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Editorial

Walter Vargas: la literatura como epifanía

En la luz pública por su trabajo como periodista deportivo, Walter Vargas acaba de editar un nuevo libro de poesía, “Epifanías”. Aquí Negras&Blancas ofrece la reseña del libro y una aproximación al perfil de un escritor irreductible a las simplificaciones de la patria massmediática.
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Al lingüista Roland Barthes gozaba analizar una escena: ocho personas se encuentran en una cena, ¿Cuál es el número mínimo y exacto de intervenciones en la conversación que alguien debe tener para para no ser considerado silencioso? ¿Cuántas palabras hacen falta para desbaratar el signo? Los textos de Walter Vargas parecen funcionar bajo esa preocupación: su amor por el lenguaje lo empuja a encontrar la razón de ser de cada palabra. Se propone usar su mínimo y exacto número para conseguir eficacia. Nada sobra. Pero sus textos no desnudan ese esfuerzo, aparecen sin artificio, como si fueran -y no lo son- las palabras que cualquiera de nosotros hubiéramos elegido en la intención de narrar. A modo de evidencia de este dispositivo de escritura está el último libro de Vargas, Epifanías, editado por Halley.

Vargas, de 67 años, ha conseguido su mayor trascendencia pública como comentarista de fútbol de una cadena internacional; sin embargo, su linaje profesional es más amplio. Su biografía lo presenta también como psicólogo social, lo que nos revela que no tuvo permitida la indiferencia frente a aquellas teorías que conciben al lenguaje como la estructura de nuestro pensamiento; las que afirman que la palabra no sólo es expresión, sino el fundamento de la organización de categorías y conceptos que -incluso- determinan nuestra percepción. Tal vez la ciencia no haya arrojado evidencias sobre el criterio de verdad de ese determinismo, pero la literatura sí. Sobre el valor inescindible de la forma y el fondo los libros de Walter Vargas construyen una certeza.

En el terreno periodístico, con sus condicionantes de género, habrá que recordar que los textos de Vargas contenían desde el principio un pulso que no podía solazarse únicamente en artículos de la prensa de coyuntura. Allí están por ejemplo las columnas que escribió por décadas en la clausurada agencia Télam, que mostraban la misma devoción por el lenguaje (Escribe en Epifanías: “Amo la lengua que me fue donada: la lengua materna (…) Tal vez por eso me atraen los restos de las lenguas, las inconveniencias que escandalizan a la cátedra, los harapos de la sintaxis, las migajas de una conclusión…”). Aquellos textos en Télam no renunciaban a la belleza en nombre de formato periodístico de agencia, tal vez el que menos libertades otorga. Su espacio en La Gaceta de Tucumán, su saga de libros deportivos con ediciones Al Arco o incluso sus clases en el Círculo de Periodistas Deportivos, donde contagió ese amor por el lenguaje, abonan en el mismo sentido.

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Las tres primeras líneas de Epifanía encantarían a un lector de Vinicius de Moraes “De repente, el niño abre los ojos. La madre que lo porta en brazos, llora. Llora también Michelángelo”. El elegante poeta brasileño escribió: “De repente do risa fez-se o pranto, silencioso e branco como bruma. E das bocas unidas fez-se a espuma. E das maos espalmadas fez-se espanto”. Vinicius -como Vargas- trabajaba con el vaivén del lenguaje (“Las ideas brillantes ya fueron dichas todas: ahora nos quedan las ideas brillosas”, “Quiso doblar una esquina y resultó que la esquina lo dobló a él”, etc). Un recurso que transita un precipicio. Su mal uso puede arriesgar a perder en una palabra todo lo previamente construido. Habilitada la sospecha, releídos los textos, Vargas parece escribir consciente y sale indemne de esa aventura.

Epifanías se lee de un tirón pero para el disfrute reclama paciencia. Vargas participa a su modo del sueño del francés Víctor Hugo por la desmesura del narrador. Un narrador que puede ser todos los narradores.

“Cada cinco segundos muere un niño por desnutrición, soy ateo.

Cuando en la soledad de mi cuarto, de madrugada atisbo sombras que reconozco y me susurran consuelos, soy agnóstico.

Cuando escucho el Ave María de Schubert nadie es más creyente que yo”, escribe.

Pero la escritura de Vargas no pertenece al universo de la fe ni las creencias.

Está allí, tangible en el papel, y es perfectamente verificable.

Es una forma de verdad. Ante ella, elegir la indiferencia se parece mucho al error.


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Mariano Suarez

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, magister y doctor en Derecho del Trabajo; Doctor en Derechos Humanos y Previsión Social. Escribió una decena de libros de derecho, comunicación y música.
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