Foto Rocío Luján
El trinar de los pájaros se filtra en la conversación que Mery Murúa sostiene, cálida y afable, desde Unquillo con Negras & Blancas. Ella misma confiesa que para tener buena señal charla desde debajo de un árbol y explica: “Acá lo que abunda es el verde. Esa abstracción que podemos hacer por vivir acá a veces nos salva un poco”.
Sentirse a salvo a pesar de que el avance del saqueo y el capital no dan respiro ni dejan paraíso en pie, es una fórmula que todavía le funciona a la artista y que brinda como antídoto: “Yo siempre ofrezco este refugio a mis amigos, a esta parte de mi familia elegida que a veces no puede detenerse. Y les ofrezco mi casa para que vengan y estén y se cobijen un rato en este verdor y puedan limpiarse un poco. Siento que hay mucha gente que no puede tomarse ese tiempo por el trabajo, porque está en una vorágine y me gusta ofrecerlo porque sé que es un modo de hacer un ‘reset’ y seguir andando”.
Pero además de esa restauración que ofrece el entorno bucólico enclavado a 28 kilómetros de capital provincial, Mery mamó desde muy joven un modo grupal de habitar la música y sus ambientes y señala sin rodeos: “Nosotros estamos juntos siempre y nos regimos más por la necesidad de estar cerca, de armar comunidad, de ser una gran familia que reúne lo genético, lo ancestral y hasta la formación del clan. En estos años en los que he ido construyendo mi andar en la música, ha habido mucha gente que me enseñó a hacer las cosas, otra mucha gente con la que nos hemos cagado a golpes haciendo las cosas mal y también ha habido mucha gente a la que puedo enseñarle cómo se hacen las cosas. He atravesado todos esos tramos y me siento muy feliz de seguir aprendiendo de gente que me sigue enseñando”.
Será esa fórmula la que le permite enfrentar los días movilizantes que empezaron en Semana Santa cuando fue declarada ciudadana ilustre de Cruz del Eje (donde nació el 2 de diciembre de 1975) y acompañada por Jairo (otro ilustre de esa ciudad del noroeste cordobés) que –evocó- “me tenía abrazada fuerte”, sintió y plasmó en su cuenta de Instagram esas sacudidas. “Soy quien soy porque estudié en el Conservatorio público y gratuito de mi pueblo. Soy porque ahí sobre el escenario conmigo estaba mi tribu…los que me vieron niña y en patas los que me dieron alas y los que las cortaron… todos son ciudadanos ilustres de mi vida. Gracias por eso”, escribió entonces.
El miércoles pasado, además, propició en el Espacio Cultural Platz de la ciudad de Córdoba la primera despedida pública de su hijo Juan con quien armó un exquisito dúo en el último lustro, una experiencia que tendrá su espacio en la función porteña prevista para el sábado 10 a las 22 en Dumont 4040 (Santos Dumont 4040) cuando muestre en esta capital el repertorio de “Baile eterno”, un disco doble con sus creaciones que le valió un Premio Gardel y la devolvió al escenario Atahualpa Yupanqui del Festival Nacional de Folclore de Cosquín en el último verano.
El primer volumen, grabado en estudio y lanzado en 2023, tuvo la participación de Paola Bernal, Juan Iñaki, Raly Barrionuevo y Nadia Larcher, mientras que el segundo registrado íntegramente en vivo en el cordobés Teatro del Libertador San Martín, lo hizo en comunión con Juan Paio Toch, Ema Oliva, Negra Marta Rodríguez, Rocío Taboas, Sole Segurado y Horacio Burgos.
-Sergio Arboleya: ¿Cómo estás pensando esta presentación en Buenos Aires?
-Mery Murúa: Como nos toca de cerca el hecho de que Juan se va un buen tiempo a Europa para tocar y hacer proyectos con la percusionista, guionista y cantante Jose Di Bert, vamos a hacer un bloquecito solitos en formato guitarra y voz recreando lo que fue «Noche de Luna en Cabana» (exquisito álbum publicado en 2022). Pero antes de eso cantaremos con toda la banda las canciones de “Baile eterno” y después se armará tipo peñita porque vendrán a cantar la Luciana Jury, la Milena Salamanca, Marian Farías, Gómez, el Monito Rubén Izarrualde como para bailar un poco. Así que bueno, voy con todo el gusto.
–¿Qué te pasa con la partida de Juan? Supongo que hay allí una mezcla de orgullo, emoción también y alguna suerte de tristeza…
-Claro, lo transito con gastroenteritis (risas). Es como que técnicamente entiendo todo, incluso fue una decisión que tomó en base a muchas charlas que hemos tenido y yo la veo un poco asociada a que se anime a conocer el mundo porque la música es muy generosa en ese sentido. Me da alegría que haya podido concretarlo solo, es decir, armar su grilla de actividades con solvencia, con organización, con orden y que la pueda llevar adelante y que tenga sueños y que tenga proyectos y que tenga un horizonte y a mí me deja tranquila porque eso implica que como ser humano está bien plantado, con los pies en la tierra más allá de las circunstancias que nos toquen como país, como políticas del tiempo y de los espacios. Y después, bueno, la angustia propia de saber que no voy a poder agarrar el auto y salir a verlo y estar en 20 minutos en su casa.
