Foto: Débora Cerutti
Nicolás Falcoff está de vuelta pero de modo pasajero. Con 10 años de radicación en Las Chacras Norte, un paraje ubicado camino al cerro Champaquí a unos seis kilómetros de Villa de las Rosas en la región cordobesa de Traslasierra, retornó a su ciudad natal para exhibir una faceta unipersonal que es desde donde se apresta a lanzar próximamente su primer álbum en solitario «La intención de lo que vendrá».
“Lo de tocar solo es una experiencia que vengo desarrollando hace unos años, a partir de que mi grupo La insurgencia del caracol se disuelve y empiezo a experimentar. Primero fue volver a la guitarra eléctrica después de muchos años dedicado a la guitarra acústica y, en ese camino, incorporar la loopera para incorporar otros sonidos, otras tímbricas y aprender a acompañarme. Es un desafío a nivel vocal y a nivel guitarístico que, por otro lado, me permite profundizar de otra manera las composiciones que tiene algo muy hermoso, muy íntimo, muy profundo que energéticamente es muy demandante por estar ahí uno en un solo ser”, repasa Falcoff durante una charla con Negras&Blancas.
El músico, productor, filósofo y comunicador retornó a Buenos Aires para presentarse el viernes 17 desde las 21 en CasaZabala, un hermoso reducto ubicado en el barrio porteño Chacarita al que podrá accederse únicamente con reserva previa llamando al 1159923580 donde cantará y ejecutará guitarras, loopera y el instrumento tradicional africano mbira.
En el recital se escucharán en directo los cuatro adelantos de “La intención de lo que vendrá” que pueden apreciarse en plataformas digitales: “Chucanía”, “Infancia” (ambos con producción de Andrés Albornoz), “Amanece en la sierra” y “Lo que no se nombra” (los dos bajo la tutela de Esteban “Pichu” Serniotti).
Nico especifica que esa tétrada “la trabajé con dos productores diferentes del Valle de Traslasierra y ahora con el mismo ‘Pichu’ estoy terminando el proceso de grabar, mezclar y masterizar los temas que faltan para que el disco salga a la luz en la primavera”.
En una de esas piezas todavía no lanzadas se aloja la frase que da título al material, y que revela, “forma parte de una especie de mantra que entono a la vez que toco la mbira que es un instrumento originario de Zimbabwe que toco hace muchos años”.
Dueño de una extensa trayectoria sonora iniciada este siglo y que incluyó al septeto Tumbatú Cumbá (con el que publicó dos placas) y al conjunto La insurgencia del caracol que entre 2009 y 2020 generó cuatro álbumes, Nicolás también es impulsor –desde 2002 y junto a su padre Fernando- del sello Sura.
Y aunque actualmente despunta el vicio grupal cantando y haciendo percusiones en la banda transerrana de cumbia colombiana Sancocho Barranquero, la mira musical principal de quien asume espacios radiales como “Gambeteando el algoritmo”, “Música sin mapa”, “Entrevistas bajo la arbolada” y el segmento “Viajero clandestino” dentro del ciclo “Revuelto Gramajo” está puesta en desarrollar a la que define como “la cuestión más introspectiva y experimental”.

De Chiapas a Las Chacras Norte
-¿Cómo llegaste a Traslasierra y cómo es radicarse allí?
-Cuando vivía en Buenos Aires, siempre de alguna manera estaba pensando en viajar porque si bien me gusta la ciudad, siempre había algo del modo de vida que no me cerraba e irme a Traslasierra fue directamente hacer un cambio de vida radical en muchos aspectos que viví muy orgánica y fluidamente, incluso en momentos hostiles o difíciles. Recuerdo que llegué al lugar por ir a tocar a Cielito Lindo que es un lugar emblemático que sigue existiendo y porque mi programa radial de entonces, “Sonidos clandestinos”, se retransmitía en una radio comunitaria de Nono que se llama El Grito.
-¿Desplegás actividades ligadas al entorno rural?
-Dentro de lo que se puede (risas). Hay nueces, hay aceitunas y también plantamos algunos frutales. La vida en el monte, en la sierra implica dedicarle tiempo a cortar leña y hacer otras actividades que te llevan a valorar cosas como tener agua o gas y que en la ciudad se ven muy despersonalizadamente.
-¿Cuál es el funcionamiento de la idea de comunalidad en Traslasierra?
-Hay una mixtura muy particular entre la gente nacida y criada y la venida de distintos lugares a los que llamo urbanos en rehabilitación y esa interacción a veces es más fluida, a veces se segmenta y por otro lado es impenetrable. Hay emprendimientos, proyectos y tejidos muy interesantes de ver dentro de la economía social y desde lo cultural pero está también el factor del turismo y la problemática de los incendios, de los recursos naturales, de la falta de ordenamiento territorial y de mucha especulación inmobiliaria que se suma a la expansión de la mega-minería en todo el país.
-¿En qué consiste ser músico allí?
-Bueno, hay toda una parte que es muy hermosa que tiene que ver con que hay muchos artistas, muchos músicos y pasan muchas cosas aunque se trate de un lugar alejado y más chico. Traslasierra tiene, por suerte, una ebullición cultural muy linda, muy diversa pero, por supuesto, hoy vivir de la música y hacer música en Argentina está muy complicado.
-¿Cómo lograste darle espacio a tu formación como filósofo?
En realidad la filosofía me acompañó toda mi vida adulta. En paralelo a estudiar música, estudié filosofía en la UBA, eh hice mi tesis y me recibí, pero no había ejercido tanto como docente, sino que tomaba la filosofía como una especie de de punto de partida, de matriz, de herramienta para el arte, para la comunicación. Pero en los últimos años empecé a descubrir que quería hacer cosas con la filosofía también en el territorio pese a no tratarse de un oficio tan concreto como puede ser el de jardinero, carpintero, herrero o zapatero.
Y entonces me dije: «Bueno, voy a probar a ver qué pasa” y pude sentir lo necesario de propiciar encuentros –tanto presenciales como virtuales- para la reflexión colectiva en momentos de tanta atomización, despersonalización, hiper tecnologización y atomización de los vínculos.
-Pensar en términos filosóficos podría verse como un lujo en tiempos de tantas urgencias…
-Yo creo que a la filosofía hay que sacarla de lo académico y de los claustros académicos y entenderla como una capacidad humana que no tenemos que perder sobre todo en un momento donde estamos también delegando todas nuestras soberanías y nos dicen qué tenemos que escuchar, qué tenemos que mirar, qué tenemos que comer, cómo nos tenemos que informar y la especie humana intenta ser reducida a lo predecible por lo que tanto la filosofía como el arte son herramientas que siempre han acompañado para la amplitud de conciencia. Incluso más allá de saber leer y escribir, filosofar nace de la oralidad, de la curiosidad, de la capacidad de hacer preguntas, como dirían los zapatistas, de poder de alguna manera concebir que las cosas no tienen por qué ser de este modo y que pueden ser de otra manera y con esas premisas se vuelve un terreno fértil.
-Ya que citás al zapatismo, ¿cuál es hoy tu vínculo con esa experiencia política?
-Chiapas está en mi corazón siempre. Haber podido viajar varias veces y de repente emprender también una vida más ligada a mi territorio, hace que obviamente este todo el tiempo referenciándome en las cosas que aprendí allí. Aunque lamentablemente hace varios años que no puedo ir, estoy siempre atento a lo que está pasando con el proceso zapatista que siempre intento seguir de cerca y que siempre es inspirador para mí.
