La historia oficial suele construir algunos mitos encorsetados, pero la realidad pluricultural prefiere cruzarlos en el barro de la memoria. En 1901, las aulas del Colegio Pío IX, en el barrio porteño de Almagro, fueron escenario de una coincidencia allí compartieron habitación, complicidades y pupitre un pequeño Carlos Gardel y el joven Ceferino Namuncurá.
Por entonces, Carlitos tenía diez años. Su madre, una planchadora del Mercado del Abasto, costeaba con enorme sacrificio los quince pesos mensuales de la cuota escolar. Desde Chimpay, Río Negro, la orden salesiana había trasladado al mismo colegio a Ceferino, hijo de una cautiva chilena y nieto de Calfucurá, el gran soberano de las pampas. Su padre, el cacique Manuel Namuncurá, era el líder que había comandado la resistencia mapuche contra el Ejército Argentino de Julio Argentino Roca hasta 1883.
Ambos integraron el coro escolar bajo la dirección del padre José Spadavecchia. Existe una famosa anécdota de la fiesta de fin de año donde ambos recibieron el diploma «Digno de alabanza en canto», y la leyenda cuenta que Ceferino le ganó un concurso de canto individual al mismísimo Carlitos. Como una justicia poética: solo un santo mapuche fue capaz de ganarle al futuro mito del tango, el «Zorzal Criollo». Sus caminos se separaron definitivamente a fines de 1902, cuando ambos dejaron el establecimiento hacia destinos opuestos.
Los restos de Ceferino Namuncurá finalmente regresaron a su tierra en 2009. Justo para un 24 de junio, cuando en el Sur se celebra el año nuevo mapuche (We Tripantu) y en el resto del país se conmemora el Día del Cantor Nacional en homenaje a Gardel, alguien quiso que en un puesto trashumante sonara un grabador de fondo con el Zorzal entonando «Lejana tierra mía….».
