Newsletter

Conocer las actualizaciones de las últimas noticias

By pressing the Subscribe button, you confirm that you have read and are agreeing to our Privacy Policy and Terms of Use
Editorial

Ariel Ardit: «No me interesa quedarme en la vitrina del cantor de tango por comodidad»

Ariel Ardit, el cantor más popular del ambiente tanguero, estrenará un álbum dedicado a Sandro, el viernes 13 en La Trastienda. “No me interesa quedarme en la vitrina del cantor de tango solamente por la comodidad de evitar una crítica”, afirma. Este texto de Eduardo Slusarczuk contiene una entrevista con aspectos nunca contados de la biografía del cantor: la influencia de Titanes en el Ring y el budismo en sus elecciones de vida.
2 0
Read Time:28 Minute, 27 Second

Foto de portada: Ariel Grinberg

“Usted canta, ¿no?” La pregunta suena tímida pero casi retórica. El “sí” de Ariel Ardit sale envuelto en esa sonrisa que forma parte de su marca de identidad, y parado junto a la mesa y ticket en mano el mozo emite su veredicto, inapelable. “¡Un capo!”, sentencia.

El entorno en el que sucede el diálogo condimenta de manera exquisita la escena, que tan breve como amorosa se desarrolla ante las miradas de Troilo, Evita, el Diego, Charly, el Flaco y el resto de la variada galería de glorias del pasado que tapizan las paredes de La Farmacia, legendaria botica devenida bar notable, que según ChatGPT supo tener entre sus parroquianos a Horacio Ferrer y Alejandro Dolina.

PUBLICIDAD

Ahí, donde cuenta al paso que grabó algún video, donde alguna vez cantó y también fue su base de espera mientras sus hijas estaban en la escuela, a un par de cuadras, Ardit llega una larga hora y media antes del ida y vuelta con el mozo para desandar un camino que arrancó allá lejos y hace tiempo, en su Córdoba natal.

Lo primero que canté en público fue Rosa Rosa. Tenía 4 años”, revelará en un rato cuando cuente con lujo de detalles cómo se gestó Sandro así, el ´ámbum en el que Ardit interpreta parte del repertorio del «Gitano», que publicó un par de meses atrás y que presentará el próximo viernes 13 de marzo en La Trastienda.

Pero todavía falta un buen rato para llegar a esa parte de la nota, durante la cual también, entre otras cosas, contará cuánto tuvo que ver su abuela con que se llame Ariel, qué papel tuvo en su vida Mister Moto y por qué le debe parte de su carrera al budismo.

Por lo pronto, apenas llega, el cantor advierte que lleva no más de seis o siete horas en suelo argentino, después de haber pasado por el Festival de Tango de Bogotá, por Medellín y Pereira, viaje en auto de cuatro horas y pico por tramo por una ruta que era curva contra curva, paisaje, subida y bajada de por medio.

Todo, por obra y gracia del tango, género que marca su Norte desde hace casi tres décadas a lo largo de las cuales acredita varios años junto a la Orquesta El Arranque, una trayectoria solista con una docena de trabajos discográficos registrados y varios premios en su haber, pero que ahora se reparte la vidriera con el proyecto Sandro.

Foto: Ariel Grinberg

Una prueba sin error

De Sandro al tango, del tango a Sandro, como todo tiene que ver con todo, resulta imposible obviar el rol transicional que cumplió la sociedad que Ardit mantiene desde 2023 con Lidia Borda, con quien comparte un repertorio de tangos y un algo más que abrió las puertas para el plan que nos convoca acá, en esta esquina de Directorio y Rivera Indarte donde Flores empieza a perderse hacia el Sur.

“Con Lidia nos propusimos no hacer solo tango. Metimos boleros, una canción de Charles Aznavour, algo de folclore… Cada vez que reeditábamos el ciclo, íbamos cambiando algo del repertorio. Entonces, un día dije: ‘Me gustaría cantar un tema de Sandro para el show.’ Le dije que quería cantar Porque yo te amo, ella eligió Así, y lo empezamos a hacer.

Entonces, sucedió que cuando lo canté en el Tasso la gente empezó a sacar los teléfonos para grabar. Esa no es una acción propia del tango. Y todas las veces pasaba lo mismo, acompañado por un aplauso un poquito más largo que para el resto de los temas. Ahí me di cuenta de que algo estaba pasando”.

