La versión de “La pucha con el hombre” de Milo J tiene más de 7 millones de reproducciones sólo en Spotify. La canción, sin embargo, no es una novedad: el próximo 18 de diciembre alcanzará los 50 años. Silvia Majul, incansable comunicadora, realizadora y gestora cultural, acaba de publicar un libro sobre aquella obra de Cuti Carabajal y Pablo Trullenque que, afirma, “recién ahora parecer estar siendo comprendida”.
“En los ‘90 era un hit total y lo consumíamos a través de Los Carabajal, que estaban muy de moda. Pero se la usaba más para entretener que para reflexionar. Eso parece estar cambiando”, celebra Majul en diálogo con Negras&Blancas.
“Cuando tan solo está” es el nombre del nuevo libro que acaba de editar Majul sobre “La pucha con el hombre”. El libro es el octavo lanzamiento de una colección llamada “Historia Social de la Canción”, de editorial Mil Campanas, y que proyecta 50 títulos inspirados en obras que forman parte del imaginario popular de los argentinos.
Santiagueña de nacimiento, radicada en Córdoba y conocedora de las identidades musicales de toda la Argentina, Majul hace un aporte en su libro para romper una visión “paisajista” del folklore argentino cuando, como demuestra la letra de Trullenque, a la vez puede contener una profunda carga existencial, filosófica y política.
«La pucha con el hombre» padeció el olvido de ser una canción muy oída pero poco escuchada”, resume Majul para expresar el periplo de 50 años de circulación de la canción.
Y cuenta una anécdota para graficar los vainenes de su recorrido,
–Un ex presidente, Carlos Menem, la escuchaba muchísimo y le gustaba tanto que un día le pregunté a Pablo Raúl Trullenque qué opinaba sobre el hecho de que a este mandatario le encantara su tema.
Él me miró y me tiró una respuesta tajante: “Parece que no la entendió”.
“Cuando tan solo está” se puede leer como una guía de escucha para comprender la hondura de una letra y una música que impactan sin pedir permiso. Traza una radiografía punzante sobre las migraciones internas de los años cincuenta, el posterior boom del folclore en los sesenta y el modo en que estas expresiones populares se erigieron como trincheras de resistencia cultural.
Romina Grosso: ¿Qué representa este libro para vos?
Silvia Majul: Para mí representa volver a una canción que me abrió el marote por completo a los 12 años, cuando la escuché por primera vez y me despertó el interés por la filosofía. A mí me gusta mucho fijarme y examinar aquello que es criticado; por ejemplo a la zamba “La Amanecida” se la cuestionaba por versos como «Montes de soledad nos vamos bebiendo al día», pero para mí es justamente ahí donde radica su belleza única.
«La pucha…» padeció una extraña forma de olvido: la de ser una canción muy oída pero poco escuchada, y me parece que recién ahora está siendo verdaderamente comprendida.
Yo fui joven en los 90, una época donde el tema era un hit total y lo consumíamos a través de Los Carabajal, que estaban muy de moda. Pero esa obra convivía con mi costumbre de cantar a los 20 años «Cuando me abandone el alma» -también de Trullenque- o escuchar «Presente» de Ricardo Soulé y «Mundo agradable» de Serú Girán. Volver a la colección con este libro es quitar la capa superficial del folklore de los 90, que funcionó como espejo de un país neoliberal donde se cantaba masivamente en festivales para entretener, y devolverle a la obra su densidad existencial real.

RG: ¿Cómo describirías el proceso de investigación para contar la historia de la canción y su recorrido?
SM: En lugar de una investigación tradicional o académica rígida, yo utilizo un carácter indiciario. Con el poeta y escritor Carlos Juárez Aldazábal ya veníamos investigando a Pablo Raúl Trullenque; de hecho, ganamos un premio de una fundación en Santiago del Estero por ese trabajo previo. Pero para este libro quise profundizar desde otra perspectiva: la de ir de lo micro a lo macro. Así fue que me enfoqué en las cosas pequeñas, en los detalles, en los gestos y en esos breves momentos que a simple vista parecen mínimos, pero que en realidad contienen las pistas fundamentales para desgranar y entender el contexto social y existencial de la canción. Es una forma de investigar que busca rastros invisibles para reconstruir la historia grande desde las pequeñas vivencias.
