A ella le gustaría tener un terreno en Salta, hacer una casa y dar clases de canto rodeada por un paisaje de cerros. A ella le gustaría hacer música con sus hijos, uno es productor y rapea desde niño, el otro está estudiando la batería. A ella le gustaría grabar un disco con todas esas canciones propias que empezaron a circular de boca en boca entre cantoras y cantores, pero que están inéditas: su último y único precioso disco “Memoria de la semilla”, lo grabó en 2011.
Allí hacía un recorrido por la obra de su padre, un repertorio de clásicos sin fecha de vencimiento -“Canción del jangadero”, “Las golondrinas”, “Resolana”, “La nostalgiosa”, “Vidala del nombrador”, “La huarmillita”, “Zamba de los mineros” -bendecidas por artistas referentes como Juan Falú, Jaime Torres, Liliana Herrero, y otros de su generación como Juan Quintero, el Negro Aguirre, Franco Luciani, Ramiro Gonzalez y su hermano mayor Marcelo Dávalos.
Ella se llama Florencia Dávalos, tiene 56 años, es hija del poeta Jaime Dávalos y nieta del ilustre escritor salteño Juan Carlos Dávalos. Es compositora, intérprete, da talleres de canto, difunde el legado poético familiar y organiza peñas como La Dávalos, que se realizará este domingo 25, a partir de las 20, en Galpón B (Cochabamba 2536), donde participarán entre otros La Ferni, Gaby Ayala (hija del ícono Santiago “El Chúcaro” Ayala), Candelaria Quiñones, Carina Giuletti, Mario Méndez. En ese espacio con música, poesía y danza, estará acompañada por el guitarrista Manu Navarro y la percusionista Mariana Mariñelarena.
“En la Dávalos está presente la idea de la conversación entre distintos lenguajes artísticos como la música, la poesía, la danza. Es celebración y encuentro. En este momento que está todo tan fragmento y lo individual pesa mucho es pensar un espacio donde se avive el fuego de lo colectivo. Es una respuesta a estos tiempos de crisis”, dice la cantora, la última semilla que dejó el poeta sobre la tierra.
Florencia es la menor de tres hermanos (son siete los hijos que Jaime tuvo en total en sus dos matrimonios). La que nació en esa familia que Jaime Davalos armó con María Rosa, a quien conoció en la década del sesenta en un festival en Carlos Paz. “El la vio desde el escenario y cuando ella se acercó a saludarlo le hizo el verso, como quién diría, y estuvieron veinte años juntos”, dice la cantora.
Jaime murió en diciembre de 1981, a los sesenta años. Florencia tenía once. Vivían en Zárate, en una casa donde actualmente viven su madre y su hermano mayor, que le hizo los arreglos musicales de su primer disco y ahora se dedica a la carpintería. Valeria, su hermana del medio, que es arquitecta y tiene el don para tocar varios instrumentos, vive en Escobar. “Esta cosa de artesano, músico, poeta, constructor, la repartió entre todos nosotros”, dice Florencia.
Formar parte de un apellido tan grande dentro de la música popular argentina le resulta natural. De chica su padre no era ese poeta conocido en todo el país, (a partir de la difusión de sus canciones que compusieron con el guitarrista Eduardo Falú y grabaron artistas como Los Chalchaleros y Mercedes Sosa), sino ese hombre niño, que jugaba a las escondidas con ellos, hacía títeres y por las noches les contaba relatos de duendes y aparecidos.
A los 16 años, empezó a tomar conciencia. Después de un paso por el diseño de vestuario en cine, teatro y televisión, se reencontró con la música, con los poemas de su padre, con su raíz. Fue un camino de regreso a ese linaje artístico. Florencia se volvió una de las principales difusoras de la obra de Jaime Dávalos. Por eso, lo que pasó con la versión de “Canción del jangadero”, grabada por Milo J en su disco La vida era más corta le dio una certeza: “es universal la poesía de mi viejo. Por eso, puede durar tanto. Porque es eterna. No tiene fecha de caducidad. Esa es letra y musica de él, y la compuso en Rosario en los sesenta”.
-¿Qué te pasó cuando escuchaste la versión de Milo con la participación de Mercedes Sosa?
-Me encantó. Cuando salió el tema estuve con Milo, que me invitó a su cumpleaños junto a otros artistas. Le entregué un libro de poesía de Jaime y le agradecí. Me parece genial que alguien que viene de otro palo musical haya tomado a Jaime y su poética y le de otra impronta a la canción. La hace crecer. Me encantó la versión y el abordaje que hizo Milo en el video. Todo lo que hizo con las imágenes de esos niños en la costa y la balsa que se prendía fuego. Y ahora refuerza esa idea con este nuevo material audiovisual de La Jangada. Se ve que a él esto lo movilizó muchísimo y hace otra versión del tema con Mon Laferte del tema. Me encanta este pibe. Es un genio.