Torazo en rodeo ajeno

En diciembre pasado, al presentar en sociedad Sandro así ante un grupo de periodistas y amigos, Ardit cerró el encuentro compartiendo Lo que no pudo ser, un bellísimo vals que de vez en cuando Sandro interpretaba pero que nunca grabó y lo acercaba de manera elocuente a la música de raíz criolla. De paso, anticipó que su participación en la 66 edición del Festival Nacional de Folclore de Cosquín, realizada a fines de enero pasado, estaría dedicada al repertorio de su nuevo disco.

-En aquel momento, sonó a que podía ser una apuesta arriesgada. ¿Cómo te fue?

-Muy bien. En Cosquín hay que saber leer la psicología de la plaza. Este es el tercer año consecutivo que voy, y lo que entendí es que el público puede ser totalmente indiferente, puede ser muy efusivo y también puede tener matices en medio de ambas reacciones, cuando notás que la gente te está escuchando y te vas ganando el silencio, que en un lugar tan abierto, tan estruendoso y tan ruidoso no es fácil.

-Además, con tanta gente que va a ver a distintos artistas…

-Sí, pero voy más allá de eso. La noche anterior había ido, como los jugadores de fútbol, a hacer un reconocimiento del campo de juego. Y detecté que el Festival tiene una sonoridad una sonoridad estándar. Así se trate de un grupo con una guitarra y un bombo, un bajo y un bombo, o música norteña con charango y 200 bailarines en el escenario, todo está todo atravesado por una sonoridad que es afín al folclore.

Sabía que lo de Sandro sería una sonoridad ajena a lo que la gente va a escuchar habitualmente. Es como cuando estás en un lugar y te das cuenta de que lo que traes es sapo de otro pozo. Con eso y todo avisé a la comisión que al repertorio que ya me habían aprobado iba a agregar Atmósfera pesada, que es un rockazo. Fui como a pedir autorización el día anterior. Y me dijeron que sí, que estaba todo OK.

Cuando lo canté, casi al final, noté que la gente estaba estaba escuchando a Sandro, metida en ese repertorio. Era como como haber domado una fiera. Entonces hice Zamba azul y cerré con un enganchado de dos temas de (Horacio) Guaraní. Fue como el guiño a la naturaleza del lugar. Terminamos con todos arriba, aplaudiendo y haciendo palmas con Cuando ya nadie te nombra y Piel morena. Ahí la gente (agita los brazos y canta) se desató. Me llevé una gran experiencia, sabiendo que había ido a correr un gran riesgo.

-¿Vos querés que lo escuchen a Sandro o que te escuchen a vos? ¿Querés meterte en la piel de Sandro? ¿Cómo cómo funciona esa relación?

-Yo quiero que la gente me escuche a mí porque lo primero que hice desde que pensé en este disco fue que no fuera una imitación, y tampoco un tributo. Todo lo que me acerque a la estética original de Sandro es una caricatura. Por eso se llama Sandro así. La declaración está hecha desde el título.

Lo que pasa es que cuando presente el disco, el 13 de marzo en La Trastienda o en algún otro lugar, la gente me va ir a ver a mí. La gente me elige a mí haciendo de Sandro. En Cosquín, en cambio, nadie dijo lo que yo iba a cantar y la gente me conocen del tango, que ya de por sí es algo extraño en el Festival. Pero encima, el tipo que se supone que va a cantar tangos termina cantando Sandro. Era una provocación.

-Y funcionó bien.

-Lo que sentí fue que la gente estaba dándole mucha oreja y mucho respeto a ese repertorio, que en ningún caso mantiene su estética original. Por eso Cosquín era una especie de riesgo, de prueba y de termómetro desde la neutralidad. Cuando la gente me va a ver a mí, está eligiendo la experiencia de antemano. No es que “uh, me clavé, te vine a ver y no era lo que esperaba”. El riesgo es el que está implícito cada vez que uno hace cualquier cosa nueva.

Deseo y necesidad por la misma senda

-Te pueden decir: “Y, no. Me gusta más como cantás tango.

-Es que son 28 años que canto tango. Pero tampoco es que haya decidido dejarlo. Sandro así es el resultado de un deseo visceral que sentí como intérprete. Una necesidad.

