Conocí muy bien a alguien que tuvo que hacer la conscripción en uno de los años más complejos y violentos de la historia argentina del siglo XX: 1956. Le había tocado en suerte el Regimiento de Caballería 2 de Olavarría, cuyo jefe, el primer día, reunió a los soldaditos con motivo del acto inaugural. Tras palabras alusivas de típica arenga castrense, el tipo miró fijo al montón, se detuvo diez segundos, y gritó, imperativo: “Levante la mano quién es peronista, acá”. El muchacho en cuestión, pensó “acá, por lo menos la mitad tiene que serlo”, y levantó la mano, nomás. Pero cuando observó a su alrededor, se topó con una situación inesperada: nadie lo había hecho. Por temor a represalias o por no serlo, pero nadie lo había hecho. El silencio lo aturdió un instante, mientras el mandamás, consustanciado con la revolución que había derrocado al gobierno de Juan Perón meses atrás, le repreguntaba: “¿Ah, sí?, ¿y por qué es peronista, usted?”. El pibe, asombrado y confundido, balbuceó una respuesta que nunca podría recordar bien. Y calló.
Días después, a sabiendas del oficio con que se ganaba el mango, las autoridades lo pusieron a trabajar en la división albañilería del regimiento. Lo mandaban revocar paredes en oficinas, depósitos y diversas instalaciones del cuartel y, cada vez que terminaba la labor, hundía el filo de su cuchara en la pared para eternizar una sigla que ardía por esos días: “P.V” (“Perón Vuelve”) (1), la misma que afuera se pintaba en paredes, baños y transportes públicos a brea, carbón o tiza. Por supuesto, su destino inmediato, y el de los jóvenes albañiles que lo acompañaban, era el calabozo, y la consiguiente prohibición de salir los fines de semana para irse de milonga, ver alguna chica, o visitar seres queridos. “Antes me metían preso por radical, y ahora por peronista”, reclamaba uno de los cómplices de fratacho, que por supuesto callaba dignamente, mientras lo hacían bailar ante el resto de los colimbas.
Lo conocí muy bien porque ese tipo era mi viejo José, fuente de inspiración esencial de este libro, por sincera, por genuina, por desinteresada. Contaba él también, en trance de memoria oral, que no todos los milicos de la época eran iguales, porque cada vez que paraba la oreja mientras recorría los pasillos de la guarnición, escuchaba a suboficiales e incluso a ciertos oficiales despotricar contra la flamante Revolución Libertadora. Y defender a Perón, claro. “Yo los vi y los escuché, Cristian, creéme que era así”, repetía, cada vez que aparecía el recuerdo en alguna cena familiar.
Parte intrínseca, pues, del interés que alumbró este trabajo radica justamente en rescatar el ideario y la lucha de un sector del Ejército Argentino consustanciado con los intereses de la Nación, y por supuesto de su pueblo. Émulos de quienes triunfaron en las Invasiones Inglesas, lucharon por la independencia, o defendieron la Confederación Argentina en “Vuelta de Obligado”, frente a las afrentas de las mayores potencias imperiales -por tomar casos emblemáticos del siglo XIX-, o de Manuel Savio, Domingo Mercante, Enrique Mosconi y Juan Pistarini -por traer ciertos otros de la primera mitad del XX–, los militares que pagaron con sus vidas por el proyecto nacional popular durante el período que se aborda (junio de 1955 a junio de 1956), no tienen nada que ver con quienes provocaron cinco de los seis Golpes de Estado que hubo en el país, durante el siglo pasado. Mientras unos, cuyos nombres e itinerarios rescata este libro, defendieron designios e intereses de una patria con toda su gente adentro; otros, también presentes en el trabajo, hicieron justamente lo contrario. Pocos ámbitos hay, en rigor, en que se vea con tanta nitidez la dicotomía entre la apuesta por una patria libre, justa y soberana, y otra visceralmente opuesta a las tres banderas, por ende, a disposición de los grandes centros de poder económico, político y cultural del orbe mundano.
Nada que ver tienen pues ambas líneas militares, algo que hasta incluso se nota en pequeños-grandes gestos. La calidez, los ideales y la ternura que un general como Juan José Valle, o un subteniente como Alberto Juan Abadie imprimieron a sus plumas para escribir a sus seres queridos momentos antes de ser fusilados durante aquel gélido junio del 56`, dista un abismo del odio visceral hacia el otro que mostraron los militares que habían bombardeado Plaza de Mayo un año antes, provocando la muerte de más de 300 personas inermes. O con quienes amenazaron con bombardear refinerías y depósitos de petróleo en Dock Sud y La Plata –ubicados muy cerca de barrios obreros- si Perón no dejaba gobierno, en septiembre del 55`. La gran tragedia ontológica que vive la Argentina, en buena parte se explica por estos motivos.
