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Editorial

Federico Lorenz: “El ejercicio de la memoria no puede ser un fin. Es un instrumento para luchar políticamente”.

Historiador, docente y escritor, Federico Lorenz lleva más de tres décadas interrogando algunos de los núcleos más sensibles de la historia argentina reciente: la guerra de Malvinas, la dictadura, las experiencias de militancia obrera y organización popular. Este año reunió esas preocupaciones en tres libros que dialogan entre sí desde registros distintos.
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Historiador, docente y escritor, Federico Lorenz lleva más de tres décadas interrogando algunos de los núcleos más sensibles de la historia argentina reciente: la guerra de Malvinas, la dictadura, las experiencias de militancia obrera y organización popular. Este año reunió esas preocupaciones en tres libros que dialogan entre sí desde registros distintos:

La improvisación como norma; El Ejército Argentino en la guerra de Malvinas según sus oficiales (Prometeo), una investigación basada en documentos producidos por los propios mandos militares tras el conflicto; la reedición diecisiete años después de Malvinas. Una guerra argentina (Sudamericana), uno de sus trabajos más influyentes; y El árbol del Coyote (La flor azul), una novela que regresa, desde la ficción, al universo de los trabajadores navales de Astarsa.

En esta conversación, Lorenz reflexiona sobre los usos políticos de la memoria, las disputas por el sentido de Malvinas, los desafíos del presente y el lugar que todavía ocupan la historia y la literatura para pensar el pasado argentino.

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-Este año publicaste tres libros distintos entre sí pero con puntos de contacto: dos sobre Malvinas y una novela sobre la militancia obrera en los años setenta. ¿Qué conversación encontrás entre ellos? ¿Qué preguntas comunes los atraviesan?

-Creo que los libros dialogan en varios niveles. Surgen de una preocupación común por sostener la eficacia de las zonas grises, las preguntas incómodas y las dimensiones del trabajo a pequeña escala para iluminar preguntas más generales sobre una época. La pregunta común a los tres libros es qué características tenía la sociedad argentina de los años 70 y primeros años 80. Una sociedad que convivió tanto con el Terrorismo de Estado como con la aventura militar en Malvinas. Están atravesados sobre todo por mi obsesión como investigador y a la vez, a esta altura sin duda, por mi experiencia vital.

-Respecto a La improvisación como norma, después de más de treinta años investigando Malvinas, ¿qué fue lo que más te sorprendió o perturbó al leer estas actas escritas por oficiales que acababan de regresar de las islas?

-Lo que choca en esas actas, primero es que es un material de trabajo formidable en términos de que son documentos producidos con muy poca mediación de los procesos de memoria posteriores que tuvieron que ver con la disputa simbólica sobre la sobre la guerra.

Luego, sobre todo en el punto de descripción de las operaciones, el nivel de enojo y frustración que se podía detectar en los oficiales del ejército. Lo que sin duda permitía entender la profundidad de la grieta, para utilizar una expresión más moderna, que se abría entre el ejército combatiente en Malvinas, por así decirlo, y el otro ejército, siendo que eran el mismo. Que, por ejemplo, derivó en gran medida en las divisiones de los Carapintada. Eso es lo más perturbador. Uno puede decir: estaba todo ahí. Lo mismo que inicialmente sostuvieron algunos soldados conscriptos y periodistas críticos estaba en boca de los mismos oficiales que habían sido responsables de conducir a esos hombres frente a los británicos.

-En el mismo libro mostrás a unas Fuerzas Armadas formadas para la represión interna que, de pronto, tuvieron que enfrentar una guerra convencional. ¿Hasta qué punto la Doctrina de Seguridad Nacional y la experiencia represiva incapacitaron a los mandos para conducir una guerra real?

-Algo que aparece en alguno de los testimonios es el hecho de que muchos de los oficiales igualan la represión ilegal con la guerra en Malvinas, algo que después se iba a sostener: la “guerra sucia” y la guerra convencional o limpia. La falta de profesionalismo que muestran muchos de los testimonios se puede explicar también por la concentración de sectores amplios de las fuerzas armadas desde el punto de vista operativo en la represión interna y por el otro de una confusión en su función principal. La función de las fuerzas armadas es defender a un país de agresiones externas y lo que encontramos es que hacia 1982 llevaban por lo menos tres décadas de este involucramiento creciente en la política interior y en la represión directamente.