-¿Deseo o necesidad?

-Las dos cosas. La necesidad era ver que vuelta de rosca le encontraba a mis discos. Tenía que hacer un cambio. Y el deseo fue el de haber encontrado algo que realmente me gusta mucho. Así, pude unir las dos cosas: la necesidad de hacer algo diferente en mi carrera y el deseo de ponerme en un repertorio distinto, corriendo todos esos riesgos. No me interesa quedarme en la vitrina del cantor de tango solamente por la comodidad de evitar una crítica.

-¿Tenías en la previa una intención de mostrar una cara diferente a las ya conocidas de esas canciones?

-Eso tiene que ver, esencialmente, con la “escenografía”. O sea, si vos buscás que el arreglo cuente la misma historia pero con otra sonoridad, tenés ahí el primer punto de partida para tener una versión propia. Por eso elegí a dos arregladores que no eran directamente del tango, como Noelia Sinkunas y Daniel Vilá, que le iban a dar una sonoridad diferente a todo lo que yo ya tenía grabado, desde sus propias miradas hacia Sandro.

Lo otro es sentir que cuando a vos te dan una escenografía distinta, tiene que surgir la manera propia de cantar. A mí me gustan mucho los clásicos: Gardel, Tony Bennett, Steve Wonder. Si tomamos como ejemplo a Gardel, en todos los estilos diferentes de música que grabó, en francés, en napolitano, en inglés; haciendo foxtrot, paso doble, pasillo colombiano, es siempre Gardel.

No se hace el cantor de esto o de lo otro. Y yo creo que después de tantos años de cantar tango tengo una estética propia y una manera de resolver que no quiero cambiar. Por eso busco que lo que cambie sea la escenografía de la historia musical que quiero contar. A partir de ahí, uno tiene la chance de cantar como uno, alejándose de los fantasmas sonoros que pueden aparecer de Sandro, que son muy fuertes.

La cuestión es: o lo imitás o creás una cosa distinta. En esa creación de una cosa distinta, sé que como cantor soy muy diferente. Quiero convencer desde ahí.


Ardit cuenta que con Sinkunas y Vilá trabajó de manera muy distinta, aunque en ambos casos con la idea clara de evitar el cover o la imitación. En ese plan, a la primera le encomendó la tarea de sacar canciones como Penumbras -la orquestadora le propuso una “onda Tower of Power”-, Quiero llenarme de ti, que adquirió una impronta “bailable”; y Rosa Rosa, que abordó desde una perspectiva marcada por el paso del tiempo.

La “bele”, una blanca Diosa con alma rockera

“Cuando le conté a Noelia lo que quería con Rosa Rosa, le dije que me imaginaba a las mujeres de los ´70 que bailaban con Sandro, que hoy son mujeres grandes, que envejecieron… Imaginate esa mujer escuchando ahora aquella canción. Ella lo pensó un ratito y tocó: “Tan tan tan tan, tan…” (canta). Es la introducción de Cuando nadie nos ve, de Alejandro Sanz. Ahí, y automáticamente dije: ‘Esa es esa es la estética en la que yo quiero cantar ese tema’.

De algún modo, el proceso de grabación de Sandro así quedó enmarcado por el registro que Ardit logró del mayor éxito discográfico del cantante de Valentín Alsina, que a fines de los ’60 superó los dos millones de simples vendidos.

“Aunque fue el primer tema que grabé, él último día me propuse volver a hacerlo con algunas frases que quería corregir. Y al cantar “como blanca Diosa” se me vino la imagen de mi abuela, que es un personaje recontra mil fuerte en mi vida y en mi familia materna. La mamá de mis tíos cantantes y actores cómicos. Una vieja muy sufrida, que abandonada por el marido cuando era muy joven se quedó con tres hijos, trabajando. Era de la Juventud Peronista, seguidora de Eva Perón. Le mataron un novio en la puerta del Hospital de Clínicas, donde trabajó 40 y pico de años y llegó a ser jefa de Hemoterapia…”

-¿Por qué lo mataron?

-Por una cuestión política. Lo acribillaron. Tiene que haber sido en los ’60. Era una mujer brava, la “bele”. Fue muy importante. Es por quien yo canto el himno, la que me puso el nombre Ariel…

-¿Por qué te puso el nombre tu abuela y no tu mamá?

