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Editorial

Solari y la «única» verdad

Carlos “Indio” Solari falleció hoy, a los 77 años. El periodista Eduardo Slusarczuk comparte este texto personal, con una dimensión íntima aunque -a la vez- esté pensado para compartir en un ejercicio colectivo para conjurar la noticia.
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Ilustraciones: Mario Nilson Torres

Reconozco al “Indio” Solari como una de las grandes deudas que mantengo con el rock argentino.

Me proponen escribir sobre él y no encuentro otra manera de hacerlo que un modo auto referencial. No lo hago por presuntuoso, sino porque no cuento con las herramientas para plantear algún tipo de análisis de su figura y su arte desde la plataforma que me podría dar un conocimiento profundo de su obra y de su historia.

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A lo sumo podría escribir que si me preguntaran qué tres discos elegiría para llevarme a una isla en la que fuera a pasar en soledad el resto de mis días, uno de ellos sería Luzbelito. Punto.

Cualquier valoración estética que pueda hacer de la producción musical del “Indio”, y consecuentemente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, estaría viciada de nulidad por falta de sustento. Pero la emotiva… eso es otra cosa.

Reconozco que nunca sintonicé con el personaje Solari, que elijo creer que era también la persona. En ese punto, me niego a pensar que lo que se veía no fuera lo que era, y que lo que era no fuera eso que se veía. Sería, admito, una enorme decepción.

Al principio, como cantaba Luis Alberto Spinetta en sus tiempos de Jade, no lo oí en tiempo. Cuando quise hacerlo, era tarde. El Huracán se había desatado ya de manera inusitada y el fenómeno se me antojó más materia de análisis antropológico que musical. Me consuela no haber sido el único que cayó en la trampa.

Más de una vez me dio la sensación de que él mismo se asumió objeto de estudio y comenzó a transitar un terreno que se embarró tanto como algunos de los predios que las “huestes ricoteras” invadieron para asistir a las “misas” que impartía cada vez más de vez en cuando. Rock del país.

Juegos de la mente (de la cabeza): ahí donde yo veía maltrato y desconsideración, sus fieles veían redención. Entonces, peregrinaciones a Salta, Tandil, Mendoza, Gualeguaychú, Olavarría, en busca de la eucaristía que transformaba un puñado de letras y músicas en algo indescriptible, sobrenatural. Eso que sólo logran unos pocos. Muy pocos.

Mil veces me enfrenté a esa dimensión fanática que enmarca el vínculo de Solari con su público, que es todo el público: desde el que sumó miles de kilómetros de procesión al que cuando suena Ji Ji Ji en una fiesta decide que es el momento de anular la razón y dejar que todo sea descontrol. Mil veces sucumbí a su hechizo.

Cuando, diez años atrás, Carlos Alberto Solari contó en Tandil que “Mister Parkinson” le andaba “pisando los talones”, compartí el video con mi hermano, que estaba a punto de cumplir 68 y que era mucho más de los Shakers y los Beatles que de los Redonodos.

“Jorge, mirá”. Le pasé el celular y lo agarró con su mano derecha, que ese día le temblaba un poco más que el anterior, pero un poco menos que el que estaba por venir. Es que así funciona.

De pronto, por obra y desgracia de ese Mister, el “Indio” se nos había vuelto humano. Un aliado en el que reconocernos. Un par, un igual a la distancia y sin que él lo supiera, en una batalla desgastante, degradante, que siempre se pelea en inferioridad de condiciones… Pero que se pelea igual, porque no hay plan B. Y que es mejor pelear acompañado.

“Se murió Dios”, acaba de escribirme mi hija de 15 desde el colegio, donde se supone que está prohibido el uso del celular. ¿No será demasiado?, me pregunto. Hace más de 45 años decidí que no me gustan las religiones. Pero ante la zozobra suelo envidiar a quienes profesan alguna fe.

“La cabeza procesa. El cuerpo, en cambio, es pura verdad”, me decía ayer un gran bailarín argentino. El General solía repetir que “la única verdad es la realidad”. Acá, ahora suenan los Redondos. Necesito saltar.

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About Post Author

Eduardo Slusarczuk

Es periodista desde 2004, después de haber sido metalúrgico y dueño de una disquería especializada. Ingresó como redactor en Clarín en 2008 y fue Editor del área de Música en el Suplemento de espectáculos del diario entre 2014 y 2022. Además, colabora con las áreas de prensa de la Fundación SOIJAr (Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Argentina) y de la Asociación Artística Clásica del Sur.
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