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Editorial

Gismonti en Buenos Aires: un universo sonoro inagotable

El lenguaje sonoro de Egberto Gismonti, donde conviven lo popular y lo culto, tendrá su reflejo el jueves 28 a las 20.30 en el Teatro Coliseo en un espectáculo titulado “Celebración Universo Gismonti”. Gabriel Plaza anticipa la visita del músico brasileño con un retrato tan singular como el artista que ahora renueva su vínculo con la Argentina.
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Egberto Gismonti, tiene 77 años, pero recuerda perfectamente y con un asombroso detalle una escena familiar que revela su prodigioso vínculo con sus dos instrumentos: el piano y la guitarra. Su hermana comenzó a estudiar piano cuando tenía 5 años. Egberto, siguió sus pasos y comenzó rápidamente a mostrar interés por la música. Se acercaba al piano para tratar de tocar las piezas que ella estudiaba. Un día su madre quedó impresionada por la forma que había avanzando su hijo de forma intuitiva. Esperó a que el padre de Egberto llegara del trabajo para darle la sorpresa.

—¿Cómo que va a tocar el piano?, dijo el padre extrañado.

Después de escucharlo exclamó.

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—¡Qué maravilla! Mi hijo va a tocar un instrumento importante.

Entonces su esposa de origen siciliano respondió:

Camilo, va bene il pianoforte, ma dove sta la serenata?

En ese momento- cuenta Gismonti en la entrevista vía mail desde Brasil- decidieron que yo debía seguir la idea de mi padre, aprendiendo un instrumento aristocrático. Pero, al mismo tiempo, debía tocar también un instrumento que representara la serenata: la alegría que los italianos buscaban en la música que hacían.

Esa escena define la identidad del artista brasileño y la influencia de la familia en su formación musical, educativa e intelectual.

Egberto Gismonti -uno de los más lúcidos, profundos e imaginativos del siglo XX, como señaló el crítico Diego Fischerman-, se presenta este jueves 28 en el Teatro Coliseo. El músico brasileño, guitarrista, pianista, compositor para música de orquesta, escribirá una nueva página en su larga relación que tiene con la Argentina, desde los años ochenta, y el vínculo cercano con artistas como Astor Piazzolla con el que compartieron maestra: Nadia Boulanger. Ella, marcaría sus rumbos artísticos.

A la distancia, el músico de larga cabellera enrulada, fanático del club de fútbol Fluminense, adorador de la obra de Heitor Villa-Lobos, que sintetizó como nadie la esencia de lo brasileño, recrea minuciosamente ese pasaje de su vida, cuando era un veinteañero a la búsqueda de un estilo, y todavía no avizoraba en su horizonte una discografía que superaría holgadamente los setenta álbums, entre obras para bandas de sonido, ballet y teatro, además de sus colaboraciones con uno de los más brillantes bajistas del jazz, Charlie Haden.

-Creo que lo más importante que aprendí con mademoiselle Boulanger fue una respuesta que me dio cuando yo tenía 20 o 21 años. Le pregunté: ¿Qué debo hacer para convertirme en un gran compositor y orquestador?

Ella respondió pausadamente: “Le propongo que escriba, todos los días, unos 10 compases en un pentagrama dos, tres o más. Le aconsejo que ponga la fecha en cada anotación y que nunca las borre. No las borre porque, en un futuro cercano, usted volverá a las primeras páginas y descubrirá cuánto ya sabía sin ser consciente de ello. Y, al mismo tiempo, se dará cuenta de que mucho de lo que cree saber todavía no lo sabe”.

Gismonti es un artista requerido. Hoy podría dejar de tocar en vivo por la cantidad de obras que le encargan orquestas de todo el mundo. Sin embargo, el músico no puede dejar de subirse a un escenario. En esta gira está acompañado por un conocido de los porteños, el violonchelista Jacques Morelembaum, celebre arreglador de los discos de Caetano Veloso, y el guitarrista Daniel Murray. En su presentación porteña bautizada Universo Gismonti, también tendrá invitados como el armoniquista rosarino Franco Luciani, y otros artistas sorpresa.

-En esta presentación, el objetivo es, sobre todo, volver a estar en el escenario de un bello teatro de una ciudad que siempre me inspira. Haciendo música, compartiendo música con amigos brasileños en este caso, Daniel y Jaquesy también con músicos argentinos, cuyos nombres prefiero no revelar para preservar la sorpresa.

La intención de regresar a la Argentina para tocar nace de la nostalgia que siento por todos los amigos y amigas con quienes tuve el privilegio de convivir y mantener, a lo largo de tantos años, una relación de afecto y cariño.