-Mi vieja quedó embarazada con 17 años. Entonces, había como que vencer algunos prejuicios. Y ella, que era la que tenía más carácter, se plantó: «Vos lo vas a tener ese chico, va a estar todo bien y nos vamos a arreglar.»  Mi mamá me quería poner Cristian y ella le dijo: «Bueno, ponele Cristian, y de segundo nombre Ariel. Vas a ver que después él se va a llamar Ariel, porque Cristian no le va a gustar.»

-Y no te gustó.

-No. Resulta que la primera vez que le levanté la mano a alguien -o la segunda porque era un poco peleador-, fue en jardín de infantes, con un pibito rubio de flequillo lacio que se llamaba Cristian. Tengo una foto. Él estaba con el trajecito de jardín todo impecable, y yo estoy atrás con la campera abierta, despeinado, como saliéndome de la fila. Cuenta la leyenda que lo agarré una vez y lo llené de cachetazos. Ese era Cristian. Entonces, a mí todo lo que venía de Cristian no me gustaba. Y quedó Ariel.

-¿Tu vieja te crió sola?

-No. Aquello pasó en un primer momento, cuando se enteraron de que mi vieja estaba embarazada. Mi papá era un poco más grande que mi mamá, pero ella era menor; estaba en quinto año del colegio. Pero después se casaron, nací y vivimos en la en la casa de mi viejo y de los abuelos paternos. Se separaron cuando yo tenía 8 años.

Pero en aquel primer momento la que tomó las riendas de la decisión fue mi abuela, la “bele». Por eso es muy importante. Y vivió 86 años. Conoció a mis hijas, o sea que yo tengo una foto de ellas con su bisabuela. Es fundamental en la historia familiar porque tenía el don del humor, del canto… Nos hemos divertido mucho con ella. Cuando se separó, fue alcohólica y zafó; fue fumadora y dejó; tuvo un cáncer de vejiga y lo superó. Debe haber sido la rockera de la familia.

Sandro, uno más de la familia propia y de la del tango

Algo alejado del rock, el mundo musical de Ardit se fue armando en torno al folclore, a las canciones de Palito Ortega, Dyango, Serrat y Juan Luis Guerra que sus tíos practicaban con pistas para el show que hacían… “Y en las reuniones familiares, además del folclore se escuchaba Queen -mucho, porque ellos eran fanáticos-, Víctor Heredia, Mercedes Sosa, el Dúo Salteño, y Sandro todo el tiempo. Porque además de que uno de mis tíos lo imitaba, los dos hermanos eran fanáticos”, recuerda.

Y sigue: “Sandro era el más escuchado. Era como parte de la familia. Se veían las películas poniendo atención a cada detalle: el comentario era cómo tenía la camisa, la campera blanca que se había puesto para la foto, si estaba más gordo o si había bajado de peso. Era el personaje que ellos admiraban.”

-¿Qué tan cercanos eran Sandro y el tango?

-Con este trabajo me di cuenta de que Sandro no es para nada lejano al tango, sino que es de esa rama. Él vino del rock pero antes había escuchado tango, y siempre hay un costado tanguero en su composición, en la manera de cantar, en el vibrato, en algunos fraseos en los que va para adelante. Es recontra tanguero. Tiene una versión de Sur que la canta al revés. El vals que hizo con José Ángel Trelles, que se llama Lo que no pudo ser… No tengo manera de separarlo del tango.

-¿Los guiños tangueros en algunos temas eran parte del plan original o aparecieron a medida que avanzó el proyecto?

-En el caso de Porque yo te amo, le dije a Dani (Vilá) que me gustaba la idea de sumarle un guiño, y le puso bandoneón, que también aparece en el rock (Atmósfera pesada) y le da un color muy hermoso al disco. Son detalles que fueron pensados, y que disfrutaré cuando sea viejo.

La mención de Vilá habilita la descripción de su perfil de orquestador, que Ardit define totalmente distinto al de Sinkunas. “Sabía que Dani había trabajado con Sandro y que había algunos temas estructurales que tenían que tener un perfil más clásico, dentro de una estética personal. Entonces, le llevé Porque yo te amo, Cómo te diré, y también le dije cómo me los imaginaba”, cuenta.

