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Editorial

El canto elegido: cien años de Aníbal Sampayo

El notable creador uruguayo, pilar indispensable de la música litoraleña, nació en Paysandú un 6 de agosto de 1926 y falleció en su ciudad natal el 10 de mayo de 2007. Silvia Majul traza un perfil de su figura.
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“Por lo menos se hubiera despedido -comenté en voz baja-. Me levanté y me fui yo también, pero en libertad. Aunque con menos dignidad”. Las palabras del periodista Albérico Mansilla en 1973, al evocar un encuentro imaginario con su amigo preso, resuenan hoy como el mejor retrato de Aníbal Domingo Sampallo Arrastúe, conocido artísticamente como Aníbal Sampayo.

La dignidad no se encierra. El creador uruguayo, pilar indispensable de la música litoraleña, nació en Paysandú un 6 de agosto de 1926. Tras un largo y hondo camino recorrido, falleció en su ciudad natal el 10 de mayo de 2007, aquejado por el mal de Alzheimer. De este modo, el poeta sanducero pasó a habitar la eternidad en cada una de sus creaciones, cobijado por la memoria de su pueblo. Para proyectar su legado prolífico y plural, en 2009 la Junta Departamental de Paysandú declaró oficialmente al 6 de agosto como el «Día de la canción litoraleña».

La trascendencia de su obra no conoció fronteras; a lo largo de su carrera grabó 21 discos distribuidos en países como Uruguay, Brasil, Argentina, España y Suecia. Su herencia inmensa engrandece el devenir folklórico con piezas de innegable vigencia. Entre ellas, la voz de Mercedes Sosa multiplicó la magia de «Ky Chororó» por el mundo, rescatando ese canto del humilde benteveo ribereño que sufre por la crecida y busca sobrevivir. Es inevitable preguntarse qué hubiese opinado e Ernesto “el Che” Guevara, en sus noches de monte y utopía, si hubiese escuchado este «Hasta la victoria» (1972). Sampayo compuso fuertemente conmovido por su figura, plasmando su mística; ya que durante su campaña guerrillera, al comandante le llamaban «Ramón» (su nombre de clandestinidad en Bolivia). De allí que la letra insista con fuerza revolucionaria: «Yo soy Ramón, rompiendo las cadenas…». Al fin y al cabo, la Negra Sosa le puso su máxima e imperecedera voz a este grito de resistencia silvestre.

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El compromiso del autor y la prisión

Transcurría noviembre de 1970. En Uruguay, un sesgo de derecha cubría el país charrúa y el nuestro, como en otros lugares de latinoamérica. En este adverso contexto, una entrevista sin firma titulaba una nota que habla de Aníbal: “El compromiso del autor”, reflejando la trayectoria elegida por Aníbal “…ante las injusticias, el dolor, el desamparo… ruego mis canciones sean una manera como cualquier otra de ayudar a dar forma a una conciencia más humana sobre los hechos…” Completaba la nota la letra de su milonga «Vea Patrón». 

Dos años después Sampayo fue detenido en Paysandú, acusado de pertenecer y colaborar con el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. El artista se convirtió en preso político bajo la dictadura cívico-militar. Pasó casi nueve años entre las rejas del Penal de San José. En esa misma época de efervescencia folklórica y dolor, el enorme maestro Eduardo Falú compartía escenarios y el ideario del canto testimonial, mientras que en la militancia tupamara brotaban figuras como el Pepe Mujica. Desde el encierro absoluto, Sampayo lograba evadir las sombras leyendo al poeta británico Oscar Wilde -quien también conoció la prisión-, identificándose con aquel «toldito azul» de cielo que describía Wilde en sus versos de reclusión. En esas celdas, Aníbal escribió su inmortal poema «Distancia», donde destilaba la nostalgia de la libertad en versos grabados a fuego: «…un puñado de mariposas / salpicando loma y cielo, / y el sobeo de un chiflido / pialando al aire un recuerdo».

Estética del barro y soberanía: La tensión creativa de Aníbal Sampayo.

Su creación artística se fundamentó en la convivencia directa con el entorno, especialmente la ribera del Río Uruguay y el Paraguay, lo que le permitió plasmar con autenticidad el paisaje litoraleño y sus ritmos, como la chamarrita. Su himno «Río de los pájaros» fue inmortalizado por intérpretes como Jorge Cafrune, mientras que su dúo con el guitarrista Florencio «Negro» López consolidó su aporte al folklore de la región.

Fueron ocho años de un absoluto apagón informativo y silencio impuesto sobre su figura debido a su militancia. En 1980, tras su liberación, recala en el exilio en Suecia, donde ofreció giras por Europa. Para casi la década del 90, con la vuelta de la democracia a la región, residió alternadamente entre su amada patria oriental y el país nórdico. 

