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Editorial

La música en movimiento: la casa de Jaime Torres recupera su memoria sonora

El charanguista tucumano Jaime Torres falleció en diciembre de 2018, a los 80 años. Su casa de Parque Lezama, que durante su vida fue un espacio abierto a intercambios con sus colegas, ahora recuperó aquel espíritu de encuentro y creación a partir del trabajo de su familia. Gabriel Plaza le pone palabras a un ciclo intimista por el que ya pasaron Antonio Tarragó Ros, Tomás Lipán y Bruno Arias.
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“La casa estaba un poco pinchada y ahora con el movimiento vuelve a respirar”, dice Elba Torres, esposa de Jaime, el charanguista más importante de la Argentina, madre de cinco hijos, compañera de esas noches interminables en esta casa, a pocas cuadras del Parque Lezama, donde pasaron figuras internacionales como Eva Ayllón y Jacinto Piedra y Peteco Carabajal.

En esta casa que siempre fue movimiento, -excusa para el encuentro de amigos el 1 de mayo,  para personas que llegaban de otras provincias y hacían un alto en la ciudad, o de elencos internacionales que caían a comer, o músicos que llegaban a guitarrear en los cumpleaños-, el curso natural de esas vidas se quebró con la muerte de Jaime en diciembre de 2018.

Entonces hubo que reconstruir ese espacio. La única manera que encontraron fue que la casa, -el corazón de la familia-, vuelva a encontrar el ritmo de las juntadas para rendirle culto a esa amistad que Jaime y toda la familia profesaba a conocidos y desconocidos.

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“Queríamos recrear eso que pasaba cuando estaba Jaime alrededor de esta mesa y lo pasábamos tan bien. Como no lo íbamos a compartir con otros como siempre se hizo en esta casa”, dice Soledad, una de las hijas y organizadoras de los encuentros, que tiene su emprendimiento Pastora Tejidos.

Así nació un ciclo intimista y de puertas adentro -ya pasaron Antonio Tarragó Ros, Tomás Lipán y Bruno Arias, entre otros- donde todos los integrantes de la familia se reparten los roles. Elba hace de anfitriona para quien quiera escuchar las historias míticas que rondan esta casa. Manuela, -cantante y bailarina, integrante del grupo Zencerro-, y Claudia, se encargan de la comida y la bebida, para que todos se sientan bien atendidos. También está Sebastián, que acomoda el sonido para que se escuché mejor. Y, los otros hermanos -Juan Cruz y Martín-acompañan de cerca, invitando, compartiendo la movida, o haciendo de guías cuando están en la casa.

Jaime aparece en retratos, dibujos, libros y fotografías que forman un pequeño altar, donde se lo ve al músico en un gesto repetido y eterno: los ojos cerrados, el charango en el pecho y una sonrisa de buda, como si hubiera encontrado la iluminación.

Otra vez la casa está llena. Hay amigos, gente que llegó por recomendación, desconocidos que se enteraron del encuentro a través de las redes sociales (@eldelcharango) que tiene la familia Torres.

“Cuando estaba Jaime todo el tiempo la casa estaba llena, fines de semana, días de semana. Por ahí, terminaban de ensayar y ya se venían a comer una picada, o se armaban unas empanadas o una comida de olla. O de golpe llegaba un músico de otro país y lo llamaba a Jaime y se venía para acá y enseguida se armaba algo. El no tocaba en esos encuentros, salvo alguna ocasión muy especial, pero siempre estaba, compartía, charlaba, hasta que por ahí tiraba la bomba de humo y me quedaba yo con la gente”, recuerda Elba y se ríe.

Esta noche, Luciana Jury está cantando por primera vez en el patio de la casa de Jaime Torres. Ella siente su presencia. Lo dice: “Está acá sobrevolando con su charango”. Los que asisten están en silencio, hipnotizados por el canto de Luciana, pero también envueltos por el ambiente intimista de ese patio. Es una ceremonia que se enciende cuando la música suena. Hay algo que se activa en el aire.

“Para nosotros es invocar su espíritu. Estar está por todos lados. Es una casa que tiene algo también por todas las personas que pasaron”, dice Manuela, que formó parte del grupo de su padre.

“Siempre fue así”, dice Juan Cruz, hijo de Jaime, charanguista, que vive en la Quebrada de Humahuaca con la artista audiovisual Aldana Loiseau, hija de Caloi, y que está de visita por unos días en la casa de su niñez y adolescencia. “Me acuerdo mucho de la vez que vino Paco de Lucía porque fue completa. Hicimos partido de fútbol en la costanera que Jaime hizo trampita porque armó el equipo y llamó a jugadores profesionales como Villaverde que jugaba de dos y Pogani en el arco. No nos metieron ni un gol. Fue peleado porque tenía unos bailadores que jugaban bien, pero les ganamos. Paco después le dijo, que bien esos dos chavales que tenías en tu equipo. Después al mediodía hubo juntada acá. Fue impresionante porque tocaron, bailaron y tuvo que venir el representante de Paco a llevárselos para la prueba, pero estaban todos de fiesta y no se querían mover. Fue un día muy lindo”, recuerda.

