En los flancos del escenario, a una altura lo suficientemente alta como para que presidan la ceremonia, dos imágenes: la Evita de Santoro y una foto (poco favorecedora) de Diego Maradona.
En el centro, desplegándose cuando es necesario, una pantalla en la que se va escribiendo –blanco sobre negro– un texto que al mismo tiempo narra una actriz con acento neutro. La pantalla sirve para justificar los black-outs en el curso de los cuales muta la situación en el escenario principal.
Cuando no es utilizada, la pantalla se desplaza, mediante ingenioso mecanismo, hasta quedar en paralelo con el piso, de modo de no interferir la visual del público. (Quien escribe este texto es de salir poco y seguramente no está al tanto de las maravillas tecnológicas que pueblan hoy día los escenarios teatrales/musicales)
A la izquierda de la platea, también en una altura tal que lo jerarquiza y le da un plano de participación exterior a la escena propiamente dicha, un parlante antiguo: cónico, como los que utilizan las camionetas de los botelleros y que también suelen llamarse “bocina”.
El escenario es un espacio donde se desempeñan los protagonistas: una orquesta, un coro /grupo de baile / actrices-actores a modo de la comedia musical, incluyendo al director. Es un conjunto de casi 50 personas que no está ejecutando un concierto, sino viviendo una historia a través del concierto que ejecuta.
La orquesta se despliega de izquierda a derecha en un amplio semicírculo con tres niveles de altura: Un piano de cuarto de cola bastante desvencijado; un cello y un violín (nivel inferior), dos flautas, un clarinete, un par de saxos (en el nivel superior). El centro del fondo del escenario está ocupado por una inmensa puerta que ostenta una burda manija circular de utilería, remedando las que se ven en las naves espaciales de algunas películas. Son –la puerta y la manija– de color marrón. Hacia la derecha, continuando la semi-circunferencia, la sección rítmica, un sintetizador, bandoneones y el consabido trío de señoritas/coro, cada una de ellas cargando un acordeón a piano. Finalmente, casi en el proscenio derecho, un trío de cuerdas armónicas: un charango y dos guitarras. Al fondo, al lado de la batería –como corresponde y es usual– un bajo eléctrico.
En el centro, como eje de simetría, una gran mesa ingeniosamente trapezoidal, lo que subraya la perspectiva hacia el fondo del escenario: mucho más ancha en el frente, fugando hacia atrás en un ángulo de un poco más de 45° a cada lado.
Delante de la mesa, en el medio del frente del tablado, el director.
Todo lo que ocurra sucederá en el ámbito descripto, salvo un par de excepcionales momentos en que la acción se desplegará fuera de la escena, pero guiando al público a que sepa claramente qué es lo que pasa “allá afuera”. (Y un par de coros que cantan, desde balcones que “aparecen” valorizados por la iluminación en un par de breves momentos, divididos en dos grupos de 5/6 coreutas, uno a cada lado del proscenio a en altura).
La Orquesta Atípica es eso: una orquesta atípica. Catalinas ha tenido una modalidad de trabajo en la cual hay dos líneas principales: la de “la acción dentro de la acción” (el consabido juego de las muñecas matrioshkas) y la característica “coral” de las historias, que no cuentan el conflicto de un o algunos personajes, sino el de un conjunto comunitario (que es, cuando terminamos de abrir la colección de figuras rusas, el colectivo Catalinas). Es decir: no “tratar de ser” el personaje sino “ser” el personaje, amplificando las características de cada una/uno de los participantes según la circunstancia, y sumándolo al devenir general. No disimular una dificultad o una imposibilidad: ponerla en evidencia.

La presencia emblemática de Eva y de Maradona, nos remite a una discusión entre lo innato y lo adquirido. Qué de lo genético y qué de lo que la vida nos va alimentando es lo que acaba por conformar el ser y el estar de las/los que alcanzan la calidad de referentes. Si se quiere, vale también para el peronismo, como cultura emblemática, puesta en discusión recién después de 80 años de existencia. Por si faltara algo para terminar de delinear un perfil político-ideológico, la apropiación (y exaltación) del comunista Osvaldo Pugliese, desde hace un tiempo talismán de las buenas causas musicales, completa la simbología referente.
