Foto: Víctor Jara
Se viene el documental
“En septiembre canta el gallo”:
¡Víctor, la Chabela, el Payo,
Serrat… cuánto material!
Una explosión musical
hubo en el Chile de Allende,
y su legado se extiende
aún por nuestra memoria…
Sin conocer esa historia
nuestro canto no se entiende.
(Luis Emilio Briceño y Nano Stern)
¿Qué estudiante no se hizo pasar por sociólogo o periodista para hacer una entrevista? Eso hizo Nano Stern, cantautor chileno, para entrevistar a los Inti Illimani, ni más ni menos que con una monografía del colegio como excusa. Es que ya desde pequeño, supo que lo suyo era la música y la historia. “Vos sabés que no soy fácil, no me entiendo con la gente que no dice lo que piensa y no hace lo que siente”, cantó la noche anterior junto a Duratierra en La Trastienda. Quizás por eso mismo, a partir de una iniciativa editorial impulsada por el entonces diputado Boric para dialogar con la generación política de la Unidad Popular, se embarcó junto al cineasta Luis Emilio Briceño —cuyo nombre homenajea al fundador del Partido Comunista— en un proyecto inédito: recuperar la historia musical de Chile.
El documental “En Septiembre Canta el Gallo”, estrenado en 2023 luego de un año de trabajo sostenido sin financiamiento, muestra de manera íntima el Movimiento de la Nueva Canción Chilena durante el proceso de la Unidad Popular a cincuenta años del golpe de Estado. Tras ganar el Premio al Mejor Documental Nacional en el festival In-Edit Chile, se presentó en Argentina en una función única. Luego de la proyección, entre anécdotas y risas, el público reflexionó junto con el representante de las nuevas generaciones de cantautores que no dejaron de cantar El derecho de vivir en paz.
La película evita la solemnidad. No hay narradores omniscientes: un amplio abanico de cantores populares de comienzos de los 70 repone los matices de un movimiento gestado en el cruce entre la amistad, la juventud, la experimentación artística y el compromiso político. Entre ellos se encuentran Pedro Yáñez, Horacio Salinas, Mariela Ferreira, Eduardo Carrasco, Julio Numhauser, José Seves, Marta Contreras, Jorge Coulon, Patricio Castillo, Antonio Larrea, entre otros. Ante la urgencia de crear registros por la avanzada edad de los testimonios, Nano cuenta que algunos octogenarios lo retaban: mejor decir que “la memoria siempre es urgente”. Así, si hubo un esfuerzo consciente por parte de la dictadura de borrar todo lo que pasó, trabajos como este todavía dialogan con el hecho original a través de canciones, archivos de prensa, fotografías, portadas de discos y registros audiovisuales inéditos. El film deja entrever una memoria colectiva plausible de ser interpelada desde el presente, en tiempos en los que la narración histórica sobre los hechos ocurridos hace más de medio siglo es disputada por una extrema derecha que intenta instalar en la discusión pública —enmascarándola de negacionismo— la justificación de los crímenes de lesa humanidad a ambos lados de la cordillera.
Uno de los mayores aciertos del documental es justamente el de escapar de las reconstrucciones trazadas con las “líneas correctas” de la Historia, siempre posteriores a los hechos. Stern y Briceño vuelven sobre los años previos al golpe, cuando los protagonistas todavía eran jóvenes atravesados por el entusiasmo y la ingenuidad, artistas de carne y hueso que buscaban inventar una nueva forma de hacer música y política. Se acercan a ellos como etnógrafos que intentan rastrear aquello que permanece detrás de ciertos discursos sedimentados: las grietas, las fisuras y los puntos de fuga que permitan repensar la experiencia más allá de sus mitologías creadas a posteriori.
“Tontas no éramos”, advierte Isabel al recordar el viaje a Europa en 1955 junto a Violeta Parra tras una invitación al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. ¿Quién hubiera dicho que conocería el cuatro venezolano en París? Es que la identidad nacional, del otro lado del charco se diluía en un latinoamericanismo en el que la artista aparecía como una presencia incómoda, áspera y fascinante al desafiar cantando en L´Escale, el mítico cabaret, lo picaresco que el Viejo continente esperaba consumir.
Violeta es, en palabras de Stern, un “tronco” que conecta la fronda con la raíz que no se ve. Esa raíz no se ve pero suena: es la de las cantoras “anónimas” chilenas de los siglos XIX y XX. El llamado neofolklore había instalado —-desconociendo aquel legado— una versión estilizada y mediática de lo popular, con arreglos vocales, vestimentas y una estética idealizada del campo difundida por circuitos comerciales como la revista Ritmo, en el marco de la Guerra Fría y de la injerencia de la CIA en la promoción de ciertos imaginarios culturales.
En cualquier caso, si el documental comienza con la experiencia europea de las décadas del 50 y 60 es porque fue decisiva en la formación estética, musical y política de Violeta, en un contexto de redefinición internacional del folklore latinoamericano, como señala Pablo Palomino en La invención de la música latinoamericana. A la vuelta, no necesitaron más que un lugar para “huevear” en el centro de Santiago. En la Peña de los Parra confluyeron estudiantes, músicos populares, militantes, poetas y curiosos. Gestionada por Isabel y Ángel Parra, funcionó como un lugar de encuentro donde circulaban artes plásticas, canciones, vino gratis y discusión política. Allí convivían músicos como Eduardo Gatti de Los Blops y futuros referentes de una escena que todavía no tenía nombre: “nadie la estableció, no había un timbre, pero todos la sentimos”.
