Una utopía muy extendida sobre el arte es la que reivindica su posibilidad de convertirse en un lenguaje habitual, cotidiano, un arte del día a día, que enriquezca todos los aspectos de nuestras vidas con creatividad y belleza, armonía y comunidad. Que nuestras vidas sean una forma de arte. Que respiremos y caminemos con el arte como guía, libres, plenos, generosos: no para brillar de vez en cuando en un museo, sino para desplegar ese arte todo el tiempo, a la vista de todos, compartiendo nuestra interioridad y siendo felices al mismo tiempo.
Fernando Spiner viene trazando un camino propio hacia ese sueño que más de una vez parece volverse real: en su vida diaria, en su trabajo como cineasta, en la forma generosa de compartir las vicisitudes de un rodaje con quienes lo rodean, en el modo de superar los obstáculos –o convertirlos en posibilidades creativas- en un trabajo donde busca crear los medios para reflexionar sobre su arte, sobre sí mismo, sus ancestros y la naturaleza humana, la soledad, el miedo a la muerte, con los recursos que tenga a su alcance. Con creatividad, honestidad, conocimiento técnico y una comprensión muy profunda del medio cinematográfico.
Si bien dirigió varios films autorales de producción comercial, como La sonámbula (1998), Adiós querida Luna (2004), Aballay (2010) o Inmortal (2020), desde hace casi una década comenzó a recorrer el terreno más incierto del film de bajo presupuesto, más específicamente del ensayo documental, que se caracteriza principalmente por su conciencia autoreflexiva y autorreferencial, y por la libertad formal con la que pone en diálogo diferentes materiales.
Primero en La Boya (2018) y ahora en Weser (2025), Spiner desplegó una serie de recursos narrativos y audiovisuales relacionados con su intimidad, con sus amistades, con su padre, con la poesía y el arte, con su historia familiar y con la muerte. Dramas, alegrías, pequeños relatos que se desarrollan y se abren hacia otros relatos, tejiendo vínculos sutiles y haciendo dialogar una película con la otra.
Una de esas historias es la de su amistad estrecha con el poeta Aníbal Zaldívar, su coguionista, con quien salen a nadar desde hace años cientos de metros en mar abierto, hasta una boya donde descansan, conversan u observan en silencio las playas solitarias en la costa lejana de Villa Gesell, antes de regresar.
En ambos casos, Spiner desarolla relatos que lo involucran personalmente y se vinculan entre sí a través de personas queridas, familiares, artistas, amigos, siempre envueltos por las aguas del arte, la poesía y el mar, por la necesidad de aprender y compartir, entendiendo el acto de nadar como algo fundamental en ambos films, un medio de contemplación, meditación, superación personal, comunión y filosofía de vida. “La experiencia de nadar en mar abierto es algo maravilloso. Tan inmenso e indescriptible -dice Spiner- que me dan ganas de poder comunicarlo y compartirlo con los demás”.

Foto: Aníbal Zaldívar y Fernando Spiner, coguionista y director de Weser.
En una entrevista con Negras&Blancas, Spiner contó detalles sobre la producción de Weser, las historias humanas que entrelaza, su colaboración artística con el ya fallecido Daniel Fanego, que en la película encarnó a su alter ego, y la forma en la que amplió la experiencia artística en las proyecciones de sus films en el bosque de Villa Gesell. También anunció que está pensando en escribir y filmar una tercera película junto a Zaldívar, como una forma de cerrar una trilogía de films enlazados por la amistad, el bajo presupuesto, la libertad formal, la reflexión sobre sí mismo y sobre ciertas preocupaciones humanas y artísticas recurrentes, que en este caso podría girar en torno a la posibilidad de volver a vivir después de la muerte.
¿Cómo pensaste esta película que difiere de parámetros habituales en su producción y exhibición, en el diálogo que establece con tu film anterior y en todas las reflexiones que ofrece de cine dentro del cine?
Después de una experiencia muy buena en el Malba, seguimos proyectando La Boya en el bosque de Villa Gesell durante cinco veranos consecutivos, con mucho público. Creo que en esos encuentros en la naturaleza pudimos transmitir la idea fundamental de la película: que todos podemos trascender a través de la expresión artística. El arte es una necesidad esencial del hombre. Y eso recién pude entenderlo viendo a mi padre florecer cuando dejó de ser farmacéutico y empezó a estudiar filosofía, a leer poesía y a pintar. Esa propuesta original de las proyecciones en el bosque quedó en evidencia cuando una chica levantó la mano, le dieron el micrófono y se puso a cantar una canción. O cuando otra persona levantó la mano y leyó una poesía que había escrito un momento antes. Esa potencia catalizadora de la expresión artística en los otros nos dio mucho entusiasmo a la hora de hacer Weser. Y marcó claramente la dirección de cómo exhibirla y comunicarla al público, reafirmando que se trata de una peícula que me atraviesa personalmente de principio a fin. Y cada proyección me estimula porque recibo devoluciones muy hermosas y emocionantes. Tratándose de una película sobre la muerte, donde prácticamente vemos morir al protagonista y al actor que encarna ese personaje (Fanego, que falleció poco tiempo después), la gente que la ve me dice: “Fui a verla en un momento personal doloroso, pero me hizo bien”.