Uno está tranquilo con uno mismo cuando conecta con la raíz, con lo que uno trae, después desde ahí puede hacer el propio camino, pero sino sabes de donde venís, quienes te precedieron.…el árbol se arma de todo eso. Después tiene las ramas, las flores, las cosas nuevas. A Milo lo miran un montón de pibes jóvenes y me parece genial que pase eso y muy sano para la música que tenga movimiento, que no se quede encasillada.
A mi hijo Nicanor que rapea, le digo: “mirá que piola lo que hizo Milo con la canción de tu abuelo”. Abrió un canal expresivo distinto, tomando la raíz y mezclando con otros lenguajes, a partir de una poética que nació en los sesenta. Estamos en el 2026 y el jangadero nos sigue hablando. Va atravesando el tiempo. Me parece bellísimo.
-¿Nicanor conoce la obra de su abuelo?
-A él le gusta y conecta con lo del abuelo, pero también le gusta lo que hago. El nació músico. Usaba todas las ollas de niño, donde improvisaba canciones. No sé si conoce tanto, pero se le va despertando el interés. Tiene 20 años y yo tampoco quiero imponérselo. Su hermano, Alejo de 32, también es músico y está estudiando batería. Está bueno que el otro se interese, quiera leer, escuchar. Tiene que haber una apertura. Eso a veces sucede. Me paso a mí. A los 16, me empecé a interesar. ¿Quién era mi padre? ¿Qué dejó escrito?. Ahí lo empecé a investigar más en profundidad. No tenía esa dimensión fuera de lo familiar. Sacarlo del plano del padre y verlo como el artista que era y dimensionarlo fue todo un proceso, que me terminó acercando a la música. Cantaba desde siempre, pero el sentido de porque cantar y para que lo fui encontrando cuando me acerque a su obra. Yo estaba como alejada. Era vestuarista en el teatro, el cine y la televisión. Pero había como un vacío. Algo que no me terminaba de colmar. Y fue cuando me cayó la ficha. Empece a sentir la necesidad física de volver a cantar. Empecé con una maestra y ese reencuentro con mi voz, fue de la mano de leer su obra, de buscar repertorio y de preguntarme que quería cantar, desde donde. Y ahí me lance hacia la música y dejé lo otro.
-Vos cantas repertorio de tu padre, pero también están tus canciones
-Sí, hago un poco repertorio clásico de la familia Dávalos, de Jaime, de algún tío mío que también es compositor como Arturo, pero también mi idea era cantar repertorios de otros compositores más nuevos, y mis propios temas, que ya vengo hace tiempo haciendo canciones y aunque no las grabé, andan ya circulando por todos lados.
-Tu último disco es del 2011 ¿por qué nunca grabaste esas canciones nuevas?
-Estoy en la producción de eso. En diciembre voy a grabar una canción nueva. Voy a empezar así de a una. Por ejemplo, “Vidala de la libertad” ya la grabó La Ferni en su proyecto con Javier Malosetti. Está bueno lo que pasa con mis canciones. La verdad que nunca me hubiese imaginado que podía pasar eso a la hora de componerlas, pero como que me las piden para hacerlas.
-¿Cómo hiciste para que circulen, porque si no están grabadas siempre es más difícil. ¿Es más como el plan de compositora a la antigua, que la escuchan en alguna guitarreada o alguien te la escucha cantar y te la pide?
-Es un poco así. Van pasando de mano en mano, de boca en boca. Lo que pasa es que también las doy en mis talleres de ensambles vocales. Después, también, las hacemos con el grupo que tenemos con Georgina Hassan y Mishka Adams, y ellas las incluyeron en sus ensambles de alumnos. Las cantan por ahí en ámbitos de estudio, del trabajo en talleres y entonces empieza como a expandirse la cosa. La música popular tiene eso. Circulan más allá de la pretensión de uno y eso es lo bueno.
-¿Cuándo apareció lo de la composición?