En fin. José siguió siendo peronista toda la vida, hasta su muerte. Estuvo en Ezeiza, cuando el retorno de Perón. Y en mil actos más, antes y después de aquella enorme conmoción popular que terminó en desastre. Lo incomodaba bastante que al “Pocho” -a quien por supuesto adoraba- le “tiraran el saco” por derecha y por izquierda, dos categorías por cierto extrañas a la doctrina del Movimiento Nacional. Su devenir fue el de un peronista tipo, muy trabajador –tenía las manos como lijas-, honesto hasta los tuétanos, carismático, muy querido en el barrio, sobre todo por la muchachada, con que disfrutaba conversar más que con ciertos “viejos vinagres”, medio pelo. Despotricó, puertas adentro pero firme, contra la dictadura del 76´. Nunca faltó a las misas anuales por Evita, que se realizan cada 26 de julio, en la iglesia San Juan Bautista de Valentín Alsina. Tampoco a las reuniones semanales en la Unidad Básica “Justa, Libre y Soberana”, ubicada a la vuelta de casa, desde donde partía su sacrificada F 100, llena de baldes de engrudo, carteles y pintura, cuando tocaba salir a pintar paredes durante períodos electorales, sin jamás aceptar recibir algo a cambio.
“Ey, blanco, a vos que te veo en todos los actos, ¿por qué no te venís un día a la municipalidad a charlar conmigo?”, le dijo una vez Manuel Quindimil, siete veces intendente de Lanús. “No Manolo, gracias, a mí dejame de este lado del mostrador”, le contestó el viejo, no por considerar el gesto necesariamente una virtud, sino más bien como muestra de compromiso. Entonces pintaba canas, y ya había votado a Lúder. Años después, lo haría por Menem –luego se arrepintió-, por Duhalde, por Kirchner, y no llegó a hacerlo por Cristina, dado que falleció año y medio antes que ella se postulara por primera vez como candidata a presidenta, dejando tres hijos y una mujer que sienten mucho su ausencia.
José tuvo un tío-padrino a quien este libro también rinde tributo. Se llamaba igual que él, pero su apellido era Farinato. Era hermano de una abuela criolla llamada Ángela –madre del viejo, claro- que acunaba a quien escribe al son de la marcha, y tiempo después contaba, puertas adentro y en voz baja, de bombardeos y fusilamientos, mientras afuera imperaba el oscurantismo tardosetentista. Farinato, de quien el viejo había aprendido su oficio, fue una de las primeras personas en tener una Unidad Básica en el barrio, desde donde se encargaba de hombrear bolsas de carbón que llegaban desde el gobierno, allá por el segundo lustro de la década del cuarenta, para llevarlas a los hogares de las personas que las necesitaban.
Farinato era compañero de militancia de Quindimil, y también de varios abnegados seres que pueblan estas páginas. Entre ellos, Osvaldo Alvedro, y los hermanos Clemente y Norberto Ros, cuyas vidas y muertes narra el arduo y nodal Capítulo 5. Farinato no fue fusilado como ellos, pero también la pasó mal. En rigor, horas después del golpe cívico-militar de septiembre de 1955, una patrulla policial irrumpió en su casa y, como a miles de personas a lo largo y a lo ancho del país, se lo llevó detenido ante el pánico de su mujer, y el llanto de sus dos pequeñas hijas. Estuvo un mes desaparecido, hasta que su esposa, asidua a la parroquia San Judas Tadeo, habló con el cura y pidió por él, porque José hacía arreglos de albañilería en la iglesia. El sacerdote por supuesto se ocupó, lo encontró y el hasta entonces detenido-desaparecido fue finalmente blanqueado y trasladado a la Comisaría 1ra. de Lanús.
