Con 86 años recién cumplidos, el Tata Cedrón es una usina de música e ideas. Pasas los días componiendo nuevas canciones, dando conciertos y presentándose con Mauricio Kartun en el genial espectáculo “Una juntada”. Con su inagotable energía, charló con Negras & Blancas en un ir y venir entre su historia como músico fundamental de nuestra cultura popular y su lectura sobre la actualidad del arte y el mundo.
La radio es el primer recuerdo que aparece cuando piensa en su formación musical y artística, si bien nació en Buenos Aires, la infancia de Juan “Tata” Cedrón, trascurrió en Camet, a 5 kilómetros de Mar del Plata. Lo rural, el gusto por la música argentina y el amor por la literatura afloran en ese escenario, de la mano de la radio y de su padre que era mecánico, ceramista e inventor.
Tata se instaló en Buenos Aires a los 16 años, después de hacer la colimba y movido por las ganas de estudiar guitarra. En el barrio de La Boca vivía con dos de sus hermanos: el cineasta Jorge “El Tigre” y Alberto que era artista plástico. “Y ahí empiezan a aparecer intelectuales, artistas, poetas: Tito Cossa, Juan Gelman, Miguel Briante, Ramón Ayala, Lautaro Murúa, el director brasileño Glauber Rocha”. En esa Argentina de los ´60 -muy lejos de la tendencia nuevaolera, el rock y lo piazzoleano- Tata empieza a musicalizar a esos poetas que eran sus amigos y a cantar y tocar tangos.
Esa obstinación ética y estética que es el cuarteto Cedrón nació como trío en la Buenos Aires de 1964 y aún sigue sonando, inclusive con otro de sus miembros originales: el violista Miguel Praino, que en un principio tocaba el violín pero que se pasó a la viola por una necesidad sonora del grupo, esa hondura que aporta.
Tata es pionero en la autogestión, en aquel 1964, buscando lugares para tocar, abrió un local de música que se llamó Gotán. Y no sólo tocó el entonces Trío Cedrón, “ahí tocó Piazzolla, Eduardo Rovira, Osvaldo Tarantino”, enumera, “también teníamos teatro con Paco Urondo, Tito Cossa, Brandoni, Federico Luppi, Norma Aleandro, Adriana Aisenberg”. En una época en la que la discográficas eran las que definían lo que se editaba –y lo que se escuchaba-, Tata también sacó su primer disco sin pedir permiso: “el disco Madrugada que hicimos con poemas de Gelman es el primer disco de poesía y canción y el primero de autogestión”, dice sobre el álbum de 1964 editado en forma independiente.
Con el tiempo, el Tata musicalizó a otros poetas, incluyendo su trabajo con Raúl González Tuñón, que en una reedición incluyó una charla fascinante en la que el poeta habla sobre varias de sus obras. “Mi hermano Alberto fue el que me nutrió de la poesía de Tuñón, musicalicé el poema ´Los ladrones´, fui a verlo a una oficina que le prestaban en el diario Clarín a la mañana, se lo canté, se le escapó un lagrimón y dijo: ´si viviera Malevo Muñóz´”, rememora el Tata sobre el comienzo de su amistad por el poeta que quería ponerle gatillo a la luna.
Antes de irse al exilio en París, recuerda que le dejó una notita bajo la puerta al hijo de Raúl González Tuñón –que había muerto el 1974-: “Adolfo, me voy a Francia. No estoy en mi casa. Cuidala tu vieja. Cuando vengo te llamo”. Volvió esporádicamente con el regreso de la democracia y finalmente en 2004. “A mí me fue muy bien en Francia, pero siempre pensé en volver”, dice.
Su disco más reciente es sobre la obra del autor, compositor e intérprete uruguayo Osiris Rodríguez Castillos, se llama “Flor de la banda oriental” y fue grabado junto al guitarrista Alejo de los Reyes que toca las partituras originales del charrúa. Fascinado, no sólo por la obra sino por el personaje, Tata cuenta: “fue contrabandista, guitarrista, pianista, profesor. Fue arriero y en ese momento de su vida tenía todo el tiempo para estudiar, para aprender, para inventar.” Y en algo más coincide con Osiris: «lo que pasa que ahora el los jóvenes están muy muy distraídos con el rock”, dice citando al uruguayo, “de tanta música hermosa que hay en el mundo se escucha rock, nada más que rock y es norteamericano, qué casualidad”, remata en puro estilo cedroniano.
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