Entonces, lo que se ven en algunos testimonios es más que una limitación ética una ceguera ideológica que, por ejemplo, les permitía señalar a uno de los oficiales diciendo que la última guerra en la que combatió fue en Tucumán, es decir, el Operativo Independencia. Eso es una limitación para comprender su responsabilidad frente a crímenes contra la humanidad. Así que esas son, en una generalización, las fuerzas armadas que fueron a combatir a Malvinas. Después, por supuesto, lo que vos encontrás son distintas situaciones frente a eso.

Lo interesante es que el enojo es por el abandono y la falta de acompañamiento por parte de la conducción en algunos casos. No necesariamente por decir: el habernos involucrado en la represión ilegal nos llevó a no estar en condiciones operativas a enfrentar a los británicos. Concretamente porque creo que existía esta idea de que eran ambas situaciones eran guerras con características particulares.

-Los informes reunidos en el libro describen situaciones extremas: hambre, colapso logístico, soldados física y psíquicamente devastados. ¿Cómo procesaban los propios oficiales la evidencia de que muchos combatientes estaban siendo derrotados por las condiciones de vida incluso antes de entrar en combate?

Muchos de los testimonios de los oficiales —sobre todo la oficialidad más joven: subtenientes en comisión, tenientes— son de una honestidad intelectual apabullante. Asumen que no están en condiciones de combatir y que dentro de ese contexto deben esforzarse por cuidar de sus soldados.

Así también hay testimonios que más bien le adjudican la responsabilidad de la falta de eficacia frente a los británicos a los mismos soldados. Los conscriptos que no hacen caso, la crítica a los soldados porteños frente a los soldados del interior que son más sumisos. Lo que emerge es que la forma de procesamiento que tuvieron muchos de estos oficiales combatientes en Malvinas es el enojo hacia arriba y hacia abajo: con sus superiores y sus subordinados. Por supuesto que hay excepciones, pero si tuviera que caracterizar de alguna manera los sentimientos dominantes son esos. Después conviene señalar que los informes estaban redactados por los servicios de inteligencia.

-¿Qué implica eso?

-Estaban hechos para hacer una suerte de auditoría interna de qué había sucedido. Los oficiales tenían que comentar la actitud de sus superiores, sus subordinados, pero también de sus pares. Ahí se puede entender también por qué generó tanta conmoción la derrota en Malvinas. Porque de alguna manera uno podría pensar frente a lo que emergía en esos informes que la institución como tal decidió hacer un gran ocultamiento. La tan mentada desmalvinización arranca por parte de las mismas fuerzas armadas y no fue solo contra los conscriptos sino que fue más genéricamente como una forma de evitar las críticas sociales por cómo habían conducido la guerra y en qué forma habían tratado a sus soldados.

-Respecto a ese término, “desmalvinización”, su significado cambió mucho desde que fue formulado por Alain Rouquié. ¿Cómo explicás que una idea pensada para desmilitarizar la vida pública haya terminado siendo utilizada, muchas veces, para descalificar la crítica histórica sobre la guerra?

-El concepto de Alain Rouquié tenía una connotación muy precisa: era quitarle a las Fuerzas Armadas la posibilidad de reivindicarse ante la sociedad regalándoles el símbolo convocante que era la causa por las Malvinas y la guerra del 82. Ahora bien, el punto es que con las políticas que llevó a cabo la dictadura en relación con los excombatientes, sobre todo el tiempo que le quedó en el poder, y las dificultades que tuvo el gobierno democrático para lidiar con las fuerzas armadas y por extensión con los excombatientes, la idea de desmalvinización se transformó en una voluntad explícita por debilitar el vínculo de la sociedad argentina con la causa sagrada de la recuperación nacional.