Su calvario, empero, no concluyó allí. El comisario le dijo: “¿Así que vos sos de los que quiere a Perón?”. “Sí”, contestó José. “Bueno”, volvió el jefe policial. “Entonces decime ´la vida por Perón`, y te mato”. Farinato lo miró firme, nunca bajó la mirada, y se lo dijo, nomás: “¡La vida por Perón!”. Para su sorpresa, el comisario lo terminó eximiendo de pasar a otra vida, porque al parecer valoró su valentía. Durante su estadía en el presidio, el padrino-tío del viejo recibía la visita de sus hijas, y a la más chica le tenían que decir que había que ir a visitarlo allí, porque estaba pintando las paredes de la cárcel, y había que terminar rápido. Luego lo dejaron en libertad y, pasados los años -a fines de la década del ochenta-, fue uno de los que advirtió a sus compañeros y compañeras: “No voten a Menem, porque nos va a traicionar”.
Ambos, José tío y José sobrino, fueron parte -a su manera, claro- de aquella generación que escribiría páginas de dignidad durante años oscuros de la historia argentina. Nunca integraron la orgánica de la Resistencia Peronista, nacida al calor de las “Instrucciones generales para los Dirigentes” que Perón empezó a enviar desde su exilio en enero de 1956, ya con el tándem Aramburu-Rojas en el poder. Pero sí fueron parte de aquella masa trabajadora anónima, perceptiva y pacífica que apoyaba intuitivamente los planes del líder, desde el subsuelo sublevado de la Patria. Desde ese lugar desprendido y laborioso, que había visto nacer al Movimiento, década atrás.
El paneo autobiográfico-familiar no es capricho, desde ya. Se trata más bien de una forma de gratitud hacia aquellas personas comunes, desconocidas, que inspiraron fuertemente las páginas que vienen. Seres que –al igual que los protagonistas directos de los sucesos que narra Junios– hicieron la historia profunda de un Movimiento Nacional y Popular, que no emergió de abstracciones o análisis cerebrados, porque, claro, historiar no es solo meter palabras, ideas, conceptos y procesos en un laboratorio de estudios académicos. No es algo aséptico, o neutral –nunca lo es- y mucho menos, resultado de miradas apriorísticas, o extrañas a la idiosincrasia del pueblo que escribe su historia. Abordar el pasado argentino que, como cualquier otro abordaje histórico sí se vale a posteriori de herramientas de investigación y análisis, implica entonces un paso previo. Un latir pasional, popular y patriótico, aunque no en un sentido integrista –han sido nefastas esas miradas- sino en el de conjugar raíces identitarias diversas y constitutivas de esta sociedad… aquella que Raúl Scalabrini Ortiz denominaba “Nación multígena”.
Si algún sentido tiene Junios pues, éste radica en revisar al fino ese año trágico, hecho de mitades, que enfrentó dos Argentinas. Una abstracta, basada en el odio, en lo `anti`, y extraña a los intereses del pueblo trabajador, aquerenciado con su tierra, su pueblo, su barrio, su hábitat. Y otra que ya estaba, pero que el peronismo primigenio supo comprender, amar y sintetizar, para actuar en consecuencia, bajo un fin como premisa esencial: la felicidad del pueblo, y la grandeza de la Nación. Junios cuenta entonces un tramo breve pero intenso de la grieta existencial que cruza todo el devenir argentino. Y lo cuenta no desde una inocua equidistancia ideológica -que nunca existe, dicho fue- sino desde un lugar tal vez menos frecuentado. Pero real.
Real, y que de paso suma un aporte a la incompleta discusión que se ha suscitado a propósito de la memoria histórica, durante el cuarenta aniversario del retorno a la democracia, respecto de los detenidos-desaparecidos provocados por la última dictadura cívico-militar. Necesario a los fines de pacificar la memoria y el futuro resulta pues no dejar de recordar los asesinatos cometidos por la Triple A, y por organizaciones guerrilleras durante el espiral de violencia ocurrido mayormente durante el bienio 74-75. De ello tendrá que haber quien se haga cargo a justa conciencia, y pida perdón de cara a la sociedad, si es que aún no lo ha hecho. Más necesario aún es insistir sobre el terror provocado por la dictadura posterior, cuyos crímenes no tienen par, por su morbosidad, por su carga enferma de crueldad, y por usar la fuerza del Estado para cometerlos. Pero va siendo hora ya -en busca de la tan “proclamada” memoria completa- de ir un poco más allá de ambas terribles coyunturas, y trasladar la discusión al momento en que éste ciclo de violencia política, indeseable y oprobioso, se originó.
Y ese momento -tal lo aborda este trabajo- ocurrió justamente entre 1955 y 1956.
De junio a junio.