Y detalla: “En el caso de Dani, vos tenés que ir a su casa sin ninguna referencia anterior. ¡Ni el tono te pregunta! Te tenés que sentar al lado suyo a tomar mate, él prende el piano y empieza a hacer el arreglo, instrumento por instrumento. Te lo va grabando todo y cuando te vas te da el arreglo en MIDI ya terminado. Después los dejaba airear un poquito, los escuchaba, le señalaba lo que quería retocar y ahí él mandaba otro archivo, corregido. ¡Es una máquina!”

“Lo más grosso -completa- fue con Atmósfera pasada. ‘Tiene que tener potencia. Es lo único que yo te pido, porque yo me voy a tener que meter dentro de eso’, le indiqué. Lo hizo de una y seguimos con otro tema. Pero en una de mis visitas, le sugerí que para el show podía estar bien invitar y sumar un coro de cuatro mujeres al tema. ‘Ah, sí, ahora lo hacemos’, me respondió. En un momento se paró, armó el micrófono y me grabó cuatro voces de mujeres. ¡Cuatro voces en tonalidades distintas! Ahí parado, al lado del piano, todo en falsete, en tono de mujer. Ahí dije: ‘Bueno, este hombre está loco’.

O sea que además de ser un excelente músico, pianista y arreglador, canta espectacular. Yo ya sabía quién a quién estaba yendo a ver, que había acompañado a Sandro, a Estela Raval, a Lavié, Nacha Guevara, pero nunca habíamos trabajado juntos. Fue una gran sorpresa.”

El amor, la espada que no se parte nunca

-¿Cambia tu manera de abordar una canción según el género?

-Te podría decir que sí para embellecer la entrevista, pero no me sale mentirte. Yo canto como me sale a mí. Estudio canto desde el ’95, poniendo atención en la técnica, el apoyo, la respiración… Pero después, cuando canto, y sobre todo cuando hay gente que escucha, me olvido de todo eso.

El punto está en cómo comunicás con esa historia desde tu instrumento. El trabajo como intérprete es haber cantado mucho los temas para para emocionarme. Por eso canto tal tema y no canto otro con el que no me pasa nada.

-¿Cómo conectan esas canciones con este presente atravesado por situaciones como los reclamos en el Congreso por la ley laboral, la situación de los jubilados, la invasión a Ucrania, la cuestión de Irán…?

-Pienso en el tango: a mayoría de los clásicos fueron compuestos en otro escenario completamente distinto al actual, pero también en los ’30 y los ‘40 había había muchos líos sociales. Sandro tuvo una gran definición cuando ganó el Festival Buenos Aires de la Canción (1967), con Quiero llenarme de ti. Él venía con la idea de ser un cantante de rock y de pronto se le abrieron las puertas de lo melódico.

            Ahí, su representante, productor y coautor Oscar Anderle y la gente del entorno de la discográfica le dijeron: «Es por acá A partir de ahí, Lo que hizo Sandro fue una gran construcción de temas que le hablan al amor y al desamor, cuestiones que están por encima de lo social. Porque socialmente puede haber un montón de problemas pero todo el mundo tiene un desamor o se enamora de alguien. Entonces, atraviesa todas esas generaciones con una espada que no se parte nunca, que es la del amor.

-Tal vez la pregunta correcta era si estas canciones y si estos repertorios son una evasión, un guiño a la introspección, entretenimiento… ¿En qué casillero se las ubica?

-Creo que a mayor contexto social negativo, las canciones amor son las que te salvan. Siempre te salva el amor, por más que sea triste. Es el momento en el cual conectás con un sentimiento que precisamente es, también, de los más importantes que tiene el tango: la conexión del ser humano con sí mismo. Por eso el tango no me lo imagino en un estadio de River. Porque es una visita que uno hace por su propia vida, por su historia, por sus sentimientos. Un viaje al corazón, directamente. Y eso, generalmente se hace en soledad.

Lo que a mí sí me sorprende, en el caso de Sandro, es la reinvención del personaje y cómo se mantiene. Hablás con una mujer de 30, le contás lo de Sandro y le sigue pasando lo que le pasaba a las mujeres hace 50 años. Tenía una manera de llegar a la mujer que hoy, que impera una música como el reguetón, que solamente habla de cómo mueve el culo una mujer, a mí me sorprende.