–¿Y cómo estás pensando tu futuro artístico sin el guitarra que ha sido tan preponderante en el último tiempo?
-Por suerte tengo un montón de proyectos que por ahí han quedado un poco stand by porque nos metimos de lleno a trabajar con el Juan. Y por ejemplo, qué sé yo, tengo proyectos con Horacio Burgos (también guitarrista), con quien he grabado cuatro discos y sigo cantando desde hace seis años en la Orquesta Popular de Música Ciudadana de Córdoba que es algo que cada vez me estimula más porque como cantora nunca imaginé tener el privilegio de poder cantar tangos con una orquesta que además es una de las más grosas de Argentina. Pero además también tengo otros proyectos que van caminando en paralelo, que son un poquito más de investigación si se quiere porque estoy escribiendo e investigando sobre la música ciudadana en el interior del país, cómo llega a partir de la radio y de qué manera nos apropiamos de un tango. Me llama la atención indagar en cómo gente que nunca llegó a conocer San Juan y Boedo, las milongas o los cabarets porteños lograban interpretar tan sentidamente esas imágenes. Así que estoy en la búsqueda de cuál fue la inspiración, por ejemplo, de mi madre al encontrarse con los tangos y apropiárselos para su vida. Y quizás de ahí salga mi primer disco de tango, que es un pendiente que tengo y donde puedo anclar mis próximos horizontes creativos.

Foto: Nicolás Papa
La experiencia de “Baile eterno”.
¿Qué implicó hacer “Baile eterno” y, por primera vez, componer íntegramente un disco?
-“Baile eterno” reúne por un lado los ritmos folclóricos nuestros con forma como el bailecito, la chacarera y la zamba y después, por el otro, un lado más latinoamericano y todavía más bailable con joropo y cumbia, entre otros, que son estilos sin forma. Fueron el resultado de reunir y acomodar lo que había estado haciendo ya que se trató de canciones surgidas en el tiempo, cada una en su momento, en momentos de inspiración que para mí significaron una ráfaga ligada a un pasaje de mucha plenitud pero de ninguna manera quiero erigirme en compositora aunque me guste escribir. Yo soy intérprete.
–¿Cómo fue que diste el paso de mostrar y publicar tus canciones?
-Lo que tenía en claro es que quería que Juan las arreglara y quería cantarlas con mis amigos porque me costaba un poco bastante al principio reinterpretarme a mí, o sea, interpretar mi obra. Si bien me gusta interpretar y sé por dónde ir al interpretar a otro, me costaba mucho encontrar cómo interpretar mis canciones. Debe ser porque una se mide con los compositores y se mide con el vasto repertorio con el que se ha formado y entonces te medís con Armando Tejada Gómez, con Aníbal Troilo o con Hamlet, Lima, Quintana y te quedás hecha un poroto y decís “esto no sirve para nada” hasta que vienen tus amigos y te dicen “che, pero esto está lindo. Yo quiero cantar esto con vos. Dale” y ese fue el impulso para animarme.
–Usando esa expresión que vos utilizás, la pregunta es ¿Vos te animás a medirte como cantante, pero por ahí no tanto como compositora?
-Claro, ahí va. Exactamente. Yo como cantante me paro y ahí voy
porque una ejerce un oficio trabajado con los años, cincelado en los años muy pacientemente. Y de repente ponerse en otro lugar también es un desafío y también genera inseguridades.
–Aún así ¿Qué cosas te está dando el ser autora?
-Hay situaciones muy lindas que no me habían pasado con la interpretación que tienen que ver con esa otra mirada que hace la gente cuando se identifica con una canción y le escribe al autor. Entonces me llega que hay un coro de niños que está cantando la “Chacarera del Shinkal” o cuando el pianista Andrés Pilar me confiesa que para él Shinkal (en Catamarca) es su lugar en el mundo, también me llegan fotos de gente que está pasando por Los Chañares (en Córdoba) y me dice “vemos lo que decís en ‘La chañarienta’” u otras personas que desde Chilecito me dicen que amanecieron escuchando la “Zamba al Famatina” que es una canción muy especial para mí porque saluda a un cerro que para mí es custodio de un suelo sagrado donde cada año voy al ritual de la chaya que es iniciático en mi vida y que comparto con la Pao Bernal. Allí, juntas, nos encontramos y hermanamos recibiendo un fuego que es para todo el año.
–Pero a pesar de todas esas poderosas devoluciones, sentís que cerraste tu etapa autoral…
-No la cierro pero no quiero autoproclamarme compositora y que después no me salga ni una canción. Y si bien no digo “no voy a componer más” no creo que pueda volver a hacer todo un disco con mis canciones porque el encararlo ha sido un proceso muy largo. Además, y como a mí me gusta hacer cálculos matemáticos, pienso “en diciembre cumpliré 50 años y quiero hacer procesos más cortos porque me quedarán no más de 30 años de vida óptima”.
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