Así es que hoy desmalvinizador, por extensión, es cualquiera que critica la llamada “gesta” cuando se habla de la guerra de Malvinas, critica las posturas que no tienen en cuenta perspectivas regionales, por ejemplo, para pensar el conflicto y demás. Y en realidad llamar desmalvinizador —y por ende traidor, porque es traidor a una causa nacional y sagrada— a cualquiera que busque matices a la hora de analizar política/históricamente tanto la guerra como el conflicto por las islas Malvinas.

En un punto dejan de importar cuáles son los títulos argentinos, los derechos argentinos porque es algo, la argentinidad de las islas, evidente per se. Entonces lógicamente un concepto pensado para construir antagonismo, como es el de desmalvinización, es un concepto destinado al éxito porque es un concepto que se aplica prácticamente a cualquier cosa. Cualquier mirada que no se acomode a un canon: que es el canon de la guerra patriótica, de la causa sagrada por la recuperación, etcétera. Por eso es un concepto comodín que lo utilizan todos. A izquierda y a derecha del espectro político. Y si te fijas es un concepto tremendamente incómodo por lo peligroso para el pensamiento crítico.

-En Malvinas. Una guerra argentina analizás cómo la escuela, los medios y la cultura contribuyeron a construir una determinada imagen de las islas. ¿Creés que ese consenso previo ayuda a explicar el estupor social que produjo la derrota de 1982?

-Creo que sí, pero por varios motivos. Por un lado, la certeza de que las islas son argentinas, de alguna manera construyó en el sentido común la idea de que era imposible perder. El hecho de que te asiste el derecho y la legitimidad en el reclamo hace que de algún modo pierdas la perspectiva del adversario al que te enfrentás, las condiciones geopolíticas internacionales y sobre todo, que es lo que me interesa a mí como historiador, de quién sos vos.

Pero a la vez, pensemos que el país que va a la guerra en 1982 era un país que en términos propagandísticos recibía un bombardeo constante de que las fuerzas armadas con el acompañamiento del pueblo argentino, etcétera, había triunfado en la guerra contra la subversión. Era un país que comenzaba a enunciarse retóricamente como derrotado en la diplomacia por el conflicto en el Beagle con Chile. Recordemos que Argentina casi va a la guerra en 1978 con una retórica muy parecida a la de Malvinas. Y por otra parte, el estupor tiene que ver con la gigantesca desinformación que sobre todo desde los medios nacionales y del mismo gobierno se realizó durante la guerra de Malvinas.

Esas tres cosas combinadas permiten entender el gran estupor social que siguió a la derrota el 14 de junio del 82. Estupor que tiene que ver también con que las formas en la cual como sociedad nos enteramos de la derrota y las características que esta había tenido, sobre todo en las condiciones en las que habían estado los soldados, forzosamente llevaba a preguntarse en qué país había estado viviendo yo hasta ese momento. Porque lo que siguió a esa derrota fue la información, cada vez a una escala mayor, sobre las violaciones a los derechos humanos. Vino todo junto.

-En Los zapatos de Carlito reconstruiste, desde la investigación histórica y los testimonios, la experiencia de los obreros navales de Astarsa durante los años setenta. El árbol del Coyote volvés sobre ese mismo universo pero desde la ficción. ¿Qué encontraste en la novela que no habías podido contar como historiador?

-El árbol del coyote es una relectura de la experiencia que tuvo que ver con la investigación para Los zapatos de Carlito, que es la historia de los trabajadores de los astilleros Astarsa. Es una ficción histórica, una novela que se alimenta de una experiencia del investigador y hechos que efectivamente sucedieron. Es un terreno gris y por lo tanto para mí muy fructífero. Diría que lo que encontré en la novela fue una forma de reaccionar contra este presente tan complicado que estamos atravesando.

-¿En qué sentido?