Me sorprende para bien, por supuesto. Su atemporalidad lo coloca en ese lugar. Y a eso hay que sumar algo al perfil de Sandro, que haciendo este trabajo como si fuese un historiador confirmé: era muy buena persona. No escuchás datos negativos sobre él. Los músicos lo adoraban. El público, ni hablar. Productores, asistentes, todo el mundo te habla con un enorme respeto de Roberto.

Y el primero que respetaba eso era él, porque siempre ponía a Sandro en otro lugar. Se despegaba todo el tiempo del personaje. Él sabía que Sandro era de una manera, que tenía una estética, y él se ponía esa pilcha.

Foto: Chiwi Giambertone

La polilla que se volvió dinosaurio en El boliche de Roberto

-Contaste que cantaste por primera vez en público a los 4 años, pero tardaste bastante en salir a la cancha a cantar profesionalmente. ¿Por qué?

-De chico no pasó mucho respecto al arte porque cuando nos vinimos a vivir a Buenos Aires, mi sueño era sido jugar al fútbol. Y a medida que pasaba el tiempo también empecé a tomar más conciencia del sentimiento de vergüenza o timidez. Te contaba que en las reuniones familiares mi vieja cantaba, mis tíos se ponían pelucas y vestidos, hacían imitaciones y eran regraciosos.

Y yo, ¿qué carajo iba a hacer? Los artistas eran ellos. Me llevó años descubrir que esto era mi verdadera vocación. Siempre doy el mismo ejemplo: es como cuando uno guarda una polilla en el cuarto de las cosas en desuso, la abrís al mes y te sale un dinosaurio de ahí adentro. Eso es la vocación que va creciendo en uno. Pero no es que yo todo el tiempo haya dicho que quería cantar. Yo quería jugar al fútbol, fui luchador de catch…

-No sos el típico caso del chico que cantaba en los actos de colegio.

-No. Pero sabía internamente que eso era algo que me salía. Tengo unas grabaciones en casete de cuando apareció el disco Romance, de Luis Miguel. Había temas que conocía, y ahí de a poquito empecé con el bolero, que era algo que no hacía ni nadie en mi familia. Empecé a estudiar piano, me anoté en el conservatorio Manuel de Falla; eran todas señales de que de a poquito me iba acercando a la música.

Cuando finalmente tomé la decisión de ser cantor, se lo dije a mi vieja. Y ella me dijo: “¿Por qué no estudias canto? Si es lo que te gusta, hacé una profesión de eso.» Fue el mejor consejo que me dio. Empecé a estudiar canto lírico y me armé el plan: «Estudio 5 años y busco un conservatorio en Europa para hacer allá una carrera como cantante lírico.

Pero en el medio de eso pasé por El boliche de Roberto. Mientras escuchaba a un tipo que cantaba, me reconoció el papá de Betina, una novia que yo tenía, miró al mostrador, me señaló y dijo: «Eh, él canta.» Yo lo quería matar al viejo. “Cantate algo, insistió. “¿No te sabés un tango?” Ahí me empezó a acompañar Roberto Medina, que era el que tocaba y cantaba ahí. Después nos hicimos muy amigos, y conocí a Osvaldo Peredo.

-A Osvaldo lo vi varias veces cantando ahí, a pelo, sin micrófono…

-Era así. Cantar al lado de la una mesa donde había un tipo hablando con alguien, tomando un vino, que se paraba para ir al baño. Y vos cantabas, salía el tipo del baño y te pasaba por delante. Tenías que ganarte el silencio de la gente. Para mí esa fue una gran experiencia. Después de cantar El boliche de Roberto, te juro que me animaba a cantar en cualquier lugar.

-¿Dónde es más difícil ganarse el silencio, en El boliche de Roberto o en Cosquín?

-¡En El boliche, por supuesto! Primero, porque nadie te fue a ver; y segundo, porque mientras alguien te está viendo puede elegir no hacerlo porque está hablando. Se pagó una cerveza, un vino, está con una chica o quiere hablar con un amigo en un boliche… ¿Y quién te dijo a vos que te quiere escuchar? Ese es un respeto que tenés que imponer o ganártelo.

-¿Te costó?