RG: ¿Se puede decir que este libro busca interrogar la identidad santiagueña y nacional desde sus márgenes, esquivando los estereotipos habituales del folklore?
SM: Absolutamente, ese fue el norte del libro. Para evitar la postal turística o el cliché festivalero, fue fundamental apoyarme en las rigurosas investigaciones de Luis Garay y de Flavio Dalostto (quien lleva adelante ese espacio tan valioso llamado Los Hijos Qom). Yo quería ir más allá de la superficie e indagar en las raíces profundas: hablar de los pueblos originarios de Santiago y visibilizar la historia de las primeras personas negras esclavizadas que llegaron a Santiago del Estero. Incluso hoy existe San Félix, un pueblo entero de negros e indios único en el mundo, cuyas comunidades siguen resistiendo y preservando su raíz con orgullo.
Además, cuando encaro un libro o una película, mi postura nunca es la de quien se para desde un saber absoluto.
RG: En un pasaje del relato hablás de como “La pucha con el hombre” fue utilizada más que para pensar, para distraer. ¿Cuál es tu mirada sobre este tema?
SM: Yo no tengo un buen recuerdo de los 90. Lo que yo recuerdo de esa década es el dolor, la indiferencia y cómo costaba la comunicación. Recuerdo a un tipo inmenso como Hamlet Lima Quintana padeciendo esa falta de comunicación y a Pablo Raúl Trullenque buscando un espacio, casi mendigando un rincón, para poder recitar sus poemas.
La grieta siempre existió, y en nuestra música operaba de la misma manera: mientras arriba del escenario subían artistas que revoleaban el poncho y movían multitudes en una suerte de chamamé bailable para la distracción, en la otra vereda existía la resistencia con otro tipo de letra, con pensamiento crítico.
A «La pucha con el hombre» su arrolladora popularidad melódica la volvió un hit de festival y la industria la usó para entretener, licuando su peso filosófico.
Pasó un poco lo que pasa cuando se usa un tema profundamente testimonial de Víctor Heredia en las canchas de fútbol: la música se apropia, pero el mensaje a veces se pierde en el grito masivo. Hay una frase inmensa de Atahualpa Yupanqui que dice: «Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás». ¿Y qué vamos a hacer si la gente no ve?
Bueno, el sentido de este libro es justamente ese: sacudir la modorra, sembrar la duda y dar herramientas para que empecemos a ver la densidad real que habita detrás de lo que cantamos mecánicamente.
-RG: Al evocar a Trullenque, tu libro recupera a los grandes faros de la cultura argentina del siglo pasado, trascendiendo lo estrictamente musical. Desde esa perspectiva, ¿cómo analizas la encrucijada del presente que hoy atravesamos?
-SM: Para contestarte eso, a mí me cuesta ver un solo presente; yo veo dos. Por un lado, está el presente que te cuentan desde Buenos Aires, donde de repente se habla de un «gran auge» o una «moda» del folklore. Por el otro, está el presente real de nuestro mal llamado «interior», donde el folklore no es una moda pasajera sino una línea horizontal, constante, que siempre estuvo ahí latiendo en las peñas y en la vida diaria.
Hay un ejemplo que me parece hermoso y que describe esta diferencia: cuando a un chico en la escuela le preguntan por Santiago del Estero y responde que era una tierra pobre, salta la maestra y le dice: «No, pobre no; empobrecida». Esa lucidez define al interior.
En tiempos tan oscuros como los que atravesamos en lo político y en la geopolítica mundial, pasa algo muy antropológico y sociológico: cuando se viene la tormenta, uno tiende a agarrarse más fuerte de las raíces. Salís corriendo a abrazar a la abuela. Hoy la gente se asombra de que los chicos jóvenes consuman esta música, pero desgraciadamente tenemos una memoria muy frágil. Nos olvidamos de que Luis Alberto Spinetta compuso «Barro tal vez» a los 17 años inspirado en «Zamba para no morir»; que Ricardo Soulé escribió «Presente» a los 17; que «Naranjo en flor» fue compuesta por sus autores a los 17 años o que Víctor Heredia hizo ese temazo de «Quiero volverme tiempo» a esa misma edad.
Citar a Trullenque y a los grandes faros del siglo pasado no es nostalgia; es buscar ese abrazo protector de lo ancestral.

