Su estilo surgió del sincretismo cultural y una historia familiar que se mueve entre las fronteras de la Argentina y Brasil. La cantante, compositora y actriz Gicela Méndez Ribeiro nació el 16 de agosto de 1975 en Paso de los Libres (Corrientes), una ciudad fronteriza con Uruguaiana, Brasil. Su abuelo es de Río Grande do Sul y la rama materna de su madre es correntina. Creció en una familia de músicos que cultivaba el guaraní, el portugués y el castellano. Los chamamés y las polcas que escuchaba en las radios de frontera de los dos países eran como la lengua franca del Río Uruguay.
Ese sincretismo musical y familiar moldeó su estilo, su cadencia, su manera de cantar, y le dio una huella de identidad, un sino que tiene un sabor nostálgico, que evoca el origen de aquellas primeras mujeres cantando chamamé, y que a la vez, trae a este tiempo un aire fresco. Hace treinta años cuando realizó sus primeras presentaciones en distintas ciudades del sur de Brasil, Gicela Méndez Ribeiro, acuñó en su repertorio autores y compositores de toda la región litoraleña, además de cantar naturalmente en castellano y portugués.
Con el acordeonista y compositor brasileño Aluísio Rockembach viene desarrollando una larga historia musical que celebra ese diálogo entre fronteras. Juntos se presentan en una gira que empieza el 1 de octubre en San Antonio de Areco, continuará el 2 de octubre en el espacio Uno de Los Cardales, seguirá el 3 de octubre en Rosario y llegará a Buenos Aires el martes 6 de octubre, a las 20.30, en el Café Berlín, (Av. San Martín 6656).
– Música de Frontera no es solo el nombre de tu nuevo espectáculo, sino que resulta más un concepto de esa identidad mestiza. ¿Qué propone musicalmente?
–Música de Frontera nace de algo que forma parte de mi propia historia. Yo nací en Paso de los Libres, en una frontera donde Argentina y Brasil conviven naturalmente. Para mí, la frontera nunca fue una línea que separa, sino un territorio cultural que une. Donde otros ven frontera, nosotros encontramos una canción.
El espectáculo junto a Aluísio Rockembach nace justamente de esa mirada. Aluísio es un gran acordeonista brasileño, compositor e intérprete de Río Grande do Sul, y compartimos una raíz musical que atraviesa el chamamé, la música gaúcha, las polcas, las milongas y toda esa música que se fue construyendo a ambos lados de la frontera.
No queremos hacer solamente un espectáculo de música argentina o brasileña. Queremos mostrar ese territorio común, esa conversación permanente entre culturas. Hay canciones, composiciones propias, clásicos y también una búsqueda de sonoridades que atraviesan el litoral argentino, el sur de Brasil y también el estado de Mato Grosso do Sul, que es muy fuerte culturalmente.
La esencia de Música de Frontera es justamente esa: demostrar que la música no entiende de límites geográficos, que una frontera puede ser también un lugar de encuentro, de intercambio y de identidad compartida.
–¿Dirías que la música litoraleña forma parte de una gran nación cultural que incluye a Paraguay, Uruguay y Brasil?
-Totalmente. Yo hablo muchas veces de una especie de gran territorio cultural del Nordeste y del Litoral que no coincide necesariamente con las fronteras políticas. El chamamé, como expresión cultural, tiene una historia profundamente vinculada con los intercambios entre Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil. La música, las lenguas, los instrumentos, las danzas y hasta las formas de celebrar fueron atravesando esas fronteras durante generaciones.
A muchos les incomoda que cante un chamamé en portugués, pero no se alarma nadie cuando se hace publicidad del Iberá, de nuestro turismo o de la moda de diseñadores regionales con música en inglés de fondo. Eso siempre lo dijo Antonio Tarragó Ros y tiene mucha razón. Hay una vara distinta para valorar lo propio. Parece que nuestra cultura necesita presentarse en otro idioma para ser considerada universal, mientras que, cuando la expresamos en portugués, que también forma parte de nuestra historia fronteriza, algunos lo sienten como una amenaza a la identidad. Yo nací en ese lugar fronterizo y lo viví desde chica como algo natural.

