Foto: Silvio Rodríguez en Buenos Aires, 2025. Autor: Kaloian Santos.
En 1992, tres años después de la caída del muro de Berlín y a meses del derrape total de la Unión Soviética, Silvio Rodríguez repetía una frase descriptiva del momento en la tercera canción del disco “Silvio”, que lanzó ese año: “Brillante exposición / de modas / la desilusión”, cantaba el cubano con melodiosa y melancólica voz. No era su propósito principal, tal vez, pero la canción aromaba bien sobre una economía cubana que estaba perdiendo el 85 por ciento de su comercio internacional -con todo lo que ello implicó, visto desde hoy- a causa del colapso.
Otros temas de aquel disco, hermosos como siempre, bordaban la misma huella. “Monólogo”, “El necio” –sobre todo- o la instrumental “Crisis”, entre ellos. Arrancaba así el Silvio pos revolucionario. El del período especial. El del nacionalismo que vuelve como en los días del Movimiento 26 de julio y le gana al internacionalismo que primaría luego. El que empezaría, tenue, a dar un vuelco de timón a su pluma que se expresaría pleno en discos posteriores. La tornaría más subjetiva, martiana más que marxiana, tras la colisión del ideario materialista (“Martí me habló de la amistad /y creo en él / cada día /aunque la cruda economía /ha dado luz / a otra verdad. “Juego que me regaló un 6 de enero”). Distinto, a partir de ahí, sería el tono de sus canciones.
Pero también portaba sobre sus espaldas un pasado. Y de los pasados bellos no es fácil salir, claro. Mucho menos de ese que precedió el derrumbe llamado Causas y azares. Publicado en enero de 1986, un pelito antes de los inicios de la perestroika y la glasnost que impregnarían, inevitable aunque forzadamente, la cultura cubana. Fue el séptimo disco del cubano -que está cumpliendo 40 años- y tenía como contexto los últimos fragmentos del lado latinoamericano de la revolución. Fidel Castro estaba a poco de pronunciar un discurso clave bajo el título de “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”, en el que exigía mejoras edilicias y cambios en la libreta de racionamiento que evitaba el hambre en la isla, a la vez que propiciaba una reactivación de la economía por medio de un proceso de sustitución de importaciones, de la búsqueda de un equilibrio en la balanza comercial y de un incremento en la productividad del trabajo a través de la descentralización de las decisiones. Pujaba en este sentido el “Movimiento de los Contingentes”, grupo de trabajadores voluntarios que dirigía personalmente el propio Fidel y trabajaba en obras públicas en general.
Por otra parte, el paisaje cultural –música incluida, claro- experimentaba mutaciones que los cubanos defendían hacia afuera, pero discutían dentro. “Lo critico en Cuba. Le puede dar armas al enemigo, y no me da la gana darle armas al enemigo”, decía Rodríguez a sus 40 años y eso se trasluce, sutilmente, en algunas canciones del disco cumpleañero. “Cuba es un país en ebullición constante y constantemente se está transformando”, eran otras palabras epocales del trovador, cuyas músicas se transformaban entonces al son de su patria.
En esas cosas andaba la Cuba de Causas y Azares, trabajo dedicado al poeta Luis Rogelio Nogueras que Rodríguez había comenzado a cranear dos años antes, en 1984, con un elenco musical que lo distanciaba ciertamente de sus tiempos trovadores. Un deceto con teclados, saxo, trompetas, bajo, piano, tumbadoras y batería al servicio de los nuevos aires que surcaban la isla. Afrocuba de Matanzas era pues la big band afrocubana dirigida entonces por Oriente López. Extraña posibilidad de sinergia al principio, trovador y orquesta terminarían edificando un sólido puñado de canciones “puras” más luego arropadas por sonidos caribeños, alquímicas y populares, de esas que se escuchaban y se escuchan aún a diario en cualquier esquina de La Habana. “Tú sabes que yo soy cubano y Cuba es la patria de la salsa. Lo que se llama salsa ahora, que es el ´son´ para nosotros, y los distintos ritmos de nuestra música, son cosas que uno las está escuchando desde pequeño”, explicaba Silvio entonces al periodista chileno Álvaro Godoy ya con Causas y Azares caminado, y momentos previos a aquel apoteósico concierto que el músico dio en el Estadio Víctor Jara ante 80 mil personas, en 1990.
Que Causas y Azares haya sido grabado en los estudios “Sonoland” de España le aportaba un plus en su buen sonido, y que sus canciones englobaran su minuto cero desde 1967, tornaban al trabajo una ajustada síntesis de lo que Silvio sentía y pensaba de la revolución. En rigor, algunas piezas provenían de fines de la década del sesenta, cuando el ideario estaba intacto, y la lucha era norma. Otras, del fluctuante decenio del setenta, que pasó de años en que la lucha impregnaba muchos países en su derredor a su contracara. Y un tercer bloque ya sí más cerca de la edición final, y del período contextualizado en estas líneas.
