige no se deja caer. Mi querido amigo, contigo la gracia y la gravedad son pesadas”.
Continúa la obra “Berghain”, que Rosalía había estrenado el 27 de octubre a modo de anticipo de LUX. Arranca en modo operístico, con un coro en alemán acompañado por las cuerdas en clave violenta. Luego Rosalía interviene, del alemán al español, diciendo “yo sé muy bien lo que soy. Ternura pa’l café. Sólo soy un terrón de azúcar. Sé que me funde el calor. Sé desaparecer. Cuando tú vienes es cuando me voy”.
Vuelve el coro alemán y se suma la sorpresa, de nuevo epifánica: es Björk la que canta en el aparente clímax del tema, pero entonces las cuerdas se empequeñecen y todo vuelve a recomenzar, hasta que Yves Tumor, un productor afroamericano de electrónica experimental, rapea: “I’ll fuck you till you love me. “I’ll fuck you till you love me”. Más que conmover, “Berghain” sorprende por su rareza. Pero también puede hartar a la tercera escucha.
“Así es el nuevo tema de despecho de Rosalía”, titularon el viernes 7 de noviembre los diarios sobre “La perla”. Empieza como un vals a la mexicana, grácilmente acompañado por la orquesta, pero la letra es de barricada. ¿Será contra su ex Raw Alejandro?: “Medalla olímpica de oro al más cabrón. Tienes el podio de la gran desilusión. La decepción local. Rompecorazones nacional. Un terrorista emocional. El mayor desastre mundial”. El tema musicalmente más dulce del disco es, también, el más agresivo, con la participación del grupo regional mexicano Yahritza y su esencia.
“Mundo nuevo” funciona como un interludio aflamencado, y a la vez sinfónico, con el que Rosalía despliega -por si hiciera falta, a esta altura de su carrera- todos los matices de su voz. “De madrugá” es otro goce andaluz, con respiraciones, unos versos en ucraniano y un ostinato de cinco notas con ritmo electrónico sobre el que Rosalía canta: “La cruz en el pecho calibra mi cuerpo. Para desquitarme yo tengo derecho. La cruz en el pecho calibra mi cuerpo. Para desquitarme yo tengo derecho”. No descolla en el álbum, pero amplía sus tesituras y su temática.
Lo siguiente es “Dios es un stalker”: hay una marcha de reggaetón, engrandecido por las cuerdas, las palmas y el fraseo sincopado del flamenco, cuando Rosalía deja nuevas frases antológicas: “Quiero a mi manera. Aquí y a donde sea. Mi silencio golpea. Dueña del mundo y de las ideas. Todo el mundo me quiere de su la’o. Tengo el buzón explota’o. Vivo en la’ nubes arriba. Y el diablo presta apreta’o”.
Luego llega “La yugular”, con una percusión procesada de cajones, propia del flamenco. Las cuerdas dejan caer su intensidad en cada frase de Rosalía -sobre el amor, la sangre y la suerte-, pero quedan flotando unos versos sobre tambores: “Yo quepo en un haiku. Y un haiku ocupa un país. Un país cabe en una astilla. Una astilla ocupa la galaxia entera. La galaxia entera cabe en una gota de saliva”. Y las palabras finales son para otra diva: Patti Smith.
Prosigue el dulce lento “Sauvignon Blanc”, con una melodía de romance triste que no se toma tan en serio a sí misma, diciendo: “Ya no quiero perlas ni caviar. Tu amor será mi capital. ¿Y qué más da si te tengo a ti? No necesito nada más”. Aunque quizá la mejor frase sea la inicial: “Mi luz, la prenderé. Con el Rolls-Royce que quemaré. Sé que mi paz la ganaré cuando no quede nada de que perder”.
En “La rumba del perdón”, Rosalía tiene las colaboraciones de la cantaora Estrella Morente y de la catalana Sílvia Pérez Cruz para narrar, con pleno folklore español, pero ultraproducido, una historia de amistad y traición: el robo de un kilo de droga escondido en una guitarra. El estribillo dice “To’íto te lo perdono”. A la vez se habla del miedo, del poder y del deseo, pero aparece una subtrama igual de dolorosa: el abandono de un padre a un hijo: “Cuando dijiste: ‘Voy a bajar por tabaco’, mirando a los ojos a tu hijo menor, le prometiste que, en ná’, tú estarías de vuelta. Y nunca volviste a cruzar el umbral de la puerta por la que te fuiste”. Otra perla redentora del disco.
¿Qué le queda a LUX? Sólo dos canciones (como se dijo, en la versión física hay tres temas más). Primero está “Memória”, cantada en portugués y con la compañía de la artista de fado Carminho. Así como “La rumba del perdón” abordaba tópicos centrales de aquel género, aquí la letra -llena de distancia y de desgarro- se dirige al ser querido o a la propia tierra: “Dime, en mi mirada triste, que aún existe algún recuerdo, y que aún sabes quién soy. Dime si aún tropiezo, si me alegro, si doy gracias, o si aún sé cantar. Por favor, recuérdame algo, lo que sea, que no puedo recordar”. Hay coros, un arpa, otra vez el piano insinuado, y el dúo de Rosalía y Carminho apela a otro recurso predominante en el disco: el in crescendo grandioso.
La canción final es “Magnolias”. Con pocos elementos orquestales, Rosalía desgrana los vericuetos de su voz, entre sobreagudos, tonos medios y respiraciones graves, y conmueve haciendo pensar en su despedida física de este mundo, redimida de sus pecados y en su miedo al olvido: “Hoy se derrocha burlando la suerte. Y lo que no hice en vida lo hacéis en mi muerte”.
El coro, replicado digitalmente, recita “tírame magnolias” mientras cambian los acordes. Vuelven los tonos ominosos de iglesia y todo se encamina al cierre cuando Rosalía dice: “Algún que otro navajazo me he llevado de la vida. Ella a mí me desarmó y yo le estoy agradecida. Y lanzad azúcar moreno sobre mi ataúd. Quedaros despiertos hasta que vuelva otra vez la luz”. Aunque queda una frase más para completar el vuelo espiritual y trascendental de LUX: “Yo, que vengo de las estrellas, hoy me convierto en polvo pa’ volver con ellas”.
La feminidad, la música y la religión. La trascendencia del alma y también del artista. La elevación y la proyección: hacia arriba y alrededor. Con LUX, Rosalía busca ir más allá de lo efímero para permanecer. La luz es la música, la potencia de la feminidad, la diversidad de lenguas -más allá de que eso harte a algunos-, la expansión contrastante de la voz de Rosalía y el misterio que invoca en cada canción. “Yo quepo en el mundo y el mundo cabe en mí. Yo ocupo el mundo y el mundo cabe en mí, canta en “La yugular”. Y el mundo se amplía en su música, hecha de tradición y de modernidad: de grandilocuente luz popular.
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