-La novela puede ser leída como una reivindicación de la acción colectiva aún en contextos muy hostiles. Y también como una invitación a pensar de qué formas se puede participar políticamente cuando parece que no hay resquicios para hacerlo. Pero sobre todo que siempre es importante intervenir políticamente. Cuando digo políticamente, y esta es evidentemente la situación del padre del protagonista, no estamos hablando de una participación política rimbombante o estereotipada. Estamos hablando de alguien que no se acomoda bien a los estereotipos que tenemos del militante obrero, el militante revolucionario, pero que es todo eso. Lo que encontré en la novela fue una forma de reaccionar contra este presente pero también de convocar desde la emoción a la reflexión histórica. Me parece que eso es potencialmente algo muy importante en términos de lo que la ficción puede hacer para pensar la realidad.

En la novela, la reconstrucción de la figura del padre se mezcla con la reconstrucción de una época. ¿La literatura te permitió acercarte a experiencias y emociones que los documentos históricos no pueden registrar?

Hay una clave en la novela que tiene que ver con de qué modo uno termina siendo parte del propio pasado que investiga. Que a la vez coincide con el pasado biográfico del autor. El capi, el narrador, es alguien que tiene más o menos mi edad, pero claramente yo no soy hijo de un trabajador naval, ni vivo en la zona de Tigre. Sin embargo, mi padre en algunas cosas se parece bastante al padre del capi.

Desde ese lugar pude trabajar algo que a mí me costó bastante: reconstruir el ser niño en aquellos años. Así como yo lo fui. Yo tenía 6 años en 1976. Como escritor era muy difícil reconstruir la experiencia del hijo de un obrero naval pero no la experiencia de un niño con una relación conflictiva con su padre en aquellos mismos años. Así que ahí el insumo personal fue tan importante como lo que yo había averiguado como historiador.

En mis investigaciones con trabajadores navales y sus hijos, parejas, trabajé sobre todo con testimonios Entonces, desde un primer momento las experiencias y las emociones fueron mi materia prima principal. Las fuentes que construí junto con los entrevistados estuvieron muy orientadas a que prestara atención a la emocionalidad de las personas. Entonces, no diría tanto que las experiencias y las emociones no están registradas en los documentos históricos, sino que el esfuerzo tiene que ser mucho más consciente de ver de qué manera los testimonios del pasado nos conmueven. Porque una vez que encontramos por qué nos conmueven, encontramos cosas que tienen que ver con la sensibilidad pero también cuestiones que tienen que ver con la política, con lo que nos moviliza, con lo que nos indigna, con lo que nos enorgullece.

Te pregunto acerca de cuestiones coyunturales que atraviesan tus libros. Por ejemplo este año se cumplieron 50 años del golpe cívico militar. ¿qué es lo que más te preocupa del clima cultural y político actual en relación con la memoria de la dictadura?

Los 50 años del golpe militar mostraron que se ha construido un piso social de condena al terrorismo de Estado y a sus perpetradores pero es un piso social construido también sobre un gran desconocimiento. Genéricamente, sectores amplios de la sociedad argentina saben que hubo una dictadura militar pero conocen mucho menos de aspectos puntuales que tienen que ver con esa dictadura militar y de allí me interesa también recuperar la experiencia obrera de aquella época.

¿En qué aspectos?

Cuando empecé a leer e investigar sobre esos temas, la figura de los obreros estaba muy relegada frente a la figura de los militantes de las organizaciones armadas de clase media. Eso tenía que ver tanto con la retórica de la misma dictadura, lo cual era preocupante, como también con el capital simbólico y material que los sobrevivientes habían tenido para contar sus historias. Lo preocupante es que por haberse quedado en una zona de confort —llegamos a los sitios de memoria, los juicios— abandonamos la pregunta por el cómo se sigue o para qué se sigue. Es decir, ¿cuál es el sentido político de mantener viva la memoria de lo que sucedió? ¿Solo es conmemorativo? ¿Solo es ritual? ¿Solo de respeto en relación con los muertos? O, por ejemplo, yo como miembro del tan denigrado campo progresista, tengo que pensar de qué modo continúo aquellas luchas. ¿Cuál es mi lugar en la lucha política de mi pueblo hoy? ¿Cómo actúo? ¿En qué legados políticos me reconozco? Y si no me reconozco en ninguno, ¿qué proyecto político quiero construir? Porque lo que uno puede decir es que las voces que hoy son más reivindicadoras de la dictadura que negacionistas son funcionales a una situación socioeconómica que es la que buscó instalar los grupos dominantes utilizando las fuerzas armadas como brazo armado.