-No. Siempre me fue bien en el boliche. Entonces, lo disfrutaba mucho, Pero había gente que de la nada cantaba, y la gente hablaba encima. ¡Pero encima! Entonces, a mí era algo que también me provocaba una cosa de “che, me da que está bueno esto”. Como estudiaba canto, abría la boca y la voz corría. El volumen no era un problema, pero sí ganarme el respeto. Y como yo usaba la gomina, cantaba temas de Gardel… era como algo que llamaba la atención. Y me encantaba.

El chico que quería ser Mister Moto y se rindió ante el mantra del Buda

“Cuando vivía en Cordoba, yo veía Titanes en el ring. Cuando vine a vivir a Buenos Aires, en el ’82, todavía seguían estando pero con un recambio de personajes. Estaban El androide, El hombre vegetal y había uno que a mí me gustaba mucho que era Mister Moto. ¿Por qué? Porque peleaba a cara descubierta, era fachero, y entraba en una moto con una rubia hermosa atrás. Lo vi y dije: “Yo quiero ser como este.”

Ardit cuenta que practicaba con su hermano menor, que “lo agarraba y lo tiraba de los muebles, de la cama…”, y traslada su relato al Liceo 4, en Avenida Córdoba al 1800, adonde había llegado echado de otro colegio y del cual lo echarían más adelante. Pero ese es un detalle. El punto es que, con segundo año empezado recibió como compañero de banco nada más ni nada menos que al hijo del ídolo de su infancia.

De ahí a conocer al luchador le tomó lo que viajar hasta el gimnasio que Mister tenía en Thames y Santa Fe. “Me lo presentó y fue como ver a Superman”, recuerda Ardit, que ahí nomás le preguntó si podía luchar. “Son muchachos grandes. No tengo para juveniles”, le respondió el dueño del circo, que le retrucó con el ofrecimiento de que fuera a su gimnasio. ¡Gratis!

“Iba todos los días, en el (colectivo) 12 o caminando, según las monedas que tenía para viajar. Y empecé a comer. Mi objetivo era ponerme grande para luchar. Pasé de 64 a 83 kilos en unos meses. Me intoxiqué, porque tomaba tres litros de leche por día, con chocolate. Me salieron como unas ronchas…

-¿Y tu mamá?

-Nada. Mi vieja siempre me dio mucha libertad, porque además al haberse separado y venir acá con dos indios, como éramos mi hermano y yo, laburaba en una oficina y volvía a las 6 de la tarde. Yo salía del colegio, cocinaba para mi hermano y para mí y pasábamos todo el día en la calle. En la plaza jugábamos al fútbol, hacíamos lío, uno se peleaba acá, el otro allá, yo andaba defendiendo a mi hermano por el barrio…

-¿Llegaste a luchar?

-Luché. Mister Moto tenía laburo, pero no mucho. Entonces, cuando hacían una kermese, los colegios solían contratar el espectáculo de lucha libre. Había que desarmar el ring, bajar los parantes de hierro, sacarlo del gimnasio, cargarlo, armarlo, desarmarlo. Era realmente pesado. Tenías que estar entrenado sí o sí, y quedábamos muertos. Lo hicimos en el club Comunicaciones, en un colegio en Urquiza y duró un tiempo.

-¿Ganaste algo con la lucha?

-No, nunca cobré nada.

-¿Y qué hiciste hasta empezar a cantar?

-Tuve muchos trabajos. El que más me duró fue en una casa de fotografía que se llamaba Qualex. En los 5 años que trabajé ahí renuncié tres veces; empecé como cadete y después fui encargado. Abría el local a las 9 cerraba a las 8 de la noche. La última vez que renuncié les dije que había entrado en una orquesta (El arranque) y ya se me cruzaba el trabajo con los ensayos. Me la jugué.

Durante bastante tiempo ganaba menos en El arranque en la casa de fotografía. Llegué a atrasarme 6 meses con el alquiler. Pero salió la primera gira a Europa, me fui dos meses y cuando volví pagué todo lo de alquiler y las expensas. Al tiempito salió otra de 84 días por Japón y China, y con eso me compré mi primera casa. Había sido la casa del último deshollinador de Buenos Aires. Fue un momento bisagra. En dos años pasé de deber 6 meses de alquiler a tener mi propia casa.