Aborda un tema doloroso desde un lugar luminoso.
Creo que ya la sola idea de poder hablar con verdad de las cosas es algo que nos hace bien. Me hace bien a mí y creo que hace bien a quien lo comparte. Y también creo que una condición poética que tiene la película genera que el público vea siempre una película diferente. Cada quien le pone su propio sentido: esa es la potencia de la poesía. Uno puede proyectarse y visualizar cosas diferentes a partir de experiencias y vivencias propias. La película también se compone como un collage y, al no tener una línea explícita, uno puede interpretar ese collage como una asociación libre de muchas partes entrelazadas. Y uno puede interpretar esas asociaciones de manera muy personal e íntima. Se produce una especie de ambigüedad que deja libertad de elección al espectador. Por eso creo que esta película puede ser muchas películas de acuerdo a quien la mire.
¿Esa libre participación se da también en las conversaciones de las proyecciones del bosque?
Creo que sí. Creo que lo importante es que esas proyecciones habilitan el hecho mismo de expresarse. Eso permite que la película continúe en ellos, en su interior, haciéndolos parte de la experiencia artística. El objetivo es que cada uno construya opinión propia de las cosas, que fortalezca su individualidad y la posibilidad de vivir la experiencia, de ver con mirada propia. Eso está presente en las dos películas, y es lo que siempre me fascinó de mi amigo poeta. Siempre me pregunto: “¿Por qué hace esto? ¿Por qué junta un montón de personas y les lee poesía, sin esperar nada a cambio?” Y simplemente lo hace por el placer que le produce hacerlo. Ese modo de concebir la vida también se plasma en Weser. El placer de hacer las cosas por hacerlas, porque podemos hacerlas y nos hacen bien.
Como cuando en ambas películas vos y Zaldívar salen a nadar al mar…
Eso es parte de un ritual o juego entre dos amigos de toda la vida que sigue todavía hoy: nadar en aguas profundas hasta una boya. Este verano la pusimos a 300 metros porque ya somos grandes y el sólo hecho de pasar la rompiente es un montón. Pero además está el deseo de compartir eso que pocos conocen, porque muchos temen al mar, nadie se aleja demasiado de la costa. Y cuando estoy ahí y veo la costa desde lejos pienso que me gustaría llevar a la gente hasta ahí para que experimenten la inmensidad que nosotros vivimos cuando salimos a nadar. Cambia toda tu perspectiva de las cosas y te sentís un punto en un infinito que es el océano.
¿Por qué elegiste hablar de un tema tan complejo como la muerte?
Creo que fue algo que se dio de manera natural. Mi amigo tiene 69 años y yo 67. Somos grandes y estamos en una parte de la vida que empieza a declinar. Empezamos a pensar en la muerte de otra manera y eso es un valor que solamente se puede apreciar desde este lugar. A la vez, animarnos a hacerlo fue una tarea muy aliviadora. Negar lo inevitable es malo, y ocultarlo es peor. Poder hablar de algo que está ahí latente es bueno y un poco en ese sentido nos dimos ánimo. Pensamos que sí podemos afrontar una tarea tan vital como nadar mar adentro hasta una boya, también podemos ser capaces de hablar sobre la muerte.

Daniel Fanego. Fotograma de la película Weser
¿Cómo fue trabajar con Fanego, que encarna a tu alter ego en la película?
Fanego fue justamente una persona que pasó casi toda su vida coqueteando con la muerte. Lo conocí en los pasillos de Canal 13 cuando dirigía Zona de Riesgo y él hacía Los Machos. Estaba muy enfermo en ese momento. En los años siguientes tuvo otros períodos de enfermedad. Cuando me encontré con él para ofrecerle el papel, estaba totalmente pelado y me dijo: “Todo muy lindo con la película, pero mirá cómo estoy. Hace unos meses empecé con la quimioterapia y el parecido físico que teníamos ya no lo tenemos más”. Eso lo decía porque nosotros teníamos un aire, cierto parecido, o quizás porque somos de una generación cercana. Cuando lo dirigí en Inmortal, junto a Belén Blanco, unos amigos que vieron la película en Roma me escribieron para decirme que les había gustado y me felicitaban por mi actuación: me habían confundido con él y creyeron que Daniel era yo. Además, Daniel le puso la voz a mi padre en La Boya, en los momentos en que lee sus poemas, cuando dice que va a volver de la muerte transformado en grano de arena. Nuestra amistad se forjó en la serie que hicimos con Ana Piterbag, Los Siete Locos y Los Lanzallamas, sobre la obra de Roberto Arlt, donde él interpretaba al Rufián Melancólico. También escribimos juntos un guión sobre San Martín para que yo lo dirigiera y él lo protagonizara. Teníamos una amistad, una corriente de afecto. Yo lo admiraba mucho.