Recuerdo un artículo que escribí cuando fue la recuperación de la ESMA que se llamaba “Rechazo el premio consuelo. Sobre la memoria como fin”. El ejercicio de la memoria o el recuerdo no puede ser un fin. Es un instrumento para luchar políticamente. No tanto por el presente sino por el futuro. Entonces, cuando nosotros nos podamos hacer más preguntas sobre el futuro vamos a poder revitalizar nuestros vínculos con ese pasado que para muchos fueron, en términos de búsqueda por la memoria, la verdad y la justicia, formativos.

Por último, alguna vez dijiste que te interesa estudiar las disputas por el sentido que una sociedad les asigna a sus guerras. En un contexto atravesado por la “batalla cultural”, las fake news y el resurgimiento de discursos negacionistas o reivindicadores del terrorismo de Estado como antes mencionabas, ¿cómo ves hoy la disputa por el significado de Malvinas? ¿Existe el riesgo de que la causa sea utilizada para legitimar o blanquear aspectos de la dictadura?

Creo que lo que sucedió hace muy pocos días en el Museo Malvinas donde se rebautizó el auditorio sacando el nombre de Orlando Pascua —un excombatiente vinculado a las denuncias por malos tratos en Malvinas y a la búsqueda de la identidad de los soldados enterrados sin tumba conocida en Malvinas— por un soldado muerto en Malvinas, Julio Cao, que es un modelo de la gesta patriótica y muestra que el cambio de contexto en esta batalla cultural hace que sectores reivindicadores de un discurso que ven como traidor a la patria al otro se sientan habilitados para hacer ese tipo de operaciones.

Creo que desde el primer momento la guerra de Malvinas funcionó como un mecanismo para atenuar la responsabilidad de las fuerzas armadas en los crímenes de lesa humanidad. Prácticamente nadie escapó a eso. Pensemos, por ejemplo, en el discurso de Alfonsín, infausto, de Pascua del 87, cuando anunció que había pactado con los sublevados Carapintada diciendo «Muchos de ellos son héroes de Malvinas» como si eso fuera un atenuante. A mí me parece que no hay militares que sean más o menos golpistas. Hay militares que son respetuosos al régimen democrático o no. Y creo que esa tiene que ser una discusión permanente.

Lo que en todo caso es preocupante es que el cambio de contexto hace que esas operaciones o esos operadores sientan que tienen más espacio para avanzar con ese ejercicio y creo que hay un daño a largo plazo. Que además de la disputa por el sentido de los 70 y los 80 hay una situación que es dañina en términos del mismo reclamo por la soberanía de las islas. Me parece que no es conducente sostener retóricamente los mismos argumentos que en el 82 porque la situación ha cambiado y porque nuestra sociedad ha cambiado. Entonces, vuelvo a lo que decía hace un rato: hay que hacerse una enorme pregunta por el futuro. Si quiero recuperar las Malvinas, ¿cuál es el país que quiero que recupere las Malvinas? Y diría más, ¿qué tipo de sociedad es la que quiero que recupere las Malvinas?

Eso de algún modo va a alinear las discusiones pero como esas son preguntas que no se hacen porque son incómodas y porque involucran pensamiento a largo plazo, cosa que parecemos haber resignado más en estos tiempos, lo que termina siendo tremendamente eficaz es la apelación a la nostalgia, a la gestualidad grandilocuente y a la apelación a los símbolos antiguos. Estos nos pueden dejar muy conformes, pero son inconducentes si se olvidan sobre todo en las condiciones en las que vive el pueblo para el cual supuestamente quieren ser recuperadas las islas.

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About Post Author

Pablo Diaz Marenghi

Periodista y docente. Licenciado y Profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA), Maestrando en Periodismo Narrativo (UNSAM). Colabora en La Agenda, Revista Ñ, Clarín, Tiempo Argentino, entre otros. En 2016 publicó Codex, Música Contemporánea (Maten al Mensajero). En Twitter es @pe_diazm.
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