Las giras por Argentina, Ecuador y la participación en 1967 en la Casa de las Américas en Cuba, donde suena “Me gustan los estudiantes”, dan cuenta de la proyección continental de la Nueva Canción. En los relatos, aparece la idea de una producción musical autogestionada, sin jerarquías formales, sostenida por el trabajo colaborativo y la militancia. Las grabaciones en Odeon son recordadas menos como parte de una industria cultural que como una extensión del impulso artístico colectivo. “Era la colaboración de un país, no había derechos de autor”: en ese mismo movimiento se fue construyendo un lenguaje propio con una ética y estética nuevas.
Si la “revolución” era un significante activo a punto de estallar, ¿qué ebullía en la música? No se trataba únicamente de escribir letras de protesta. «Lo que podamos decir en poesía es poco, lo que podemos cantar es amplio», decía el Gitano Rodríguez en un contexto signado por el analfabetismo. Había también una búsqueda estética sonora consciente: nuevas armonías, inclusión de instrumentos andinos, cruces con el rock y experimentación formal. Los relatos de músicos de Los Jaivas, Congreso e Illapu, recuerdan cómo el folklore chileno comenzó a mezclarse con sonoridades bolivianas y peruanas, baterías eléctricas y estructuras heredadas de la música clásica europea.
“Yo tocaba Brahms y me sacaron del piano para improvisar”, recuerda Sergio Ortega en uno de los momentos más fascinantes del documental. Antes de ser presentada por Quilapayún en 1970 en el 2° Festival de la Nueva Canción Chilena, “La Cantata Santa María de Iquique” fue compuesta en un asado ante un encargo del PC. Cuestionada por su condición híbrida entre lo popular y lo clásico, logró presentarse en el festival tras una votación que respaldó la postura de Víctor Jara y convertirse, como señala el musicólogo Eric Drott, en “uno de los himnos socialistas por excelencia de la segunda mitad del siglo XX”.
Lejos de una mirada monolítica, la política atraviesa toda la obra. La Reforma universitaria, la Reforma agraria, las campañas de Salvador Allende y la creciente radicalización social aparecen como el clima de fondo de una generación que entendía el arte como herramienta de transformación. Hay lugar para las contradicciones: algunos recuerdan las tensiones entre la vía armada y la electoral; también emergen las desigualdades de género de la escena, donde los hombres podían darse el “lujo” de armar bandas mientras las mujeres que accedían a la universidad debían enfocarse en sus carreras; otros discuten el rol de los artistas frente a un gobierno popular: “¿es posible ser críticos siendo gobierno?”. “Esta vez no se trata de cambiar un presidente/ será el pueblo quien construya un Chile bien diferente”, cantaba Inti Illimani. El film no ofrece respuestas, más bien abre puertas para repensar una historia que no deja de interpelar a todo un continente que hoy vuelve a preguntarse qué fue del cóndor.
Huelgas, amenazas, advertencias de Fidel Castro ante la inminente represión, y canciones que ya parecen anticipar la tragedia. Aunque la consigna ya circulaba en las calles durante el gobierno de Allende, el mito de resistencia fundante de “El pueblo unido jamás será vencido” se construye luego en lla dictadura de Pinochet y desde la nostalgia del exilio. El montaje se interrumpe con disparos. Irrumpe un silencio de muerte. La Nueva Canción fue transformada profundamente, ya dividida en dos continentes: la solidaridad internacional convivió —en sintonía con el largometraje “Diálogos del exilio” de Raúl Ruiz— con nuevas formas de profesionalización y tensiones personales. Mientras en Europa grupos como Inti-Illimani, Quilapayún o Los Jaivas desarrollaban una segunda vida musical más experimental, en Chile los instrumentos andinos eran prohibidos y sobrevivían como símbolos de resistencia cultural. Con los años, nuevas generaciones y bandas como Illapu resignificaron esas sonoridades mezclando folklore, arreglos corales y cultura pop.
El documental desmitifica narrativas fundantes para volver a mirar la historia desde sus pliegues, mostrando las complejidades creativas y humanas detrás de obras icónicas. Contiene un espesor histórico y afectivo en los archivos resguardados durante décadas por quienes, muchas veces de forma anónima y arriesgando su vida, conservaron ese material. En ese gesto, invita también a hacernos cargo de las preguntas que atañen el presente, y a construir una agenda que incluya a las nuevas generaciones sin perder el rastro de quienes protagonizaron uno de los períodos más intensos de la historia chilena. En lucha por el pasado, la película recupera la potencia del arte para iluminar la reflexión: «pastelero, a tus pasteles».
«EL SEPTIEMBRE CANTA EL GALLO»
Música chilena en tiempos de revoluciónDirección y guion: Nano Stern y Luis Emilio Briceño.
Estreno: Chile – 2023
Duración: 92 Minutos.
Género: Documental.
Archivos: Violeta Parra, Víctor Jara, etc.
Cámara: Manuel Labra y Luis Emilio Briceño
Sonido directo: Luis Emilio Briceño
Música original: Nano Stern
Animación: Luis Emilio Briceño
Montaje: Darío Órdenes y Anelich Hernández.
Testimonios: Pedro Yáñez, Horacio Salinas, Mariela Ferreira, Isabel
Parra, Eduardo Carrasco, Ángel Parra, Julio Numhauser, José Seves,
Marta Contreras, Eduardo Gatti, Jorge Coulon, Patricio Castillo, Antonio Larrea, entre otros
