“Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aún no había creado el mundo. Todavía no había nada. Y comenzó».
«Una frase de música del pueblo me cantó una rumana y luego la he hallado diez veces en distintas obras y autores de los últimos cuatrocientos años. Es indudable que las cosas no comienzan; no comienzan cuando se las inventan. O el mundo fue inventado antiguo”.
Macedonio Fernández – “Museo de la Novela de la Eterna”
Todo tiene un antes. Aún los principios. Los principios serán, alguna vez, el antes de otros principios.
En el año 1996 tuve la intensa experiencia de actuar como productor artístico del cd que grabó el Coro Bayer – integrado por empleadas y empleados de esa firma – bajo la dirección del maestro Néstor Andrenacci. Una de las secciones del disco (fueron tres en total), fue una serie de vidalas y bagualas para lo que contamos con la participación y guía de Leda Valladares. Esa experiencia me significó un gran aprendizaje. En los descansos, entre toma y toma o esperando que el ingeniero de sonido adecuara algunas cuestiones, hubo nutritivas charlas con Leda.
Como postre (o como “yapa”), después de haber grabado ocho músicas junto al coro, Leda nos regaló una baguala, recopilada en Belén, provincia de Catamarca, alrededor de 1960. En el registro de mi memoria, además de la emoción que transmitía el canto de Leda Valladares, se gestó una especie de alucinación: cuando la escuchaba en el momento, tuve la clara sensación auditiva de que, en algunos finales de frase, Leda dejaba caer la afinación. Como en una “blue note”. Cuando ella decía “…se fue y me dejó…” yo sentía que el sonido (una nota tónica) “se caía” un tono descendente, hasta rozar la séptima menor respecto de la tonalidad. “Casi un blues” me dije, sin decírselo a ella. Todavía hoy, mientras escucho esa grabación y la nota no aparece, mi memoria reconstruye lo que ha sido, pero que no se dejó atrapar. Pienso: sería eso el alma de lo cantado, lo intangible, lo inapresable.
De aquello, entre otras cosas, me acordé al día siguiente de asistir a la presentación de Sofía Rei en La Tangente.
Dos instancias principales se me configuran, ahora que estoy en una tercera instancia: la de devanar en el papel. Hay una instancia de la performance propiamente dicha, lo que sucede o deja de suceder en el momento, la luz y el sonido, el moverse el cuerpo, el recibir con el oído pero también con el pecho y con las piernas, todo lo que cada persona vive por estar viviéndolo contemporáneamente. (Entre paréntesis, no hubiera estado mal que, en lugar de cómodas sillas y pesadas mesas, La Tangente hubiera dispuesto un espacio para que pudieran expresarse los cuerpos de las personas asistentes). La otra instancia es la de las fichas que van cayendo en el interior de la cabeza, las asociaciones, los recuerdos.
Cosa que no hago habitualmente, me senté con mi libreta de apuntes y dejé que sucedieran líneas como espasmos. Leo ahora: Minimalismo – Arvo Pärt – Kraftwerk – Michael Nyman – Philip Glass – The Police “Synchronicity” (Máximo común denominador, Mínimo común múltiplo). Punto.
La Baguala – “Sin darle motivo” – . Punto.
“El mundo es redondo”. Punto.
Podría seguir, pero me estaría escapando (me estaría escapando de La Tangente, por la tangente. Risas).
Sofía Rei tiene un envidiable dominio de su propia voz. Es una voz multiforme: ancha si hace falta, gutural a veces, fluida y transparente en sus agudos. Es una voz que suena como Sofía Rei quiere que suene todas las veces. Todas las veces.
Y además, Sofía Rei compone lo que llama “canciones” y les da un entorno y un estilo, con la importantísima colaboración –en este caso– de JC Maillard (en guitarra eléctrica, teclados, laptop, voces) y de Manu Sija (en violín, bandoneón, percusión, charango, voces). Además de la propia Sofía Rei, que compone, procesa efectos, loopea y rasguea el charango.
Solemos chancear con Leo Acevedo (productor y conductor de programas de radio, además de compañero de mi hija) a partir de mi discusión con eso que se ha dado en llamar “rock nacional”. De un tiempo a esta parte, cualquier música que escuchamos juntos se define como “rock nacional”, casi como un mantra. En este caso, me pareció que el producido artístico de Sofía Rei puede incluirse en un collar donde las otras perlas son Leda, Liliana Herrero, Charo Bogarín, Silvia Iriondo, el dúo Abrunitez. Y esta sería la expresión de un verdadero “rock nacional” en el cual lo “rock” no está definido por el ritmo del rock’n roll, sino por la acepción “rock” que, cuando éramos jóvenes, implicaba la confrontación de lo nuevo frente a lo establecido. Fuera de todo vínculo con la industria de la música ni de las tendencias colonizantes y organizadoras “de afuera hacia adentro”. Esto es – claramente – “de adentro hacia afuera” (a tal punto que Sofía no reside en la Argentina, sino en los Estados Unidos, dicho esto sin ningún ánimo de peyorizar).