¿Qué pasó cuando te señaló que habían perdido ese aire en común?
Le dije que no importaba, que quería que él fuera mi alter ego de todos modos. Finalmente vino a Villa Gesell a hacer la película. La muerte parecía flotar en el aire. Me dijo: “Bueno, vengo a hacer una película sobre la muerte, me estoy muriendo”. Yo igualmente no creía que él se fuera a morir. Pensé que podía superarlo porque no sabía qué era lo que tenía ni me animé a preguntarle… Cuando terminé la posproducción de Weser llamé a Laura, su mujer, y a sus hijos, y les mostré la película para que ellos decidieran si dejaba o sacaba la parte en la que aparecía Daniel. Puse en consideración de ellos si podíamos exponerlo en ese registro documental en aquellas circunstancias tan críticas. Por suerte a ellos les pareció hermoso. Lo sintieron como un homenaje a su pasión y amor por el trabajo. Por eso, además, la película está dedicada a él.
Volviendo al ensayo, ¿por qué elegiste esta forma donde podés mezclar imágenes, informaciones, ficción, documental, incorporar voces, reflexiones y relaciones entre distintas historias y capas de sentido?
Mi película anterior aborda el género ensayo con una pequeña triquiñuela, porque empieza aparentando ser un documental sobre mi amigo poeta que se quedó en Villa Gesell y que podría ser yo mismo, si también me hubiera quedado. A través de ese encuentro, sin embargo, descubrí la obra poética de mi padre y la historia de mis ancestros. En Weser no quise repetirme. Por eso fuimos a mirar el lado oscuro de la boya y llamarla por su nombre: Weser. Hasta en ese detalle hay un diálogo entre ambas películas, incluso en sus propios títulos, porque la boya es una boya llamada Weser. Y la idea de instalarla en la pandemia y abordar el tema de la muerte nutrió la película de cuestiones reales de nuestras vidas. Fue una película que fui descubriendo en el proceso y que sigo descubriendo ahora, en cada proyección. Tuve dos etapas de escritura: la escritura del guión con mi amigo Zaldívar y la escritura en el montaje con mi amigo Alejandro Parysow. Probamos varias películas hasta que encontramos la más genuina, la más verdadera.
¿El ensayo es además un buen espacio para pensar en uno mismo?
Un lugar para pensar en uno en relación a uno mismo y en relación a lo que hace también. En este caso, mi relación con el cine. Las cosas que me hacen vibrar, lo que me estimula.
La película es una mezcla entre realidad y ficción, con vínculos muy estrechos con la imaginación y la poesía.
Sí, totalmente, y es un juego también. Un juego de cómo exponer al público lo que es verdad, lo que es ficción, lo que es representación, lo que es alguien que hace de sí mismo en una situación ficcionada y lo que es un actor mientras está filmando cuando es él mismo. Fue un poco como decir, bueno, a ver qué nos pasó en la vida, juguemos a esto, a representar esto.
¿De qué manera vas a reelaborar todo esto en la próxima película?
En principio será algo muy íntimo, una película más pequeña y económica por decirlo de algún modo. Pero la verdad no lo sé. La decisión de hacer una trilogía fue un poco caprichosa. Por un lado, me condena a tener que hacer otra película. En realidad no estoy obligado, pero siento que sí estoy obligado conmigo, con mi amigo, con los que hicimos La Boya y Weser. Y siento que no estaría mal tampoco, porque es como darle un cierre o, al contrario, otra apertura. En ese sentido, siento que no está tan mal a esta altura de mi vida estar condenado a hacer otra película.
Pero también necesitás condiciones materiales que te permitan realizarla.
Sí, por eso me obliga a buscar una manera posible en las condiciones actuales, donde el fomento al cine argentino casi no existe o es claramente insuficiente.Sin embargo, creo que es posible seguir trabajando con materiales que ya tengo a disposición. Sería una manera inteligente de laburar sin dinero, una buena manera de seguir imaginando proyectos. Es un poco lo que hicieron los cineastas del llamado Nuevo Cine Argentino o antes los cineastas italianos en el período de post guerra llamado Neorrealismo. La clave es trabajar con lo que tenés a mano.

Fotograma de «Weser»
¿Y por dónde iría la temática de esta tercera película?
No lo sabemos todavía. Estamos un poco en una etapa en la que tiramos muchas ideas en una especie de bolsa imaginaria. Entre todas esas cosas, lo que resuena más es el tema del renacer, de volver a nacer, porque creo que en Weser de alguna manera nos morimos. Y esa muerte es un viaje a los sueños de nuestra infancia. Por eso creo que en esta nueva película tendríamos que renacer. También pienso en vidas futuras, en mil años para adelante, en la posibilidad de vivir otras vidas. Pero todavía estamos pensando el tema y tratando de descubrirlo juntos.