Los recuerdos que guardo de Buenos Aires y de la Argentina son siempre muy estimulantes.

Por esa razón, la respuesta a su pregunta es simple y directa: vengo para reencontrarme con amigos, tanto en el escenario como en la platea de la Argentina.

El sino de la música de Gismonti parece indescifrable, aunque en su historia personal se puede escuchar ese viboreante recorrido cultural que lo llevó a tocar como toca y a componer como compone, tanto en el piano como en la guitarra. En esas voces múltiples de la historia de su familia de origen libanés y siciliano, también se integran a esa identidad diversa de la cultura brasileña, donde se pueden encontrar las claves de un sonido, de una vibración, de un espíritu musical, donde convive la música académica, la música indígena del Amazonas, Debussy, el jazz, y la música popular como el forro nordestino, el frevo o el samba. Es decir, la vanguardia y la tradición. 

Su estilo suele escapar a las etiquetas musicales y desorientar incluso a los organizadores de premios internacionales. En una ocasión recordó que cuando grabó el disco Danca das cabecas (1976) con el percusionista Naná Vasconcelos para el sello ECM, le dieron en Inglaterra el premio a mejor disco folklórico, en Alemania ganó el galardón a mejor disco de música culta, y en Estados Unidos lo distinguieron en el rubro jazz.

En su primer disco de 1969 cuando presentó su canción “O Sonho”, que grabó Elis Regina, fue apadrinado por Tom Jobim, pero recibió sus primeras críticas de una parte de la prensa que no entendía su manera de encajar en ese mundo musical post bossa nova, en paralelo al movimiento tropicalista.

“No pasa de un ‘pastiche’ de Los Beatles, Johnny Alf y Tom Jobim”, escribió el crítico de la revista cultural Veja. Un año después la misma revista decía que en su forma de tocar la guitarra tenía mucho de Baden Powell, como cantor se parecía a Edu Lobo y como arreglador a Burt Bacharach: “El resultado es una mixtura que recorre algunos estilos disponibles en plaza y formarían una especie de bazar de música moderna”.

Sin embargo, en esos primeros discos, estaba la semilla de un estilo vanguardista que desarrollaría después en su obra “Academia de Danca: Danca dos hombres/danca das sombras”, del disco Arvore de 1973, y que abriría otro camino conceptual en la música popular brasileña. Su llegada al sello ECM, -refugio de la música experimental, minimalista y jazz de vanguardia-, fue esencial para desarrollar ese lenguaje instrumental en el piano y la guitarra, que dejó atrás el acompañamiento de la voz de sus primeras producciones.

A Gismonti le gusta decir que hace “una música maluca, difícil de tocar”, y que no da con el “estereotipo brasileño”, pero a la vez se alimenta de esa compleja polifonía musical y rítmica, con una naturalidad orgánica. Lo que podría sonar difícil en Gismonti suena natural, fluye, aunque haya momentos de tensión dramática en su música y pasajes instrumentales audaces.

El crítico argentino Sergio Pujol lo definió así: “Gismonti se distancia completamente del artista posmoderno que procede mediante fragmentaciones y pastiche. La poderosa individuación de su estilo, sea cual fuere el instrumento seducido por sus manos, siempre nos recuerda la altivez de su admirado Heitor Villa-Lobos, para quien la pregunta por lo folclórico debía responderse en primera persona”. 

Cuando no está de gira, Gismonti lleva adelante una disciplina férrea de componer todos los días. Casi que no hace otra cosa por la cantidad de pedidos que le llegan de instituciones, óperas y orquestas. “El compositor debe mantenerse en práctica permanente: componiendo, desarrollando ideas, entrenando su escucha y su escritura, porque, cuando lleguen las invitaciones para escribir una obra para teatro, un ballet, una película, un concierto, una obra de cámara, o incluso una música para un pequeño grupo que disfruta improvisar y dialogar con el folclore, estará preparado”, aconseja, a la distancia.

A la manera de un maestro de música, como sí le gustara enviar un mensaje a las nuevas generaciones de compositores, escribe como si estuviera redactando su propio decálogo para otros músicos.

-El compositor: necesita convivir diariamente con la posibilidad de transformar lo que soñó, leyó, deseó o intuyó en música representativa.

-La composición no surge solamente por encargo; es fruto de un ejercicio constante de elaboración y de apertura a las influencias de lo cotidiano. De esa manera, el proceso creativo coincide con la disponibilidad interior.