Gicela Méndez Ribeiro y Aluísio Rockembach con el acordeonista Raúl Barboza
¿Cuánto ayudó la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad del chamamé en 2020? ¿Pensás que aportó a la difusión y al desarrollo?
– La declaración fue importantísima porque puso al chamamé en un lugar de reconocimiento internacional. También nos hizo, a quienes somos parte de esta cultura, tomar mayor conciencia del valor que tenemos entre las manos. Pero una declaración patrimonial, por sí sola, no alcanza. Tiene que estar acompañada por políticas de salvaguarda, formación, circulación, producción y presupuesto.
Yo sigo viendo vacíos y oportunidades. Muchas veces parece que los chamameceros tuviéramos que ejercer otra profesión para poder sostener nuestra profesión artística. Y creo que tenemos que empezar a hablar también del valor del trabajo. Cuando se contrata a un artista de renombre, se entiende que tiene un caché y se lo respeta. Me parece perfecto. Pero también necesitamos que se comprenda que un artista local o regional tiene una trayectoria, una preparación, una obra y un trabajo que tienen un valor.
No pierdo la esperanza de que podamos despertar y entender que tenemos un tesoro enorme, una raíz hermosa, y que cuidar una cultura también significa cuidar a quienes la mantienen viva.
–¿Cómo sigue siendo el trabajo para una chamamecera mujer? ¿Hay un cambio en el lugar que tienen las mujeres en festivales, ciclos y espacios?
– Creo que hubo avances, pero todavía hay mucho por hacer. El Nordeste tiene muchísimos festivales, fiestas patronales y eventos, pero todavía muchas veces se piensa poco en la voz de una mujer compositora, intérprete y creadora. Muchas mujeres terminamos creando nuestros propios espacios para poder estar donde queremos estar. Y esos espacios los hacemos con muchísimo amor, pero también con mucha inversión, trabajo y esfuerzo.
La Ley de Cupo estableció un mínimo del 30% de participación de mujeres y personas de identidad de género autopercibida en determinados eventos de música en vivo, y el INAMU continúa teniendo a su cargo su aplicación. Yo apoyé la ley porque era necesario contar con una herramienta que pusiera el tema sobre la mesa. Sin embargo, tengo una mirada crítica sobre la manera en que se implementa y sobre la responsabilidad que, en la práctica, muchas veces termina recayendo en las propias músicas.
No creo que debamos convertirnos en policías de las grillas ni quedar expuestas permanentemente denunciando. Si bien las denuncias son anónimas, muchas veces se transmite la idea de que somos nosotras, o las asociaciones de músicos de todo el país, quienes debemos controlar y denunciar los incumplimientos.
Y eso no me parece justo. La responsabilidad de garantizar el cumplimiento de una ley no puede recaer sobre las artistas, que además podemos quedar expuestas o enfrentadas con festivales, municipios, productores y programadores. Nosotras necesitamos trabajar, no asumir una tarea de fiscalización que corresponde a las instituciones responsables.
Creo que el camino está en la capacitación, la concientización y el compromiso institucional. Hay que llegar a cada municipio, a cada dirección de Cultura, a los productores, programadores y responsables de festivales, y explicar que la equidad en los escenarios también forma parte de una política cultural. Y hay algo que muchas veces se olvida: las mujeres siempre estuvimos ahí. Si uno revisa la historia del chamamé o los festivales nacionales en todo el país, las antiguas grillas y los registros de otras décadas, encuentra muchísimas mujeres que fueron intérpretes, compositoras y protagonistas fundamentales. Entonces también existe un desconocimiento popular de nuestra propia historia. No se trata solamente de conseguir un lugar hoy, se trata de recuperar una memoria que ya existía y de reconocer el aporte de todas esas mujeres que ayudaron a construir la identidad del chamamé.
-Hiciste un documental sobre las mujeres del chamamé. ¿Pensás que ese lugar central que tuvieron en la historia todavía no está completamente reconocido?