En la estética de Catalinas y de la Atípica, todo antecedente puede ser utilizado con desparpajo y sin riesgo de plagio. El planteo de la comunidad enclaustrada con el pretexto de una mentira (Philip Dick – “La penúltima verdad”); el parlante anónimo y omnisciente (George Orwell – “1984”); el organismo orquestal armado “con lo que hay” y a como dé lugar (Carlos Sorín – “La Película del Rey”); la comunidad que vive bajo tierra (Emir Kusturica – “Underground”); el trío de coristas ataviadas en modo balcánico (Goran Bregovic), más las claras influencias de la cultura murguera uruguaya (herencia probable del fundador de Catalinas, el uruguayo Adhemar Bianchi), en los maquillajes de todo el elenco y –lamentablemente– en los coros de conjunto, a medio camino entre las armonizaciones “estilo murga” (voces paralelas homófonas) y las de la teoría europea del Siglo XIX, con una conducción de las voces que genera sonoridades inconsistentes y poco compactas, lo que con mínimo oficio se consigue. No se trata de un prurito: los asuntos eminentemente técnicos y que responden a la física de los sonidos, son aplicables a cualquier lenguaje musical.
Todo esto para decir que el espectáculo se recibe con agrado, entusiasmo y una cierta condescendencia, porque “todo el mundo” sabe que el punto de partida es altamente voluntarista.
En tal contexto, hay talentos que se hacen sentir (una maravillosa niña de alrededor de 10 años, tremendamente precisa en sus movimientos coreográficos y expresiva en su amorosa redondez; un grupo de percusión y bajo muy sólido: una base sobre la cual puede descansar cualquier género; un grupo de bellas voces femeninas potente y timbrado; algunas/os de las/los que asumen solos vocales).
El hermoso afiche/programa nos informa generosamente acerca de la ficha técnica y, en su reverso, provee las letras de casi todas las canciones interpretadas, algo que recién se aprecia cuando ya pasó el espectáculo y el deficiente sistema de sonido dificultó la inteligibilidad de esos textos.
Hay un popurrí de canciones emblemáticas del llamado “Rock Nacional” ensamblado con arte y con talento. Hay climas instrumentales que, habiendo sido compuestos especialmente para el irregular “orgánico” de que se dispone, suenan muy bien. Hay un bonito jingle sobre base de cumbia “a lo Gilda”, que uno se va canturreando por La Boca hasta que se da cuenta de que no aguanta más la recurrencia pegadiza del estribillo (“Y si pudiera salir afuera te buscaría la vida entera”). Hay una innecesaria moraleja tan oximorónica como la frase: “No debo escribir mierda”, consistente en explicarle al público el “contenido” de la obra y –por las dudas- agregar una línea en la que se reconoce estar expresando algo redundante, aunque ese texto no aparezca en el folleto.
En fin: Catalinas (y su expresión a través de La Orquesta Atípica) es como el peronismo: inevitable. Hay que meterse ahí y construir desde ahí. Siempre habrá críticas “facilongas”, porque el arte producido desde la base misma de lo popular tendrá, hasta que algunas cosas cambien radicalmente, el déficit de lo escaso, de lo precario, de lo improvisado, de lo pobre, de lo insuficiente y será, sin remedio, vulnerable. Porque ese el punto a partir de lo cual se construye lo popular: lo que hay.
“Bajo tierra” es un espectáculo que merece ser visto y oído. Que debe ser visto y escuchado.
Con el agua hasta La Boca. La propuesta de “Bajo tierra” se sitúa en el año 2030 cuando, tras varias crisis y catástrofes, una Gran Inundación hizo que el Riachuelo creciera hasta el Parque Lezama. En ese contexto, una orquesta halla refugio en el sótano de un galpón abandonado de acuerdo a la dramaturgia de Ana Schwarzberg y de Gonzalo Domínguez quien además compartió las composiciones musicales con Diego Bernabé y dirige el espectáculo que hasta el 14 de noviembre podrá verse los sábados a las 21.30 en El Galpón de Catalinas (Benito Pérez Galdós 93).