-El compositor, lleno de deseos e ideas, debe esperar a que el mundo le pida obras, pero sin quedarse jamás inactivo. Su obligación es doble: componer a partir de lo que ya sabe hacer y, al mismo tiempo, atreverse en territorios que aún no domina.

Cuando se le pregunta a Gismonti sobre el papel y la influencia que tuvo su familia en su personalidad musical, ofrece un tratado, una suerte de biodrama, donde la historia de vida se entrelaza definitivamente con su punto de vista musical. Sentado en su computadora, en medio del parate de la gira, el músico se toma su tiempo y contesta como si fuera el capítulo de un libro, o el inicio de una novela sobre su historia.

-Creo que el hecho de que mis padres fueran inmigrantes de países completamente distintos me dio apertura, comprensión y coraje para iniciar mi vida profesional. Desde temprano fui consciente de que el camino a recorrer sería como un mar agitado —imagen utilizada en la familia para describir la travesía del Océano Atlántico en condición de inmigrantes.

Ellos hablaban mucho de la necesidad de abandonar todo lo que habían construido: casa, familia, amigos, logros, cocina, objetos personales… Nada podían llevar consigo en esa huida después de la Primera Guerra Mundial. Al llegar a un país del cual prácticamente nada conocían, sintieron, sin embargo, la receptividad como una forma de seguridad. Brasil les pareció de brazos abiertos.

Mi padre, libanés, traía como formación la idea de que los hombres deciden en sus hogares. Mi madre, en cambio, proveniente de Catania —una región de Sicilia marcada por la tradición de las mamas, mujeres que conducen a las familias— llevaba consigo la fuerza y la centralidad de la figura materna.

Así, mientras mi padre representaba la autoridad masculina, mi madre representaba la voz decisiva de la casa. Sin embargo, lo que vi al crecer fue justamente lo contrario: descubrí que mis padres vivían, de manera singular, aquello que Milton y Caetano Veloso sintetizaron en una de sus canciones, Paula y Bebeto: “cualquier manera de amor vale la pena”.

En la práctica, esto significaba que en casa ambos daban órdenes —inclusive a sí mismos. Y, con el tiempo, el humor mediterráneo y árabe comenzó a transformar las diferencias en bromas. Recuerdo bien una escena:

En la mesa del almuerzo, mi padre decía, riendo:

Ruth (mi madre), veo que hoy hay más comida italiana que árabe en la mesa.

Ella respondía:

Camilo (mi padre), ¡ya no sabés contar!

Entonces mostraba una gran fuente de kibbe, cortado en rombos, con unos 24 pedazos, y retrucaba:

—¿Acaso esto no alcanza?

Él, provocando:

—¡Pero eso es una sola comida!

Y ella concluía:

Chicos, su padre está loco, ¡ya no sabe ni contar!

Esos momentos nos llenaban de alegría.

¿Y qué tiene todo eso que ver con mi vida? Tiene que ver con que mis padres nos enseñaron que cualquier manera de amor vale la pena; que las diferencias no impiden la convivencia, sino que, al contrario, pueden ser fuente de respeto, de reverencia y de alegría.

Respeto, reverencia y alegría. Es lo que genera la música instrumental de Egberto Gismonti. En sus composiciones convive lo erudito y lo popular, la naturaleza, el paso del tiempo, las diferencias sociales y contradicciones de ese enorme país continental llamado Brasil, junto a ese pulso migratorio y nómade, -el sentimiento de la diáspora-, que transforma su obra en una barcaza universal.


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About Post Author

Gabriel Plaza

Ejerce el periodismo musical desde 1992. Fue crítico de música en el Diario La Nación (Buenos Aires), desde 1996 hasta 2019. Sus crónicas musicales se publican en medios como Revista Ñ, Silencio, Página 12, Caras y Caretas, y Anfibia. Fue tercer premio del concurso para Jóvenes Periodistas de Iberoamérica Lazaro Carreter en el año 2000 (BMG Group. España). Es co-fundador de la Red de Periodistas Musicales de Iberoamérica (REDPEM) y uno de los autores del libro Ritual y Ritmo sobre el fenómeno de La Bomba de Tiempo, junto a Humphrey Inzillo, editado por Atlántida (2017). Sus artículos aparecie-ron en publicaciones de la Universidad de La Plata y la Universidad de Guadalajara, México. Es autor del libro sobre la Bomba de Tiempo junto a Humphrey Inzillo. Tiene su pro-grama de música Hora Cero, todos los martes a las 23, en Radio Nacional.
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