Forjados probablemente en parte por el arte de la lucha y de armar y desarmar el ring, los brazos y el torso de Ardit se adivinan como un terreno atractivo para cualquier tatuador. Por ahí están Gardel con un zorzal en vuelo y un lucero, que “es una especie de guía”, una inscripción que declama “Tango”; Nina y Renata, sus hijas, una con la flor del loto y la otra con la del cerezo, que “son dos características bien diferentes, como son ellas” tienen su lugar…

“También me tatué a mi hermano. Está tomada de una foto que teníamos juntos, en Córdoba, los dos sobre un tronco. ¿Y qué más tengo? El “nam-myoho-rege-kyo”, que es la frase del budismo que me abrió la puerta para que hoy esté cantando.

-¿Cómo es eso?

-Ahí donde revelaba fotos, en la calle Viamonte, venía una señora llamada Nelly Álvarez, que era pintora. Muy conocida, en ese momento; pintaba cuadros de caras de niños tristes. Eran todos chicos negros, rubios, con ojos grandes y con lágrimas o expresiones de tristeza. Era muy llamativo, y cuando ella traía sus diapositivas a revelar yo solía estar escuchando tango u ópera. Un día le conté que estudiaba canto, que me gustaba el tango, y cuando me preguntó por qué no me dedicaba a eso le expliqué que era muy difícil, trabajando ahí.

Entonces, sacó de la cartera un papelito que decía la frase que decía nam-myoho-rege-kyo, la frase del budismo. “Lo que te estoy pasando es una ley. Te tenés que parar, sentar frente a una pared y repetir la frase pensando con convicción en todo lo que vos querés que se te concrete.» Y empecé a practicar.

En el medio de todo eso, un día me llamó Osvaldo Peredo, que también es muy fundamental en toda esta historia, y me dijo: «Pibe, Oscar del Priore dijo que el Sexteto Mayor está buscando un cantor joven para para grabar un disco.” Me insistió para que fuera, cerré con llave el local a las tres de la tarde, en pleno kilombo de trabajo, y fui hasta la radio, donde Del Priore me dijo que no había dicho eso. Pero antes de que me fuera, el musicalizador me dijo que “los pibes de El Arranque”, que era la orquesta joven del momento, estaban sin cantor.

Y ahora agarrate, porque todo esto que pasa es muy loco. Era la época de largos cortes de luz, cuando la gente quemaba bolsas de basura en la calle. Viviendo del Centro, por un corte de protesta sobre (Avenida) Rivadavia, el 132 se desvió por (Juan Domingo) Perón Y cuando pasamos por El boliche de Roberto, decidí bajar.

“Hace mucho que no venís”, me dijo Roberto. Y siguió: «¿Sabes que vinieron unos pibes el otro día a preguntar por vos?”“¿En serio? Eran los “pibes” de El arranque, a quienes recién se había ido su primer cantor que era (Marcelo) Barberis, con quien habían grabado un disco. Los llamé, me tomaron una especie de audición, y a los dos días me invitaron para ir a cantar al Tortoni. Ahí debuté y me quedé con ellos hasta 2004. A Nelly Alvarez no la vi nunca más.

Ariel Ardit presenta “Sandro así” el viernes 13 de marzo desde las 21, en La Trastienda, Balcarce 460. Entradas, desde $35.000, a través de Passline.

Sandro así

1)Penumbras

2)Porque yo te amo

3)Quiero llenarme de ti

4)Trigal

5)Así

6)Rosa Rosa

7)Como te diré

8)Atmosfera Pesada


Las suscripciones son el ingreso principal de Negras&Blancas

Si querés colaborar en nuestro crecimiento, podés hacerlo con una suscripción a la revista. Tu aporte solventará el trabajo de las redactoras y redactores.

Foto del avatar

About Post Author

Eduardo Slusarczuk

Es periodista desde 2004, después de haber sido metalúrgico y dueño de una disquería especializada. Ingresó como redactor en Clarín en 2008 y fue Editor del área de Música en el Suplemento de espectáculos del diario entre 2014 y 2022. Además, colabora con las áreas de prensa de la Fundación SOIJAr (Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Argentina) y de la Asociación Artística Clásica del Sur.
Happy
Happy
100 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Conocer las actualizaciones de las últimas noticias

By pressing the Subscribe button, you confirm that you have read and are agreeing to our Privacy Policy and Terms of Use
PUBLICIDAD