Juan Cruz tiene una picardía que recuerda a la de su padre y un respeto sagrado por ese recorrido musical de Jaime. “Acá está su colección de instrumentos del que hice un relevamiento. Me acuerdo que cuando Jaime falleció la familia me dijo sino quería tener su charango pero preferí que se quedase acá. Lo que si hice es tocarlo en alguna ocasión especial en casa o grabar algo. A veces también toco un ronroco para hacer un tema que es Aires de puno”.

La canción “Aires de puno”, sonará el próximo viernes, en el próximo encuentro de entrecana cuando toque el grupo Zencerro, donde Juan Cruz Torres toca el charango, pero donde también canta y toca la percusión su hermana Manuela Torres, y al que se suma la guitarra de Lucas Gordillo, hijo de Tukuta Gordillo, amigo y compañero de Jaime en muchos conjuntos musicales que compartieron, y Reynaldo Mamaní en vientos.

La historia continúa en esta generación.

“Ellos siempre vivieron estos encuentros en casa de manera natural”, dice Elba. “Creo que el legado que dejó Jaime fue ese, que la familia sea unida y que celebren la amistad”.

Ni Elba, ni ninguno de sus hijos, conocen otro tipo de vida, reuniones que se eternizan por horas y que pueden tomar la cocina, el patio, o el resto de la casa por completo. Entre la familia de sangre y la familia de la vida, los amigos como Tute, Mariana Mazú y Max Aguirre, entre otros, se armó una cofradía que continúa con esa ceremonia que Jaime fue sembrando en cada uno que llegaba a su casa.

“A mí me trajo Tute a un cumpleaños. Yo no era amigo de Tute, éramos colegas, pero se dio algo. Después de tomarnos un café me dijo: ¿no querés ir al cumpleaños de un amigo? Cuando llegamos toca el timbre y el que abre la puerta es Jaime Torres. Me quedé. Me extendió la mano y se presentó: soy Jaime. Así entré en esta casa donde encontré otra familia”, cuenta Max Aguirre, dibujante, cantor y que tiene el rol de presentador en los encuentros.

Ahora, Luciana Jury se pone a cantar de golpe el leit motiv de la novela “La extraña dama”. La actriz Luisa Kuliok, está entre el público. La acompaña el pianista y actor Facundo Ramírez, hijo del pianista y compositor Ariel Ramírez, que llevó a Jaime por todo el mundo en los sesenta. Otra vez las historias y las personas se cruzan en la casa de Jaime. Personas muy distintas y de diferentes disciplinas. “Acá se hacían la noche de los negros, así le decían, cuando estaban el Negro Carella, el Negro Caloi, el Negro Cris y Jaime”, cuenta Soledad Torres.

Pero también hay personas de otros lugares con otra cultura que llegan a colaborar como “La Vikinga”, la chica que recibe a la gente en la puerta de la casa. O este grupo de tucumanos y santafesinos, que se enteraron y ahora están metidos en un encuentro de música que no imaginaban en sus provincias.

Cuando Luciana deja de cantar en el formato más de recital y después pasan dos hermanos que tocan chamamé de antes, y ya cuando varios se retiran y va quedando un grupo más reducido de personas, ahí es cuando el patio cobra la forma de aquellos encuentros de antaño, donde se pueden entremezclar el saludo de cumpleaños a ritmo de carnavalito para Nina, la hija de Juan Cruz Torres, con unas chacareras y zambas instrumentales para que bailen parejas en el patio, o el coro colectivo en plan guitarreada en “Piedra y camino”.

“A bailar”, dice Elba, como una capitana que dirige la batuta con su bastón y se armá hasta un trencito espontáneo que recorre la casa a ritmo de un carnavalito. Y después llegan los chamamés, y después se suceden los bailecitos y Elba, se levanta a pesar de su dolor de rodilla y se pone a bailar como en esos carnavales de la quebrada de Humahuaca, donde la familia hecho raíces y está la casa del Tantanakuy, donde se organizan encuentros infantiles de música con chicos de toda la región todos los años. Y aunque afuera la noche sea la más oscura, por unas horas en esta casa, -que ahora es refugio de conocidos y desconocidos-, la música brilla y hay ronda, baile, amistad y encuentro, y la familia revive su historia y la de Jaime Torres, y el corazón se enciende como una fogata.

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About Post Author

Gabriel Plaza

Ejerce el periodismo musical desde 1992. Fue crítico de música en el Diario La Nación (Buenos Aires), desde 1996 hasta 2019. Sus crónicas musicales se publican en medios como Revista Ñ, Silencio, Página 12, Caras y Caretas, y Anfibia. Fue tercer premio del concurso para Jóvenes Periodistas de Iberoamérica Lazaro Carreter en el año 2000 (BMG Group. España). Es co-fundador de la Red de Periodistas Musicales de Iberoamérica (REDPEM) y uno de los autores del libro Ritual y Ritmo sobre el fenómeno de La Bomba de Tiempo, junto a Humphrey Inzillo, editado por Atlántida (2017). Sus artículos aparecie-ron en publicaciones de la Universidad de La Plata y la Universidad de Guadalajara, México. Es autor del libro sobre la Bomba de Tiempo junto a Humphrey Inzillo. Tiene su pro-grama de música Hora Cero, todos los martes a las 23, en Radio Nacional.
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