Originalmente publicado en vinilo doble –un incunable a esta altura- por el sello EGREM, concentra Causas y Azares catorce verdaderas perlas que esconden su secreto en el predicho sincretismo que el trovador y atrevido Silvio –todos los temas son suyos- pudo lograr con la orquesta dirigida por Oriente, bajo producción por el pianista Frank Fernández. Alquímico, diverso, andador, la obra viaja hacia atrás mediante una versión alternativa –con salsita de la buena- de “Cuando digo futuro”, cuya grabación original proviene de 1969, y permite a la comarca sonora de Afrocuba desplegarse en su esplendor rítmico. La sinergia repite en canciones como “El mayor”, “Hallazgo de las piedras, Te conozco” –como olvidar la belleza de su coda-, “Canto arena” y la epónima, tal vez la que mejor representa el sentido del disco, por su mezcla de lirismo y energía.
El mensaje de las letras, que por supuesto no es todo ni mucho menos en el arte de Silvio, se lleva loas en “Canción en harapos”, cuya historia enfatiza la hipocresía de los intelectuales de izquierda, que proliferaban entonces –y aún- en el orbe occidental. Otra arista del más ecléctico disco del natural de San Antonio de los Baños, está dada por el lirismo con swing que conlleva “Solo el amor” y esa inmaculada preciosura llamada “En mi calle”, tema que inexplicablemente nunca alcanzó el pedestal de clásico.
Causas y azares contempla también pinceladas implícitas de ese rock que tantos problemas le había traído al músico por asumirse cercano a él. Por ejemplo, cuando en el temprano 69` fue despedido del programa televisivo “Mientras Tanto”, porque había hablado asertivamente de The Beatles. No hubo bien que por mal no venga, empero, porque esa circunstancia lo que lo instó a embarcarse en el Playa Girón y componer en altamar varios de sus más preciados clásicos.
El incidente sufrido por Silvio entonces no era cosa esporádica, entre las sombras revolucionarias. No era fácil la cosa para ciertos religiosos y habitualmente se perseguía, en el otro borde moral, a pelilargos y rockeros acusados de “diversionismo ideológico”. Los jóvenes, más que “divertirse ideológicamente”, eran alistados en las tropas para combatir en Angola o Etiopía donde tal vez morían muchos de ellos sin haber escuchado las gemas de Lennon-McCartney jamás.
Silvio sí las había escuchado bien y los amaba, como atestigua en “Quien Fuera”, del citado disco que lleva su nombre (“Estoy buscando melodía / Para tener como llamarte / ¿Quién fuera ruiseñor? / ¿Quién fuera Lennon y McCartney / Sindo Garay, Violeta, Chico Buarque? / ¿Quién fuera tu trovador?”). Puntualmente, la influencia del rock a lo beatle en Causas y Azares es otra “disruptiva” y posible forma de volver sobre sus pasos. Las líneas de guitarra eléctrica de Fernando Calveiro en “Sueño de una noche de verano” es un ejemplo claro de ello. Sus armonías, su impronta blusera –porque Silvio también amaba al negro yanqui Leadbelly-, la sólida base bajo-batería, que le aportan Omar Hernández y Oscar Valdés Moreno, y la rispidez de la pocas veces ríspida voz de Silvio también hablan de ello. “En mi sábana blanca / Vertieron hollín / Han echado basura / En mi verde jardín / Si capturo al culpable / De tanto desastre / Lo va a lamentar”.
Esta especie de “desobediencia” musical impregna asimismo en “Boga Boga”, pieza que podría caber dentro de la tradición de fusión entre rock y tambores, que venían ejerciendo los hermanos Fattoruso, el “Negro” Rada o Jaime Roos en Uruguay. También en el pelo largo del “pintor de las mujeres soles” y en el atrevido del tropicalismo brasileño del que Silvio era fan.
Causas y Azares fue además el primer disco que el cubano publicó tras su primera visita a la Argentina en 1984, cuando sus temas –aquí, allá y todas partes- se erigían como lanzas de amor y lucha contra las dictaduras. Se colaban por todos los ambientes. Incluso adelantó dos años en aquel inolvidable Obras junto a Pablo Milanés. “Historia de las sillas”, tema compuesto en 1966 cuya letra muestra claro no solo su amor por José Martí y su visión sobre la amistad, sino también la fórmula de “rosas, banderas y arsenal” que surca y compendia su obra: “En la punta del amor viaja el amigo / en la punta más aguda que hay que ver / Esa punta que lo mismo cava en tierra / que en las ruinas, que en un rastro de mujer / Es por eso que es soldado y es amante / es por eso que es madera y es metal / es por eso que lo mismo siembra rosas / que razones de bandera y arsenal”.
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