La trayectoria de Aníbal Sampayo no responde a la lógica del suceso comercial, sino a una tensión antropológica profunda entre el nomadismo y el arraigo. Su temprana itinerancia (desde las seis cuerdas con Alberto Carbone a los 12 años, hasta su travesía a los 19 con un circo gitano por Paraguay, Bolivia y Brasil) no fue un mero vagabundeo. Fue la recolección empírica de una matriz cultural continental. Si como afirma el documental Charco (con producción de Andrés Mayo):  «No hacemos la música que queremos, sino la música que tenemos adentro», en Sampayo lo que habitaba dentro era el reflejo directo de lo vivido en el camino. Esta experiencia rústica y trashumante dotó a su posterior desembarco en el Festival de Cosquín (1960) de una densidad estética que desconcertó y fascinó a una plaza dominada por el esteticismo folklórico de la época.

Al compartir escenario con Yupanqui o Falú, Sampayo no impuso un paisaje postal; impuso una verdad fluvial, ratificada cuando «Río de los Pájaros» obtuvo el premio a mejor canción en 1964 y su obra alcanzó el Disco de Oro. Desde la perspectiva de la crítica musical, el corpus creativo de Sampayo opera bajo una operación reduccionista imposible: la crítica suele encasillarlo en las aguas seminales de «Río de los pájaros» o «Ky chororó», o en el titanismo conceptual de la Cantata «José Artigas».

Sin embargo, la verdadera potencia de su catálogo reside en que su fisonomía melódica es indisociable del rostro de tierra de sus habitantes. Como señalaría el musicólogo uruguayo Coriún Aharonián al analizar la canción popular de la Banda Oriental: “La música aquí no decora la geografía, sino que la denuncia”. En Sampayo, el paisaje ribereño no es contemplativo; es el escenario de la explotación y de la resistencia del subalterno. Su obra desborda el lirismo naturalista para transformarse en un tratado de soberanía cultural: una certeza de que el río, el agua y los derechos conquistados son una misma materia indivisible. Al final de su centenario, la música de Sampayo sufre la metamorfosis definitiva de las obras con compromiso social: ha dejado de pertenecerle a un autor para convertirse en la propiedad colectiva de un pueblo que camina.

Despedida

El muelle de Barranqueras olía a camalotes y a madera húmeda mientras el centenario de Aníbal Sampayo se despedía flotando sobre el agua, a pasitos nada más de Resistencia. El Encuentro de la Canción, ese nido de resistencia musical que sostiene Coqui Ortiz en el Chaco, ardía en su última noche bajo un cielo cargado de estrellas litoraleñas. Desde el fondo del patio, entre la gurisada y los mates compartidos, alguien se arrimó al fogón justo cuando el silencio se hizo sagrado en el escenario. Fue entonces cuando brotó la voz dulce y cristalina de Luna Monti, entonando los primeros versos de «Garzas viajeras» como un hilo de seda que cruzaba el Paraná. A su lado, la joven Paloma Ortiz se acopló con una madurez de río viejo, haciéndole una segunda voz tan perfecta y templada que erizaba la piel. De golpe, la noche se volvió eterna: desde un costado, con el andar pesado y la fuerza mística de la misma correntada, se arrimó Liliana Herrero. Liliana no solo cantó; se abrazó a Luna en un solo cuerpo musical, sumando su voz profunda que era como el rugido del río mismo, uniendo tres generaciones en un grito silvestre que dejó al revuelo de las garzas suspendido para siempre en el aire chaqueño.

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About Post Author

Silvia Majul

Silvia Majul nació en Llao Llao, Río Negro, pero vivió en Santiago del Estero, Córdoba y Buenos Aires. Actualmente está radicada en Unquillo. Es agente de prensa, realizadora audiovisual autodidacta y colaboradora en medios radiales, televisivos y gráficos desde hace tres décadas. Como agente de prensa trabajó con artistas, actores y escritores nacionales y extranjeros de un gran abanico ecléctico. Ideó y produjo muestras, espectáculos y el álbum doble “Canciones para no morir”, homenaje a Hamlet Lima Quintana, con importantes artistas de todos los géneros. Como realizadora audiovisual dirigió “Un pueblo hecho canción, una película sobre Ramón Navarro” (2017), “El nombrador, una película sobre Daniel Toro” (2021) y —con dirección colectiva— el “El andariego, historia de un grupo vocal” (2024). También colaboró en la investigación y prensa de otras películas, produjo y fue guionista de ciclos para canales de Buenos Aires y Córdoba. En el plano literario escribió el ensayo “Entré a mi pago sin golpear. La identidad cultural santiagueña en algunas canciones de Trullenque”, junto a Carlos Juárez Aldazábal; y obtuvo 2° Premio Fundación Cultural de Santiago del Estero.
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