En esa dirección, “Rock” son los arreglos e instrumentación.
Los dos primero discos de Liliana Herrero (ambos producidos por Fito Páez acompañada por un sólido conjunto instrumental -Juancho Perone (percusión), Claudio Bolzani (guitarra), Iván Tarabelli (teclados) y Roy Elder (vientos)- muestran la voluntad disruptiva aplicada a los patrones tradicionales del folclore. Ninguna pareja se pondría a bailar como zamba la versión de “Debajo del sauce solo”, de Rolando Valladares, que Liliana y su grupo grabaron en el primer disco de ella (que porta su nombre y se publicó en 1987), pero podrían estar días hipnotizados por las secuencias instrumentales sobre las que flota la voz de la Herrero. Y así también, la ruptura de Tonolec con los formatos rítmicos tradicionales convoca a La Charo y no parece ser casualidad.
Se agradecen las polirritmias
El Ser Caucásico ha resumido, en Occidente, el discurrir de lo rítmico, a su forma elemental: el pulso de “negra”. El beat básico de la marcha marchosa de la música disco, ese que Giorio Moroder ajustó ingeniosamente para que todos los piececitos presentes en el boliche batieran al unísono. Trasladar ese modelo a la instancia de la música “para ser escuchada” conlleva una regularización que conduce a la uniformidad y al tedio.
Las secuencias que loopea Sofía desde su primera canción (“Un mismo cielo”) eligen, afortunadamente, otros itinerarios y a la vez que consigue que el piecito quiera moverse, el resto también. Hasta se agradece el flequito de “My favorite things” que pasa y saluda y un batir de marcha camión que nos acompaña un par de cuadras.
El cóctel ofrecido en “La otra” contiene dúos de quenas sintetizadas flotando sobre patrón de seis por ocho y el permanente jugueteo con la maquinola loopera que armoniza “con el tenedor” (en fin: es lo que sabe hacer la máquina).
“Negro sobre blanco” viene con su marcha renga de saya, el charanguito soltando de vez en cuando una nota tercera mayor inadecuada y desafiante. Un fuerte clima carnavalesco de explosión contenida. Porque ninguna vez llega el descontrol: la fiesta mantiene un ojo atento a que cada sonido esté donde debe estar.
¿Llamaríamos a esto “Proyección folklórica”? Claro que sí. Proyección: desde lo propio hacia el mundo, con disposición de recursos y herramientas.
Cartón lleno cuando sube al escenario La Charo y las tripas cantoras se hacen presentes y lo baguala campea. Incluyendo, hacia el final, unos acordes vocales que no hubieran hecho muy feliz a Leda, pero sí a quienes los disfrutamos ahora. Cantan que “El Mundo es redondo” y por cierto que lo es. Desgranando, como al desgaire, una sonrisa condescendiente, dejando al terraplanismo con su sonrisa idiota y una baba de comisura. Hay polifonía pero también homofonía, un andar sobre seis por ochos alternando con tres por cuatros que avanza engañando baldosas como quien bebió un poco de más.
No siendo el ánimo de este escrito la enumeración completa de un repertorio de concierto, sino más bien dejar constancia de sensaciones y pareceres, diré entonces que todo siguió transcurriendo sólido pero cariñoso, con mucho de reencuentro familiar y de amistades reencontradas. Incluyendo la virtuosa visita de Franco Luciani para una versión de “La Llorona” con profusión de malabarismos sonoros, todos ellos recibidos de muy buen grado, de a ratos en feroz contrapunto con la voz de la anfitriona.
El criterio de la sonorización del concierto privilegió la contundencia de los graves secuenciados, lo que ha ido un poco en desmedro de la inteligibilidad de los textos. Sólo en el bis (“Helvética 12”) la dicción de Sofía obtuvo el merecido plano y las ironías del texto se hicieron comprensibles.
En tiempos en que la información circula a velocidad de vértigo y que los lenguajes y sonoridades del mundo quedan más a la mano, es bueno sentir que se puede expresar lo propio a partir de los sentires que inspira la tierra que nos nutre y las personas que en ella crecen, para sumarse al rugido del universo. Así, el ir y venir de la forma musical se hace más fraternal, más auténtico.