-El documental El chamamé y sus mujeres surgió a partir de dos preguntas muy simples: ¿Quién fue la primera cantante de chamamé? ¿Y por qué, cuando se habla de los grandes referentes de la historia del chamamé, aparecen tantas veces nombres de hombres? A partir de esas preguntas empecé a investigar y descubrí una cantidad enorme de cantoras, compositoras, poetas y mujeres que habían sido fundamentales para nuestra cultura, pero que no siempre estaban suficientemente visibles. Fueron casi tres años y medio de recorrer, entrevistar y escuchar historias. Entrevisté a mujeres consagradas y también a mujeres anónimas, entre ellas a la poeta Marily Morales Segovia, porque cada una, desde su lugar, tenía algo para contar sobre nuestra identidad.
El proyecto terminó teniendo once capítulos de formato televisivo, de aproximadamente 26 minutos cada uno, y quedaron unas 75 horas de material fuera del montaje. Para mí fue una experiencia maravillosa porque no fue solamente hacer un documental: fue construir memoria. El documental quedó terminado en 2012, pero hasta el día de hoy no se ha emitido en ningún canal de televisión, a pesar de que golpeé muchas puertas y busqué distintas posibilidades para que pudiera llegar al público. Es una pena, porque se trata de un material que reúne testimonios, historias y voces fundamentales de mujeres que forman parte de la historia del chamamé. Finalmente, decidí donar ese material al Instituto Nacional de Musicología “Carlos Vega”, porque sentí que estaba en buenas manos y que podía tener allí una vida que excediera mi propio proyecto. Mi deseo es que ese archivo pueda seguir circulando, ser consultado y contribuir a que esas mujeres sean reconocidas.
-Sos intérprete y compositora. ¿Qué temáticas te interesa trabajar dentro del género?
-A mí me interesa trabajar el chamamé y la música del Nordeste desde la integración y desde la libertad absoluta de la mujer cantora. No compongo para juzgar. Compongo para contar historias de vida, con las creencias, los paisajes y los misterios de mi pueblo. Para mí, el género también es hermandad universal. Por eso rompo fronteras, cantando con mis hermanos de Brasil, compartiendo proyectos con músicos de otros países o incluso grabando un disco en japonés y castellano junto a Yuki Makita. Y también hay una cuestión de libertad personal. Tengo una conexión muy profunda con la naturaleza y con nuestro imaginario popular. Por ejemplo, junto a Facundo Alarcón compusimos _La Siesta_, donde canto que no le tengo miedo al Pombero y que canto y silbo a la siesta porque se me da la gana. Hoy mis obras tienen mucho que ver con lo que estoy sintiendo, con quién soy como cantora del Nordeste. Siento que la música es un canal para hablar del amor, de la libertad, del misterio y de la tierra que me vio crecer. Y creo que, cuando algo es verdaderamente propio, también es auténtico. Respetar una tradición es permitir que siga viva y que cada generación encuentre su propia manera de expresarla.
-¿Estás trabajando en un disco o en un nuevo proyecto?
– Estoy componiendo obras nuevas. Todavía no sé exactamente qué forma va a tomar ese próximo proyecto y probablemente no todo sea chamamé. Estoy atravesando un momento creativo en el que necesito escribir sobre lo que estoy sintiendo hoy. Pero hay también un proyecto muy especial que quiero recuperar: un disco que grabé en Buenos Aires en 2002 y que iba a ser mi primer álbum. Durante la pandemia encontré la cinta madre. Y ese hallazgo fue muy movilizador porque durante muchos años había dejado ese disco guardado. Incluso había llegado a llamarlo, con una mezcla de tristeza y de ironía, “mi disquito feo”, porque un productor muy reconocido, después de que yo había invertido muchísimo en esa grabación, me había dicho que el disco era feo. Y esa frase quedó en mí durante muchos años.
Después entendí algo: qué fuerza tiene una palabra cuando viene de alguien que uno considera una autoridad. Pero también entendí que una opinión no puede definir el destino de un artista. Yo no dejé de cantar. Estuve a punto de firmar un contrato con un sello conocido y finalmente tomé otro camino. Me fui a recorrer la vida, después fui a Francia y mi cabeza cambió completamente. Empecé a tomar el timón de mi propia carrera. Por eso hoy quiero recuperar ese disco. Probablemente se llame Disquito Porá, porque ahora puedo mirarlo desde otro lugar, no como un disco feo, sino como un disco hecho con muchísimo amor por una mujer que estaba empezando a construir su camino.