-Todavía estaba viviendo en Zárate. Era creo el 2015 y empecé un taller de poesía. Un día empecé a escribir una huella. Después compuse una música para “La hilandera”, un poema inédito de mi viejo. Probé distintas cosas. Era agarrar el piano de oreja y empezar a cantarla y empezar como a jugar con las notas y con lo que me traía la musicalidad de las palabras. “La hilandera”, fue primero una chacarera, pasó por distintos ritmos hasta que llegó y encontró su verdadero espíritu en la zamba. Otras nacieron de las coplas. Hay una que dice: “De boca en boca las coplas, al aire se van soltando, parecen pájaros libres, no hay quien pueda sujetarlos. Hasta lograr su destino, las coplas vienen y van, las que nacieron del pueblo, hacia el pueblo volverán”. Soy Dávalos y traigo todo eso, pero yo soy mucho más que eso. Me parece un desafío correrme del lugar a donde me tienen ubicada.
-Vos decías, que a partir de una letra de tu padre, después empezaron a aparecer otras canciones. ¿Qué tienen esas composiciones de tu tiempo, de vos, o hay una especie de linaje que tiene que ver con tu familia, con tu historia, y aparece?
-Ay, bueno. Sí, es la pregunta del millón. Bueno, por supuesto que viene eso, y también lo de cómo escribir después de Jaime Dávalos y Juan Carlos Dávalos. Es como que yo al principio no confiaba mucho en mi escritura. Sobretodo me pasa con la poesía que es más libre y rompe totalmente con lo de mi viejo. En la composición, en cambio, no tanto. Justamente las canciones que no canto son las que me parece que rompen con eso y las tengo pobrecitas rezagadas. Están ahí durmiendo, esperando su tiempo para salir y estas otras que te digo que ya las vengo cantando hace un montón que tienen una cosa más folclórica en los ritmos. Como que parto de la melodía y rítmicas folclóricas, ¿no?, o de coplas que hablan de mujeres, o sobre el amor, también un poco de lo que veo que va pasando, pero no es que soy una escritora testimonial.
-Ahora lo que te pasa a vos con tu padre, pienso que le habrá pasado a Jaime con tu abuelo.
-Vos sabés que yo también lo pienso, digo, ¿cómo habrá sido para mi viejo y para los otros hermanos que también escribían?, Arturo, Baika, aunque él era más de la literatura, más del cuento, pero Arturo hizo canciones.¿Cómo habrá sido para ellos superar a ese bestia que era mi abuelo?. Era no solo un tremendo poeta, sino que al mismo tiempo funcionaba en Salta como una especie de Sai Baba, era como una institución. Todos iban a esa casa de mi abuelo, otros poetas grosos como Manuel Castilla, Perecito (Miguel Angel Perez), que se juntaban y compartían, aunque la poesía era algo que circulaba más en una élite. Creo que el salto que da mi viejo en ese sentido y lo que lo diferencia de su padre, es pasar de la poesía a la canción popular, que tuvo un alcance masivo. Cualquiera podía comprender lo que se estaba diciendo, aunque su poética en la canción tiene una sofisticación importante. La dupla que armó con Eduardo Falú, en esa amalgama que encontraron, ese maridaje, también contribuyó a que lleguen lejos esas canciones. Una vez fui a Colombia y empecé a cantar “Las Golondrinas” y todo el teatro se puso a cantarla. Es muy fuerte eso.
-La rama paterna de tu familia es salteña, pero vos naciste en Zárate. ¿Qué te quedó de la vivencia norteña?
-Era chiquita cuando vivimos en Salta ahí en El Encon (Valle de Lerma, a 20 kilómetros de la capital). Tendría tres o cuatro años. Tengo recuerdos de ese momento, pero también de todas las veces y veranos que volvimos, incluso cuando ya estábamos en Zárate, para compartir con mis otros hermanos que vivían en Salta y mis primos. También de los viajes a Jujuy para estar en el Tantanakuy así que tengo mucho vínculo con el norte, de conocer gente de ahí, desde muy chiquita. Aunque no nací en Salta siento que hay una parte mía de ahí y cuando vuelvo me siento como en casa.
-¿Cómo eran esos viajes?
-A él le gustaba viajar más que llegar. Entonces nuestros viajes eran no sé, salíamos para Salta y de repente pasabas por Misiones antes. Eran como periplos. El escritor Eduardo Galeano rescata en un libro algo que dijo mi abuelo Juan Carlos, «Yo no voy por ir.» O sea, yo no viajo por llegar, sino que viajo por ir, porque lo importante es el viaje. Bueno, eso mi padre se lo había tomado al pie de la letra. Parábamos en los ríos, comíamos una sandía abajo de un árbol. No era llegar a Salta, era todo lo que había hasta llegar. Pasar por las Salinas, parar a dormir en un hotel en Santiago del Estero y seguir viaje al otro día. Todo eso lo recuerdo como algo hermoso que te enseña a vivir, a disfrutar la vida. Así la vivía.
